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Pinturas de guerra

Pinturas de guerra, de Ángel de la Calle (Reinos de Cordelia)

Han pasado catorce años desde que Ángel de la Calle publicó Modotti. Una mujer del siglo XX, una de las obras fundamentales de la novela gráfica española. Tras leer recientemente Pinturas de guerra, solo puedo constatar que la espera ha valido la pena. El autor asturiano ha creado una obra compleja, con multitud de personajes – tanto ficticios como reales -, con un gran número de cambios en el espacio y el tiempo, con infinidad de referencias artísticas y literarias; pero sobre todo ha conseguido narrar una gran historia. Sin duda uno de los mejores cómics que he leído últimamente.

El argumento de Pinturas de guerra es aparentemente sencillo: un escritor español, trasunto del propio Ángel de la Calle, se instala a inicios de los años 80 en París para escribir una biografía sobre la actriz Jean Seberg. Su estudio se encuentra en un edificio en el que residen varios artistas latinoamericanos exiliados, que huyen de la represión y la persecución de los regímenes dictatoriales que gobiernan sus países. Poco a poco, el protagonista va descubriendo las historias de cada uno de ellos y se ve inmerso en una trama criminal con el arte como eje central.

A través de los relatos de los diversos exiliados latinoamericanos, el dibujante muestra algunos de los episodios más terribles de los años 60 y 70: la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en México, en que el gobierno reprimió al movimiento estudiantil; la Escuela de Mecánica de la Armada, en Buenos Aires, donde fueron torturados y desaparecidos miles de opositores al régimen de Videla; o la represión que ejerció la dictadura chilena contra con el MIR – Movimiento de Izquierda Revolucionaria -, tras el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende.

Otro aspecto histórico esencial en la obra es el papel de Occidente, especialmente el de los Estados Unidos y Francia. La CIA fue una aliada indispensable para las dictaduras latinoamericanas: entrenó a oficiales en técnicas de interrogación, diseñó planes de actuación, financió acciones encubiertas y un sinfín de actividades más, todas encaminadas a perseguir y eliminar a la oposición izquierdista de los diferentes países de América Latina. Además, el cómic muestra el papel que jugaron los servicios secretos franceses, con miembros que habían participado activamente en la guerra de Argelia y que mantenían posiciones fascistas, al servicio también de la represión. Los exiliados no estaban a salvo en París, ya que hasta allí llegaban las tentáculos de los regímenes del cono sur.

Además de los episodios históricos mencionados, Ángel de la Calle recorre los movimientos artísticos de vanguardia de la época. La reflexión en torno al arte y su función política es uno de los elementos claves, y el autor ha conseguido mostrar visiones muy diversas que conforman un panorama realmente rico. La dialéctica entre compromiso y mercado está siempre presente y dota de mayor profundidad, si cabe, a la obra. Es destacable, especialmente, el movimiento autorrealista (del que no he encontrado referencias y por tanto, deduzco que es creación de Ángel de la Calle), que formado tan solo por tres miembros, trataba de cambiar el mundo por medio del arte.

La literatura es otro de los ámbitos fundamentales de la obra, ya que las referencias a autores como Cortázar, Philip K. Dick – El hombre en el castillo es una presencia constante – o García Márquez son constantes. El homenaje al autor argentino, que situó su novela más conocida – Rayuela – en París, es constante: imágenes como la anterior, localizaciones en la capital francesa, recursos narrativos…  de todo ello se ha valido Ángel de la Calle para retratar un escenario y una época tan interesantes y con tanta influencia en las décadas posteriores.

Otro gran acierto de Pinturas de guerra es la riqueza del lenguaje. Con personajes mexicanos, argentinos, chilenos o españoles, de la Calle se ha valido de sus amistades, originarias de esos países, para conseguir que la forma de hablar de cada uno de ellos sea la adecuada. La riqueza del cómic permite entender perfectamente los diálogos, pero al mismo tiempo muestra cuán diverso es el castellano. Especialmente brillantes – y terribles – son las conversaciones de los torturadores chilenos al inicio y al final de la obra.

