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Jan Karski

Jan Karski. El hombre que descubrió el Holocausto, de Rizzo y Bonaccorso (Norma Editorial)

Jan Karski debería ser una figura universalmente conocida, pero no lo es. Él fue uno de los héroes que arriesgó su vida para denunciar los crímenes del nazismo y conseguir que el resto del mundo actuara en consecuencia. Desde nuestra perspectiva, más de setenta años después del fin de la guerra, y pese a los intentos revisionistas por negar su existencia, el Holocausto nos parece un hecho incuestionable. El asesinato sistemático de seis millones de personas, mayoritariamente judíos, es un crimen de tal magnitud que parece imposible de ocultar. Pero durante la guerra, esta situación no era tan evidente, y el genocidio perpetrado por el régimen nazi y sus secuaces se llevaba a cabo con total impunidad y sin que las potencias aliadas fueran conscientes de lo que estaba sucediendo.

En la Polonia ocupada, lugar donde se inició el conflicto bélico en septiembre de 1939 sí que sabían lo que estaba ocurriendo. Los guetos, especialmente el de Varsovia, y los campos de concentración y exterminio eran una realidad incontestable. La resistencia polaca, menos conocida que la de otros lugares, llevó a cabo una labor titánica. Debían luchar por sobrevivir y escapar de la Gestapo; pero al mismo tiempo, su objetivo principal era dar a conocer los terribles hechos que llevaban a cabo las autoridades alemanas, para así conseguir el apoyo a su lucha y la implicación militar de las grandes potencias, especialmente de los Estados Unidos. Esta misión fue encomendada, entre otros, a Jan Kozielewski, el protagonista del cómic de Marco Rizzo y Lelio Bonaccorso.La acción se inicia cuando Jan y dos de sus amigos son llamados a filas por el ejército polaco. Su deber es luchar para defender su patria de los invasores: Alemania al oeste y la URSS al este. La endeblez y la desorganización de las fuerzas armadas de Polonia pusieron en bandeja la conquista del país en poco más de un mes. Jan fue hecho prisionero por los soviéticos y fue llevado a un campo de trabajo para prisioneros de guerra en Ucrania. Las condiciones que padeció fueron terribles, pero haciéndose pasar por un soldado raso consiguió que lo transfirieran a las autoridades alemanas en un macabro intercambio. Consiguió escapar y tras recuperarse de sus heridas llegó a Varsovia en noviembre de 1939.

En la capital entró en contacto con el Armia Krajowa, la resistencia polaca, que operaba desde septiembre del 39. Su habilidad y su compromiso hicieron que se le encargara una misión de vital importancia: Jan Kozielewski iba a ser el enlace con el gobierno polaco en el exilio. Tenía que cruzar la Europa ocupada por los nazis para llegar hasta París y pasar información a los dirigentes de su país que habían logrado escapar.  Tras la caída de Francia, su destino era aún más lejano, Londres. Para ello utilizó multitud de nombres falsos, entre ellos Jan Karski, que adoptaría años más tarde como nombre legal.

En uno de sus viajes fue capturado en las montañas de Eslovaquia. Sufrió torturas, consiguió escapar del hospital donde estaba ingresado y regresó a la lucha. Perdió seres queridos, pero su compromiso con la causa no decayó. Los líderes de la resistencia le asignaron una última misión: debía visitar el gueto de Varsovia y un campo de concentración. Su objetivo era dar testimonio a los gobiernos británico y estadounidense de las atrocidades que estaba cometiendo el régimen de Adolf Hitler en Polonia, especialmente del genocidio contra el pueblo judío. Jan no flaqueó y cumplió con su tarea y pese a la incredulidad con la que se encontró, su relato fue una pieza importante en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Rizzo y Bonaccorso han jugado de forma acertada con el tempo narrativo. El cómic se estructura en forma de flashback, puesto que sitúan el epílogo en las primeras páginas, que nos muestran a los principales dirigentes norteamericanos de la época debatiendo sobre el testimonio de Jan Karski. Posteriormente, la acción se divide en siete capítulos, que narran los distintos episodios fundamentales de la lucha del protagonista. El intento de combinar la veracidad histórica – el propio Jan Karski narró sus peripecias en Historia de un estado clandestino – con la fluidez de la acción no siempre funciona, pero aún así es un cómic de lectura agradable. Es destacable la inclusión directa de las palabras escritas por el protagonista en las escenas más duras del cómic, cuando asiste aterrorizado a la realidad del campo de concentración.

