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Trágica derrota

Trágica derrota, de Nozoe Nobuhisa (ECC Ediciones)

En 2015 se cumplieron 70 años del final de la Segunda Guerra Mundial. En la memoria del pueblo japonés tenía lugar el 70 aniversario del lanzamiento de las bombas atómicas norteamericanas sobre Hiroshima y Nagasaki y la posterior rendición. La sociedad nipona quedó profundamente marcada por el conflicto y por su responsabilidad en el inicio de las hostilidades. El manga no fue ajeno a este hecho y numerosos autores han tratado de reflejar su visión sobre el conflicto. En este sentido, algunas de las obras más importantes son Adolf, del gran Osamu Tezuka – el Dios del manga -; Operación muerte, de Shigeru Mizuki; y Pies descalzos, de Keiji Nakazawa (aquí el volumen 2).

En Trágica derrota, Nozoe Nobuhisa también nos acerca a la memoria de la Segunda Guerra Mundial – Guerra del Pacífico para los japoneses -, pero lo hace de una forma muy diferente a las obras anteriormente citadas. Nobuhisa creó seis relatos independientes que tratan sobre los recuerdos de diferentes supervivientes del conflicto. Es interesante la forma en que el autor consigue no solo recordar el pasado sino también retratar el proceso de construcción de la memoria. Los supervivientes, desde el presente, rememoran los episodios que marcaron profundamente sus vidas.

La primera historia, una de las más emotivas y mejor construidas, narra la experiencia de un piloto de Kaiten, los torpedos suicidas que utilizó la marina japonesa hacia el final de la guerra. Nobuhisa reconstruye con maestría la ideología militarista que impuso el régimen japonés a toda la sociedad y los sentimientos de buena parte de los soldados, dispuestos a entregar su vida por la patria. La forma en que el autor concluye este relato, rompiendo nuestras expectativas como lectores, me ha parecido un gran acierto.

A continuación, el dibujante recrea las experiencias de otro antiguo soldado. En esta ocasión, el anciano protagonista se entrega a la policía y confiesa haber cometido un asesinato. Cuando la policía descubre cuándo se produjo el crimen, el autor disecciona el sentimiento de culpa que afecta décadas después a los combatientes. Ante el ascenso del nacionalismo y de cierto revisionismo histórico que está teniendo lugar en la actualidad en el país asiático, la reflexión sobre la culpa que lleva a cabo Nobuhisa es realmente interesante.

El tercer episodio es seguramente el más duro de todos. Con el potente título de Hambre, el mangaka nos habla de las terribles condiciones que sufrieron los soldados japoneses que lucharon hasta el final en las islas del Pacífico. El sufrimiento extremo transforma al ser humano en un animal que instintivamente lucha por su supervivencia e incluso lo lleva a cometer actos que consideramos inhumanos. Esto que lo que padeció el protagonista del relato, quien siete décadas después aún tiene pesadillas con aquellos hechos.

Las mujeres japonesas son el protagonista colectivo de la cuarta historia. Tras años de ocupación de la zona oriental de China, donde Japón cometió auténticas atrocidades, la derrota definitiva provocó un gran deseo de venganza. Como ha sucedido en otros conflictos a lo largo de la Historia y como aún sucede hoy en día en muchos lugares, las mujeres fueron el objetivo de quienes querían vengarse de los crímenes de su enemigo. La protagonista del relato fue violada junto con muchas otras compatriotas por soldados chinos y el posterior miedo al rechazo y al estigma hizo que mantuviera para siempre el silencio. La deleznable intervención de un soldado japonés, que trata de sacar provecho de la situación, la llevará a tomar una decisión extrema que la atormentará años después.

El quinto capítulo relata la trágica experiencia de dos hermanos que tras perderse la pista durante la guerra, se encontraron en una desolada isla del Pacífico cuando los avances norteamericanos parecían imparables. La naturaleza de su encuentro es espeluznante, pero Nobuhisa es capaz de transmitirnos aún más emociones con la situación actual del anciano superviviente. Tras vivir unos acontecimientos tan atroces, el personaje principal no pierde la dignidad ni en una situación que a cualquiera de nosotros nos llevaría al límite.

Por último, el autor construye una narración de una gran intensidad en la que mezcla los recuerdos de un pescador que también luchó en la Segunda Guerra Mundial. Su vida quedó tan marcada por el conflicto, que ha relacionado el resto de sucesos importantes que ha vivido con lo que le ocurrió setenta años atrás. La relación con su familia, las trágicas pérdidas que se ha visto obligado a afrontar y su propio final son indesligables de su memoria de la guerra.