A nivel gráfico el trabajo del dibujante asturiano es excelente. Mantiene las líneas maestras de Modotti, como el blanco y negro o las tramas manuales, pero es bien visible la evolución que ha seguido. El uso de luces y sombras, la oscuridad como elemento narrativo y la riqueza de composiciones narrativas conforman un conjunto de altísimo nivel. Los personajes son reconocibles y su expresividad está muy bien construida, siempre dando la medida que la acción requiere. Es curiosa la manera en que de la Calle dibuja algunos de los bocadillos, enlazados en diversas viñetas, pero tras la sorpresa inicial es evidente que facilita la lectura. Sin buscar grandes artificios, el talento del dibujante está siempre al servicio de la trama, nada es gratuito, todos los elementos están muy pensados y las piezas encajan.

La cantidad de matices, de historias dentro de la historia y el juego entre realidad y ficción permite muchos niveles de lectura y exige, como mínimo, una relectura para sacarle todo el jugo al cómic. Historia, política y arte se entrelazan en Pinturas de guerra, pero por encima de todo, Ángel de la Calle ha demostrado, de nuevo, ser uno de los grandes narradores del cómic actual. Sin ánimo de desvelar nada, es imprescindible leer hasta el epílogo para ser consciente de la magnitud de esta obra. Una lectura imprescindible.

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La virgen roja

La virgen roja, de Mary M. Talbot y Bryan Talbot (La Cúpula)

Tras los brillantes La niña de sus ojos Sally Heathcote. Sufragista, el matrimonio Talbot ha vuelto a realizar un cómic histórico con perspectiva de género. En esta ocasión han recurrido a una estrategia diferente, y mientras en La niña de sus ojos mezclaban la memoria familiar de Mary Talbot con la biografía de Lucía Joyce y en Sally Heathcote. Sufragista crearon un personaje ficticio para retratar el movimiento sufragista, en La virgen roja han recreado la biografía de Louise Michel, una de las figuras más importantes de la Comuna de París y del anarquismo de finales del siglo XIX.

Como en sus anteriores obras, Mary Talbot ha vuelto a apostar por una trama no lineal. En este caso, asistimos a un encuentro entre la famosa feminista norteamericana Charlotte Perkins Gilman y la hija de una de las compañeras de Louise Michel. Su conversación, centrada en la revolucionaria, va repasando los momentos más decisivos de su vida. La primera parte me ha parecido un poco confusa, pero poco a poco las piezas van encajando y hacia la mitad de la obra la lectura se hace mucho más placentera.

El relato propiamente histórico se inicia en el Montmartre de 1870, en plena guerra franco-prusiana. El régimen de Napoleón III chocó con las ambiciones de la pujante Prusia y el pueblo francés pagó las consecuencias del enfrentamiento. Mary y Bryan Talbot retratan con crudeza las condiciones de vida de los parisinos más humildes, entre los que se encontraba la protagonista del cómic. El caldo de cultivo era ideal para que se produjera un estallido revolucionario y Louise Michel estuvo desde el principio en primera linea.

La capitulación del gobierno, que se refugió en Versalles, provocó la indignación de la población y en el momento en que el ejército trató de requisar los cañones que controlaba la milicia popular, el enfrentamiento entre franceses estalló. Las páginas que recrean estos momentos decisivos son las más emocionantes del cómic y consiguen que nos sumerjamos en la acción. El control popular de la ciudad, a pesar de la diversidad de idelogías que defendían los revolucionarios, desembocó en la denominada Comuna de París.

Los escasos dos meses en que la Comuna dominó París permitieron a Louise Michel impulsar algunas de sus ideas: nacionalización de las viviendas vacías para alojar a las familias más necesitadas, creación de guarderías públicas, impulso a la participación de la mujer en el ámbito público… La autogestión de una gran ciudad como París era un ejemplo muy poderoso y las élites no permitieron que prosperara. La represión fue terrible y las oscuras dobles páginas con que Bryan Talbot la ilustra, muestran su crudeza y la desesperación que Michel debió sentir.

Como muchos de sus compañeros y compañeras Louise Michel fue juzgada por su implicación en la insurrección, aunque su notoriedad consiguió que no fuera condenada a muerte. En el juicio la revolucionaria se dirigió al tribunal con las célebres palabras: «Dado que parece que todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir no dejaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza por mis hermanos…» 

Fue condenada al destierro a la colonia penal de Nueva Caledonia, en Oceanía, junto con algunos de sus compañeros communards. Allí entró en contacto con Nathaniel Lemel, una activista que la influyó en gran medida y que propició su acercamiento al anarquismo. Su mente inquieta y brillante la llevó a colaborar con el Instituto Geográfico de París con sus observaciones sobre la flora y la fauna de las islas. Además, mostró un gran interés en conocer y defender los derechos de los canacos, los nativos de Nueva Caledonia. Llegó incluso a apoyarlos en su rebelión anticolonial, hecho que la distanció de la mayor parte de sus compañeros.

