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Soñadores

Soñadores. Cuatro genios que cambiaron la Historia, de Baudoin y Villani (Astiberri)

El relato tradicional de la Segunda Guerra Mundial se basa en los grandes acontecimientos – Stalingrado, Pearl Harbour o Normandía, entre otros – y en los grandes nombres – Hitler, Stalin o Churchill – ,  y evidentemente, es un relato incompleto. Millones de experiencias personales distintas conformaron la realidad de un conflicto bélico de dimensiones universales. Soñadores, el cómic del dibujante Edmond Baudoin con guión del matemático Cédric Villani, narra cuatro de estas pequeñas grandes historias y nos permite conocer a cuatro de las personas que más influyeron en el devenir de la guerra.

La obra está estructurada en dos partes que se van intercalando: por un lado, las conversaciones entre Baudoin y Villani en que reflexionan sobre los protagonistas, su legado y su reconocimiento y sobre la naturaleza del conocimiento científico; y por el otro, las historias de los tres científicos y el militar a los que hace referencia el título del cómic. Los monólogos de Werner Heisenberg, uno de los padres de la física cuántica cuyos estudios posibilitaron la fabricación de la bomba atómica, de Alan Turing, precursor de la informática y responsable de descifrar el código Enigma, de Leo Szilard, descubridor de la reacción nuclear en cadena e impulsor del Proyecto Manhattan y de Hugh Dowding, militar británico al mando de la RAF durante la batalla de Inglaterra, cargan con el peso narrativo del cómic.

Los autores no han creado un cómic biográfico al uso, han ido mucho más allá. Gracias a una gran labor de documentación y al profundo saber científico del guionista, Baudoin y Villani han conseguido dotar de vida a los personajes. Los cuatro hablan en primera persona y mientras narran los hechos de los que fueron partícipes van incluyendo sus reflexiones sobre lo que les tocó vivir. A pesar de la inclusión de abundantes explicaciones teóricas sobre complejos conceptos científicos, los autores han conseguido crear retratos muy personales y acercar al lector la voz de los cuatro genios.

En primer lugar, vemos a Heisenberg el 6 de agosto de 1945, el día del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima. El físico alemán estaba encerrado en Farm Hall con otros reputados científicos germanos y allí se enteraron a través de la BBC del lanzamiento y sus consecuencias. No sabían que sus conversaciones estaban siendo grabadas y debatieron sobre su implicación en la creación de tan funesta arma y sobre su derrota frente al Proyecto Manhattan norteamericano. Heisenberg, quien había mantenido una posición ambivalente frente a Hitler, se retiró a su habitación para tratar de descifrar cómo habían conseguido crear la bomba y cuáles habían sido sus errores. Dos días después fue capaz de ofrecer un seminario a sus colegas, ya con los cálculos correctos y con la reconstrucción completa del proceso de fabricación de la bomba. La forma en que Villani y Baudoin recrean sus pensamientos y sus dudas es magistral, pero no responden a la gran pregunta: ¿Heisenberg sabía cómo fabricar la bomba atómica y no lo hizo para no entregársela a Hitler o pese a sus intentos fue incapaz de fabricarla? Setenta años después el debate sigue abierto.

El segundo episodio está dedicado a Alan Turing. Los autores nos sitúan el 7 de junio de 1954, el día en que el matemático británico falleció. Turing está atormentado por el trato vejatorio que ha recibido en su país tras su fundamental papel en la victoria aliada. Turing repasa su lucha contra el Código Enigma y la forma en que consiguió desencriptar las comunicaciones alemanas. A continuación rememora los castigos que le fueron impuestos por su condición de homosexual. En un alegato contra la discriminación y contra la homofobia, Turing se muestra sereno ante quienes  se beneficiaron de su trabajo y su genio, pero mostraron una gran ingratitud.

A continuación, Villani y Baudoin nos trasladan al 9 de enero de 1960 para dar voz a Leo Szilard, científico húngaro que tuvo un papel central en la carrera atómica. Está en el hospital, enfermo de cáncer, y reflexiona sobre su forma de entender la ciencia, muy alejada de la de la mayor parte de sus colegas. Además relata su labor en la gestación del Proyecto Manhattan, ya que fue él quien convenció a Albert Einstein para que le escribiera al presidente Roosevelt con el objetivo de conseguir fondos para la investigación nuclear. Su trabajo con grandes nombres de la ciencia como Enrico Fermi, Niels Bohr o Frédéric Joliot-Curie comparten protagonismo con sus enfrentamientos con los militares. Ferviente defensor de los derechos humanos y partidario del desarme atómico, estuvo siempre a favor del pensamiento alternativo y de la innovación, incluso para el tratamiento de su enfermedad.

