Archivo de la etiqueta: Guerra Civil

La voz que no cesa

La voz que no cesa. Vida de Miguel Hernández, de Ramón Boldú y Ramón Pereira (Astiberri)

Miguel Hernández es uno de los grandes nombres de la literatura española del siglo XX. Como la de tantos otros grandes artistas y literatos, su vida quedó profundamente marcada por la Guerra Civil. Sus orígenes humildes, su prematura muerte y su fantástica obra poética lo convirtieron en una figura prácticamente legendaria. Ramón Pereira y Ramón Boldú crearon en 2014, con la desaparecida editorial EDT (Editores de Tebeos) esta biografía en forma de cómic. Con motivo del 75 aniversario de la muerte del poeta, y en esta ocasión de la mano de Astiberri, han ampliado la obra para incluir algunas escenas trascendentes que no tenían cabida en la edición original. Con prólogo de Joan Manuel Serrat, La voz que no cesa es una manera inmejorable de acercarse a la vida y obra del poeta de Orihuela.

El cómic de Pereira y Boldú recorre los 31 años de vida de Miguel Hernández, dedicando especial atención a su formación, a los conflictos con su padre, a su vida amorosa y a sus relaciones con otros intelectuales en sus estancias en Madrid. La sucesión de anécdotas, muy bien enlazadas, permite a los autores retratar la evolución personal del protagonista, al tiempo que describen el contexto en el que surgió un artista de su talla. La Orihuela de principios de siglo era un buen ejemplo del atraso y la desigualdad que dominaban la España rural de la época. Miguel Hernández pudo asistir a la escuela tan solo unos pocos años, ya que la prioridad de su padre era que colaborara con la economía familiar haciendo de pastor de cabras.  Pese a ello, el amor de Miguel por la poesía y por el teatro hicieron de él un gran lector. Y con el tiempo, un gran escritor.

Poco a poco fue entrando en contacto con el pequeño mundo de la cultura local. Colaboraba con revistas literarias e incluso llegó a ganar algún premio. Sus amigos le ayudaban económicamente y el religioso Luis Almarcha trataba de impulsar su carrera. El poeta oroliano, no obstante, tenía un objetivo claro: viajar a Madrid y labrarse allí una sólida trayectoria literaria. Cuando consiguió visitar la capital, el 31 de diciembre de 1931, gracias a diversos contactos, tuvo la ocasión de conocer a buena parte de los grandes nombres de su tiempo: Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca… Las dificultades económicas le impidieron seguir en Madrid y se vio obligado a volver a Orihuela, pero a pesar de todo esta experiencia fue muy enriquecedora y le permitió dar un gran impulso a su obra.

Eran tiempos muy convulsos para España y Miguel tenía muy claro su posicionamiento político, siempre al lado de los desfavorecidos. Cuando el golpe de estado del 18 de julio de 1936 dio inicio a la Guerra Civil, se alistó en el bando republicano y mostró de nuevo su compromiso. Durante el conflicto bélico llevó a cabo diversas funciones, desde comisario político a soldado raso. Su consideración como uno de los referentes culturales de la República y su pertenencia al Partido Comunista lo llevaron a Moscú durante el Festival de Teatro Soviético. A su vuelta, le asignaron la labor de acompañar al frente a los soldados e infundirles valor mediante sus escritos y sus arengas. Allí conoció la verdadera naturaleza de la guerra, pero el contacto directo con quienes se sacrificaban por unos ideales hizo que su compromiso político se mantuviera inquebrantable.

Al finalizar la guerra, buena parte de los intelectuales españoles se exilió a Francia o a América, pero Miguel Hernández volvió a Orihuela a los brazos de su amada Josefina. Allí, tras intentar vivir de forma más o menos clandestina, fue detenido y encarcelado. Fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada, pero su precaria salud le impediría volver a vivir en libertad. Ramón Pereira y Ramón Boldú han estado particularmente acertados con el tratamiento que han dado al encarcelamiento del poeta. Pese a lo indigno de la situación, han conseguido retratar a un Miguel Hernández que conserva intacta su humanidad hasta el final de sus días.