A  nivel gráfico el cómic es correcto, pero adolece de ciertas carencias. Reflejar realidades tan duras es una tarea difícil, como bien saben la mayoría de autores que han afrontado este reto, pero Lelio Bonaccorso ha llevado a cabo un trabajo irregular. Así como los personajes no gozan de la expresividad necesaria y las composiciones de página son demasiado convencionales, el uso del color es muy acertado, ya que construye de forma efectiva las atmósferas necesarias para el desarrollo de la acción. Los escenarios están bien construidos y las escenas de acción son bastantes efectivas, pero el conjunto global no está a la altura de lo narrado.Un conflicto de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial creó millones de historias personales dignas de ser contadas, y sin duda, ésta es una de ellas. Hasta prácticamente el final de su vida, Jan Karski no gozó del reconocimiento que merecía. De nuevo el cómic demuestra ser un medio eficaz para transmitir acontecimientos históricos y aunque no es una obra redonda, Jan Karski. El hombre que descubrió el Holocausto permite reconstruir una de esas historias que todos y todas deberíamos conocer.

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Trágica derrota

Trágica derrota, de Nozoe Nobuhisa (ECC Ediciones)

En 2015 se cumplieron 70 años del final de la Segunda Guerra Mundial. En la memoria del pueblo japonés tenía lugar el 70 aniversario del lanzamiento de las bombas atómicas norteamericanas sobre Hiroshima y Nagasaki y la posterior rendición. La sociedad nipona quedó profundamente marcada por el conflicto y por su responsabilidad en el inicio de las hostilidades. El manga no fue ajeno a este hecho y numerosos autores han tratado de reflejar su visión sobre el conflicto. En este sentido, algunas de las obras más importantes son Adolf, del gran Osamu Tezuka – el Dios del manga -; Operación muerte, de Shigeru Mizuki; y Pies descalzos, de Keiji Nakazawa (aquí el volumen 2).

En Trágica derrota, Nozoe Nobuhisa también nos acerca a la memoria de la Segunda Guerra Mundial – Guerra del Pacífico para los japoneses -, pero lo hace de una forma muy diferente a las obras anteriormente citadas. Nobuhisa creó seis relatos independientes que tratan sobre los recuerdos de diferentes supervivientes del conflicto. Es interesante la forma en que el autor consigue no solo recordar el pasado sino también retratar el proceso de construcción de la memoria. Los supervivientes, desde el presente, rememoran los episodios que marcaron profundamente sus vidas.

La primera historia, una de las más emotivas y mejor construidas, narra la experiencia de un piloto de Kaiten, los torpedos suicidas que utilizó la marina japonesa hacia el final de la guerra. Nobuhisa reconstruye con maestría la ideología militarista que impuso el régimen japonés a toda la sociedad y los sentimientos de buena parte de los soldados, dispuestos a entregar su vida por la patria. La forma en que el autor concluye este relato, rompiendo nuestras expectativas como lectores, me ha parecido un gran acierto.

A continuación, el dibujante recrea las experiencias de otro antiguo soldado. En esta ocasión, el anciano protagonista se entrega a la policía y confiesa haber cometido un asesinato. Cuando la policía descubre cuándo se produjo el crimen, el autor disecciona el sentimiento de culpa que afecta décadas después a los combatientes. Ante el ascenso del nacionalismo y de cierto revisionismo histórico que está teniendo lugar en la actualidad en el país asiático, la reflexión sobre la culpa que lleva a cabo Nobuhisa es realmente interesante.

El tercer episodio es seguramente el más duro de todos. Con el potente título de Hambre, el mangaka nos habla de las terribles condiciones que sufrieron los soldados japoneses que lucharon hasta el final en las islas del Pacífico. El sufrimiento extremo transforma al ser humano en un animal que instintivamente lucha por su supervivencia e incluso lo lleva a cometer actos que consideramos inhumanos. Esto que lo que padeció el protagonista del relato, quien siete décadas después aún tiene pesadillas con aquellos hechos.

Las mujeres japonesas son el protagonista colectivo de la cuarta historia. Tras años de ocupación de la zona oriental de China, donde Japón cometió auténticas atrocidades, la derrota definitiva provocó un gran deseo de venganza. Como ha sucedido en otros conflictos a lo largo de la Historia y como aún sucede hoy en día en muchos lugares, las mujeres fueron el objetivo de quienes querían vengarse de los crímenes de su enemigo. La protagonista del relato fue violada junto con muchas otras compatriotas por soldados chinos y el posterior miedo al rechazo y al estigma hizo que mantuviera para siempre el silencio. La deleznable intervención de un soldado japonés, que trata de sacar provecho de la situación, la llevará a tomar una decisión extrema que la atormentará años después.

El quinto capítulo relata la trágica experiencia de dos hermanos que tras perderse la pista durante la guerra, se encontraron en una desolada isla del Pacífico cuando los avances norteamericanos parecían imparables. La naturaleza de su encuentro es espeluznante, pero Nobuhisa es capaz de transmitirnos aún más emociones con la situación actual del anciano superviviente. Tras vivir unos acontecimientos tan atroces, el personaje principal no pierde la dignidad ni en una situación que a cualquiera de nosotros nos llevaría al límite.

