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Jan Karski

Jan Karski. El hombre que descubrió el Holocausto, de Rizzo y Bonaccorso (Norma Editorial)

Jan Karski debería ser una figura universalmente conocida, pero no lo es. Él fue uno de los héroes que arriesgó su vida para denunciar los crímenes del nazismo y conseguir que el resto del mundo actuara en consecuencia. Desde nuestra perspectiva, más de setenta años después del fin de la guerra, y pese a los intentos revisionistas por negar su existencia, el Holocausto nos parece un hecho incuestionable. El asesinato sistemático de seis millones de personas, mayoritariamente judíos, es un crimen de tal magnitud que parece imposible de ocultar. Pero durante la guerra, esta situación no era tan evidente, y el genocidio perpetrado por el régimen nazi y sus secuaces se llevaba a cabo con total impunidad y sin que las potencias aliadas fueran conscientes de lo que estaba sucediendo.

En la Polonia ocupada, lugar donde se inició el conflicto bélico en septiembre de 1939 sí que sabían lo que estaba ocurriendo. Los guetos, especialmente el de Varsovia, y los campos de concentración y exterminio eran una realidad incontestable. La resistencia polaca, menos conocida que la de otros lugares, llevó a cabo una labor titánica. Debían luchar por sobrevivir y escapar de la Gestapo; pero al mismo tiempo, su objetivo principal era dar a conocer los terribles hechos que llevaban a cabo las autoridades alemanas, para así conseguir el apoyo a su lucha y la implicación militar de las grandes potencias, especialmente de los Estados Unidos. Esta misión fue encomendada, entre otros, a Jan Kozielewski, el protagonista del cómic de Marco Rizzo y Lelio Bonaccorso.La acción se inicia cuando Jan y dos de sus amigos son llamados a filas por el ejército polaco. Su deber es luchar para defender su patria de los invasores: Alemania al oeste y la URSS al este. La endeblez y la desorganización de las fuerzas armadas de Polonia pusieron en bandeja la conquista del país en poco más de un mes. Jan fue hecho prisionero por los soviéticos y fue llevado a un campo de trabajo para prisioneros de guerra en Ucrania. Las condiciones que padeció fueron terribles, pero haciéndose pasar por un soldado raso consiguió que lo transfirieran a las autoridades alemanas en un macabro intercambio. Consiguió escapar y tras recuperarse de sus heridas llegó a Varsovia en noviembre de 1939.

En la capital entró en contacto con el Armia Krajowa, la resistencia polaca, que operaba desde septiembre del 39. Su habilidad y su compromiso hicieron que se le encargara una misión de vital importancia: Jan Kozielewski iba a ser el enlace con el gobierno polaco en el exilio. Tenía que cruzar la Europa ocupada por los nazis para llegar hasta París y pasar información a los dirigentes de su país que habían logrado escapar.  Tras la caída de Francia, su destino era aún más lejano, Londres. Para ello utilizó multitud de nombres falsos, entre ellos Jan Karski, que adoptaría años más tarde como nombre legal.

En uno de sus viajes fue capturado en las montañas de Eslovaquia. Sufrió torturas, consiguió escapar del hospital donde estaba ingresado y regresó a la lucha. Perdió seres queridos, pero su compromiso con la causa no decayó. Los líderes de la resistencia le asignaron una última misión: debía visitar el gueto de Varsovia y un campo de concentración. Su objetivo era dar testimonio a los gobiernos británico y estadounidense de las atrocidades que estaba cometiendo el régimen de Adolf Hitler en Polonia, especialmente del genocidio contra el pueblo judío. Jan no flaqueó y cumplió con su tarea y pese a la incredulidad con la que se encontró, su relato fue una pieza importante en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Rizzo y Bonaccorso han jugado de forma acertada con el tempo narrativo. El cómic se estructura en forma de flashback, puesto que sitúan el epílogo en las primeras páginas, que nos muestran a los principales dirigentes norteamericanos de la época debatiendo sobre el testimonio de Jan Karski. Posteriormente, la acción se divide en siete capítulos, que narran los distintos episodios fundamentales de la lucha del protagonista. El intento de combinar la veracidad histórica – el propio Jan Karski narró sus peripecias en Historia de un estado clandestino – con la fluidez de la acción no siempre funciona, pero aún así es un cómic de lectura agradable. Es destacable la inclusión directa de las palabras escritas por el protagonista en las escenas más duras del cómic, cuando asiste aterrorizado a la realidad del campo de concentración.