Uno de los aspectos más interesantes del cómic es la inclusión de parte de la obra poética del protagonista en el relato. No solo los autores han recreado las situaciones en las que los poemas o las obras de teatro fueron compuestas, sino que han conseguido que tengan un papel narrativo destacado. Algunas de sus obras más conocidas, de hecho, tienen un papel fundamental en el cómic: la elegía a su gran amigo Ramón Sijé, Perito en lunas El rayo que no cesa, evidente inspiración para el título del cómic.

A nivel gráfico el trabajo de Boldú es excelente. Consigue adecuar su dibujo tanto al costumbrismo con toques humorísticos que recorre gran parte de la obra como a la acción y el dinamismo de la guerra. Las composiciones de página están muy trabajadas, no solo a nivel de viñetas, también con la rotulación y el uso de los textos de los poemas de Miguel Hernández como elementos narrativos. Es destacable asimismo el toque caricaturesco de los personajes, especialmente cuando hacen su aparición los grandes personajes literarios que intervienen en el relato.

El género biográfico tiene un largo recorrido en el cómic, ya que es una puerta de entrada inmejorable a la vida de personajes históricos trascendentes. En el caso de La voz que no cesa, dos aspectos lo convierten en una obra redonda: por un lado la propia vida de Miguel Hernández, llena de momentos dignos de ser narrados; y por el otro, la perfecta mezcla de vida y obra que han conseguido crear Pereira y Boldú. Relatar la vida de un poeta que vivió una época tan convulsa es interesante, pero si además, sin perder fluidez, se consigue incluir su obra poética, el trabajo adquiere un nuevo valor. Una gran manera de conmemorar el 75 aniversario de la muerte de uno de los más grandes escritores del siglo XX.

 

Anuncios

155

155. Simón Radowitzky, de Agustín Comotto. (Nórdica)

Simón Radowitzky fue una figura deslumbrante que participó activamente en algunos de los principales acontecimientos históricos del primer tercio del siglo XX. Tras un trabajo de seis años, el dibujante argentino afincado en Barcelona Agustín Comotto ha recuperado su historia en forma de cómic. El resultado ha sido una novela gráfica de casi 300 páginas en las que el autor reconstruye la vida del anarquista judío y trata de completar los vacíos que la exhaustiva labor de documentación no pudo esclarecer.

La gran cantidad de información incluida en el cómic llevó a Comotto a crear una estructura muy pensada que permitiera un ritmo de lectura ágil, pero al mismo tiempo constituyera una biografía rigurosa. Para ello dividió la obra en tres partes: la primera, más extensa, trata sobre su infancia en Galitzia y su estancia en el penal de Ushuaia; la segunda en la que explica los hechos que llevaron al protagonista a prisión; y por último, la tercera en que narra su participación en la guerra civil española y su llegada a México.

Simón Radowitzky, Shimele en su yiddish materno,  nació en 1891 en la región de Galitzia – en la actual Ucrania -, uno de los territorios europeos del Imperio Ruso. Allí padeció el antisemitismo impulsado por el Zar y la aristocracia y gracias a la hija de un cerrajero para el que trabajó entró en contacto con los círculos anarquistas de su ciudad. Con tan solo 14 años ya era uno de los representantes de los obreros de la fábrica en que trabajaba y estuvo implicado directamente en los hechos revolucionarios de 1905. Ante el temor a su deportación a Siberia se exilió a Argentina, donde llegó en 1908.