Por último, viajamos a 1968, cuando un ya anciano Hugh Dowding asistió al rodaje de La batalla de Inglaterra, en la que Laurence Olivier interpretaba al propio Dowding. Allí, el veterano militar rememora su participación en la guerra. Los cambios que efectuó en la estrategia defensiva británica permitieron al país resistir los bombardeos alemanes y ganar tiempo hasta la entrada de la Unión Soviética y de los Estados Unidos en el conflicto. Pese a todas las trabas con las que se encontró, a la escasez de medios disponibles y la inexperiencia de los pilotos de la Royal Air Force (RAF), sus decisiones demostraron ser acertadas. A pesar de ello, Sir Hugh Dowding, mariscal del aire, y Keith Park, vicemariscal y su hombre de confianza, fueron destituidos por haberse mostrado demasiado independientes. Años después, ya finalizada la guerra, sus méritos fueron reconocidos y se le rindieron multitud de homenajes.

A nivel gráfico poco se puede decir del trabajo de Edmond Baudoin, uno de los grandes dibujantes europeos de la actualidad. El blanco y negro funciona a las mil maravillas para recrear las cuatro historias. La combinación entre viñetas más clásicas y páginas más cercanas al libro ilustrado permite conjugar las diferentes temáticas del cómic. Es muy interesante observar la evolución en el dibujo de los cuatro episodios: oscuro y tétrico el de Heisenberg, onírico y lleno de metáforas el de Turing, desdibujado y con muchas referencias a la historia del arte el de Szilard y más realista el de Dowding. Siempre al servicio del relato, Baudoin realiza una prodigiosa muestra de sus recursos.
En definitiva, con Soñadores estamos ante un gran cómic histórico que no solo reconstruye con meticulosidad las biografías de cuatro figuras fundamentales en la historia del siglo XX. También es un libro científico que permite conocer a algunas de las mentes e ideas más brillantes de la pasada centuria. Y por último, y por encima de todo, es un cómic que hace las preguntas adecuadas sobre la condición humana, sobre el papel que juegan los individuos en la Historia, sobre los aciertos y errores que han configurado el mundo en el que vivimos.

Futbolín

Futbolín, de Alessio Spataro (DeBolsillo)

Alexandre Campos Ramírez, más conocido como Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra, fue el inventor del futbolín. Nació en 1919 en Finisterre y falleció en 2007 en Zamora y, por tanto, vivió en primera persona buena parte de los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX. Su azarosa vida lo llevó a ser partícipe de la guerra civil, a exiliarse a París, a vivir en diferentes lugares de latinoamérica (Ecuador, Guatemala o México) y a volver a su España natal durante la transición democrática. Conoció a algunos de los grandes intelectuales y artistas de su tiempo: Frida Kahlo, Jean Paul Sartre o Albert Camus y fue muy cercano a poetas como León Felipe y Juan Larrea.

El dibujante italiano Alessio Spataro conoció la historia de Alexandre de Fisterra a través de Bep Moll, el director del documental Tras el futbolín (aquí se puede ver el teaser), que narra la historia de este archiconocido juego. Su origen no está claro del todo, ya que diversos países europeos se atribuyen su invención. Pese a ello, la vida del protagonista del cómic es tan atractiva, que el futbolín tan solo funciona como nexo entre las diferentes etapas que relata el cómic.

Alexandre tenía 17 años cuando los militares rebeldes dieron el golpe de estado que desembocó en la guerra civil. Tras ser víctima de un bombardeo por parte del bando fascista, acabó en la Colonia Puig, cerca de Montserrat, junto con otros adolescentes heridos. Fue en este lugar donde inició su carrera como inventor. Inspirándose en el tenis de mesa, Alexandre inventó el fútbol de mesa, de modo que los niños y niñas que por sus heridas no podían jugar a fútbol pudieran divertirse. Además también diseñó un pasador de páginas mecánico como regalo para su primer amor.

Tras observar las disputas internas del bando republicano y entrar en contacto con grandes personalidades como Orwell, Picasso o Hemingway; superó un penoso exilio al norte de África. Alexandre asistió al desenlace de la Segunda Guerra Mundial y una vez finalizado el conflicto se instaló en París, donde trató de sacar partido a su invento, aunque sin la patente – registrada en la España republicana – poco pudo hacer. En la capital francesa entró en contacto con la intelectualidad más destacada de la época y especialmente con su amiga de la infancia, la actriz María Casares (hija de Casares Quiroga).

Posteriormente se trasladó a Guatemala, donde vivió en primera persona el golpe de Estado organizado por la CIA y la United Fruit Company contra Jacobo Árbenz. Allí conoció a personajes tan esenciales de la historia del siglo XX como Ernesto “El Che” Guevara o los hermanos Castro. Las autoridades franquistas lo persiguieron e incluso llegaron a detenerlo, pero gracias a su pericia logró escapar. A continuación se fue a México y poco a poco se fue abriendo camino en el mundo editorial.

Su objetivo era volver a España, pero solo cuando fuera un país democrático. Su invento se había extendido por todo el mundo, con diferentes nombres y formatos, pero no pudo obtener demasiado rédito económico. Continuó con su labor editorial y se fue desencantando de la política española, ya que no se cumplieron gran parte de sus anhelos. Tuvo una vida realmente trepidante.

A nivel gráfico la labor de Spataro es excelente. Destaca el bitono azul y rojo con el que está construido el cómic, pero también es muy interesante la cantidad de recursos gráficos y narrativos que utiliza a lo largo de la obra. Desde el breve repaso ilustrado a las diversas teorías sobre el origen del futbolín, hasta las escenas bélicas o algunas viñetas de tono marcadamente expresionista, Spataro demuestra un gran dominio del medio. Sus personajes son capaces de transmitir emociones y las metáforas basadas en el juego que da título a la obra son guiños muy elaborados.