A  nivel gráfico el cómic es correcto, pero adolece de ciertas carencias. Reflejar realidades tan duras es una tarea difícil, como bien saben la mayoría de autores que han afrontado este reto, pero Lelio Bonaccorso ha llevado a cabo un trabajo irregular. Así como los personajes no gozan de la expresividad necesaria y las composiciones de página son demasiado convencionales, el uso del color es muy acertado, ya que construye de forma efectiva las atmósferas necesarias para el desarrollo de la acción. Los escenarios están bien construidos y las escenas de acción son bastantes efectivas, pero el conjunto global no está a la altura de lo narrado.Un conflicto de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial creó millones de historias personales dignas de ser contadas, y sin duda, ésta es una de ellas. Hasta prácticamente el final de su vida, Jan Karski no gozó del reconocimiento que merecía. De nuevo el cómic demuestra ser un medio eficaz para transmitir acontecimientos históricos y aunque no es una obra redonda, Jan Karski. El hombre que descubrió el Holocausto permite reconstruir una de esas historias que todos y todas deberíamos conocer.

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Jamás tendré 20 años

Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)

Tras indagar en los recuerdos de sus padres para crear ese gran cómic que es Las guerras silenciosasJaime Martín fue consciente que la historia de sus abuelos maternos también era digna de ser dibujada. Se llegó a plantear incluirla junto con la de su progenitor en la guerra de Ifni, pero finalmente decidió que la entidad del relato merecía un cómic independiente. Por lo tanto, aunque ha sido publicada dos años después, (tres años después en Francia) cronológicamente Jamás tendré 20 años es anterior a Las guerras silenciosas, a pesar de que ambas comparten diversos personajes y algunos hechos se llegan a solapar. La memoria familiar del dibujante de l’Hospitalet vuelve a protagonizar un cómic y de nuevo ese relato tan personal es fiel reflejo de toda una época y de toda una generación: los que sufrieron y perdieron la guerra y después tuvieron que arreglárselas para sobrevivir a las represalias y el hambre de la posguerra.

La acción se inicia con una comida familiar en el campo, que permite al autor reflexionar sobre las reacciones de sus abuelos ante cosas aparentemente inocuas como los juegos de guerra de sus nietos. Lágrimas que no tenían sentido para unos niños de los años 70, pero que escondían una trágica historia.

Isabel vivía en Melilla con sus padres, en un entorno tremendamente humilde. Trabajaba en el servicio doméstico de un coronel leal a la república, aunque su pasión era la costura. No había aprendido a leer, pero eso no le impedía tener inquietudes intelectuales y frecuentar los debates del pequeño círculo que conformaban sus amigos: los anarquistas de Melilla. Cuando los militares rebeldes iniciaron el golpe de estado en la ciudad norteafricana, el 17 de julio de 1936 – un día antes que en la península -, Isabel se vio obligada a huir para escapar a una muerte segura. Sus compañeros fueron perseguidos y fusilados, hecho que la marcó para siempre. Ella recibió la ayuda del coronel y pudo escapar hacia Orán. Desde allí, vía Marsella, consiguió llegar al barrio de Santa Eulalia de Hospitalet de Llobregat, en la periferia de Barcelona, donde residían unos familiares.

Al mismo tiempo, Jaime – el abuelo del dibujante – se había alistado como voluntario en la columna Carlos Marx, que había salido de la capital catalana para luchar en el frente de Aragón contra los fascistas. Poco después de llegar al frente, Jaime recibió una carta que le informaba del precario estado de salud de su madre. Regresó rápidamente a casa y allí encontró a la sobrina de su vecina, a la cual no conocía, cuidando de su madre. Era Isabel.

Las terribles vivencias de Jaime durante el conflicto bélico, siempre jalonadas de anécdotas que muestran el poco valor que tenía la vida durante esos años, configuran la segunda parte de la trama. La documentación llevada a cabo por Jaime Martín ha sido exhaustiva y se hace notar en aspectos como los uniformes, el armamento o los vehículos. El miedo, el valor y la esperanza conforman los recuerdos de su abuelo, quien consiguió escapar en diversas ocasiones de la muerte. Es muy interesante la forma en que el autor ha recreado la experiencia bélica de Jaime: sus ficticias cartas a Isabel permiten ir narrando los acontecimientos mediante los cuadros de texto incluidos en las viñetas.  Cuando acabó la guerra, aunque desolado, pudo volver a casa. Le esperaban Isabel y la represión que iba a implantar el régimen de Franco.

En Hospitalet iniciaban una nueva etapa. Estaban juntos, pero tenían que afrontar la miseria y el miedo a venganzas y represalias. De nuevo, Jaime sorteó la tumba de forma casi milagrosa, esta vez en un lugar muy cercano a su hogar. Isabel tuvo que buscar la forma de sacar adelante a la familia, que ya contaba con tres miembros. Sus raíces melillenses le permitieron introducirse en el contrabando de tabaco. Es espeluznante observar cómo se veía obligada a utilizar a sus hijas para sortear a las fuerzas policiales, quienes además siempre recibían su correspondiente soborno.