El Buenos Aires de la época era un faro de atracción para emigrantes de todos los rincones de Europa, que buscaban trabajo en un país emergente. Allí residían algunos de sus familiares, pero su religiosidad hizo que Simón se mantuviera alejado de ellos. Sus amistadades se circunscribían al pequeño núcleo de anarquistas rusos que igual que él se habían exiliado huyendo de la represión zarista. En su primer año en Argentina, Radowitzky sufrió un gran impacto al ver las condiciones en las que se encontraba su hermano, internado en un manicomio.
La conflictividad social era muy alta y Simón estaba en primera línea, siempre dispuesto a la acción. Tras la brutal represión del 1 de mayo de 1909, dirigida por el jefe de policía de Buenos Aires Ramón Falcón, Radowitzky decidió planificar un atentado para vengar a sus compañeros obreros asesinados. El 14 de noviembre, Simón Radowitzky, que tenía por entonces dieciocho años, lanzó una bomba de fabricación casera contra el carruaje que transportaba a Falcón y a su secretario. Ambos fallecieron y tras un intento de suicidio que fracasó, el protagonista fue detenido y condenado a muerte. Gracias a la intervención de su primo Moshe, que falsificó su partida de nacimiento, logró evitar la pena capital y su condena fue conmutada por cadena perpetua. Se iniciaban sus veintiún largos años de prisión. El elemento fundamental del cómic es la manera en que el autor ha tejido la trama uniendo la memoria autobiográfica y el día a día del confinamiento de Radowitzky en el penal de Ushuaia. Sus recuerdos permiten conocer los acontecimientos en orden aproximadamente cronológico, y las cartas que escribe a Lyudmyla – una de las licencias literarias de Agustín Comotto – son el testimonio del sufrimiento, las penalidades y la esperanza del anarquista encarcelado. La doble línea temporal, vista ya en multitud de cómics, adquiere aquí una profundidad mayor de la habitual, debido a la profusión y el acierto de los flashbacks y su unión con la parte más onírica de los pensamientos del protagonista.

Tras su extensa estancia en prisión, con intento de fuga incluido, y ya convertido en un símbolo, en 1930 Simón Radowitzky consiguió el indulto, aunque este iba acompañado del destierro. Cualquier otro se hubiera dedicado a la búsqueda de una vida tranquila y convencional, pero para él la lucha seguía. Estuvo unos años en Uruguay y después del golpe de estado de los militares rebeldes en España, se alistó en las Brigadas Internacionales. Combatió en el frente de Aragón y asistió en primera persona a las disputas internas del bando republicano, donde presenció los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas. Después de la derrota ante el bando franquista, el periplo de Radowitzky continuó en Francia, donde fue internado en el campo de Saint Cyprien. Gracias a sus contactos políticos consiguió llegar a México, donde se estableció hasta su fallecimiento en 1956.

El apartado gráfico de la obra es excelente. El blanco y negro está unido en esta ocasión al uso del color rojo en ciertos momentos del relato y su combinación dota al dibujo de una gran fuerza expresiva. Los escenarios y la ambientación están muy cuidados y el gran tamaño de las páginas (22×28 cm) posibilita unos diseños de página que favorecen al dibujo de Comotto. Las composiciones de página son tradicionales, aunque ocasionalmente nos encontramos con grandes viñetas realmente bellas. Los personajes son reconocibles y aunque no destacan por su expresividad, consiguen un buen seguimiento de la historia. Es interesante la inclusión de correspondencia en algunas páginas y la combinación de texto e imagen a la manera de los libros ilustrados.

Simón Radowitzky es una de esas figuras que todo el mundo debería conocer y que, al menos en España, es totalmente ignorado. Dedicó su vida a luchar por unos ideales y para ello hizo grandes sacrificios. Luchó contra la desigualdad y la injusticia del zarismo, luchó por la justicia social y contra la represión en Argentina, luchó por unas mejores condiciones para sus compañeros en el penal de Ushuaia, luchó por la democracia y la revolución en España. Gracias al cómic de Agustín Comotto todos y todas podemos conocer a Simón Radowitzky y a una época convulsa e intensa que aún nos influye directamente. Una gran historia, un gran cómic y un preso, el 155.

PD: si queréis profundizar en la figura de Simón Radowitzky y en el inicio del siglo pasado en Argentina, os invito a leer este texto de Osvaldo Bayer.