Su regreso a Francia, tras siete años de destierro, fue un gran acontecimiento. Se convirtió en una figura querida y admirada por las clases populares, en el símbolo de aquella maravillosa utopía que fue la Comuna. Pese a su edad avanzada, Louise Michel siguió luchando por los derechos de la mujer, por el laicismo, por la igualdad de todos los franceses… Era un personaje muy incómodo, participaba activamente de todas las protestas, y por ello entró y salió de la cárcel en diversas ocasiones. Los sectores más conservadores de la sociedad francesa la odiaban profundamente, como demostró el ataque que sufrió en 1888 por parte de un monárquico. Su activismo la acompañaría hasta el final de sus días, cuando ya estaba considerada como una de las figuras más importantes del anarquismo europeo.

La importancia de la biografía de Louise Michel es obvia, pero el cómic va más allá. El título de la versión inglesa es The Red Virgin and the Vision of Utopia, hecho que prueba la importancia que dan los autores al concepto de utopía. Esta hace referencia a la Comuna, pero también a la literatura de ciencia ficción de corte utópico, de la que Michel era una gran lectora. La conversación entre Charlotte Perkins Gilman y su anfitriona parisina está llena de referencias literarias y de debates en torno a la visión del futuro que tenían diversos autores. El inicio y el final del cómic, con la presencia del inventor Franz Reichelt, también llevan a la reflexión sobre la utopía y los límites del ser humano. Una bella y trágica metáfora.

La parte gráfica de la obra, a cargo de Bryan Talbot – esta vez en solitario -, sigue la estela de sus anteriores trabajos. Las dos lineas argumentales están trabajadas de formas diferentes, siempre con el contraste entre el blanco y el negro como elemento predominante. Composiciones de página variadas, en muchos casos con viñetas sin marco, dobles páginas muy espectaculares y el uso del color rojo para dotar de fuerza a elementos como la sangre o las banderas son los elementos más destacados del trabajo de Talbot. Es muy destacable también la versatilidad del dibujo del británico, capaz de retratar con acierto el ambiente urbano de París o las paradisíacas islas oceánicas.

La virgen roja es un cómic realmente interesante. En mi opinión no está a la altura de las excelentes obras anteriores del matrimonio Talbot, pero el nivel sigue estando por encima de la media. La figura de Louise Michel, muy desconocida para mí, es presentada de forma acertada, aunque quizás hubiera sido necesario enlazar los grandes acontecimientos de su vida mediante una explicación un poco más detallada de su evolución personal. A pesar de estas lagunas, la lectura es más que recomendable. La Comuna de París es uno de esos hechos históricos prácticamente sepultados en los libros de Historia – pienso especialmente en los libros de texto -, y este cómic es una buena manera de acercarse a un acontecimiento trascendente que dejó una huella tanprofunda.

 PD: En el siguiente enlace podéis leer las primeras páginas del cómic.

El piano oriental

El piano oriental, de Zeina Abirached (Salamandra Graphic)

Zeina Abirached nació en Beirut en 1981, en plena guerra civil libanesa. Relató sus vivencias durante el conflicto en El juego de las golondrinas, cuya publicación provocó multitud de comparaciones con la iraní Marjane Satrapi. En 2004 se trasladó a París – donde reside actualmente – aunque con frecuencia vuelve a su país natal. Su obra siempre ha estado marcada por las relaciones entre Oriente y Occidente y en El piano oriental lleva esta dialéctica a un nivel superior. Su identidad dual, junto con la música, es la gran protagonista del cómic.

La obra de Abirached está estructurada en forma de dos relatos paralelos: por un lado, la historia de Abdallah Kamanja, inspirado en su bisabuelo Abdallah Chahine, en el Beirut de los años 50; y por el otro, la experiencia de la propia dibujante con sus recuerdos infantiles y la conformación de su identidad a caballo entre París y la capital libanesa. Las conexiones y los cruces entre ambas lineas argumentales son constantes y tras acabar la lectura reconoces que ambas historias son lo mismo: un alegato en defensa de la multiculturalidad y de las identidades cruzadas y difusas. Oriente y Occidente son construcciones culturales, estereotipos en los que Zeina Abirached no encaja.