Tras comprender que el estraperlo no podía ser una opción válida a largo plazo, Isabel y Jaime estudiaron sus escasas posibilidades y entraron en el mundo del vidrio. El reciclaje, algo aparentemente tan moderno, era el sustento de miles de familias en la paupérrima España franquista. El esfuerzo y dedicación de Jaime y sus tres hijas limpiando y transportando botellas y frascos de todo tipo, junto con la visión comercial y el arte negociador de Isabel consiguieron que la familia fuera prosperando poco a poco. La primera radio o el primer coche del barrio contrastaban con las calles sin asfaltar y la pobreza generalizada de sus vecinos.

Las tres hijas del matrimonio, la madre del dibujante y sus dos hermanas, protagonizan el final de la obra. El papel de la mujer bajo el franquismo estaba reducido a aprender a hacer las tareas del hogar y encontrar marido, pero Encarna – madre de Jaime Martín -, como ya habíamos visto en Las guerras silenciosas no estaba dispuesta a dejar que los demás decidieran su futuro. A pesar de las presiones familiares, fue ella y solo ella la que decidió con quien iba a compartir su vida. No le pudo dar una mayor alegría a su padre.

Jaime Martín ha mantenido algunos de los elementos que hicieron brillar su anterior obra. El color sigue teniendo un papel fundamental, aunque obviamente la paleta cromática ha cambiado para reflejar nuevas situaciones: la dureza de la guerra, las dificultades de la primera posguerra y la esperanza de los años 60. Ante la imposibilidad de utilizar fotografías para ilustrar la acción – como había hecho en el cómic sobre su padre -, el dibujante ha optado por recrear los escenarios a partir de imágenes de archivo y de los recuerdos familiares. El resultado sigue siendo ejemplar. Sin grandes innovaciones en las composiciones de página, siempre al servicio de la narración, en esta ocasión es destacable la abundante inclusión de viñetas panorámicas, especialmente bellas cuando retratan paisajes. Los característicos personajes son muy expresivos y consiguen que nos identifiquemos plenamente con ellos.

Jamás tendré 20 años, cuyo título refleja la pérdida que experimentó toda una generación, es un sentido homenaje que Jaime Martín rinde a sus abuelos; pero al mismo tiempo es un tributo a millones de personas que sufrieron la guerra y sus consecuencias. Millones de vidas truncadas, millones de historias individuales que configuran la memoria histórica de una época oscura que algunos desean enterrar en el olvido. La guerra civil empezó hace más de ochenta años, cada vez quedan menos testimonios directos del conflicto y es imprescindible preservarlos. Esta obra es una gran contribución a esta labor, pero además es un gran cómic. La unión de ambos aspectos lo convierten en una obra fundamental.

PD: Os invito a visitar la web de Jaime Martín, donde podréis ver bocetos y otros materiales originales de la obra.

La muerte de Stalin

La muerte de Stalin, de Robin y Nury (Norma Editorial)

Iósif Stalin fue uno de los personajes históricos más importantes del siglo XX. Su liderazgo en la Unión Soviética, desde 1922 a 1953, es una de las etapas más fascinantes y aterradoras del siglo pasado. Convirtió un país enorme y atrasado en una gran potencia industrial y militar, gran responsable de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial; pero al mismo tiempo creó un régimen de terror responsable de millones de muertos. Nadie estaba a salvo de sus designios, como muestran las grandes purgas de los años 30 o la proliferación de gulags por todo el territorio de la URSS. Su figura era tan poderosa que su muerte generó un gran vacío y las luchas internas por su sucesión marcaron el devenir de la superpotencia comunista hasta su caída ya a inicios de los 90.

El dibujante Thierry Robin se embarcó en un proyecto faraónico: crear una biografía de Stalin en cómic. Ante la inmensidad de la tarea – calculó unas mil páginas y varios años de trabajo – decidió abandonarla. En ese momento, el reputado guionista Fabien Nury (reseñados en el blog Atar Gull Érase una vez en Francia) se puso en contacto con él para colaborar en una historia sobre el fallecimiento del líder soviético. La combinación del trabajo de ambos dio sus frutos con La muerte de Stalin, un cómic de muy buen nivel.

La trama se centra en los días anteriores y posteriores al deceso de Stalin, desde que el 2 de marzo sufriera un ataque cerebral hasta la celebración de los funerales de Estado. Por el camino, Nury y Robin crean una trama realmente adictiva en la que asistimos a la lucha por el poder entre los miembros del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Es una etapa tan oscura que los historiadores no han encontrado respuestas a todas sus cuestiones y por ello, dibujante y guionista elaboran un relato que, aunque muy verosímil, es ficción histórica.

Lo más interesante del cómic son los personajes. Desde el maquiavélico Beria hasta el melancólico Molotov, Nury y Robin han recreado con acierto a los miembros del Comité Central. La división en dos bandos, el enfrentamiento entre Beria y Khrushchev y sus respectivas maniobras para hacerse con el poder vacante son el eje de la acción y permiten conocer las entrañas del aparato soviético de la época. Es un cómic coral, sin un protagonista claro, que utiliza la exageración y el alejamiento irónico para transmitir una gran sensación de irrealidad. Parece imposible que fuera así, pero con la información histórica disponible, los hechos debieron suceder de una forma muy parecida a la relatada por los autores galos.