Jamás tendré 20 años

Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)

Tras indagar en los recuerdos de sus padres para crear ese gran cómic que es Las guerras silenciosasJaime Martín fue consciente que la historia de sus abuelos maternos también era digna de ser dibujada. Se llegó a plantear incluirla junto con la de su progenitor en la guerra de Ifni, pero finalmente decidió que la entidad del relato merecía un cómic independiente. Por lo tanto, aunque ha sido publicada dos años después, (tres años después en Francia) cronológicamente Jamás tendré 20 años es anterior a Las guerras silenciosas, a pesar de que ambas comparten diversos personajes y algunos hechos se llegan a solapar. La memoria familiar del dibujante de l’Hospitalet vuelve a protagonizar un cómic y de nuevo ese relato tan personal es fiel reflejo de toda una época y de toda una generación: los que sufrieron y perdieron la guerra y después tuvieron que arreglárselas para sobrevivir a las represalias y el hambre de la posguerra.

La acción se inicia con una comida familiar en el campo, que permite al autor reflexionar sobre las reacciones de sus abuelos ante cosas aparentemente inocuas como los juegos de guerra de sus nietos. Lágrimas que no tenían sentido para unos niños de los años 70, pero que escondían una trágica historia.

Isabel vivía en Melilla con sus padres, en un entorno tremendamente humilde. Trabajaba en el servicio doméstico de un coronel leal a la república, aunque su pasión era la costura. No había aprendido a leer, pero eso no le impedía tener inquietudes intelectuales y frecuentar los debates del pequeño círculo que conformaban sus amigos: los anarquistas de Melilla. Cuando los militares rebeldes iniciaron el golpe de estado en la ciudad norteafricana, el 17 de julio de 1936 – un día antes que en la península -, Isabel se vio obligada a huir para escapar a una muerte segura. Sus compañeros fueron perseguidos y fusilados, hecho que la marcó para siempre. Ella recibió la ayuda del coronel y pudo escapar hacia Orán. Desde allí, vía Marsella, consiguió llegar al barrio de Santa Eulalia de Hospitalet de Llobregat, en la periferia de Barcelona, donde residían unos familiares.

Al mismo tiempo, Jaime – el abuelo del dibujante – se había alistado como voluntario en la columna Carlos Marx, que había salido de la capital catalana para luchar en el frente de Aragón contra los fascistas. Poco después de llegar al frente, Jaime recibió una carta que le informaba del precario estado de salud de su madre. Regresó rápidamente a casa y allí encontró a la sobrina de su vecina, a la cual no conocía, cuidando de su madre. Era Isabel.

Las terribles vivencias de Jaime durante el conflicto bélico, siempre jalonadas de anécdotas que muestran el poco valor que tenía la vida durante esos años, configuran la segunda parte de la trama. La documentación llevada a cabo por Jaime Martín ha sido exhaustiva y se hace notar en aspectos como los uniformes, el armamento o los vehículos. El miedo, el valor y la esperanza conforman los recuerdos de su abuelo, quien consiguió escapar en diversas ocasiones de la muerte. Es muy interesante la forma en que el autor ha recreado la experiencia bélica de Jaime: sus ficticias cartas a Isabel permiten ir narrando los acontecimientos mediante los cuadros de texto incluidos en las viñetas.  Cuando acabó la guerra, aunque desolado, pudo volver a casa. Le esperaban Isabel y la represión que iba a implantar el régimen de Franco.

En Hospitalet iniciaban una nueva etapa. Estaban juntos, pero tenían que afrontar la miseria y el miedo a venganzas y represalias. De nuevo, Jaime sorteó la tumba de forma casi milagrosa, esta vez en un lugar muy cercano a su hogar. Isabel tuvo que buscar la forma de sacar adelante a la familia, que ya contaba con tres miembros. Sus raíces melillenses le permitieron introducirse en el contrabando de tabaco. Es espeluznante observar cómo se veía obligada a utilizar a sus hijas para sortear a las fuerzas policiales, quienes además siempre recibían su correspondiente soborno.