A nivel gráfico el trabajo de Nozoe Nobuhisa es impecable. El uso del blanco y negro es muy efectivo para trasladarnos a lugares y momentos tan oscuros como los narrados. A pesar de la falta de dinamismo general de la obra, con composiciones de página muy convencionales y grandes textos de apoyo, la narración fluye a buen ritmo. Es destacable la belleza de muchas de las viñetas, en ocasiones de un realismo prácticamente fotográfico y es evidente que la tarea de documentación ha sido exhaustiva. Los personajes son muy expresivos y el autor utiliza el contraste entre el gran detalle de los rostros de los protagonistas y las facciones más sencillas de los secundarios para centrar la acción en los hechos principales.

Dos últimos detalles de Trágica derrota me han acabado de cautivar: por un lado, el epílogo, que mezcla viñetas y texto y que permite al autor explicitar sus reflexiones y sus sentimientos respecto a los temas tratados en el cómic; por el otro, la ilustración que cierra cada uno de los capítulos (al final de este texto) y que incluye una frase sobre la guerra y la condición humana, relacionada con cada uno de los episodios. Pese a ser una obra bastante breve, compuesta de relatos cortos, Nozoe Nobuhisa ha conseguido crear una obra que invita a la reflexión, que introduce ideas muy potentes, que no evita ningún tema escabroso y que hace una gran labor en la recuperación de la memoria histórica de Japón. Estamos ante un gran cómic histórico y una lectura totalmente recomendable.

Oscuridades programadas

Oscuridades programadas. Crónicas desde Turquía, Siria e Irak, de Sarah Glidden (Salamandra Graphic)Hace varios años leí Una judía americana perdida en Israel y me pareció una obra bastante interesante. Sarah Glidden viajaba a Israel gracias al programa Derecho de nacimiento que permite viajar a todos los judíos del mundo a Israel para ver in situ sus raíces. La dibujante norteamericana narraba sus experiencias durante el viaje y reflexionaba sobre su condición de judía, sobre la realidad del conflicto entre Israel y Palestina y sobre la visión que de éste llegaba a través de los medios de comunicación. Aunque no era un cómic redondo, ya permitía observar que la relación entre cómic, veracidad y periodismo era fundamental para la autora de Boston.

Con Oscuridades promgramadas Glidden no ha dado un paso más, en realidad ha dado un gran salto hacia adelante. En 2010, tras conseguir financiación a través de la plataforma Kickstarter viajó a Oriente Medio junto con dos periodistas amigos suyos del Seattle Globalist – Sarah y Alex – y un exmarine que había participado en la guerra de Irak – Dan -. Su objetivo era cubrir la crisis de refugiados que estaba teniendo lugar en la región a consecuencia de la invasión norteamericana y la guerra entre sunníes y chiíes que tenía lugar en territorio irakí.

Como indica el subtítulo del cómic, el viaje de los cuatro jóvenes estadounidenses transcurrió entre Turquía, Siria e Irak. Su primera parada los llevó a la ciudad turca de Van, cerca de la frontera con Irán, desde donde debían coger un autobús hacia Irak. Allí, mientras llevaban a cabo los engorrosos trámites para cruzar la frontera, entraron en contacto con refugiados iraníes que les explicaron cuál era la situación interna de su país y los motivos de su huida.

Unos días después llegaron al kurdistán irakí, a la ciudad de Suleimaniya. Allí, de nuevo, entraron en contacto con refugiados del resto de Irak, pero también conocieron de primera mano las trágicas experiencias que vivieron los kurdos bajo la dictadura de Saddam Hussein. Aunque desde occidente se ha idealizado bastante el kurdistán, Sarah Glidden refleja los problemas internos de la comunidad. Las discrepancias entre el gobierno regional y parte de la población se hacen evidentes con la situación que padecían unos centenares de refugiados kurdos de la ciudad de Kirkuk. Uno de los testimonios más interesantes es el de Sam, refugiado kurdo en los Estados Unidos que fue expulsado por haber tenido contacto con un miembro de Al Qaeda. La fina linea entre verdad y ficción provoca que los jóvenes estadounidenses se cuestionen sus propias creencias.

Posteriormente, se trasladaron a Damasco, donde se encontraron con ciertas dificultades para llevar a cabo su trabajo. El gobierno de Bashar Al Assad les impuso la presencia de un guía, pero pese al engorro hallaron estrategias para llevar a cabo su labor. De nuevo entrevistaron a refugiados irakíes y escucharon los motivos de su exilio. Mayoritariamente culpan de su situación a los Estados Unidos y su intervención armada, hecho que lleva a Dan a cuestionarse parte de sus ideas preconcebidas. Las entrevistas con expertos de ACNUR y la visita a algunas de sus instalaciones completan un panorama global de la situación de los refugiados en 2010, antes del inicio de las primaveras árabes o la guerra de Siria, que han agravado en gran medida la situación. 

A pesar del peso evidente de la parte autobiográfica en el cómic, el elemento central es la reflexión sobre la naturaleza del periodismo. La observación del trabajo de los periodistas del Globalist – Sarah Stuteville y Alex Stonehill – que lleva a cabo la dibujante y su posterior análisis, muestran de forma muy clara cómo se crean las noticias. La exigencia de conseguir el interés del publico, las presiones de los editores, las preferencias de los propios periodistas y, por encima de todo, la tozuda realidad, marcan completamente su agenda. la gran pregunta ¿qué es el periodismo? está siempre presente.