Otro elemento muy destacable es el retrato del Moscú de la época. Una ciudad gris, de corte marcial, que en esos luctuosos días vivió a la expectativa. El pueblo soviético recibió un gran impacto con la noticia de la muerte de Stalin y quedó expectante a la espera de acontecimientos. Todo pequeño gesto se interpretaba en clave política y nadie conocía las consecuencias reales del suceso. El papel del ejército y la policía secreta (NKVD) fue esencial en esos días y el estallido de un conflicto social fue una de las posibilidades barajadas en las altas esferas. Esa angustia y esa tensión quedan perfectamente reflejadas en las páginas del cómic. 

El apartado gráfico está muy bien resuelto. El realismo de los escenarios, los uniformes o los vehículos contrasta con el aire caricaturesco de los personajes principales y la unión de ambos elementos es muy efectiva. Las composiciones de página están muy trabajadas y Robin ha dibujado páginas de una gran belleza. El color es otro gran acierto, ya que consigue crear la atmósfera oscura que necesita el guión. Los anexos incluidos al final del cómic son muy valiosos, ya que podemos ver algunas páginas entintadas de la biografía que Thierry Robin tenía en mente, así como los bocetos con la caracterización de los personajes principales.

Los grandes personajes históricos siempre provocan cierta fascinación, especialmente los episodios de los que los historiadores no han hallado respuestas. El caso de la muerte de Stalin es paradigmático. El hermetismo soviético, la desestalinización llevada a cabo por Khrushchev tres años después y el intento posterior de dejar en el olvido al dictador de origen georgiano han provocado que su fallecimiento nunca se esclareciera y quedara en el terreno del misterio y la conspiración. Este cómic es una gran manera de acercarnos a esos acontecimientos y aunque posiblemente nunca lleguemos a conocer toda la verdad, la propuesta de Nury y Robin es realmente estimulante.

El ala rota

El ala rota, de Antonio Altarriba y Kim (Norma Editorial)

Han pasado prácticamente siete años desde que se publicó El arte de volar, la obra sobre la vida del padre de Antonio Altarriba con la que el guionista y el dibujante Kim ganaron el Premio Nacional de Cómic en 2010. Con El ala rota, centrada en esta ocasión en la madre de Altarriba, ambos autores completan un díptico que abarca la práctica totalidad de la Historia de España en el siglo XX.

En El arte de volar, Petra Ordóñez tenía un papel muy secundario y solo aparecía como una presencia negativa, con una religiosidad exacerbada, que entorpecía la vida del luchador y soñador Antonio Altarriba Lope. Como ha reconocido el guionista, se sentía en deuda con ella y, en mi opinión, con esta obra ha compensado sobradamente la visión que nos había dado sobre su madre. El inicio del cómic tiene una gran fuerza y sirve como metáfora de toda la vida de Petra, ya que ni siquiera su hijo sabía que padecía una grave lesión en un brazo – de aquí el ala rota que da título a la obra -. Un homenaje a toda una generación de mujeres que se desvivieron por sus seres queridos y que en muchas ocasiones sufrieron en silencio los rigores de unas vidas tremendamente duras.

A partir de los recuerdos familiares, Antonio Altarriba fue reconstruyendo la historia de su madre, ya que ella siempre había guardado silencio sobre los momentos más trágicos de su vida. Ya desde el nacimiento, Petra tuvo que afrontar grandes dificultades, puesto que su madre falleció en el parto y su padre trató de asesinarla por haber causado la muerte de su esposa. En este trágico trance es donde posiblemente tuvo lugar la lesión en el brazo que acompañó a la protagonista a lo largo de sus 80 años de existencia.

Cada uno de los cuatro capítulos en los que está estructurado el cómic está marcado por la presencia de un hombre que tuvo gran influencia en la vida de Petra. El primero, que recorre su infancia y su juventud, está dominado por la figura de su padre, Damián Ordóñez, escritor, barbero, actor y director teatral, republicano y bebedor. Pozuelo de la Orden, en la provincia de Valladolid, se le quedaba pequeño y él pagaba su frustración con sus hijos. Su relación con Petra fue realmente complicada, pero a pesar de ello, ella siempre lo recordaba con cariño.

Poco a poco la familia se fue desmembrando y finalmente Petra se trasladó a Zaragoza. Allí entró a trabajar como gobernanta en la casa de Juan Bautista Sánchez González, Capitán General de Aragón. Había sido uno de los militares más destacados del bando franquista durante la guerra civil, pero era favorable a la restauración de la Monarquía. Petra tuvo que convivir con otros miembros del servicio que espiaban para la Falange u otras facciones del régimen, y allí su lealtad la hizo imprescindible para la familia del militar. El traslado de este a Barcelona, como Capitán General de Cataluña, y su posterior fallecimiento en oscuras circunstancias, coincidieron en el tiempo con el inicio de la relación amorosa entre Petra y Antonio, al que conocemos bien tras haber leído El arte de volar. 