Futbolín es un cómic realmente original que narra una de esas pequeñas grandes historias que todos deberíamos conocer. La complejidad del guión requiere cierto esfuerzo por parte del lector, pero la recompensa es cuantiosa. Seguramente en un país que no haya silenciado su memoria todos los niños y niñas conocerían la biografía de alguien como Alexandre Campos Ramírez, pero ha sido un dibujante italiano quien ha recuperado su historia. Bienvenido sea.

Patria

Patria, de Nina Bunjevac (Turner)

El cómic se ha acercado en numerosas ocasiones a la antigua Yugoslavia, aunque generalmente para narrar los episodios bélicos de los años 90. Las obras de Joe Sacco sobre la guerra en Bosnia (Gorazde. Zona Protegida, El mediador. Una historia de Sarajevo) retrataron con maestría algunos de los aspectos más duros del conflicto. Macedonia  de Harvey Pekar y Heather Robertson se centraba en la transición a la democracia del país balcánico o Regards from Serbia de Aleksandar Zograf narraba en primera persona cómo había vivido la guerra de Kosovo un serbio.

Con Patria, Nina Bunjevac adopta una visión muy íntima y personal de los acontecimientos que marcaron la vida de los ciudadanos yugoslavos durante el siglo XX. A partir de los incompletos recuerdos de su infancia y de su historia familiar, la dibujante canadiense reconstruye la historia del país en el que nacieron sus progenitores. El eje central de la trama es la figura de Peter Bunjevac, padre de la autora (vale la pena recordar que Fatherland es el título original del cómic). Su convulsa vida, que le llevó de alistarse en el ejército de la Yugoslavia de Tito a enrolarse en un oscuro grupo terrorista anticomunista, marcó profundamente el desarrollo de la dibujante y del resto de su familia.

El cómic está estructurado en tres capítulos: el primero, construido a partir de los recuerdos infantiles de Nina Bunjevac, con la separación de sus padres como elemento central; el segundo se centra en la historia familiar y se remonta hasta los bisabuelos de la autora y su emigración a Canadá; y, por último, el tercero narra la vida de su padre con la información que ha podido obtener la autora a posteriori. A medida que la novela gráfica avanza, Bunjevac nos va desvelando nueva información y nos hace partícipes de la historia, ya que es el lector el que va completando las lagunas argumentales.

Recrear la historia de un país a partir de una familia no es algo novedoso en el cómic, pero la manera en que lo hace Nina Bunjevac es realmente interesante. Los saltos en el tiempo y en el espacio son una constante: desde su infancia en Canadá nos trasladamos a la Yugoslavia de finales de los 70; de la Yugoslavia de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra viajamos a la zona de los Grandes Lagos, entre EEUU y Canadá, a finales del siglo XIX; del Canadá de los años 60 y 70 nos movemos al presente. Todos estos cambios están muy bien enlazados y la trama, con sus giros y sus momentos de suspense, tiene el ritmo adecuado.

Es también destacable que la autora no se conforma con recuperar la memoria familiar, hecho ya de por sí admirable, sino que va más allá y consigue hacer un excelente resumen de la historia de Croacia y de Serbia. Desde la época medieval hasta la dominación extranjera, por parte de austríacos y de otomanos respectivamente y desde los crímenes de los ustachis (milicia croata aliada de los nazis) hasta la Yugoslavia multiétnica de Tito; Bunjevac hace una explicación muy didáctica de un periodo que abarca casi mil años.

Algunos de los personajes que aparecen en el cómic tienen una gran fuerza. No solo grandes personajes históricos como Josip Broz “Tito” o el líder chetnik Draza Mihailovic, que aparecen en un lugar secundario para explicar el contexto en que se desarrolla el relato, sino algunos de los antepasados de Nina Bunjevac. Entre todos ellos destaca su abuela, que había luchado como partisana en la Segunda Guerra Mundial y que era una gran defensora del comunismo imperante en Yugoslavia. Su creciente enfrentamiento con Peter Bunjevac, su yerno, es uno de los aspectos claves del relato, ya que dejará una profunda huella en la autora.

Gráficamente el trabajo de Bunjevac también está a un gran nivel. La edición de Turner, de buen tamaño y en tapa dura, permite mostrar toda su belleza a las grandes viñetas sin marco de la dibujante canadiense. El blanco y negro, utilizado con maestría, consigue crear atmósferas muy íntimas y dota al cómic de una gran sobriedad. Las tramas, que en ocasiones se acercan al puntillismo, tienen una gran belleza visual y consiguen que las sombras jueguen un papel narrativo fundamental. Los retratos, algo fríos, son muy efectivos para crear un cierto distanciamiento con la acción, de forma que son los propios hechos los que cargan con la fuerza de la narración.