Tras comprender que el estraperlo no podía ser una opción válida a largo plazo, Isabel y Jaime estudiaron sus escasas posibilidades y entraron en el mundo del vidrio. El reciclaje, algo aparentemente tan moderno, era el sustento de miles de familias en la paupérrima España franquista. El esfuerzo y dedicación de Jaime y sus tres hijas limpiando y transportando botellas y frascos de todo tipo, junto con la visión comercial y el arte negociador de Isabel consiguieron que la familia fuera prosperando poco a poco. La primera radio o el primer coche del barrio contrastaban con las calles sin asfaltar y la pobreza generalizada de sus vecinos.

Las tres hijas del matrimonio, la madre del dibujante y sus dos hermanas, protagonizan el final de la obra. El papel de la mujer bajo el franquismo estaba reducido a aprender a hacer las tareas del hogar y encontrar marido, pero Encarna – madre de Jaime Martín -, como ya habíamos visto en Las guerras silenciosas no estaba dispuesta a dejar que los demás decidieran su futuro. A pesar de las presiones familiares, fue ella y solo ella la que decidió con quien iba a compartir su vida. No le pudo dar una mayor alegría a su padre.

Jaime Martín ha mantenido algunos de los elementos que hicieron brillar su anterior obra. El color sigue teniendo un papel fundamental, aunque obviamente la paleta cromática ha cambiado para reflejar nuevas situaciones: la dureza de la guerra, las dificultades de la primera posguerra y la esperanza de los años 60. Ante la imposibilidad de utilizar fotografías para ilustrar la acción – como había hecho en el cómic sobre su padre -, el dibujante ha optado por recrear los escenarios a partir de imágenes de archivo y de los recuerdos familiares. El resultado sigue siendo ejemplar. Sin grandes innovaciones en las composiciones de página, siempre al servicio de la narración, en esta ocasión es destacable la abundante inclusión de viñetas panorámicas, especialmente bellas cuando retratan paisajes. Los característicos personajes son muy expresivos y consiguen que nos identifiquemos plenamente con ellos.

Jamás tendré 20 años, cuyo título refleja la pérdida que experimentó toda una generación, es un sentido homenaje que Jaime Martín rinde a sus abuelos; pero al mismo tiempo es un tributo a millones de personas que sufrieron la guerra y sus consecuencias. Millones de vidas truncadas, millones de historias individuales que configuran la memoria histórica de una época oscura que algunos desean enterrar en el olvido. La guerra civil empezó hace más de ochenta años, cada vez quedan menos testimonios directos del conflicto y es imprescindible preservarlos. Esta obra es una gran contribución a esta labor, pero además es un gran cómic. La unión de ambos aspectos lo convierten en una obra fundamental.

PD: Os invito a visitar la web de Jaime Martín, donde podréis ver bocetos y otros materiales originales de la obra.

Futbolín

Futbolín, de Alessio Spataro (DeBolsillo)

Alexandre Campos Ramírez, más conocido como Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra, fue el inventor del futbolín. Nació en 1919 en Finisterre y falleció en 2007 en Zamora y, por tanto, vivió en primera persona buena parte de los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX. Su azarosa vida lo llevó a ser partícipe de la guerra civil, a exiliarse a París, a vivir en diferentes lugares de latinoamérica (Ecuador, Guatemala o México) y a volver a su España natal durante la transición democrática. Conoció a algunos de los grandes intelectuales y artistas de su tiempo: Frida Kahlo, Jean Paul Sartre o Albert Camus y fue muy cercano a poetas como León Felipe y Juan Larrea.

El dibujante italiano Alessio Spataro conoció la historia de Alexandre de Fisterra a través de Bep Moll, el director del documental Tras el futbolín (aquí se puede ver el teaser), que narra la historia de este archiconocido juego. Su origen no está claro del todo, ya que diversos países europeos se atribuyen su invención. Pese a ello, la vida del protagonista del cómic es tan atractiva, que el futbolín tan solo funciona como nexo entre las diferentes etapas que relata el cómic.