Por último, el autor construye una narración de una gran intensidad en la que mezcla los recuerdos de un pescador que también luchó en la Segunda Guerra Mundial. Su vida quedó tan marcada por el conflicto, que ha relacionado el resto de sucesos importantes que ha vivido con lo que le ocurrió setenta años atrás. La relación con su familia, las trágicas pérdidas que se ha visto obligado a afrontar y su propio final son indesligables de su memoria de la guerra.

A nivel gráfico el trabajo de Nozoe Nobuhisa es impecable. El uso del blanco y negro es muy efectivo para trasladarnos a lugares y momentos tan oscuros como los narrados. A pesar de la falta de dinamismo general de la obra, con composiciones de página muy convencionales y grandes textos de apoyo, la narración fluye a buen ritmo. Es destacable la belleza de muchas de las viñetas, en ocasiones de un realismo prácticamente fotográfico y es evidente que la tarea de documentación ha sido exhaustiva. Los personajes son muy expresivos y el autor utiliza el contraste entre el gran detalle de los rostros de los protagonistas y las facciones más sencillas de los secundarios para centrar la acción en los hechos principales.

Dos últimos detalles de Trágica derrota me han acabado de cautivar: por un lado, el epílogo, que mezcla viñetas y texto y que permite al autor explicitar sus reflexiones y sus sentimientos respecto a los temas tratados en el cómic; por el otro, la ilustración que cierra cada uno de los capítulos (al final de este texto) y que incluye una frase sobre la guerra y la condición humana, relacionada con cada uno de los episodios. Pese a ser una obra bastante breve, compuesta de relatos cortos, Nozoe Nobuhisa ha conseguido crear una obra que invita a la reflexión, que introduce ideas muy potentes, que no evita ningún tema escabroso y que hace una gran labor en la recuperación de la memoria histórica de Japón. Estamos ante un gran cómic histórico y una lectura totalmente recomendable.

Por nuestra cuenta

Por nuestra cuenta. Memorias de Miriam Katin, de Miriam Katin (Ponent Món)

Miriam Katin nació en Budapest en 1942, en el seno de una familia judía. En plena Segunda Guerra Mundial, su padre estaba luchando en el ejército húngaro y ella vivía con su madre. Hungría había formado parte del eje y había luchado contra la Unión Soviética al lado de Alemania, pero simultáneamente estaba negociando su rendición con los aliados. Ante esta situación, Hitler decidió invadir el país magiar en marzo de 1944.

Es en esta fase de la contienda cuando se inicia el relato de Miriam Katin, en que narra cómo ella y su madre consiguieron escapar a la persecución nazi y a la deportación hacia los campos de exterminio – más de 400.000 judíos húngaros fueron llevados a Auschwitz -. Pese a que son las memorias de la autora, la gran protagonista de la obra es su madre: Esther Levy. Las situaciones que tuvo que afrontar fueron terribles, pero se sacrificó constantemente para tratar de salvaguardar el bienestar de su hija. Cualquiera se hubiera rendido y hubiera dejado de luchar, pero su capacidad de sacrificio fue infinita.

Miriam Katin construye el cómic a partir de dos lineas temporales: por un lado, en las páginas en blanco y negro nos sitúa en 1944 y somos testigos de las desventuras que vivieron ella y su madre para huir de la persecución nazi; y por el otro, en páginas con un bello color, nos traslada a finales de los años 60 e inicios de los 70, a su exilio norteamericano, donde asistimos a las reflexiones de la propia Miriam Katin sobre la religión, la memoria y la formación de su identidad.

Hasta el año 1944, Budapest había quedado alejada del frente y Esther Levy y su hija Miriam habían podido llevar una vida relativamente tranquila. Todo cambió con el avance alemán, que trataba de ocupar el país para intentar frenar a las tropas soviéticas. Con la Solución Final a pleno rendimiento, la numerosa comunidad judía húngara estaba en peligro. Al inicio del cómic, Miriam Katin nos muestra los pequeños y dolorosos cambios que tuvo que afrontar su madre: la entrega de su mascota – los perros tendrán un papel destacado en el relato -, la realización de un inventario con todas sus posesiones y, por último, el abandono del piso donde vivían.

A partir de este momento, gracias a la habilidad y al instinto de supervivencia de su madre, ambas consiguieron escapar en diversas ocasiones a su fatal destino. Esther Levy consiguió documentación falsa para ella y su hija y pudieron trasladarse al campo, donde teóricamente iban a estar más seguras. Allí se hicieron pasar por una sirvienta gitana y su hija y tuvieron que hacer frente a situaciones terribles. La persecución hacia los judíos era implacable; las sospechas que se cernían sobre ellas y su nueva identidad eran constantes; y la sensación de desamparo e inseguridad eran permanentes.