La novela gráfica de Nina Bunjevac es una lectura muy enriquecedora. La visión general de la historia de una región como los Balcanes, junto con la historia familiar, que explica más detalladamente el siglo XX de la antigua Yugoslavia, conforman un argumento muy sugerente. La inclusión de temas con poca presencia en los relatos más usuales sobre la región, como la disidencia anticomunista que llevo a cabo diversos atentados en los Estados Unidos o Canadá, es otro aspecto que hace la lectura de Patria altamente recomendable. Pese a que he leído bastante sobre los Balcanes, tras acabarlo tuve la sensación de haber aprendido muchas cosas. No lo dudéis, Patria es un gran cómic.

Pies descalzos (II)

Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (Parte 2), de Keiji Nakazawa (DeBolsillo, Penguin Random House)

El segundo volumen  de Pies descalzos, la gran obra de Keiji Nakazawa (el primer tomo aquí), sigue las desventuras de Gen Nakaoka en su lucha por la supervivencia en la Hiroshima destruida por la bomba atómica. Recordemos que en la obra original (Hadashi no Gen) la acción estaba dividida en 10 partes, así que el segundo tomo publicado por DeBolsillo sigue en el punto exacto en que nos dejó el primero. El bombardeo atómico ocurrió unos meses antes y Japón firmó su rendición ante los Estados Unidos, pero la vida de millones de japoneses sigue siendo terrible.

La llegada del general americano Douglas MacArthur, que se convirtió en la máxima autoridad política del Japón ocupado en la inmediata posguerra, da inicio a la acción. Gen sigue siendo un testigo de excepción de lo que esta ocurriendo en su ciudad y ve con resignación el poder y la privilegiada situación que ostentan los militares americanos. Nakazawa utiliza el contraste entre estos y los soldados nipones que vuelven del frente, sumidos en la desesperación, para denunciar la responsabilidad de los Aliados y de las autoridades japonesas en el sufrimiento del pueblo.

Dos son los aspectos centrales de esta denuncia: en primer lugar, la ominosa censura a los efectos de la bomba, ya que las nuevas autoridades no permitían informar sobre ellos para evitar posibles revueltas antiamericanas; y posteriormente, la crónica desnutrición que padecía gran parte de la población. Con el recurso ya analizado en el primer volumen de la generalización a partir de un ejemplo concreto, el mangaka consigue recrear con crudeza la lucha por conseguir alimentos. Gen y sus hermanos y amigos hacen lo indecible por conseguir algo que llevarse a la boca: mendigar, robar, cazar perros… la situación que describe Nakazawa es terrible.

Pero no a todo el mundo le fueron mal las cosas en la Hiroshima y el Japón de posguerra. El mercado negro floreció y fueron numerosos los japoneses que se enriquecieron con la especulación a costa del sufrimiento de sus compatriotas. En este contexto, Nakazawa introduce uno de los elementos fundamentales en este volumen: la yakuza, es decir, la mafia japonesa. Un país inestable en el que las fuerzas policiales tienen muy poco peso es el caldo de cultivo ideal para estas organizaciones. El control del mercado negro y la extorsión, aderezados con una gran violencia, son los elementos que permiten a la yakuza dominar el territorio y ser la autoridad más real y más cercana para la mayoría de japoneses.

Como hizo en el primer volumen, Keiji Nakazawa no deja ningún tema polémico sin tratar. En esta ocasión, son dos los ámbitos que me han parecido más interesantes: la impunidad de los soldados americanos y sus relaciones con las mujeres japonesas; y también la situación de la educación de los niños y niñas japoneses. Una de las subtramas más trágicas del cómic muestra cómo dos hermanas consiguen sobrevivir gracias a que la mayor, tras haber sido violada por un soldado norteamericano, decidió mantener relaciones con los militares a cambio de alimentos y dinero. La forma en que Nakazawa presenta la humillación de estas dos chicas representa perfectamente cómo se sintió buena parte de la población japonesa ante la ocupación.

Como decía antes, la educación tiene un lugar importante en este segundo volumen. Los colegios reabren y Gen vuelve a las clases, pero la destrucción y la miseria son las que rigen el día a día de los estudiantes y los profesores. La inexistencia de medios materiales, la sobrepoblación de las aulas y el abandono escolar tienen una gran presencia. Una generación entera de japoneses padeció esta tesitura y su vida quedó marcada para siempre.

A pesar de la introducción de estas nuevas temáticas, la reflexión en torno a la memoria sigue muy presente. La llamada Fiesta de la paz, celebrada el 6 de agosto de 1947 en conmemoración del segundo aniversario del bombardeo atómico, es un buen ejemplo. Las autoridades niponas junto con la administración estadounidense trataron de ocultar las consecuencias reales del bombardeo y la pésima situación que sufrían la mayoría de las víctimas. La hipocresía de aquellos que siempre apostaron por la guerra y ahora se presentan como pacifistas y la ocultación de la responsabilidad imperial que llevó a cabo en nuevo gobierno son magistralmente retratados por Keiji Nakazawa.