El tercer capítulo, obviamente, está dedicado a la vida en común de Petra y Antonio. Las penurias económicas que tuvieron que afrontar, y después del nacimiento de Toñín – el guionista Antonio Altarriba -, las crecientes dificultades entre ellos, marcan el tono del capítulo. La abnegada vida de Petra, siempre al servicio de los demás, se iba encaminando cada vez más hacia la religión y este hecho afectó gravemente a su vida sexual. Es muy interesante ver el crecimiento del futuro guionista y cómo fue evolucionando la relación con su madre. La vida cotidiana de la España franquista tiene una gran presencia y somos testigos de la forma de vida de gran parte de las mujeres españolas de la época.

La relación matrimonial se fue deteriorando y una vez el hijo se emancipó, llegaron unos años realmente duros para ambos progenitores, que concluyeron con la decisión de Antonio de abandonar a su esposa. Para Petra fue un golpe muy duro, puesto que defendía que el matrimonio era sagrado y para toda la vida. Aún así, tras entrar a vivir en una residencia regentada por monjas, fue capaz de entablar una bonita relación con Emilio. Esta última etapa fue una época bastante feliz para Petra.

Más allá de la historia personal de Petra, El ala rota trata muchos temas de interés histórico. La visión que nos da de la España rural del primer tercio del siglo XX es muy acertada y aunque no trate directamente la guerra civil, Petra y su padre tuvieron que hacer frente a la represión franquista en la posguerra. El papel de la Iglesia y de la religión también tiene un lugar preponderante, desde el comprensivo cura de Pozuelo de la Orden hasta las monjas que tratan de aprovecharse económicamente de sus residentes, pasando por el fervor cotidiano de Petra. Las relaciones vecinales, con escenas costumbristas bien trabajadas, o  el tránsito hacia la vejez son otros ejemplos de la multitud de temáticas que aparecen en la obra.

Aunque por encima del resto, como apuntaba al inicio, El ala rota trata de la situación de las mujeres en la España del siglo XX. La condición femenina de Petra marcó profundamente toda su vida, desde las dificultades para acceder a una educación hasta sus últimos años en la residencia geriátrica. Petra, como tantas otras, fue una luchadora invisible. Su silencio fue el silencio de millones de españolas que padecieron doblemente la dictadura y que, siempre al servicio de los demás, sacrificaron su propio camino para que sus maridos, padres, hermanos e hijos tuvieran las oportunidades que a ellas se les negaron.

Un último aspecto digno de destacar es la subtrama centrada en la figura de Juan Bautista Sánchez. Pese a que el régimen franquista trataba de mostrar su uniformidad,  había ciertos sectores que no eran totalmente leales al dictador. Este fue el caso de los monárquicos, que defendían la legitimidad de Don Juan de Borbón y que aspiraban a que España volviera a ser, de nuevo, una monarquía. Las conversaciones que recrean Altarriba y Kim permiten que nos hagamos una idea de los objetivos y la forma de organización de estos disidentes, que para muchos – entre los que me incluyo – eran prácticamente desconocidos. 

A nivel gráfico, el trabajo de Kim es incluso superior al que realizó en El arte de volar. El nuevo formato, con páginas más grandes, ha permitido un mayor lucimiento del dibujante, sin hacerle perder efectividad. El uso del gris vuelve a ser sublime y la caracterización de los personajes está muy conseguida – fijaos en el joven Antonio Altarriba de las viñetas superiores -. Sin arriesgar en las composiciones de página ni tratar de crear elementos visuales que distraigan de la trama, Kim consigue que el guión de Altarriba fluya con gran facilidad. La creación de ambientes, uno de los elementos esenciales en un cómic de está envergadura, está muy trabajada y se nota la labor de documentación para recrear los contextos en que se sitúa la acción.

En definitiva, con El ala rota estamos ante una obra maestra. Antes de iniciar la lectura tenía ciertas dudas y creía que a causa de mis altas expectativas quizás me sentiría un poco decepcionado. Nada más lejos de la realidad. Altarriba y Kim han conseguido otra vez mostrar la fuerza del cómic, han logrado nuevamente que una biografía en viñetas se convierta en la biografía de toda una generación y han sido capaces, de nuevo, de homenajear a millones de personas que perdieron una guerra, que padecieron una dictadura de casi 40 años y que cuando llegó la democracia habían perdido buena parte de sus esperanzas y sus ilusiones. Los más de seis años de espera han valido la pena.

Por último, solo destacar el epílogo de la obra, en que Antonio Altarriba reflexiona sobre la memoria histórica y sobre la gestación de este proyecto, que hace que el cómic sea aún más redondo. Si hace más de año y medio inicié la andadura de este blog fue para dar a conocer y analizar obras como esta, aunque pocas están a la altura de El ala rota.

PD: podéis leer las primeras páginas en la página web del guionista Antonio Altarriba.