Ante situaciones desesperadas los seres humanos reaccionamos de formas muy diversas y el cómic refleja esta amplitud de respuestas: campesinos que se desviven por ayudarlas, gente que trata de aprovecharse de ellas o personas que simplemente las rechazan. El miedo, el odio y la muerte están siempre presentes. Miriam Katin y su madre consiguieron ir superando terribles obstáculos, siempre con la esperanza de salvarse y encontrar a su padre. La autora consigue transmitir la continua sensación de pérdida y la impotencia de su madre, que en ocasiones se veía superada por los acontecimientos.

A nivel propiamente histórico es interesante detenerse en un momento tan complejo como la llegada del ejército rojo a Hungría, que liberaba al país del nazismo, pero al mismo tiempo imponía un nuevo régimen. Además, el cómic reconstruye con acierto la Europa destrozada por la guerra, con cientos de miles de personas que buscaban a sus seres queridos y millones de desplazados que trataban de llegar a sus lugares de origen.

Más allá de los hechos en sí, otro aspecto muy atractivo de la obra son las reflexiones de la Miriam Katin adulta. La relación con su propia hija y su forma de educarla hacen que se plantee muchas cuestiones relevantes. El diálogo que la dibujante establece entre su infancia y la de su hija es muy estimulante. El papel de la religión en su vida, con constantes referencias a lo largo del relato, es fundamental para comprender su evolución personal.

El dibujo aparentemente sencillo de Miriam Katin es muy expresivo y tiene una gran efectividad. El blanco y negro de la mayor parte de las páginas se adapta a la perfección a la reconstrucción de la memoria que lleva a cabo la autora. El trazo expresionista y los juegos con la luz y la sombra nos trasladan a los duros momentos que la dibujante recrea. El contraste con las páginas a color, que muestran una época más amable, es una herramienta muy bien utilizada por Katin. A nivel formal no hay elementos especialmente llamativos, pero todo el aparato gráfico está al servicio de una historia tan potente, que los artificios no son necesarios.
En los últimos años han sido bastantes los cómics que han recuperado la memoria histórica de diversos conflictos. Generalmente, los autores y las autoras han narrado las experiencias de sus progenitores – Art Spiegelman, Antonio Altarriba, Miguel Gallardo… -, pero en Por nuestra cuenta, la propia Miriam Katin es parte fundamental del relato. A pesar de que era una niña muy pequeña y prácticamente no tiene recuerdos sobre los hechos, las conversaciones con su madre y las cartas que ella había escrito a su padre le han permitido reconstruir su historia. El cómic es también, obviamente, un homenaje a su madre y a tantas mujeres valientes que lucharon y sobrevivieron a los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el nazismo. Honor y memoria.

Soñadores

Soñadores. Cuatro genios que cambiaron la Historia, de Baudoin y Villani (Astiberri)

El relato tradicional de la Segunda Guerra Mundial se basa en los grandes acontecimientos – Stalingrado, Pearl Harbour o Normandía, entre otros – y en los grandes nombres – Hitler, Stalin o Churchill – ,  y evidentemente, es un relato incompleto. Millones de experiencias personales distintas conformaron la realidad de un conflicto bélico de dimensiones universales. Soñadores, el cómic del dibujante Edmond Baudoin con guión del matemático Cédric Villani, narra cuatro de estas pequeñas grandes historias y nos permite conocer a cuatro de las personas que más influyeron en el devenir de la guerra.

La obra está estructurada en dos partes que se van intercalando: por un lado, las conversaciones entre Baudoin y Villani en que reflexionan sobre los protagonistas, su legado y su reconocimiento y sobre la naturaleza del conocimiento científico; y por el otro, las historias de los tres científicos y el militar a los que hace referencia el título del cómic. Los monólogos de Werner Heisenberg, uno de los padres de la física cuántica cuyos estudios posibilitaron la fabricación de la bomba atómica, de Alan Turing, precursor de la informática y responsable de descifrar el código Enigma, de Leo Szilard, descubridor de la reacción nuclear en cadena e impulsor del Proyecto Manhattan y de Hugh Dowding, militar británico al mando de la RAF durante la batalla de Inglaterra, cargan con el peso narrativo del cómic.

Los autores no han creado un cómic biográfico al uso, han ido mucho más allá. Gracias a una gran labor de documentación y al profundo saber científico del guionista, Baudoin y Villani han conseguido dotar de vida a los personajes. Los cuatro hablan en primera persona y mientras narran los hechos de los que fueron partícipes van incluyendo sus reflexiones sobre lo que les tocó vivir. A pesar de la inclusión de abundantes explicaciones teóricas sobre complejos conceptos científicos, los autores han conseguido crear retratos muy personales y acercar al lector la voz de los cuatro genios.