Es realmente interesante toda la trama vinculada a Dan, el exmarine amigo de la infancia de Sarah Stuteville que viaja con ellos. La periodista tiene una idea muy clara de la historia que quiere contar sobre él: un marine que participó en la invasión de Irak y que ahora vuelve a Oriente Medio y es consciente de las consecuencias de los actos del ejército americano. El perdón y el arrepentimiento tenían que ser los ejes del relato, pero Dan no vive su retorno a la zona de conflicto como Sarah esperaba. La multitud de entrevistas, las conversaciones a varias bandas y los contactos con refugiados no consiguen que Dan diga lo que los periodistas esperaban que dijera y su relación personal se ve afectada por ello.

A nivel gráfico el trabajo de Sarah Glidden es muy acertado. Sus acuarelas enmarcan perfectamente la acción y la reflexión sin robarles protagonismo. Sus soluciones gráficas – composiciones de página, por ejemplo – no son demasiado originales, pero permiten dotar de un ritmo pausado, idóneo para llevarnos por donde la autora desea que transitemos. Los escenarios en los que transcurren los hechos están bien documentados, aunque solo aparecen en los momentos necesarios. Vale la pena detenerse en los paisajes desolados de las zonas desérticas, en que la paleta cromática de Glidden y la suavidad de las acuarelas crean viñetas de gran belleza.

Si os interesa el periodismo no podéis dejar de leer Oscuridades programadas. Si queréis conocer cómo vivieron los irakíes la invasión norteamircana y la sangrienta posguerra no podéis dejar de leer este cómic. Seguramente fue Joe Sacco quien inició el camino del periodismo en viñetas, pero han sido muchos autores más quienes han seguido su estela. Sarah Glidden, sin duda, es una de sus alumnas más aventajadas y ha conseguido un estilo propio con un gran peso para el pensamiento sobre la propia acción de crear y sobre la naturaleza del periodismo. Una lectura compleja que os obligará a pensar y a analizar el trabajo periodístico de otra manera.

La balada del norte (Tomo 2)

La balada del norte (Tomo 2), de Alfonso Zapico (Astiberri)

Cuando escribí hace ya más de dos años sobre el primer tomo de La balada del norte la obra iba a constar de dos volúmenes. El primero servía para construir los personajes principales, dotar a la trama de un contexto histórico bien elaborado y mostrar los orígenes de la revolución de Asturias; y teóricamente en el segundo se iban a desarrollar los hechos revolucionarios y la posterior represión. Finalmente, ante la magnitud de la obra, Alfonso Zapico decidió que este monumental cómic fuera publicado en tres partes, de modo con el Tomo 2 estamos ante el nudo de la trilogía.

Al final del primer tomo Zapico nos mostraba el inicio de la revolución y de la mano de Apolonio y su hija Isolina éramos testigos de cómo se organizaba la cuenca minera para llevarla a cabo. En este segundo, los hechos revolucionarios ya están en marcha. Los mineros dominan los valles y marchan hacia la capital, donde se refugian las clases altas de la sociedad asturiana. Entre quienes se trasladan a Oviedo se encuentran el marqués de Montecorvo y su hijo Tristán, que tratan de salvarse de la ira proletaria buscando el cobijo del gobernador.

De nuevo, Alfonso Zapico ha construido un retrato complejo de la convulsa sociedad asturiana de ese crucial momento histórico. Con acierto y mucha gracia, el autor refleja la división de las izquierdas. Aunque en el caso asturiano se unieron para la revuelta, cada partido y cada movimiento tenía ideas y objetivos diferentes para la revolución.  La conversación que mantienen dos mineros, uno socialista y otro comunista, en que uno le habla sobre su pueblo y la rivalidad con las poblaciones de su entorno consigue sublimar las tradicionales disputas entre los partidarios de la izquierda. Al mismo tiempo, Zapico también muestra la ineptitud del gobernador de Asturias y la inacción del gobierno de Lerroux, que finalmente decide actuar con brutalidad y envía al general Francisco Franco al mando de las tropas del ejército de África.

Algunos de los temas fundamentales para comprender la realidad española de la época vuelven a tener una gran importancia. Las desigualdades sociales, el papel de la mujer, el lugar de la religión en la sociedad… Zapico trata estas temáticas de forma muy original y valiéndose de muy diversos recursos. La familia de un importante abogado ovetense acoge a Isolina, Apolonio y un par de sus compañeros proletarios. Los diálogos, los silencios y los pequeños gestos permiten que esas dos clases sociales enfrentadas, que se ignoran y desconocen, por fin se vean cara a cara. Zapico vuelve a huir del maniqueísmo y constata que personas despreciables formaron parte de ambos bandos, pero también lo hicieron personas bondadosas.