Como sucedía en el anterior volumen, es imposible citar todos los aspectos históricos que introduce el autor para reconstruir el Japón de la posguerra, pero es necesario hacer referencia a un tema muy escabroso: el negocio de la muerte. Gen, en su afán por conseguir dinero para comprar alimentos para su hermana enferma, aprende a recitar los Sutras – las   oraciones budistas que sirven para despedir a los muertos – y se convierte en una especie de predicador ambulante. En muchas ocasiones se cuestiona si es lícito aporvecharse de la muerte de sus conciudadanos para hacer dinero a costa de sus familias, pero el instinto de supervivencia y su deseo de salvar a su hermana son más fuertes.

Los médicos, de nuevo, son protagonistas de algunos de los episodios más siniestros de la obra. La especulación con sus servicios y con los medicamentos les permiten una vida privilegiada que contrasta con la de sus vecinos. Además, algunos de ellos colaboraban con los centros de investigación americanos, que ante una eventual guerra atómica contra la URSS estaban estudiando los efectos de la radiación en las víctimas de Hiroshima. Si en el primer tomo Nakazawa hacía recaer la culpa de la guerra en el régimen japonés, en éste, el peso de la responsabilidad norteamericana es mucho mayor.

Las calaveras convertidas en souvenirs, los centros de internamiento para huérfanos, la corrupción policial y su connivencia con la yakuza, el hambre constante, las dificultades para encontrar trabajo, la censura… Nakazawa siguió creando un gran y cruel retrato del Japón de posguerra. Hasta aquí llega el segundo volumen, tan solo la mitad de la obra, y ya son inumerables los motivos por los que recomendar su lectura. En las próximas semanas los volúmenes tercero y cuarto, que seguro que están a la altura.

Pies descalzos (I)

Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (Parte 1), de Keiji Nakazawa (DeBolsillo, Penguin Random House)

Pies descalzos (Hadashi no Gen en el japonés original) era uno de los cómics que más ganas tenía de leer. Su enrevesado periplo editorial en España hacia que fuera realmente complicado acceder a él: ni en bibliotecas, ni de segunda mano, ni siquiera en internet. Cuando en verano del año pasado vi que Penguin Random House, con su sello DeBolsillo, iba a publicar la obra completa, me llevé una gran alegría. Lo que había leído sobre esta obra, siempre marcado por nuestra fijación occidental – el Maus japonés, aunque fuera bastante anterior al cómic de Spiegelman -, me había creado un gran interés. El relato autobiográfico de un superviviente de la bomba atómica de Hiroshima tenía que ser una gran historia, y tras leer el primer volumen de los cuatro de la actual edición (el original estaba publicado en 10 tomos tras su aparición seriada en diversas revistas), la obra de Keiji Nakazawa ha superado con creces mis expectativas.

El protagonista de la historia es Gen Nakaoka, un niño de 7 u 8 años que vive en Hiroshima con sus padres, sus tres hermanos y su hermana. El relato se inicia en plena Segunda Guerra Mundial cuando el Imperio Japonés ya está en guerra con Estados Unidos. Nakazawa recrea con gran habilidad el ambiente belicista y patriotero que imperaba en Japón durante esa oscura época. El padre de Gen, un artista tradicional profundamente antibelicista transmite con vehemencia sus ideas a sus hijos y no las esconde ante las autoridades. Las ideas del padre afectan a toda la familia, ya que los vecinos los rechazan e incluso los niños son marginados en la escuela. La crítica a la sociedad japonesa está siempre presente, hecho que provoca aún hoy en día el rechazo del cómic por parte de los sectores más reaccionarios.

Keiji Nakazawa podría haber creado un relato maniqueo que presentara a los malvados americanos como únicos culpables de la situación japonesa, pero la autocrítica y la presentación de los aspectos más negativos del régimen militarista que gobernaba son elementos innegociables para el dibujante japonés. El recurso que utiliza es explicar la situación concreta de una persona cercana a Gen para extrapolar su caso y así retratar la realidad del Japón en guerra. Uno de los ejemplos más claros es el señor Bok, un entrañable vecino coreano de los Nakaoka, que permite a Nakazawa denunciar el racismo vigente en su Hiroshima natal.

Otro ámbito que recrea magistralmente el dibujante nipón es la escuela. El adoctrinamiento se lleva a cabo hasta el límite. La fe ciega en el Emperador y en la victoria sobre sus despreciables enemigos no se pone en duda, y cualquiera que lo haga recibe su merecido castigo. Los hermanos Nakaoka sufren las consecuencias de las heterodoxas ideas de su padre. La figura del profesor queda en muy mal lugar y los docentes se acercan más a oficiales militares que tratan de disciplinar a sus tropas e inculcarles obediencia que a los educadores que teóricamente deberían ser.

La propaganda tiene también un papel central en la historia, ya que la utilización de la prensa por parte del gobierno era una constante. Cuando una parte de la sociedad ya era consciente de las dificultades para resistir el esfuerzo bélico y veían imposible una victoria sobre los Aliados, los medios de comunicación trataban de mantener alta la moral por cualquier medio. Son destacables algunos mecanismos concretos que Nakazawa recuerda, como por ejemplo la obligación de pisar e insultar unos retratos de Roosevelt y Churchill pintados en la calzada de un puente.