Casa Bábili

Casa Bábili, de Duleimi, Rojo y Carbajo (Norma Editorial)

Han pasado más de 12 años desde que los Estados Unidos liderados por George W. Bush y sus aliados – entre ellos la España de José María Aznar -, decidieron invadir Iraq con la excusa de que el régimen de Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva. Como se demostró posteriormente, la CIA falseó diversos informes para tener una coartada y a pesar de que la opinión pública mundial estaba en contra de la guerra, los halcones se salieron con la suya. Desde el presente es fácil comprobar lo erróneo de la decisión y la situación actual de Iraq y los países de su entorno muestra el enorme fracaso de la intervención.

El proyecto Casa Bábili, impulsado por la Fundación Al Fanar y la CEOSI (Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq) , trata de dar a conocer la realidad de los y las civiles iraquíes, las víctimas generalmente olvidadas del conflicto. Para ello adaptaron al cómic la novela Las mujeres de Saturno de la autora iraquí Lutfiya Duleimi. De la mano de los dibujantes Sara Rojo y Javier Carbajo trasladaron al cómic la historia de Hayat Bábili, una joven periodista de Bagdad que padece las consecuencias de la invasión norteamericana y del crecimiento del radicalismo islamista.

La primera parte del cómic se centra en los orígenes históricos de Iraq y su cultura. De la mano de Hayat y sus antepasados, los autores nos trasladan a las diferentes etapas históricas del antiguo Iraq hasta llegar a los inicios del siglo XX en que la presencia occidental empieza a ser una constante. El objetivo de esta parte introductoria es hacer consciente al lector de la riqueza del patrimonio cultural iraquí y de las grandes pérdidas que la guerra ha provocado. Una cultura milenaria ha sido mutilada en tan solo una decena de años.

La segunda parte de la obra nos muestra el día a día de las mujeres iraquíes durante el conflicto. La peligrosidad de vivir en un Bagdad bajo asedio, la crueldad de las tropas norteamericanas y la llegada de radicales islamistas que no aceptan que las mujeres puedan ser autónomas conforman un cóctel terrorífico. El peligro físico se une al sufrimiento psicológico de no saber dónde se encuentran sus seres queridos y a pesar de ello Hayat y sus compañeras tratan de salir adelante y de ayudar a los más necesitados.

Casa Bábili no es un cómic sobre la guerra de Iraq, no esperéis encontrar grandes explicaciones geopolíticas, pero es una obra terriblemente humana. En poco más de 100 páginas asistimos a los actos más nobles y a los más terribles de los que es capaz el ser humano. La denuncia que llevan a cabo los autores tiene una gran fuerza y muestra, contra la versión oficial, que la invasión militar fue y sigue siendo un gran castigo contra la población civil.

Otro de los temas fundamentales de la obra es la pérdida del patrimonio iraquí durante la guerra. Los bombardeos indiscriminados, los saqueos y los incendios deliberados han provocado que edificios tan emblemáticos como la Biblioteca Nacional o los grandes museos que conservaban buena parte de las obras mesopotámicas, sumerias o babilonias más importantes hayan sido parcial o totalmente destruidos. Las pérdidas son irreparables y pocas veces son tenidas en cuenta cuando se hace balance sobre los efectos de la guerra.

A nivel gráfico, la obra no destaca especialmente, pero consigue hacer funcionar el relato. Las composiciones de página son correctas, la gama cromática permite dotar de profundidad a la historia, pero en general, el dibujo está subordinado totalmente a la narración. No es una obra que atraerá al lector por la calidad artística, pero el trabajo de Rojo y Carbajo permite que los personajes y sus tragedias nos sean muy cercanos.

Por último, me gustaría destacar dos aspectos de que hacen de Casa Bábili un proyecto a imitar por organizaciones que busquen concienciar a la población sobre diversas cuestiones a través del cómic. En primer lugar, el cómic se puede leer íntegramente en formato digital, hecho que facilita su uso didáctico, y está disponible en español, inglés y árabe. En segundo término, los extras que incluye la edición en papel – también consultables online – dotan de mayor profundidad al cómic, ya que incluyen artículos académicos y periodísticos sobre diferentes aspectos del conflicto.

La valoración global de la obra es muy positiva ya que cumple perfectamente con su objetivo inicial: dar a conocer la realidad cotidiana de un conflicto tan mediatizado como la guerra de Iraq. Solo cabe felicitar a los autores y a los impulsores de la obra y esperar que iniciativas como ésta, que muestran las potencialidades del cómic, no sean una excepción.

Las guerras silenciosas

Las guerras silenciosas, de Jaime Martín (Norma Editorial)

La guerra de Ifni es uno de los conflictos bélicos más desconocidos de la España del siglo XX. El régimen de Franco consiguió ocultarlo a la opinión pública de la época y ante la atracción que en los últimos años ha ejercido la guerra civil, la guerra del Protectorado Sur – nombre que recibía el territorio – ha pasado desapercibida. Fue un conflicto corto, que tuvo lugar entre octubre de 1957 y abril de 1958, en el que murieron 198 soldados españoles, 574 fueron heridos y 80 fueron declarados desaparecidos. (Ver Ifni. La guerra que perdió Franco en El País).