Las mujeres siguen ocupando un lugar central en la trama. Desde el protagonismo de Isolina hasta la esposa del abogado, que representa a las mujeres de clase alta, pasando por las mujeres que siguen con su día día en la cuenca minera. Frases antológicas como “Las vacas no entienden de revoluciones”, pronunciada por Amalia muestran la fuerza de la realidad y el alejamiento de los ideales por los que luchaban los mineros de la vida cotidiana de su entorno. Las mujeres de clase obrera sufrían una doble discriminación, por su clase social y por su condición de mujeres, ya que pese a la voluntad de cambiar de arriba a abajo la sociedad, sus compañeros revolucionarios estaban muy alejados de posiciones igualitarias. Las mujeres de clase media y alta también sufrían su condición femenina y se esperaba que fueran esposas y madres, siempre al servicio de sus maridos.

El gran acierto del autor asturiano es utilizar las historias personales de los personajes para crear un completo retrato social de la Asturias de 1934. Los personajes de Zapico son complejos, con aristas, con luces y sombras. El dibujante consigue que pese a que todos conocemos cómo acabó la revolución, queramos seguir conociendo cómo la vivieron Isolina y Tristán, Apolonio y el resto de sus compañeros. La aparición de Franco al mando de las tropas africanas marca un claro punto de inflexión en el porvenir de la revuelta, pero como afirma Apolonio, él no se quedará a luchar hasta el final ni huirá, tan solo volverá a casa porque está cansado.

No debemos olvidar que mientras Zapico juega con sus creaciones, nos sitúa en medio de la acción bélica. Tiroteos, explosiones y persecuciones dominan la escena, pero el dibujante tiene la habilidad de ir tejiendo pequeñas historias cotidianas sin que por ello la acción se resienta. Es interesante fijarse en los recursos propios del cómic de los que se sirve para recrear el movimiento y el dinamismo de los enfrentamientos: multitud de onomatopeyas, lineas cinéticas, trazo amplio y desdibujado en ocasiones… Todo un catálogo que Zapico utiliza a su antojo con gran efectividad.

A grandes rasgos, el aparato gráfico de este tomo mantiene los principales elementos que ya usó Alfonso Zapico en el primer volumen: blanco y negro, gama de grises para crear atmósferas, personajes caricaturescos muy expresivos… La gran novedad, que muestra la evolución del dibujante, es la utilización de un trazo más suelto, más dinámico, perfecto para reflejar las grandes dosis de acción inherentes a la revolución. Además, es destacable como los fondos de las viñetas, muy elaborados en el primer volumen, han ganado en sobriedad, de forma que nuestra atención se centra más en el argumento. Otro recurso interesante, que ya aparecía en el anterior volumen, es la presencia de páginas de color negro en determinados momentos que resaltan el dramatismo de lo que ocurre.

Alfonso Zapico ha vuelto a demostrar con el segundo tomo de La balada del norte que es un gran dominador del cómic histórico. Siempre desde su personal visión, como ya hiciera en obras anteriores, es capaz de recrear el pasado de forma brillante. El uso de la ficción como forma de relatar la historia vuelve a funcionar y permite a Zapico mostrarnos realidades complejas mientras nos atrapa con las peripecias de sus personajes. El tercer volumen, con el que concluirá esta magna obra, mostrará qué sucedió en Asturias tras el fracaso de la revolución, pero por encima de todo nos mostrará el destino de los protagonistas, que finalmente fue el destino de aquellos que lucharon para cambiar las cosas y se encontraron ante un mundo demasiado hostil y despiadado para llevarlo a cabo. La espera se hará larga.

Los cuadernos de Esther

Los cuadernos de Esther. Historias de mis 10 años, Riad Sattouf (Sapristi)


Riad Sattouf es uno de los autores más exitosos del potente mercado francobelga. Con El árabe del futuroobra de la cual se han publicado ya dos volúmenes en castellano y catalán, el dibujante galo nos traslada a sus recuerdos infantiles y a la construcción de su identidad entre Francia y Siria. La infancia siempre ha sido un tema de interés para él y con Los cuadernos de Esther Sattouf ha llevado este campo un paso más allá. Su objetivo es publicar un álbum anual hasta que Esther, la protagonista del cómic, llegue a la mayoría de edad. Un objetivo muy ambicioso, que tras este primer tomo, deseo que lleve a buen puerto.