El bisabuelo de la dibujante se definía a sí mismo como inventor. A pesar de trabajar en una oficina, su verdadera pasión era la música, concretamente el piano. Se dedicaba a afinar los pianos que había en Beirut y de esta manera tuvo una idea: crear un piano capaz de unir la música oriental con la occidental. Los pianos occidentales tenían una separación mínima entre sus teclas de medio tono, mientras que la música oriental posee intervalos de un cuarto de tono, hecho que las hacía incompatibles. Tras un arduo trabajo durante varios años, Abdallah encontró la solución técnica y creó el primer – y único – piano oriental.

 

Abdallah escribió a los fabricantes de pianos Hoffman, quienes se mostraron muy interesados en su creación y lo invitaron a visitarlos a Viena. Allí llegó el inventor libanés junto con su amigo Víctor, una persona realmente peculiar, y su piano. Los austríacos se quedaron embelesados ante el despliegue del bisabuelo de Abirached y le ofrecieron un contrato. La única condición para fabricar su instrumento en serie fue que Abdallah tenía que conseguir cien pedidos, algo que acabó resultando imposible. Difícil encontrar una metáfora más acertada sobre las relaciones entre Oriente y Occidente.

Al mismo tiempo que vemos las peripecias de su bisabuelo, la dibujante nos habla de sí misma. Su difícil relación con la lengua árabe, que a pesar de ser su idioma materno le trae recuerdos negativos, centra la parte dedicada a su primera infancia. Posteriormente, somos testigos de su acercamiento al francés y de la consolidación de este idioma al mismo nivel que el materno. La conciencia bilingüe de Abirached, mitad francófona mitad arabófona, refleja un vínculo directo con el invento de su antepasado.

El apartado gráfico del cómic es absolutamente brillante. Como en obras anteriores, la autora franco-libanesa utiliza con maestría el blanco y negro, pero en El piano oriental es el negro el que posee una mayor carga expresiva y narrativa. La dibujante consigue crear unos personajes muy elocuentes a pesar de estar construidos con unos rasgos aparentemene sencillos. Beirut, escenario de buena parte de la trama, está perfectamente reflejada y aunque el realismo no es una de las prioridades de la autora,  el cómic nos traslada con acierto a la capital libanesa de antes de la guerra civil.

El nivel global es altísimo, pero lo que hace especial a este cómic es la conexión entre dibujo y música. Abirached puso todo su empeño en trasladar el lenguaje musical al lenguaje del cómic y para ello utilizó todo tipo de recursos: onomatopeyas que conforman secuencias rítmicas, uso del blanco y negro para diferenciar las notas orientales de las occidentales, composiciones de página que siguen líneas melódicas, una doble página desplegable absolutamente maravillosa para mostrar el teclado del piano y la unión de ambas músicas… Imposible enumerar todas las formas en que la franco-libanesa demuestra su talento.Con El piano oriental estamos ante una obra que muestra la gran evolución de Zeina Abirached. A lo largo de las viñetas queda patente la gran reflexión que esconde cada una de las decisiones gráficas de la autora. Como sucede con las grandes historias, este es un cómic muy personal que al mismo tiempo relata una historia universal. El cómic, una vez más, demuestra que es capaz de tratar con acierto cualquier temática, por compleja que esta sea.

PD: Por si tenéis curiosidad os dejo con una grabación de Abdallah Chahine, el auténtico bisabuelo de Zeina Abirached, tocando su piano.

Degenerado

Degenerado, de Chloe Cruchaudet (Dibbuks)

La Primera Guerra Mundial fue un gran trauma para las sociedades europeas de inicios del siglo XX. Las secuelas físicas y psicológicas que dejó el conflicto en los supervivientes cambiaron radicalmente el paisaje de las grandes capitales europeas. Lo que narra Chloe Cruchaudet en su multipremiado cómic Degenerado es una de estas historias en que el horror del combate cambió totalmente a uno de los participantes en la Gran Guerra.

A diferencia de Jacques Tardi, el gran referente del cómic sobre la Primera Guerra Mundial, Cruchaudet no se centra en el conflicto bélico, sino que explica las increíbles peripecias de Paul Grappe, un desertor del ejército francés. Degenerado está basado en hechos reales, y la autora se inspiró en el ensayo La garçonne et l’assassin,  de Danièle Voldman y Fabrice Virgili.