Alexandre tenía 17 años cuando los militares rebeldes dieron el golpe de estado que desembocó en la guerra civil. Tras ser víctima de un bombardeo por parte del bando fascista, acabó en la Colonia Puig, cerca de Montserrat, junto con otros adolescentes heridos. Fue en este lugar donde inició su carrera como inventor. Inspirándose en el tenis de mesa, Alexandre inventó el fútbol de mesa, de modo que los niños y niñas que por sus heridas no podían jugar a fútbol pudieran divertirse. Además también diseñó un pasador de páginas mecánico como regalo para su primer amor.

Tras observar las disputas internas del bando republicano y entrar en contacto con grandes personalidades como Orwell, Picasso o Hemingway; superó un penoso exilio al norte de África. Alexandre asistió al desenlace de la Segunda Guerra Mundial y una vez finalizado el conflicto se instaló en París, donde trató de sacar partido a su invento, aunque sin la patente – registrada en la España republicana – poco pudo hacer. En la capital francesa entró en contacto con la intelectualidad más destacada de la época y especialmente con su amiga de la infancia, la actriz María Casares (hija de Casares Quiroga).

Posteriormente se trasladó a Guatemala, donde vivió en primera persona el golpe de Estado organizado por la CIA y la United Fruit Company contra Jacobo Árbenz. Allí conoció a personajes tan esenciales de la historia del siglo XX como Ernesto “El Che” Guevara o los hermanos Castro. Las autoridades franquistas lo persiguieron e incluso llegaron a detenerlo, pero gracias a su pericia logró escapar. A continuación se fue a México y poco a poco se fue abriendo camino en el mundo editorial.

Su objetivo era volver a España, pero solo cuando fuera un país democrático. Su invento se había extendido por todo el mundo, con diferentes nombres y formatos, pero no pudo obtener demasiado rédito económico. Continuó con su labor editorial y se fue desencantando de la política española, ya que no se cumplieron gran parte de sus anhelos. Tuvo una vida realmente trepidante.

A nivel gráfico la labor de Spataro es excelente. Destaca el bitono azul y rojo con el que está construido el cómic, pero también es muy interesante la cantidad de recursos gráficos y narrativos que utiliza a lo largo de la obra. Desde el breve repaso ilustrado a las diversas teorías sobre el origen del futbolín, hasta las escenas bélicas o algunas viñetas de tono marcadamente expresionista, Spataro demuestra un gran dominio del medio. Sus personajes son capaces de transmitir emociones y las metáforas basadas en el juego que da título a la obra son guiños muy elaborados.

Futbolín es un cómic realmente original que narra una de esas pequeñas grandes historias que todos deberíamos conocer. La complejidad del guión requiere cierto esfuerzo por parte del lector, pero la recompensa es cuantiosa. Seguramente en un país que no haya silenciado su memoria todos los niños y niñas conocerían la biografía de alguien como Alexandre Campos Ramírez, pero ha sido un dibujante italiano quien ha recuperado su historia. Bienvenido sea.

Vencedor y vencido

Vencedor y vencido, de Sento Llobell (Autoedición)

Tras los magníficos Un médico novato y Atrapado en Belchite, Sento Llobell ha completado su trilogía sobre Pablo Uriel con Vencedor y vencido. Cada uno de los volúmenes por separado es un gran cómic, pero el conjunto de la trilogía se convierte, para mí sin duda, en una de las mejores obras publicadas sobre la Guerra Civil. La complejidad de la trama, los innumerables matices que esta aporta y la visión general del español de a pie durante el conflicto conforman un gran retrato de la España de 1936 a 1939.

En Vencedor y vencido el autor valenciano retoma la acción en el punto justo en el que nos dejó en Atrapado en Belchite. Pablo Uriel, junto con unos pocos supervivientes, fue capturado por las tropas republicanas, que habían concluido con éxito su ofensiva en Aragón. Tras haber sido prisionero de los franquistas por sus ideas progresistas y tras haberse trasladado al frente con la esperanza de cambiar de bando, el joven médico llegó finalmente a la zona republicana, aunque de una manera mucho más precaria de la esperada. Su condición de médico, le permitió salvar la vida, ya que los oficiales del enemigo generalmente eran ajusticiados.