La denuncia al régimen y su dirección militar es durísima. Uno de los hermanos de Gen es obligado a asistir, junto con el resto de niños de su edad – de unos 10 o 12 años – a unos mal llamados campos de educación. La explicación oficial es que allí iban a estar protegidos de los bombardeos, pero la realidad era muy distinta: eran peones agrícolas que trabajaban gratuitamente en unas condiciones terribles. Toda la sociedad tenía que contribuir al esfuerzo bélico y solo unos pocos locos traidores como el señor Nakaoka defendían en público  el mal que estaba causando la guerra. 

Keiji Nakazawa, de la mano del hermano mayor de Gen, también habla sobre el ejército. Uno de los elementos que siempre se mencionan cuando se relata el papel de Japón en la Segunda Guerra Mundial son los kamikazes. Estos jóvenes voluntarios recibían una presión brutal por parte de la cúpula militar para que se sacrificaran por su país, aunque ya sabían que la guerra estaba perdida. El hermano de Gen se enrola en la marina para salvar el honor de su familia, pese a las objecciones de su padre y allí conoce a varios oficiales que le explican la cruda realidad del ejército imperial.

Ningún aspecto polémico queda a salvo de los dibujos de Nakazawa: el enfrentamiento entre la gente mayor que dirige el el destino del país y la gente joven que se sacrifica por él; el reclutamiento forzoso de adolescentes de 15 a 17 años de edad o la corrupción y la represión policiales que hacen la vida imposible a sus compatriotas ocupan un lugar destacado en la obra. A medida que todas estas tramas avanzan, el autor nipón introduce una muy didáctica explicación histórica del Proyecto Manhattan y de la decisión norteamericana de utilizar la bomba atómica contra Japón.

Y el 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la bomba atómica – irónicamente llamada Little Boy – cayó sobre Hiroshima. El propio Nakazawa, como su alter ego Gen Nakaoka, se salvó por pura casualidad. El muro de hormigón de la escuela lo protegió de la onda expansiva y tan solo sufrió quemaduras leves en el cuello y la cabeza. Keiji Nakazawa consigue transmitir perfectamente la destrucción total, el caos y el terror que debieron vivirse en la ciudad. Un Gen totalmente desorientado vaga asistiendo al desfile de los horrores en que se convirtió Hiroshima. Los efectos directos de la onda expansiva, las quemaduras y los incendios la conviertieron en el verdadero infierno.

Nakazawa, superviviente de la bomba, no se ahorra ninguno de sus terribles recuerdos: gente con la piel colgando; el ansia por beber agua de los heridos; las consecuencias directas de la radiación… incluso la trágica muerte de su familia, ya que solo él y su madre sobrevivieron al bombardeo. Un caballo atravesando enloquecido la ciudad o el parto de su madre embarazada son escenas imborrables para cualquiera que lea Pies descalzos. 

De nuevo Nakazawa utiliza las trágicas historias de personajes con los que se encuentra Gen para retratar lo que vivieron las cientos de miles de víctimas de la bomba. Imposible no emocionarse con algunas de estas historias, algunas como la del soldado o la de la bailarina, realmente memorables. Los efectos de la radiación, la forma en que los supervivientes tratan de huir de la ciudad indicando a sus parientes – en caso de que estos sigan vivos – dónde pueden encontrarlos, las supersticiones que empiezan a extenderse para protegerse de la enfermedad que propagan la bomba y sus víctimas.

El dibujante podría haberse parado aquí. Podría haber retratado tan solo el sufrimiento de sus compatriotas y la previsible riada de solidaridad respecto a las víctimas; pero Nakazawa ahonda en el drama, es fiel a la realidad, es fiel a sus recuerdos. El trato vejatorio que recibieron las víctimas, por parte de las autoridades y de los japoneses de a pie, es espeluznante. El racismo anticoreano, aún presente a pesar de que gente como el señor Bok habían sufrido lo mismo que sus vecinos. La ineficacia gubernamental unida al empecinamiento en postergar la rendición, que provocó el lanzamiento de una segunda bomba tres días más tarde sobre Nagasaki.

Las víctimas sufrieron doblemente: en primer lugar, padecieron las consecuencias directas de la bomba, con decenas miles de muertos y heridos y la destrucción del 90% de los edificios de la ciudad; y en segundo lugar, la marginación a la que fueron sometidos, su condición de parias, la imposibilidad de encontrar trabajo o alimentos, de recibir la solidariadad del resto de japoneses, incluso de sus propias familias. El relato de Nakazawa es realmente duro. Cuando uno piensa que no puede haber nada peor que sufrir en primera persona el bombardeo y perder a la mayoría de su familia, Gen se encuentra con la hipocresía y la ruindad de buena parte de la sociedad.

Seiji es otro de estos personajes que el autor utiliza como ejemplo de lo que pasó tras el lanzamiento de la bomba. Su propio hermano y su cuñada lo esconden, lo tratan como a un monstruo que afecta al buen nombre de la familia. La guerra no solo destruyó Japón fisícamente, también lo destruyó moralmente, y esta es la gran historia que nos cuenta Pies descalzos.