Paul Grappe era un joven parisino, que en un baile conoció a Louise Landy. Tras un breve romance, decidieron casarse. Justo el día de la ceremonia Paul fue llamado a filas: la Gran Guerra había empezado. Sus vivencias en las trincheras fueron terribles: estuvo a punto de morir diversas veces, perdió a varios amigos y sufrió el trato injusto de sus superiores. Hasta ahí, Paul fue un soldado más entre los millones de jóvenes europeos enviados al matadero; pero Paul fue valiente, decidió enfrentarse a su destino y desertó.

Paul volvió a París, junto con Louise, pero tenía que estar escondido, ya que el castigo por desertar era la pena de muerte. Paul y Louise sobrevivían con el sueldo de costurera de ella, con la esperanza de que la guerra acabaría pronto y se decretaría una amnistía para los desertores. Pero el Estado Francés, pese a salir victorioso del conflicto, no compartía esa visión y la amnistía no llegaba. La situación de Paul era insostenible y un día decidió utilizar la ropa de su esposa para poder salir a la calle.

Este recurso funcionó y Paul empezó a transformarse en Suzanne. Louise le enseñaba a comportarse como una auténtica dama y poco a poco Paul fue desapareciendo, en beneficio de su otro yo femenino. Su relación se iba deteriorando, ya que Suzanne tenía una vida nocturna muy ajetreada y se convirtió en la reina del Bois de Bolougne, donde se practicaban todo tipo de relaciones sexuales alejadas de las más convencionales y socialmente aceptadas. Aún así, muchas noches, Paul seguía atormentado por las pesadillas que le recordaban el horror de la guerra.

Pasaron los años y finalmente llegó la amnistía para los desertores. Todo podía volver a la normalidad, pero no os voy a estropear el final. Si queréis conocer cómo acaba la historia – que es muy impactante -, os recomiendo que busquéis Degenerado, seguro que no os decepciona.

El dibujo de Chloe Cruchaudet, que proviene del mundo de la animación, ha sido una grata sorpresa. Muy dinámico, con unos personajes muy expresivos y con un magnífico uso del color en un cómic en que predomina el blanco y negro, la autora francesa consigue que el dibujo esté a la altura del guión, y eso son palabras mayores. La inexistencia de marcos en las viñetas hace que la historia fluya y, en ocasiones, parece que podamos entrar en el relato.

Degenerado es uno de los cómics que más me ha impactado en los últimos tiempos. A nivel histórico, el retrato de la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias en los individuos que la vivieron es fantástico y el París de los locos años 20 está perfectamente reflejado. Pero además, Cruchaudet incluye en su obra muchos más temas: la construcción del género, la homosexualidad, las desigualdes sociales o las condiciones laborales  a inicios del siglo pasado son solo algunos ejemplos. Degenerado vuelve a mostrar que el cómic es un medio con capacidad para tratar cualquier temática con gran profundidad. Una lectura muy recomendable.

Kiki de Montparnasse

Kiki de Montparnasse, de Catel y Bocquet (Sins Entido)

Alice Prin nació en 1901 en un entorno rural muy humilde, en la región francesa de Borgoña. A pesar de este origen, la protagonista del cómic llegó a convertirse en la gran musa del París de los años 20. Allí fue conocida como Kiki de Montparnasse. La novela gráfica de Catel y Bocquet es una biografía muy documentada de esta peculiar figura.

En la segunda década del siglo XX la capital francesa era el centro cultural más importante de Europa, ya que multitud de artistas de todas las disciplinas residían allí. En pleno apogeo de las vanguardias artísticas, todo joven europeo o norteamericano con ambiciones quería ir a París. Montparnasse, una zona agrícola durante la primera mitad del siglo XIX, era una de las zonas más baratas de la ciudad y por tanto, era donde podían instalarse los jóvenes artistas recién llegados.

Con el paso de los años, el barrio de Montparnasse floreció culturalmente y gran cantidad de cafés y teatros abrieron sus puertas allí. Genios universales de diversas disciplinas se movían por sus calles, pero entre todos ellos había una reina indiscutible: Kiki, la reina de Montparnasse.

Kiki tuvo una infancia complicada, ya que se tuvo que criar con su abuela en un entorno muy pobre y muy cerrado. Cuando aún era una adolescente tuvo que emigrar a París, donde se reencontró con su madre. Tenía la esperanza de dedicarse al mundo del espectáculo; pero una vez en la gran urbe, empezó a trabajar en una panadería. Poco después, con 14 años de edad, inició su carrera como modelo de desnudos para escultores y pintores, hecho que la enfrentó con su madre.