Esther es la hija de unos amigos del dibujante, quien quedó fascinado por la historias que le explicaba. Su particular visión del mundo, desde sus nueve años, inspiró a Sattouf para crear una nueva obra. Las historietas autoconclusivas de una página de extensión que conforman el cómic permiten al autor presentar el particular mundo de Esther de forma muy divertida. La sucesión de anécdotas, los mordaces comentarios de la niña y su peculiar perspectiva de la Francia de hoy en día crean un conjunto de lectura muy amena y del cual podemos extraer mucho jugo.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra es que Riad Sattouf transmite las vivencias de Esther sin entrar a valorar o juzgar nada de lo que le explica. Su objetivo no es hacer un alegato en clave generacional hablando sobre el desastre del sistema educativo actual o criticar las actitudes de las nuevas generaciones idealizando su propio pasado. El tan trillado discurso en que todo pasado fue mejor y el impostado ejercicio de nostalgia que idealiza la propia infancia y adolescencia quedan fuera de Los cuadernos de Esther. Quien busque una crítica autocomplaciente a las nuevas generaciones se llevará una decepción; pero quien trate de comprender cómo ve el mundo una niña francesa de diez años de edad tendrá una experiencia muy grata.

Las historias que nos cuenta Esther están centradas en su entorno: el colegio, la familia, las amistades y las vacaciones. Estos temas tan obvios, permiten a Sattouf – con la inestimable ayuda de su pecuiar guionista –, mostrarnos lo que piensa una niña francesa buscadamente normal sobre su vida cotidiana, sobre su propio mundo. El cómic está muy bien construido: las pequeñas historias del día a día, los personajes entrañables, los referentes culturales o los sueños de la protagonista, se combinan para retratar buena parte de la sociedad francesa a partir de hechos aparentemente banales.

Algunos temas, siempre trascendentes para los adultos, adquieren un nuevo enfoque gracias a las palabras de Esther. Las relaciones entre niños y niñas, fruto directo de las desigualdades de género que dominan nuestra sociedad, son un gran ejemplo. Los juegos que practican en el recreo, algo aparentemente inocuo, muestran la gran cantidad de trabajo que queda por hacer para conseguir una igualdad real entre hombres y mujeres. La educación es otro de los grandes temas presentes en el cómic y la visión infantil, de nuevo, muestra algunos de los grandes retos que debemos afrontar como sociedad para tratar de mejorar el sistema educativo.

Otras cuestiones sobre las que los comentarios de Esther dan pie a la reflexión son el racismo o las desigualdades sociales. Niños y niñas son, mayoritariamente, el reflejo de lo que ven y oyen en casa y materias como las citadas anteriormente muestran claramente este hecho. La idílica Francia multicultural o la supuesta gran redistribución de la riqueza que lleva a cabo el estado del bienestar galo ya muestran sus fallos a los ojos de una niña. La corrección política, los referentes culturales de la infancia y sus aspiraciones también aparecen apuntados a lo largo de las cincuenta y dos historietas.

A nivel gráfico Riad Sattouf se mantiene fiel a su trabajo en El árabe del futuro que tan bien le ha funcionado. Un dibujo sintético, aparentemente sencillo, consigue dotar de gran expresividad a los personajes. El aire caricaturesco le permite reflejar el tono divertido de la obra y al mismo tiempo hace que los personajes sean muy reconocibles. Algunos aspectos están especialmente cuidados: los peinados de futbolista, las prendas de ropa más atractivas para Esther y sus amistades, la música… Un elemento fundamental para el dibujante es el uso del color. A primera vista parecen colores planos, sin una función clara, pero para Sattouf el color tiene un importante papel narrativo como demuestra su uso en todas las historietas. Destacar un personaje o un escenario, centrar nuestra atención en un diálogo o un elemento secundario, todo ello conseguido a través del color.

Los cuadernos de Esther es una obra realmente interesante a muchos niveles. Sin tratar de ser un estudio sociológico, con mucha naturalidad, el trabajo de Sattouf permite ahondar en multitud de aspectos relevantes. Evidentemente, no estamos ante un cómic histórico, aunque en el futuro, su lectura permitirá conocer muchos elementos de la sociedad occidental actual. Además, el autor francés ha creado un cómic tremendamente divertido, que sin restar crudeza a la realidad que retrata, nos arrancará una sonrisa en la mayoría de las páginas. La evolución de Esther hasta que cumpla dieciocho años promete ser una de las grandes obras de los próximos años.

El sheriff de Babilonia

El sheriff de Babilonia. Bang Bang Bang, de Tom King y Mitch Gerads (ECC)

El 11S es uno de los hechos históricos más trascendentes de los últimos veinte años. La respuesta del gobierno de George W. Bush a los atentados fue la guerra contra el terror. Como consecuencia de este cambio en la política exterior norteamericana, que anunciaba la respuesta inmediata y expeditiva contra cualquier estado que en opinión de los Estados Unidos diera apoyo a Al Qaeda, la administración Bush inició la guerra de Afganistán y, posteriormente, la de Irak. Los grandes medios de comunicación occidentales defendieron que el derrocamiento de Saddam Hussein fue un gran éxito que iba a llevar la democracia y la prosperidad al medio Oriente. A pesar de los variados intentos por maquillar la realidad, la situación de Irak está muy lejos de ser pacifíca y la violencia y el caos siguen siendo los reyes.