En primer lugar, vemos a Heisenberg el 6 de agosto de 1945, el día del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima. El físico alemán estaba encerrado en Farm Hall con otros reputados científicos germanos y allí se enteraron a través de la BBC del lanzamiento y sus consecuencias. No sabían que sus conversaciones estaban siendo grabadas y debatieron sobre su implicación en la creación de tan funesta arma y sobre su derrota frente al Proyecto Manhattan norteamericano. Heisenberg, quien había mantenido una posición ambivalente frente a Hitler, se retiró a su habitación para tratar de descifrar cómo habían conseguido crear la bomba y cuáles habían sido sus errores. Dos días después fue capaz de ofrecer un seminario a sus colegas, ya con los cálculos correctos y con la reconstrucción completa del proceso de fabricación de la bomba. La forma en que Villani y Baudoin recrean sus pensamientos y sus dudas es magistral, pero no responden a la gran pregunta: ¿Heisenberg sabía cómo fabricar la bomba atómica y no lo hizo para no entregársela a Hitler o pese a sus intentos fue incapaz de fabricarla? Setenta años después el debate sigue abierto.

El segundo episodio está dedicado a Alan Turing. Los autores nos sitúan el 7 de junio de 1954, el día en que el matemático británico falleció. Turing está atormentado por el trato vejatorio que ha recibido en su país tras su fundamental papel en la victoria aliada. Turing repasa su lucha contra el Código Enigma y la forma en que consiguió desencriptar las comunicaciones alemanas. A continuación rememora los castigos que le fueron impuestos por su condición de homosexual. En un alegato contra la discriminación y contra la homofobia, Turing se muestra sereno ante quienes  se beneficiaron de su trabajo y su genio, pero mostraron una gran ingratitud.

A continuación, Villani y Baudoin nos trasladan al 9 de enero de 1960 para dar voz a Leo Szilard, científico húngaro que tuvo un papel central en la carrera atómica. Está en el hospital, enfermo de cáncer, y reflexiona sobre su forma de entender la ciencia, muy alejada de la de la mayor parte de sus colegas. Además relata su labor en la gestación del Proyecto Manhattan, ya que fue él quien convenció a Albert Einstein para que le escribiera al presidente Roosevelt con el objetivo de conseguir fondos para la investigación nuclear. Su trabajo con grandes nombres de la ciencia como Enrico Fermi, Niels Bohr o Frédéric Joliot-Curie comparten protagonismo con sus enfrentamientos con los militares. Ferviente defensor de los derechos humanos y partidario del desarme atómico, estuvo siempre a favor del pensamiento alternativo y de la innovación, incluso para el tratamiento de su enfermedad.

Por último, viajamos a 1968, cuando un ya anciano Hugh Dowding asistió al rodaje de La batalla de Inglaterra, en la que Laurence Olivier interpretaba al propio Dowding. Allí, el veterano militar rememora su participación en la guerra. Los cambios que efectuó en la estrategia defensiva británica permitieron al país resistir los bombardeos alemanes y ganar tiempo hasta la entrada de la Unión Soviética y de los Estados Unidos en el conflicto. Pese a todas las trabas con las que se encontró, a la escasez de medios disponibles y la inexperiencia de los pilotos de la Royal Air Force (RAF), sus decisiones demostraron ser acertadas. A pesar de ello, Sir Hugh Dowding, mariscal del aire, y Keith Park, vicemariscal y su hombre de confianza, fueron destituidos por haberse mostrado demasiado independientes. Años después, ya finalizada la guerra, sus méritos fueron reconocidos y se le rindieron multitud de homenajes.

A nivel gráfico poco se puede decir del trabajo de Edmond Baudoin, uno de los grandes dibujantes europeos de la actualidad. El blanco y negro funciona a las mil maravillas para recrear las cuatro historias. La combinación entre viñetas más clásicas y páginas más cercanas al libro ilustrado permite conjugar las diferentes temáticas del cómic. Es muy interesante observar la evolución en el dibujo de los cuatro episodios: oscuro y tétrico el de Heisenberg, onírico y lleno de metáforas el de Turing, desdibujado y con muchas referencias a la historia del arte el de Szilard y más realista el de Dowding. Siempre al servicio del relato, Baudoin realiza una prodigiosa muestra de sus recursos.
En definitiva, con Soñadores estamos ante un gran cómic histórico que no solo reconstruye con meticulosidad las biografías de cuatro figuras fundamentales en la historia del siglo XX. También es un libro científico que permite conocer a algunas de las mentes e ideas más brillantes de la pasada centuria. Y por último, y por encima de todo, es un cómic que hace las preguntas adecuadas sobre la condición humana, sobre el papel que juegan los individuos en la Historia, sobre los aciertos y errores que han configurado el mundo en el que vivimos.

Futbolín

Futbolín, de Alessio Spataro (DeBolsillo)

Alexandre Campos Ramírez, más conocido como Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra, fue el inventor del futbolín. Nació en 1919 en Finisterre y falleció en 2007 en Zamora y, por tanto, vivió en primera persona buena parte de los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX. Su azarosa vida lo llevó a ser partícipe de la guerra civil, a exiliarse a París, a vivir en diferentes lugares de latinoamérica (Ecuador, Guatemala o México) y a volver a su España natal durante la transición democrática. Conoció a algunos de los grandes intelectuales y artistas de su tiempo: Frida Kahlo, Jean Paul Sartre o Albert Camus y fue muy cercano a poetas como León Felipe y Juan Larrea.