La rendición final por parte del Emperador y la cúpula militar supuso un alivio para la población, pero no puso fin al sufrimiento de las víctimas. Gen sigue su periplo y se sigue encontrado con injusticias: los médicos no tratan a los pobres, se extiende el miedo al contagio, el hambre sigue presente, los insultos, el desprecio hacia las víctimas…

El primer volumen de Pies descalzos llega hasta aquí. Es una lectura apasionante. Son cientos los temas que trata, son múltiples los niveles de lectura, son infinitos los detalles. Tan solo habiendo leído una cuarta parte – casi 800 páginas – de la monumental obra de Keiji Nakazawa entiendo que se la considere una obra maestra, que Art Siegelman, como afirma en el prólogo, la tenga como un cómic de referencia. Si aún no lo habéis hecho, haceros con ella, estoy seguro que no os defraudará.

PD: os recomiendo encarecidamente la lectura de esta entrevista a Keiji Nakazawa aparecida en The Comics Journal 256 y traducida por Frog 2000.

Yo, René Tardi 2

Yo, René Tardi. Prisionero de guerra en Stalag II B. Mi regreso a Francia, de J. Tardi (Norma Editorial)

Mi regreso a Francia es el segundo volumen de la serie Yo, René Tardi. Prisionero de guerra en Stalag II B con la que Jacques Tardi relata las vivencias de su padre durante la Segunda Guerra Mundial. En la primera entrega, reseñada anteriormente en el blog, éramos testigos del confinamiento de René Tardi en un campo para prisioneros de guerra durante prácticamente cinco años. La rápida derrota del ejército francés y las penalidades que sufrían Tardi y sus compañeros eran los dos ejes del cómic.

La segunda parte continúa la narración en el momento exacto en que acababa el primer volumen, cuando los prisioneros eran evacuados del campo en pleno invierno, sin un destino demasiado claro. El implacable avance de las fuerzas soviéticas en el este provocó que los alemanes trataran de reagrupar sus fuerzas y sus rehenes – prisioneros de guerra de muchos de los países aliados – en el territorio germano. Para René Tardi y el resto de prisioneros franceses, el avance en dirección oeste era un motivo de esperanza, ya que el reencuentro con su amada Henriette cada vez estaba más cerca.

Como en la primera entrega, la historia es narrada mediante los diálogos ficticios entre Jacques Tardi y su difunto padre, cuya voz proviene de sus diarios de los años 40. En esta ocasión, tienen una especial importancia las cuartillas con las anotaciones – incluídas en las guardas de la fantástica edición de Norma -, que permiten reconstruir el tortuoso viaje entre Hammerstein y Lille que llevó a cabo el padre del dibujante entre el 29 de enero y el 23 de mayo de 1945. Las discusiones entre padre e hijo y las preguntas que quedaron sin respuesta tienen una presencia constante y aligeran el ritmo en ciertos momentos monótono y repetitivo del cómic.

Los apuntes de René Tardi eran exhaustivos, ya que incluían las paradas que hicieron y las estimaciones de los kilómetros que recorrían en cada etapa; pero contenían, como es lógico, algunos elementos inexactos. Jacques Tardi rehízo – en coche – el camino que su padre había recorrido 70 años antes y en el epílogo él y su esposa Dominique Grange explican esta emotiva experiencia y el descubrimiento de cierta información que completaba los diarios paternos.

Además del triste y duro periplo de René Tardi, ejemplo de uno de los episodios más desconocidos de la guerra, esta obra es un gran acercamiento a la Segunda Guerra Mundial, ya que el Jacques Tardi niño le va explicando a su padre los aconteciemientos esenciales de la etapa final del conflicto: el avance soviético en el este, las victorias aliadas en el oeste, la toma de Berlín, el descubrimiento de los campos de concentración, el suicidio de Hitler… todos ellos elementos trascendentes que fueron coetáneos a la travesía de su padre.

Jacques Tardi reconstruye las experiencias de su progenitor sin dulcificarlas y sin esconder los aspectos más brutales, como el asesinato de cinco de los guardias que los custodiaban. Tardi recrimina a su padre su participación en estas acciones y al mismo tiempo muestra como éste no se arrepintió de lo que hizo junto a sus compañeros de calvario. Además, otro elemento que aleja el relato de Tardi de la versión hegemónica sobre la Segunda Guerra Mundial es la inclusión, con todo lujo de detalles, de los bombardeos aliados sobre las ciudades alemanas.

A nivel gráfico, Mi regreso a Francia mantiene la línea marcada en el primer tomo: páginas con tres viñetas alargadas predominio de los grises y gran nivel de detalle en escenarios, vestuario y armamento. La gran novedad es el uso del color, que adquiere más importancia en esta entrega. Más allá de su uso puntual para dar énfasis a algunos aspectos concretos como las banderas, el color se convierte, a medida que avanza la historia, en un elemento narrativo de primer orden: desde el uso de los fondos rojos en los momentos de mayor crueldad hasta el uso de una paleta bastante completa cuando el suplicio del camino llega a su fin.