En El sheriff de Babilonia, el guión de Tom King y el dibujo de Mitch Gerads se unen para trasladarnos al Bagdad post-Saddam. La zona verde, ese sector artificial donde se guarecen las agencias diplomáticas y los contratistas europeos y norteamericanos; los atentados suicidas; la violencia sectaria; la desolación que provoca observar la destrucción de una ciudad milenaria… Todos estos elementos, y muchos más, conforman un cómic muy interesante para conocer la situación actual de Bagdad. Tom King trabajó en la CIA durante diez años, de modo que su propia experiencia y sus amplios conocimientos sobre el terreno dotan de verosimilitud al contexto en el que se desarrolla una trama densa, compleja y, al mismo tiempo, adictiva.

Este tomo, con el acertado subtítulo de Bang. Bang. Bang., incluye los seis primeros números de la serie. En el primero de ellos, los autores nos presentan a los tres personajes principales: Christopher, Sofía/Saffiya y Nassir. Christopher es uno de los instructores norteamericanos de la nueva policía iraquí; Sofía es una iraquí que pasó su infancia y su adolescencia en los Estados Unidos y ahora ha vuelto para ayudar en la reconstrucción del país; y Nassir es un veterano policía con una larga hoja de servicios para el gobierno de Saddam Hussein. Tres seres humanos aparentemente distintos, a los que el asesinato de uno de los pupilos de Christopher lleva a colaborar.

Uno de los grandes aciertos del cómic es la recreación de la atmósfera cerrada y agobiante de la zona verde. El control militar y policial que ejercen los militares norteamericanos esconde el gran juego de intereses que se lleva a cabo entre bastidores. La reconstrucción de las infraestructuras, los beneficios del petróleo y la naturaleza del nuevo sistema político iraquí provocan tensiones y juego sucio por parte de diversos actores. La guerra soterrada entre chíies y suníes también tiene un papel fundamental en la situación de Bagdad y afecta directamente a los protagonistas.

En medio de este panorama, Christopher, Sofía y Nassir tratan de hallar solución al misterio y encontrar al responsable del asesinato. Al mismo tiempo, King y Gerads son capaces de ir desvelando el pasado de los tres y de ir tejiendo las relaciones entre ellos. El tradicional argumento de la novela negra consistente en encontrar al culpable, se convierte aquí en un retrato colectivo de Bagdad. Este contexto tan bien recreado es lo que convierte a El sheriff de Babilonia en una obra muy interesante para cualquiera que se interese por la política internacional y por la actual situación de Oriente Medio. Los propios autores se vanaglorian en afirmar que es el único cómic cuyo argumento debe ser aprobado previamente por la CIA, puesto que los conocimientos de King podrían revelar informaciones que la agencia no quiere que sean públicas.

A nivel gráfico, el trabajo de Mitch Gerads es impecable. Su dibujo tiene una gran fuerza y su buscado trazo sucio y abierto encaja perfectamente con la realidad que nos quiere contar. Pero si hay un elemento que brilla con luz propia es el uso del color, tarea del propio Gerads. El calor asfixiante de Bagdad y la violencia extrema que rodea a los personajes ganan en potencia y expresividad gracias al color. Los tonos ocres y los marrones tienen un gran peso en el relato, aunque también son destacables el rojo de la sangre y la paleta oscura de las escenas nocturnas. La labor de documentación es evidente que ha sido exhaustiva y este hecho se deja notar en los escenarios donde sucede la acción, así como en los uniformes y los vehículos. Son destacables también las trabajadas composiciones de página y el ritmo que consigue el cómic gracias a ellas. La combinación del guión de King con el dibujo y el color de Gerads funciona de forma muy efectiva.

El sheriff de Babilonia es el primer cómic que reseño del mainstream estadounidense, ya que pertenece al sello Vertigo, de DC Comics, y seguro que no será el último. Un argumento que te atrapa, un dibujo muy potente y, por encima de todo, una historia universal que habla sobre la condición humana. En cualquier contexto, por dantesco que este sea, surgen relaciones personales y estas son las que nos configuran y las que nos interesan y el guión de King lleva a cabo una labor fantástica a este respecto. En tan solo 150 páginas ambos autores consiguen atraparnos en un relato y dotarnos de innumerables elementos de reflexión.

Por nuestra cuenta

Por nuestra cuenta. Memorias de Miriam Katin, de Miriam Katin (Ponent Món)

Miriam Katin nació en Budapest en 1942, en el seno de una familia judía. En plena Segunda Guerra Mundial, su padre estaba luchando en el ejército húngaro y ella vivía con su madre. Hungría había formado parte del eje y había luchado contra la Unión Soviética al lado de Alemania, pero simultáneamente estaba negociando su rendición con los aliados. Ante esta situación, Hitler decidió invadir el país magiar en marzo de 1944.