El dibujante italiano Alessio Spataro conoció la historia de Alexandre de Fisterra a través de Bep Moll, el director del documental Tras el futbolín (aquí se puede ver el teaser), que narra la historia de este archiconocido juego. Su origen no está claro del todo, ya que diversos países europeos se atribuyen su invención. Pese a ello, la vida del protagonista del cómic es tan atractiva, que el futbolín tan solo funciona como nexo entre las diferentes etapas que relata el cómic.

Alexandre tenía 17 años cuando los militares rebeldes dieron el golpe de estado que desembocó en la guerra civil. Tras ser víctima de un bombardeo por parte del bando fascista, acabó en la Colonia Puig, cerca de Montserrat, junto con otros adolescentes heridos. Fue en este lugar donde inició su carrera como inventor. Inspirándose en el tenis de mesa, Alexandre inventó el fútbol de mesa, de modo que los niños y niñas que por sus heridas no podían jugar a fútbol pudieran divertirse. Además también diseñó un pasador de páginas mecánico como regalo para su primer amor.

Tras observar las disputas internas del bando republicano y entrar en contacto con grandes personalidades como Orwell, Picasso o Hemingway; superó un penoso exilio al norte de África. Alexandre asistió al desenlace de la Segunda Guerra Mundial y una vez finalizado el conflicto se instaló en París, donde trató de sacar partido a su invento, aunque sin la patente – registrada en la España republicana – poco pudo hacer. En la capital francesa entró en contacto con la intelectualidad más destacada de la época y especialmente con su amiga de la infancia, la actriz María Casares (hija de Casares Quiroga).

Posteriormente se trasladó a Guatemala, donde vivió en primera persona el golpe de Estado organizado por la CIA y la United Fruit Company contra Jacobo Árbenz. Allí conoció a personajes tan esenciales de la historia del siglo XX como Ernesto “El Che” Guevara o los hermanos Castro. Las autoridades franquistas lo persiguieron e incluso llegaron a detenerlo, pero gracias a su pericia logró escapar. A continuación se fue a México y poco a poco se fue abriendo camino en el mundo editorial.

Su objetivo era volver a España, pero solo cuando fuera un país democrático. Su invento se había extendido por todo el mundo, con diferentes nombres y formatos, pero no pudo obtener demasiado rédito económico. Continuó con su labor editorial y se fue desencantando de la política española, ya que no se cumplieron gran parte de sus anhelos. Tuvo una vida realmente trepidante.

A nivel gráfico la labor de Spataro es excelente. Destaca el bitono azul y rojo con el que está construido el cómic, pero también es muy interesante la cantidad de recursos gráficos y narrativos que utiliza a lo largo de la obra. Desde el breve repaso ilustrado a las diversas teorías sobre el origen del futbolín, hasta las escenas bélicas o algunas viñetas de tono marcadamente expresionista, Spataro demuestra un gran dominio del medio. Sus personajes son capaces de transmitir emociones y las metáforas basadas en el juego que da título a la obra son guiños muy elaborados.

Futbolín es un cómic realmente original que narra una de esas pequeñas grandes historias que todos deberíamos conocer. La complejidad del guión requiere cierto esfuerzo por parte del lector, pero la recompensa es cuantiosa. Seguramente en un país que no haya silenciado su memoria todos los niños y niñas conocerían la biografía de alguien como Alexandre Campos Ramírez, pero ha sido un dibujante italiano quien ha recuperado su historia. Bienvenido sea.

Patria

Patria, de Nina Bunjevac (Turner)

El cómic se ha acercado en numerosas ocasiones a la antigua Yugoslavia, aunque generalmente para narrar los episodios bélicos de los años 90. Las obras de Joe Sacco sobre la guerra en Bosnia (Gorazde. Zona Protegida, El mediador. Una historia de Sarajevo) retrataron con maestría algunos de los aspectos más duros del conflicto. Macedonia  de Harvey Pekar y Heather Robertson se centraba en la transición a la democracia del país balcánico o Regards from Serbia de Aleksandar Zograf narraba en primera persona cómo había vivido la guerra de Kosovo un serbio.

Con Patria, Nina Bunjevac adopta una visión muy íntima y personal de los acontecimientos que marcaron la vida de los ciudadanos yugoslavos durante el siglo XX. A partir de los incompletos recuerdos de su infancia y de su historia familiar, la dibujante canadiense reconstruye la historia del país en el que nacieron sus progenitores. El eje central de la trama es la figura de Peter Bunjevac, padre de la autora (vale la pena recordar que Fatherland es el título original del cómic). Su convulsa vida, que le llevó de alistarse en el ejército de la Yugoslavia de Tito a enrolarse en un oscuro grupo terrorista anticomunista, marcó profundamente el desarrollo de la dibujante y del resto de su familia.