En los años posteriores al conflicto, que formalmente no había terminado, Sidi Ifni fue el destino de miles de jóvenes españoles que eran enviados allí a cumplir con el servicio militar obligatorio. Uno de estos desafortunados reclutas fue el padre del dibujante Jaime Martín, que llegó a Ifni en 1962. Tras una estancia forzada de dieciocho meses pudo regresar a Barcelona, pero la experiencia lo había marcado profundamente y de por vida. Tras escuchar a su padre explicando las anécdotas de la mili centenares de veces y después de leer el diario que éste había escrito sobre su tiempo en el norte de África, Jaime Martín decidió crear un cómic que relatara sus peripecias. Las guerras silenciosas fue publicado en 2013 en Francia – donde fue nominado a mejor obra en el Festival de Angoulême – y, finalmente, en 2014 Norma lo publicó en castellano.

El relato de Jaime Martín tiene tres niveles narrativos: por un lado, los recuerdos de su padre durante su estancia en Ifni; coetánea a esta primera linea argumental, el cómic nos muestra los recuerdos de su madre sobre esa época; y en último lugar, con el propio dibujante como protagonista, somos testigos del proceso de creación de la obra. La combinación de las tres funciona muy bien y el ritmo narrativo es el adecuado para que la historia avance.

A pesar de la importancia del resto de personajes, el protagonista indiscutible de la obra es el padre de Jaime Martín. Sus recuerdos retratan de forma muy certera la España de los años 60. Su infancia es un claro ejemplo de las duras condiciones materiales que padecía buena parte de la población española. Su juventud, la etapa en la que debía iniciar una vida autónoma, fue truncada por el servicio militar, que en aquella época tenía una duración de dos años. Asimismo, en otra muestra de los valores que imponía la dictadura franquista, un hombre no era considerado un hombre de verdad hasta que no había cumplido con su deber hacia la patria y por tanto, hasta después de hacer la mili era difícil encontrar trabajo.

Un gran acierto de Jaime Martín es incluir en el relato la visión de su madre, que muestra la precaria situación de las mujeres en una sociedad tan machista. Es espeluznante cómo narra la persecución y el seguimiento que padecían muchas chicas por parte de las familias de sus novios que estaban haciendo la mili. Las múltiples discriminaciones que padecían, en todos los ámbitos, son perfectamente reflejadas en el cómic, de modo que el relato principal gana en profundidad y en matices.

La linea argumental situada en el presente también es muy interesante, ya que Jaime Martín nos habla de las dudas que lo asaltan durante el proceso de creación de la obra. La implicación personal en la historia que narra, como les sucede a Antonio Altarriba en El arte de volar o a Miguel Gallardo en Un largo silencio, hace que la forma en que es transmitida la historia de su padre sea realmente importante y, en momentos concretos vemos la presión que sufría el dibujante mientras trasladaba al cómic las memorias de su progenitor.

A nivel gráfico el trabajo de Jaime Martín es fabuloso. Se nota que el proceso de documentación ha sido exhaustivo y los elementos militares – uniformes, vehículos, escenarios – son totalmente realistas. El uso de fotografías como recurso puntual – a diferencia de Guibert en El fotógrafo donde las fotografías son la base del cómic – funciona fantásticamente y dota de mayor verosimilitud al relato. Las composiciones de página son variadas, sin llegar a ser excesivamente atrevidas, pero aportan la necesaria fluidez a la narración. La edición de Norma, de un tamaño mayor que sus habituales tomos de novela gráfica, permite al dibujante barcelonés crear viñetas realmente espectaculares. El color está a una gran altura, especialmente en los fragmentos situados en Ifni, en plena zona desértica. Gerardo Vilches compara en su reseña, con acierto, los colores que utiliza Martín con los de Paco Roca en Los surcos del azar, ya que el escenario es parecido.

La conjunción de las tres tramas es lo que hace que Las guerras silenciosas sea un cómic redondo. El retrato del franquismo y de la sociedad que el régimen creó está a la altura del mejor libro de historia sobre el periodo. El papel de la mujer, la despiadada actitud de los oficiales hacia sus soldados, las durísimas condiciones que éstos sufrían, la impotencia de tener que malgastar dos años de su vida en beneficio de un régimen sanguinario, la manipulación informativa… todos estos temas y muchos más tienen cabida en las 160 páginas de Las guerras silenciosas. Momentos trágicos, momentos divertidos, momentos entrañables y grandes reflexiones hacen de esta obra uno de los mejores ejemplos de la recuperación de la memoria histórica a través del cómic.

PD: os recomiendo encarecidamente la lectura de esta entrevista a Jaime Martín en el blog Cosas de Absenta, de Roser Messa.