Es en esta fase de la contienda cuando se inicia el relato de Miriam Katin, en que narra cómo ella y su madre consiguieron escapar a la persecución nazi y a la deportación hacia los campos de exterminio – más de 400.000 judíos húngaros fueron llevados a Auschwitz -. Pese a que son las memorias de la autora, la gran protagonista de la obra es su madre: Esther Levy. Las situaciones que tuvo que afrontar fueron terribles, pero se sacrificó constantemente para tratar de salvaguardar el bienestar de su hija. Cualquiera se hubiera rendido y hubiera dejado de luchar, pero su capacidad de sacrificio fue infinita.

Miriam Katin construye el cómic a partir de dos lineas temporales: por un lado, en las páginas en blanco y negro nos sitúa en 1944 y somos testigos de las desventuras que vivieron ella y su madre para huir de la persecución nazi; y por el otro, en páginas con un bello color, nos traslada a finales de los años 60 e inicios de los 70, a su exilio norteamericano, donde asistimos a las reflexiones de la propia Miriam Katin sobre la religión, la memoria y la formación de su identidad.

Hasta el año 1944, Budapest había quedado alejada del frente y Esther Levy y su hija Miriam habían podido llevar una vida relativamente tranquila. Todo cambió con el avance alemán, que trataba de ocupar el país para intentar frenar a las tropas soviéticas. Con la Solución Final a pleno rendimiento, la numerosa comunidad judía húngara estaba en peligro. Al inicio del cómic, Miriam Katin nos muestra los pequeños y dolorosos cambios que tuvo que afrontar su madre: la entrega de su mascota – los perros tendrán un papel destacado en el relato -, la realización de un inventario con todas sus posesiones y, por último, el abandono del piso donde vivían.

A partir de este momento, gracias a la habilidad y al instinto de supervivencia de su madre, ambas consiguieron escapar en diversas ocasiones a su fatal destino. Esther Levy consiguió documentación falsa para ella y su hija y pudieron trasladarse al campo, donde teóricamente iban a estar más seguras. Allí se hicieron pasar por una sirvienta gitana y su hija y tuvieron que hacer frente a situaciones terribles. La persecución hacia los judíos era implacable; las sospechas que se cernían sobre ellas y su nueva identidad eran constantes; y la sensación de desamparo e inseguridad eran permanentes.

Ante situaciones desesperadas los seres humanos reaccionamos de formas muy diversas y el cómic refleja esta amplitud de respuestas: campesinos que se desviven por ayudarlas, gente que trata de aprovecharse de ellas o personas que simplemente las rechazan. El miedo, el odio y la muerte están siempre presentes. Miriam Katin y su madre consiguieron ir superando terribles obstáculos, siempre con la esperanza de salvarse y encontrar a su padre. La autora consigue transmitir la continua sensación de pérdida y la impotencia de su madre, que en ocasiones se veía superada por los acontecimientos.

A nivel propiamente histórico es interesante detenerse en un momento tan complejo como la llegada del ejército rojo a Hungría, que liberaba al país del nazismo, pero al mismo tiempo imponía un nuevo régimen. Además, el cómic reconstruye con acierto la Europa destrozada por la guerra, con cientos de miles de personas que buscaban a sus seres queridos y millones de desplazados que trataban de llegar a sus lugares de origen.

Más allá de los hechos en sí, otro aspecto muy atractivo de la obra son las reflexiones de la Miriam Katin adulta. La relación con su propia hija y su forma de educarla hacen que se plantee muchas cuestiones relevantes. El diálogo que la dibujante establece entre su infancia y la de su hija es muy estimulante. El papel de la religión en su vida, con constantes referencias a lo largo del relato, es fundamental para comprender su evolución personal.

El dibujo aparentemente sencillo de Miriam Katin es muy expresivo y tiene una gran efectividad. El blanco y negro de la mayor parte de las páginas se adapta a la perfección a la reconstrucción de la memoria que lleva a cabo la autora. El trazo expresionista y los juegos con la luz y la sombra nos trasladan a los duros momentos que la dibujante recrea. El contraste con las páginas a color, que muestran una época más amable, es una herramienta muy bien utilizada por Katin. A nivel formal no hay elementos especialmente llamativos, pero todo el aparato gráfico está al servicio de una historia tan potente, que los artificios no son necesarios.
En los últimos años han sido bastantes los cómics que han recuperado la memoria histórica de diversos conflictos. Generalmente, los autores y las autoras han narrado las experiencias de sus progenitores – Art Spiegelman, Antonio Altarriba, Miguel Gallardo… -, pero en Por nuestra cuenta, la propia Miriam Katin es parte fundamental del relato. A pesar de que era una niña muy pequeña y prácticamente no tiene recuerdos sobre los hechos, las conversaciones con su madre y las cartas que ella había escrito a su padre le han permitido reconstruir su historia. El cómic es también, obviamente, un homenaje a su madre y a tantas mujeres valientes que lucharon y sobrevivieron a los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el nazismo. Honor y memoria.