El cómic está estructurado en tres capítulos: el primero, construido a partir de los recuerdos infantiles de Nina Bunjevac, con la separación de sus padres como elemento central; el segundo se centra en la historia familiar y se remonta hasta los bisabuelos de la autora y su emigración a Canadá; y, por último, el tercero narra la vida de su padre con la información que ha podido obtener la autora a posteriori. A medida que la novela gráfica avanza, Bunjevac nos va desvelando nueva información y nos hace partícipes de la historia, ya que es el lector el que va completando las lagunas argumentales.

Recrear la historia de un país a partir de una familia no es algo novedoso en el cómic, pero la manera en que lo hace Nina Bunjevac es realmente interesante. Los saltos en el tiempo y en el espacio son una constante: desde su infancia en Canadá nos trasladamos a la Yugoslavia de finales de los 70; de la Yugoslavia de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra viajamos a la zona de los Grandes Lagos, entre EEUU y Canadá, a finales del siglo XIX; del Canadá de los años 60 y 70 nos movemos al presente. Todos estos cambios están muy bien enlazados y la trama, con sus giros y sus momentos de suspense, tiene el ritmo adecuado.

Es también destacable que la autora no se conforma con recuperar la memoria familiar, hecho ya de por sí admirable, sino que va más allá y consigue hacer un excelente resumen de la historia de Croacia y de Serbia. Desde la época medieval hasta la dominación extranjera, por parte de austríacos y de otomanos respectivamente y desde los crímenes de los ustachis (milicia croata aliada de los nazis) hasta la Yugoslavia multiétnica de Tito; Bunjevac hace una explicación muy didáctica de un periodo que abarca casi mil años.

Algunos de los personajes que aparecen en el cómic tienen una gran fuerza. No solo grandes personajes históricos como Josip Broz “Tito” o el líder chetnik Draza Mihailovic, que aparecen en un lugar secundario para explicar el contexto en que se desarrolla el relato, sino algunos de los antepasados de Nina Bunjevac. Entre todos ellos destaca su abuela, que había luchado como partisana en la Segunda Guerra Mundial y que era una gran defensora del comunismo imperante en Yugoslavia. Su creciente enfrentamiento con Peter Bunjevac, su yerno, es uno de los aspectos claves del relato, ya que dejará una profunda huella en la autora.

Gráficamente el trabajo de Bunjevac también está a un gran nivel. La edición de Turner, de buen tamaño y en tapa dura, permite mostrar toda su belleza a las grandes viñetas sin marco de la dibujante canadiense. El blanco y negro, utilizado con maestría, consigue crear atmósferas muy íntimas y dota al cómic de una gran sobriedad. Las tramas, que en ocasiones se acercan al puntillismo, tienen una gran belleza visual y consiguen que las sombras jueguen un papel narrativo fundamental. Los retratos, algo fríos, son muy efectivos para crear un cierto distanciamiento con la acción, de forma que son los propios hechos los que cargan con la fuerza de la narración.

La novela gráfica de Nina Bunjevac es una lectura muy enriquecedora. La visión general de la historia de una región como los Balcanes, junto con la historia familiar, que explica más detalladamente el siglo XX de la antigua Yugoslavia, conforman un argumento muy sugerente. La inclusión de temas con poca presencia en los relatos más usuales sobre la región, como la disidencia anticomunista que llevo a cabo diversos atentados en los Estados Unidos o Canadá, es otro aspecto que hace la lectura de Patria altamente recomendable. Pese a que he leído bastante sobre los Balcanes, tras acabarlo tuve la sensación de haber aprendido muchas cosas. No lo dudéis, Patria es un gran cómic.

Pies descalzos (II)

Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (Parte 2), de Keiji Nakazawa (DeBolsillo, Penguin Random House)

El segundo volumen  de Pies descalzos, la gran obra de Keiji Nakazawa (el primer tomo aquí), sigue las desventuras de Gen Nakaoka en su lucha por la supervivencia en la Hiroshima destruida por la bomba atómica. Recordemos que en la obra original (Hadashi no Gen) la acción estaba dividida en 10 partes, así que el segundo tomo publicado por DeBolsillo sigue en el punto exacto en que nos dejó el primero. El bombardeo atómico ocurrió unos meses antes y Japón firmó su rendición ante los Estados Unidos, pero la vida de millones de japoneses sigue siendo terrible.

La llegada del general americano Douglas MacArthur, que se convirtió en la máxima autoridad política del Japón ocupado en la inmediata posguerra, da inicio a la acción. Gen sigue siendo un testigo de excepción de lo que esta ocurriendo en su ciudad y ve con resignación el poder y la privilegiada situación que ostentan los militares americanos. Nakazawa utiliza el contraste entre estos y los soldados nipones que vuelven del frente, sumidos en la desesperación, para denunciar la responsabilidad de los Aliados y de las autoridades japonesas en el sufrimiento del pueblo.