Poco a poco fue entrando en el mundillo del arte parisino. Posó para multitud de jóvenes artistas, algunos de los cuales llegaron a ser muy conocidos: Cocteau, Calder, Fouijta o Gargallo. En el ambiente liberado del París de la época, Kiki también tuvo multitud de amantes, pero su gran amor fue Man Ray. El artista americano la retrató innumerables veces y fue su relación amorosa más duradera.

Además, Kiki fue durante bastantes años la gran estrella de los cabarés parisinos. Cantaba, bailaba y el personaje en que se había convertido era una gran atracción. Su vida fue muy intensa, en todos los sentidos posibles, y por ello, Kiki es una figura esencial para comprender cómo fue el París de los locos años 20.

Cuando llegaron los años 30 todo cambió, y especialmente a partir del 39, con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, París perdió toda su luz. Con la ocupación nazi, a partir de 1940, la capital francesa se convirtió en un lugar tétrico en el que Kiki no encajaba. Su vida cada vez iba a peor y la antigua Reina de Montaparnasse se iba convirtiendo poco a poco en una caricatura de sí misma. Finalmente, la muerte la alcanzó bastante joven, pero los años de excesos le habían pasado factura.

La lectura de la novela gráfica de Catel y Bocquet, autores también de Olympe de Gouges, es muy amena. El dibujo de línea clara permite obtener una imagen muy definida de la arquitectura parisina y de la atmósfera que se debía vivir en los círculos artísticos del periodo de entreguerras. La figura de Kiki es deslumbrante, su vida llena de altibajos es tan atractiva como lo debió de ser ella en los años 20; pero este cómic va más allá, ya que lo mejor que ofrece, en mi opinión, es la posibilidad de observar la infinita cantidad de talento que se reunió en París en esa época: Picasso, Breton, Hemingway o Gertrude Stein, entre muchos otros. Todos compartían algo, su veneración por la Reina de Montparnasse.

El Folies Bergère

El Folies Bergère, de Zidrou y Francis Porcel (Norma Editorial)

Leí recientemente El Folies Bergère y su lectura me impactó mucho. No es un cómic estrictamente histórico, ya que la fantasía y los elementos sobrenaturales tienen un papel importante en la obra; pero aún así, creo que cumple varios requisitos para ser reseñada en el blog.

La acción del cómic transcurre en la Primera Guerra Mundial en Francia. El retrato de las trincheras que han creado Zidrou y Porcel es muy realista. La muerte, la fetidez y la podredumbre están muy presentes y muestran con gran crudeza las durísimas condiciones que padecían los soldados. La influencia de Tardi es bastante clara y en diversas ocasiones durante la lectura también recordé la película Senderos de Gloria.

La 17a División de Infantería decidió ponerse el nombre del cabaret parisino El Folies Bergère, en una suerte de autoparodia sobre su situación y con la esperanza de, una vez acabada la guerra, asistir todos juntos a ver una función. La galería de personajes que componen la división son un buen reflejo de la Francia de la época y pese a la terrible situación que les ha tocado vivir son capaces de mostrar un gran sentido del humor, muy negro en ocasiones.

En la división hay personajes realmente memorables, como el cabo Verrat o el soldado Rubignoles, pero todo “mejora” con la llegada de un capellán que tiene la misión de investigar los sucesos paranormales que están ocurriendo en el frente. Las viñetas en las que el capellán se enfrenta con sus miedos son geniales.

Uno de los elementos más interesantes del cómic es la aparición de Claude Monet en la época en la que está pintando Los nenúfares. Sus encuentros con el hermano de uno de los soldados de El Folies Bergère son brillantes, ya que muestran dos visiones del arte contrapuestas, e incluso el genial pintor francés duda de su obra ante las opiniones del chico.

El dibujo de Porcel se adapta perfectamente al guión de Zidrou, ya que consigue reflejar con un gran realismo las trincheras y el sufrimiento de los soldados; y al mismo tiempo, refleja el sentido onírico y fantasioso de algunos fragmentos. El uso del color es fantástico, ya que entre ocres y grises algunos elementos aparecen remarcados gracias a unos colores con mucha fuerza.

Resumiendo, una gran obra sobre la Primera Guerra Mundial, pero El Folies Bergère va mucho más allá. Es una historia de fantasía, de misterio, con intriga y con un gran final. La brutalidad de la guerra en contraste con las pequeñas cosas que nos hacen humanos, la muerte y la vida, el dolor y el humor; los grandes temas de la naturaleza humana.