PD 2: también es muy recomendable echar un vistazo a esta entrada en el blog del propio dibujante en el que incluye una galería fotográfica realmente interesante.

Yo, René Tardi 2

Yo, René Tardi. Prisionero de guerra en Stalag II B. Mi regreso a Francia, de J. Tardi (Norma Editorial)

Mi regreso a Francia es el segundo volumen de la serie Yo, René Tardi. Prisionero de guerra en Stalag II B con la que Jacques Tardi relata las vivencias de su padre durante la Segunda Guerra Mundial. En la primera entrega, reseñada anteriormente en el blog, éramos testigos del confinamiento de René Tardi en un campo para prisioneros de guerra durante prácticamente cinco años. La rápida derrota del ejército francés y las penalidades que sufrían Tardi y sus compañeros eran los dos ejes del cómic.

La segunda parte continúa la narración en el momento exacto en que acababa el primer volumen, cuando los prisioneros eran evacuados del campo en pleno invierno, sin un destino demasiado claro. El implacable avance de las fuerzas soviéticas en el este provocó que los alemanes trataran de reagrupar sus fuerzas y sus rehenes – prisioneros de guerra de muchos de los países aliados – en el territorio germano. Para René Tardi y el resto de prisioneros franceses, el avance en dirección oeste era un motivo de esperanza, ya que el reencuentro con su amada Henriette cada vez estaba más cerca.

Como en la primera entrega, la historia es narrada mediante los diálogos ficticios entre Jacques Tardi y su difunto padre, cuya voz proviene de sus diarios de los años 40. En esta ocasión, tienen una especial importancia las cuartillas con las anotaciones – incluídas en las guardas de la fantástica edición de Norma -, que permiten reconstruir el tortuoso viaje entre Hammerstein y Lille que llevó a cabo el padre del dibujante entre el 29 de enero y el 23 de mayo de 1945. Las discusiones entre padre e hijo y las preguntas que quedaron sin respuesta tienen una presencia constante y aligeran el ritmo en ciertos momentos monótono y repetitivo del cómic.

Los apuntes de René Tardi eran exhaustivos, ya que incluían las paradas que hicieron y las estimaciones de los kilómetros que recorrían en cada etapa; pero contenían, como es lógico, algunos elementos inexactos. Jacques Tardi rehízo – en coche – el camino que su padre había recorrido 70 años antes y en el epílogo él y su esposa Dominique Grange explican esta emotiva experiencia y el descubrimiento de cierta información que completaba los diarios paternos.

Además del triste y duro periplo de René Tardi, ejemplo de uno de los episodios más desconocidos de la guerra, esta obra es un gran acercamiento a la Segunda Guerra Mundial, ya que el Jacques Tardi niño le va explicando a su padre los aconteciemientos esenciales de la etapa final del conflicto: el avance soviético en el este, las victorias aliadas en el oeste, la toma de Berlín, el descubrimiento de los campos de concentración, el suicidio de Hitler… todos ellos elementos trascendentes que fueron coetáneos a la travesía de su padre.

Jacques Tardi reconstruye las experiencias de su progenitor sin dulcificarlas y sin esconder los aspectos más brutales, como el asesinato de cinco de los guardias que los custodiaban. Tardi recrimina a su padre su participación en estas acciones y al mismo tiempo muestra como éste no se arrepintió de lo que hizo junto a sus compañeros de calvario. Además, otro elemento que aleja el relato de Tardi de la versión hegemónica sobre la Segunda Guerra Mundial es la inclusión, con todo lujo de detalles, de los bombardeos aliados sobre las ciudades alemanas.

A nivel gráfico, Mi regreso a Francia mantiene la línea marcada en el primer tomo: páginas con tres viñetas alargadas predominio de los grises y gran nivel de detalle en escenarios, vestuario y armamento. La gran novedad es el uso del color, que adquiere más importancia en esta entrega. Más allá de su uso puntual para dar énfasis a algunos aspectos concretos como las banderas, el color se convierte, a medida que avanza la historia, en un elemento narrativo de primer orden: desde el uso de los fondos rojos en los momentos de mayor crueldad hasta el uso de una paleta bastante completa cuando el suplicio del camino llega a su fin.

La serie Yo, René Tardi se ha convertido ya en uno de los mejores cómics sobre la Segunda Guerra Mundial, ya que su original enfoque, centrándose en uno de los millones de  personajes anónimos que tuvieron su papel en el conflicto y la estructura dialogada entre padre e hijo, que recuerda a la canónica Maus, la convierten en una obra muy atractiva.  En un futuro cercano Jacques Tardi publicará un tercer volumen sobre su padre, que continuará con la biografía tras su llegada a Francia y que seguro que volverá a ser muy interesante. Tras ser quizás el dibujante que mejor ha retratado la Primera Guerra Mundial, Tardi demuestra que también está al nivel de los mejores autores que han trasladado al cómic el conflicto bélico más importante del siglo XX.