Dos son los aspectos centrales de esta denuncia: en primer lugar, la ominosa censura a los efectos de la bomba, ya que las nuevas autoridades no permitían informar sobre ellos para evitar posibles revueltas antiamericanas; y posteriormente, la crónica desnutrición que padecía gran parte de la población. Con el recurso ya analizado en el primer volumen de la generalización a partir de un ejemplo concreto, el mangaka consigue recrear con crudeza la lucha por conseguir alimentos. Gen y sus hermanos y amigos hacen lo indecible por conseguir algo que llevarse a la boca: mendigar, robar, cazar perros… la situación que describe Nakazawa es terrible.

Pero no a todo el mundo le fueron mal las cosas en la Hiroshima y el Japón de posguerra. El mercado negro floreció y fueron numerosos los japoneses que se enriquecieron con la especulación a costa del sufrimiento de sus compatriotas. En este contexto, Nakazawa introduce uno de los elementos fundamentales en este volumen: la yakuza, es decir, la mafia japonesa. Un país inestable en el que las fuerzas policiales tienen muy poco peso es el caldo de cultivo ideal para estas organizaciones. El control del mercado negro y la extorsión, aderezados con una gran violencia, son los elementos que permiten a la yakuza dominar el territorio y ser la autoridad más real y más cercana para la mayoría de japoneses.

Como hizo en el primer volumen, Keiji Nakazawa no deja ningún tema polémico sin tratar. En esta ocasión, son dos los ámbitos que me han parecido más interesantes: la impunidad de los soldados americanos y sus relaciones con las mujeres japonesas; y también la situación de la educación de los niños y niñas japoneses. Una de las subtramas más trágicas del cómic muestra cómo dos hermanas consiguen sobrevivir gracias a que la mayor, tras haber sido violada por un soldado norteamericano, decidió mantener relaciones con los militares a cambio de alimentos y dinero. La forma en que Nakazawa presenta la humillación de estas dos chicas representa perfectamente cómo se sintió buena parte de la población japonesa ante la ocupación.

Como decía antes, la educación tiene un lugar importante en este segundo volumen. Los colegios reabren y Gen vuelve a las clases, pero la destrucción y la miseria son las que rigen el día a día de los estudiantes y los profesores. La inexistencia de medios materiales, la sobrepoblación de las aulas y el abandono escolar tienen una gran presencia. Una generación entera de japoneses padeció esta tesitura y su vida quedó marcada para siempre.

A pesar de la introducción de estas nuevas temáticas, la reflexión en torno a la memoria sigue muy presente. La llamada Fiesta de la paz, celebrada el 6 de agosto de 1947 en conmemoración del segundo aniversario del bombardeo atómico, es un buen ejemplo. Las autoridades niponas junto con la administración estadounidense trataron de ocultar las consecuencias reales del bombardeo y la pésima situación que sufrían la mayoría de las víctimas. La hipocresía de aquellos que siempre apostaron por la guerra y ahora se presentan como pacifistas y la ocultación de la responsabilidad imperial que llevó a cabo en nuevo gobierno son magistralmente retratados por Keiji Nakazawa.

Como sucedía en el anterior volumen, es imposible citar todos los aspectos históricos que introduce el autor para reconstruir el Japón de la posguerra, pero es necesario hacer referencia a un tema muy escabroso: el negocio de la muerte. Gen, en su afán por conseguir dinero para comprar alimentos para su hermana enferma, aprende a recitar los Sutras – las   oraciones budistas que sirven para despedir a los muertos – y se convierte en una especie de predicador ambulante. En muchas ocasiones se cuestiona si es lícito aporvecharse de la muerte de sus conciudadanos para hacer dinero a costa de sus familias, pero el instinto de supervivencia y su deseo de salvar a su hermana son más fuertes.

Los médicos, de nuevo, son protagonistas de algunos de los episodios más siniestros de la obra. La especulación con sus servicios y con los medicamentos les permiten una vida privilegiada que contrasta con la de sus vecinos. Además, algunos de ellos colaboraban con los centros de investigación americanos, que ante una eventual guerra atómica contra la URSS estaban estudiando los efectos de la radiación en las víctimas de Hiroshima. Si en el primer tomo Nakazawa hacía recaer la culpa de la guerra en el régimen japonés, en éste, el peso de la responsabilidad norteamericana es mucho mayor.

Las calaveras convertidas en souvenirs, los centros de internamiento para huérfanos, la corrupción policial y su connivencia con la yakuza, el hambre constante, las dificultades para encontrar trabajo, la censura… Nakazawa siguió creando un gran y cruel retrato del Japón de posguerra. Hasta aquí llega el segundo volumen, tan solo la mitad de la obra, y ya son inumerables los motivos por los que recomendar su lectura. En las próximas semanas los volúmenes tercero y cuarto, que seguro que están a la altura.