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El sheriff de Babilonia

El sheriff de Babilonia. Bang Bang Bang, de Tom King y Mitch Gerads (ECC)

El 11S es uno de los hechos históricos más trascendentes de los últimos veinte años. La respuesta del gobierno de George W. Bush a los atentados fue la guerra contra el terror. Como consecuencia de este cambio en la política exterior norteamericana, que anunciaba la respuesta inmediata y expeditiva contra cualquier estado que en opinión de los Estados Unidos diera apoyo a Al Qaeda, la administración Bush inició la guerra de Afganistán y, posteriormente, la de Irak. Los grandes medios de comunicación occidentales defendieron que el derrocamiento de Saddam Hussein fue un gran éxito que iba a llevar la democracia y la prosperidad al medio Oriente. A pesar de los variados intentos por maquillar la realidad, la situación de Irak está muy lejos de ser pacifíca y la violencia y el caos siguen siendo los reyes.

En El sheriff de Babilonia, el guión de Tom King y el dibujo de Mitch Gerads se unen para trasladarnos al Bagdad post-Saddam. La zona verde, ese sector artificial donde se guarecen las agencias diplomáticas y los contratistas europeos y norteamericanos; los atentados suicidas; la violencia sectaria; la desolación que provoca observar la destrucción de una ciudad milenaria… Todos estos elementos, y muchos más, conforman un cómic muy interesante para conocer la situación actual de Bagdad. Tom King trabajó en la CIA durante diez años, de modo que su propia experiencia y sus amplios conocimientos sobre el terreno dotan de verosimilitud al contexto en el que se desarrolla una trama densa, compleja y, al mismo tiempo, adictiva.

Este tomo, con el acertado subtítulo de Bang. Bang. Bang., incluye los seis primeros números de la serie. En el primero de ellos, los autores nos presentan a los tres personajes principales: Christopher, Sofía/Saffiya y Nassir. Christopher es uno de los instructores norteamericanos de la nueva policía iraquí; Sofía es una iraquí que pasó su infancia y su adolescencia en los Estados Unidos y ahora ha vuelto para ayudar en la reconstrucción del país; y Nassir es un veterano policía con una larga hoja de servicios para el gobierno de Saddam Hussein. Tres seres humanos aparentemente distintos, a los que el asesinato de uno de los pupilos de Christopher lleva a colaborar.

Uno de los grandes aciertos del cómic es la recreación de la atmósfera cerrada y agobiante de la zona verde. El control militar y policial que ejercen los militares norteamericanos esconde el gran juego de intereses que se lleva a cabo entre bastidores. La reconstrucción de las infraestructuras, los beneficios del petróleo y la naturaleza del nuevo sistema político iraquí provocan tensiones y juego sucio por parte de diversos actores. La guerra soterrada entre chíies y suníes también tiene un papel fundamental en la situación de Bagdad y afecta directamente a los protagonistas.

En medio de este panorama, Christopher, Sofía y Nassir tratan de hallar solución al misterio y encontrar al responsable del asesinato. Al mismo tiempo, King y Gerads son capaces de ir desvelando el pasado de los tres y de ir tejiendo las relaciones entre ellos. El tradicional argumento de la novela negra consistente en encontrar al culpable, se convierte aquí en un retrato colectivo de Bagdad. Este contexto tan bien recreado es lo que convierte a El sheriff de Babilonia en una obra muy interesante para cualquiera que se interese por la política internacional y por la actual situación de Oriente Medio. Los propios autores se vanaglorian en afirmar que es el único cómic cuyo argumento debe ser aprobado previamente por la CIA, puesto que los conocimientos de King podrían revelar informaciones que la agencia no quiere que sean públicas.

A nivel gráfico, el trabajo de Mitch Gerads es impecable. Su dibujo tiene una gran fuerza y su buscado trazo sucio y abierto encaja perfectamente con la realidad que nos quiere contar. Pero si hay un elemento que brilla con luz propia es el uso del color, tarea del propio Gerads. El calor asfixiante de Bagdad y la violencia extrema que rodea a los personajes ganan en potencia y expresividad gracias al color. Los tonos ocres y los marrones tienen un gran peso en el relato, aunque también son destacables el rojo de la sangre y la paleta oscura de las escenas nocturnas. La labor de documentación es evidente que ha sido exhaustiva y este hecho se deja notar en los escenarios donde sucede la acción, así como en los uniformes y los vehículos. Son destacables también las trabajadas composiciones de página y el ritmo que consigue el cómic gracias a ellas. La combinación del guión de King con el dibujo y el color de Gerads funciona de forma muy efectiva.