La serie Yo, René Tardi se ha convertido ya en uno de los mejores cómics sobre la Segunda Guerra Mundial, ya que su original enfoque, centrándose en uno de los millones de  personajes anónimos que tuvieron su papel en el conflicto y la estructura dialogada entre padre e hijo, que recuerda a la canónica Maus, la convierten en una obra muy atractiva.  En un futuro cercano Jacques Tardi publicará un tercer volumen sobre su padre, que continuará con la biografía tras su llegada a Francia y que seguro que volverá a ser muy interesante. Tras ser quizás el dibujante que mejor ha retratado la Primera Guerra Mundial, Tardi demuestra que también está al nivel de los mejores autores que han trasladado al cómic el conflicto bélico más importante del siglo XX.

Spirou. El botones de verde caqui

Spirou. El botones de verde caqui, de Schwartz y Yann. (Dibbuks)

Spirou es uno de los grandes personajes del cómic franco-belga, prácticamente a la altura de Asterix y Tintín. La serie regular cuenta con más de cincuenta álbumes, pero la editorial Dupuis, que posee los derechos del personaje – a la manera de las grandes editoriales americanas con los superhéroes -, decidió crear una serie independiente en la que participaran grandes autores. Esta serie se llama Una aventura de Spirou y Fantasio por… y en este caso fueron el guionista Yann y el dibujante Olivier Schwartz los encargados de dirigir los pasos de Spirou y su amigo Fantasio.

El periplo editorial de Spirou en España ha sido bastante complejo, pero recientemente Dibbuks se ha hecho con sus derechos. Para dar el pistoletazo de salida al famoso personaje creado por Rob-Vel en 1938, nada mejor que esta historia ambientada en la Segunda Guerra Mundial en la que el tradicional traje rojo del protagonista se convierte en verde caqui.

La acción se sitúa en la Bruselas ocupada por los alemanes en el año 1942. Spirou, junto con su inseparable ardilla Spip, trabaja como botones en el Hotel Moustic, que se ha convertido en el cuartel general de los invasores. Desde esta complicada posición, Spirou colabora con la resistencia belga pasando información sobre las actividades de los ocupantes. Al mismo tiempo, Fantasio, su compañero de aventuras, trabaja en el periódico Le Soir, controlado en ese momento por la Wehrmacht.

Spirou y Fantasio discuten constantemente entre ellos, ya que se reprochan su aparente colaboración con el enemigo. Fantasio desconoce la oculta labor de su amigo y piensa que Spirou es un traidor, de modo que decide centrarse en la invención de nuevas armas que puedan ayudar a Bélgica y los aliados a escapar del yugo alemán. La relación entre ambos y la lucha de Spirou por arruinar los planes alemanes, mientras estos tratan de cazar al espía desconocido que se adelanta a sus movimientos, son los dos ejes fundamentales de la trama.

El cómic está lleno de momentos muy divertidos, especialmente en los momentos de protagonismo de Fantasio; pero el contexto histórico en el que está incluido el relato, lo dota de una gran profundidad y de diversos niveles de lectura. El retrato de la Bruselas ocupada por los nazis está muy conseguido, ya que multitud de elementos muestran cómo fue la vida en la capital belga durante el conflicto bélico. El miedo de la mayor parte de la sociedad, la división que generó la invasión e incluso los aspectos más oscuros del régimen que implantaron los ocupantes tienen un lugar destacado en la obra.

Otro factor destacado del cómic es la presencia de multitud de guiños a la historia del cómic, con referencias directas a creadores como Hergé o Franquin – dibujante de Spirou y Fantasio durante más de veinte años -, pero también a personajes muy representativos del medio. El lector avezado será capaz de encontrar estos juegos en casi cada página, aunque en mi caso he necesitado una segunda lectura para ser consciente de la presencia de algunos de ellos.

El tono humorístico del cómic no resta complejidad a las reflexiones que han introducido los autores. Un ejemplo es el papel que juega la población civil en un conflicto bélico de estas características, con la difusa frontera entre el colaboracionista y el prudente, entre el temerario y el héroe. La influencia que tuvo el espionaje en la segunda guerra mundial es otro fenómeno que, aunque en clave satírica, tiene importancia en la narración. Las diferencias en el seno de resistencia belga, que en ocasiones acabaron favoreciendo al enemigo es otro tema bien reflejado, y es especialmente interesante la visión que muestran Yann y Schwartz del movimiento zazou, así como del papel del crimen organizado o del desarrollo tecnológico.

En cuanto al dibujo, Olivier Schwartz demuestra ser un digno heredero de la escuela de la línea clara. Los personajes son fieles a la tradición de Spirou, muy expresivos y dotados de un gran dinamismo. Es destacable también la profusa labor de documentación que muestra la precisión de los uniformes y de los escenarios en que se desarrolla la acción. La arquitectura y los lugares emblemáticos de Bruselas son totalmente reconocibles, igual que los aviones o las armas que portan los diversos personajes. El color de Laurence Croix consigue crear la atmósfera perfecta para un ciudad gris que está viviendo una época durísima. El apartado gráfico está a la altura del fantástico guión de Yann.

La lectura de El botones de verde caqui es realmente interesante. Una aventura llena de acción y de humor situada en un contexto histórico tan apasionante, tan crudo y tan cruel como la capital de la Bélgica ocupada por los nazis. Tristeza, alegría, humor absurdo, homenajes al cómic, pasión, acción… y todo en solo sesenta y cuatro páginas. Una obra muy recomendable.