El atentado

El atentado, de Duvallier y Chapron

Yasmina Khadra es el seudónimo del escritor argelino Mohammed Moulessehoul, autor de la novela en la que está basado el cómic de Löic Dauvillier y Glen Chapron. Su pasado como militar, su nom de plume femenino y el hecho de escribir en francés, lo han convertido en un personaje muy controvertido. En sus novelas se ha acercado a diversos lugares y conflictos del mundo árabe y musulmán y, en el caso que nos ocupa, El atentado trata de reflejar la realidad de Israel y Palestina, aunque para ello se vale de la ficción y de un personaje brillantemente creado: Amín Jaafari.

Jaafari es un médico palestino que ha conseguido la nacionalidad israelí. Reside en Tel Aviv, está plenamente integrado en la sociedad hebrea y trabaja en un hospital prestigioso. Todo cambia cuando se produce un atentado en un restaurante de la ciudad, que deja 19 víctimas mortales. Una de ellas es su esposa Sihem, quien resulta ser la kamikaze que se ha inmolado. Amín no sabía nada, no conocía la deriva integrista de Sihem, ignoraba completamente cómo había entrado en contacto con grupos terroristas y le parecía imposible que su mujer hubiera cometido un acto de esta naturaleza. Además, las autoridades israelíes sospechan de su implicación y sufre ataques por parte de algunos de sus vecinos israelíes. Su vida ha caído en un agujero negro y el protagonista no sabe el porqué. Esa búsqueda de respuestas es el eje argumental de la obra.

No he leído la novela original y por tanto, no puedo valorar su calidad ni la fidelidad del cómic al argumento creado por Yasmine Khadra. Lo que sí puedo constatar es que el gran mérito de Löic Dauvillier es haber conseguido un ritmo narrativo excelente. Escenas vertiginosas bien enlazadas con momentos de silencio y reflexión; profusión de personajes y escenarios que contrastan con el lento hallazgo de respuestas por parte del protagonista. La combinación de estos elementos consiguen crear una trama adictiva, llena de giros que cambian constantemente nuestra percepción sobre el conflicto entre Israel y Palestina y sobre la infructuosa labor de Amín Jaafari.

atentado2Desde el punto de vista histórico, el cómic no aporta grandes novedades, ya que la acción está situada en un presente indefinido; pero lo que convierte esta obra en una lectura muy recomendable es el complejo retrato que lleva a cabo del conflicto árabe-israelí. El guión de Dauvillier incluye multitud de factores inherentes a la situación que se vive en Palestina: fanatismo, racismo, terrorismo, desesperación, venganza… Amín Jaafari se encuentra en medio de esta vorágine y poco a poco va descubriendo la forma de actuar y las motivaciones de los diversos actores que están implicados en el atentado que cometió su esposa.

El maniqueísmo habitual de los superficiales análisis de nuestros medios de comunicación no tiene cabida en El atentado. En este sentido, son especialmente relevantes las conversaciones de Jaafari con algunos líderes, tanto religiosos como civiles, de los grupos que luchan mediante las armas contra el Estado Israelí. Diálogos pensados, densos, que requieren de una relectura para comprender la profundidad de los argumentos jalonan la búsqueda del protagonista, quien lentamente se adentra en el abismo. No tiene nada que perder y actúa inconscientemente, desoyendo los consejos y las advertencias de las personas que se preocupan por él.

Su retorno a Palestina, donde vive su familia, rompe los esquemas de alguien que se ha acostumbrado a la vida de Tel Aviv. Pone en entredicho sus propias creencias, sus principios se resquebrajan y Amín se sumerge en un mar de dudas. La culpa por no haber conocido en profundidad a Sihem, por no haber percibido su evolución, se suma a su experiencia en primera persona de las atrocidades que comete el ejército israelí. Amín Jaafari es un náufrago que en su deriva nos permite conocer desde dentro uno de los conflcitos más complejos del mundo.

A nivel gráfico el trabajo de Glen Chapron es encomiable. A una estructura fija con cuatro tiras de viñetas por página, la dota de la viveza necesaria para evitar la monotonía. El dibujo busca el realismo, pero no cae en grandes artificios. Sus personajes son expresivos y los escenarios consiguen el grado de verosimilitud necesarios para trasladarnos a lugares con los que estamos familiarizados por su gran presencia en los medios de comunicación. El uso del color como elemento narrativo es adecuado y permite a Chapron crear atmósferas muy efectivas en momentos determinados.

Israel y Palestina son el escenario de numerosos cómics, algunos de ellos anteriormente reseñados en el blog, pero El atentado es una obra diferente. No trata de analizar el conflicto ni busca sus orígenes históricos sino que mediante la ficción nos permite observar desde dentro su desarrollo. Si tan solo queremos confirmar nuestros prejuicios, la obra de Dauvillier y Chapron no será placentera, pero si estamos abiertos a que nuestras ideas preconcebidas evolucionen, El atentado es una obra magnífica. Un cómic que nos cuestiona, que si tenemos una mínima empatía nos incomoda, un gran cómic.