El sheriff de Babilonia es el primer cómic que reseño del mainstream estadounidense, ya que pertenece al sello Vertigo, de DC Comics, y seguro que no será el último. Un argumento que te atrapa, un dibujo muy potente y, por encima de todo, una historia universal que habla sobre la condición humana. En cualquier contexto, por dantesco que este sea, surgen relaciones personales y estas son las que nos configuran y las que nos interesan y el guión de King lleva a cabo una labor fantástica a este respecto. En tan solo 150 páginas ambos autores consiguen atraparnos en un relato y dotarnos de innumerables elementos de reflexión.

Quai d’Orsay

Quai d’Orsay. Crónicas diplomáticas, de Cristophe Blain y Abel Lanzac (Norma)

Los entresijos de la política han sido muy atractivos para la mayoría de géneros artísticos y el cómic no ha sido ajeno a esta corriente. Series como El Ala oeste de la Casa Blanca House of Cards se han aproximado a la política norteamericana, con enfoques muy diferentes. En el caso del cómic, como no podía ser de otra manera, la potente industria francobelga se ha centrado en la política francesa. Quai d’Orsay, que recibe su nombre por la localización del Ministerio de Asuntos Exteriores en París, retrata el mundo diplomático y de las relaciones internacionales.

El dibujante Christophe Blain puso su maestría a disposición de Abel Lanzac, pseudónimo de un antiguo consejero del Ministro Dominique de Villepin, y realizaron juntos un guión apto para el cómic. Se basaron en las experiencias personales de Lanzac en el Quai d’Orsay y dotaron a la obra de un gran tono humorístico. Pese a la complejidad y la profundidad de algunos de los temas tratados, su lectura es muy placentera y muy fluida. La obra consta de dos volúmenes, que Norma publicó también en versión integral.

El relato está dividido en dos partes: la primera, dedicada a los entresijos del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, con un lugar esencial para las dificultades que tiene que afrontar Arthur Vlaminck, un asesor recién llegado, y la segunda, centrada en las negociaciones previas a la guerra de Lousdem – basadas claramente en el caso de Irak -, con la ONU y los Estados Unidos como principales escenarios de conflicto.

La narración se inicia con la llegada al ministerio del joven Arthur Vlaminck, quien recibe el encargo de elaborar los lenguajes. Las ¿brillantes? ideas del Ministro no pueden transmitirse directamente a la opinión pública, así que la labor de Vlaminck y el resto de asesores es elaborar los discursos de la mejor manera posible. Tienen que lidiar con las peculiaridades del Ministro, desde su manía de stabilarlo todo, hasta su pasión por el autor griego Heráclito.

La conciliación de la vida familiar con la vida laboral de los trabajadores del Ministerio es prácticamente imposible, ya que los viajes repentinos y las llamadas telefónicas a horas intempestivas son una constante. La particular jerga que utilizan los diplomáticos o las relaciones con los medios de comunicación también tienen un papel destacado en el cómic de Blain y Lanzac. Aunque fueron el reflejo de las relaciones jerárquicas entre los diversos estados y las luchas de poder entre la multitud de asesores y consejeros ministeriales los elementos con los que más disfruté durante la relectura de la obra.

quaiavionQuizás el punto débil del cómic sea su poca ambición para criticar un sistema de relaciones internacionales bastante mejorable. La hipocresía del mundo diplomático aparece tan solo esbozada. Además, el retrato de Alexandre Taillard de Vorms, es decir, de Dominique de Villepin, está bastante dulficificado. El Ministro que crean los autores de la obra es un hombre excéntrico, pero siempre bienintencionado. Es presentado como una mente brillante pero incomprendida, que no tiene capacidad real para hacer frente a los enemigos de la paz y la prosperidad. Se echa en falta la inclusión algún episodio polémico, como las actuaciones francesas en Costa de Marfil o en la República Democrática del Congo durante los años de su mandato.

En lo referente al dibujo, Blain vuelve a demostrar que es uno de los mejores dibujantes europeos de los últimos años. Su uso de los recursos del cómic es magistral, ya que a partir de unas composiciones de página aparentemente sencillas, consigue que el relato tenga un ritmo endiablado. La expresividad de los personajes es abrumadora, como muestran las viñetas anteriores (fijaos en las manos que dibuja Blain). También es muy destacable su uso del color, que crea unas atmósferas que se adecúan maravillosamente a los continuos cambios de la narración. Por último, Blain consigue que las onomatopeyas jueguen un papel fundamental en  el desarrollo de la acción y, al mismo tiempo, provoquen nuestra carcajada.

En definitva, Quai d’Orsay es una lectura muy recomendable. El mundo de la diplomacia, especialmente lo que sucede entre bambalinas, es muy atractivo, pero puede convertirse en una materia ardua. Pese a esto, la forma en que Balzac y Blain lo representan permite un acercamiento muy agradable. El tono desenfadado, incluso en los temas más espinosos; la gran cantidad de momentos desternillantes y el fantástico dibujo de Blain son los ingredientes que conforman un cómic de gran calidad. Si lo leéis, comprobaréis que es una obra digna de ser stabilada.