Tras su captura, Pablo Uriel fue trasladado a Valencia, que era en esos momentos la capital de la España republicana. Allí vivió un momento muy duro, magistralmente recreado por Sento, cuando fue obligado a desfilar por el centro de la capital levantina, para que los ciudadanos pudieran expresar su desprecio a las tropas fascistas derrotadas. En Valencia empezó su periplo como prisionero de guerra, que duraría hasta el final del conflicto bélico.

En primer término, Uriel fue llevado al monasterio de El Puig, donde estuvo prácticamente un año. Allí padeció unas condiciones terribles, a todos los niveles: escasez de alimentos, falta de productos sanitarios, higiene inexistente… y además la violencia que ejercía un reducido grupo de prisioneros sobre el resto. Su valía como médico, las circunstancias que habían motivado su participación en la guerra y los sufrimientos que esta había provocado en su familia permitieron que Pablo Uriel tuviera buenas relaciones con algunos de los mandos republicanos. Aún así, la arbitrariedad formaba parte de su vida cotidiana y tenía que andarse con mucho ojo, ya que podía tener enemigos en ambos bandos.

Posteriormente fue trasladado a Serra, donde se convirtió en el médico de un batallón de trabajo que debía construir carreteras. Allí trató de hacer soportables las condiciones de vida de sus compañeros, y pese a la dureza de la misión, Uriel vivió buenos momentos. Un par de reencuentros inesperados y su participación en la Orquesta Frasquet hicieron de esta etapa un periodo más favorable que la reclusión en El Puig.

Finalmente, tras soportar casi dos años de cautiverio, perder a muchos seres queridos y escapar a la muerte en múltiples ocasiones, la guerra había terminado. Es interesante ver cómo se vivió el final del conflicto por parte de los prisioneros, ya que es una parte de la guerra que no suele aparecer en los libros de historia.

La parte gráfica de Vencedor y vencido mantiene los aspectos generales de los dos volúmenes anteriores, aunque Sento ha ido estilizando su dibujo. El detalle de los escenarios y los personajes con aire caricaturesco siguen dominando el relato, aunque en esta ocasión es destacable el dinamismo de buena parte de las viñetas. Sento introduce nuevos recursos en este tercer volumen: composiciones de página un poco más arriesgadas, grandes viñetas que ocupan toda una página  en momentos claves o el relato de una parte de la historia en primera persona, cuando Pablo se reencuentra con una persona muy especial. El color mantiene su papel narrativo, aportando profundidad al relato; y de nuevo, es interesantísimo el apéndice con documentación original de la época. Por último, me gustaría destacar el prólogo de Ian Gibson, que ya prologó en su día No se fusila en domingo, las memorias de Pablo Uriel en que se basa la trilogía en cómic.

La guerra civil es generalmente presentada como un conflicto maniqueo, y aunque es evidente que el bando franquista fue el que inició el conflicto con un golpe de estado fallido y que fue el que más atrocidades cometió, la participación de muchos españoles en una facción u otra vino marcada en muchos casos por el azar. Pablo Uriel es un buen ejemplo de esto.

Era una persona de izquierdas, pero al inicio de la guerra se encontraba en una zona donde el golpe de estado tuvo éxito. Fue hecho prisionero y por pura supervivencia se vio obligado a ir al frente. Una vez allí, por múltiples motivos fue incapaz de cambiar de bando  y salió derrotado en una batalla. Por fin llegaba a su España, pero lo hacía como prisionero. Cuando por fin consiguió la libertad, Pablo Uriel había ganado la guerra, pero al mismo tiempo era consciente que la había perdido. La España de Franco representaba todo lo negativo que había en el país y por ello Uriel, en un acto de grandeza, nunca hizo ostentación de su participación en la victoria y se negó a recibir homenaje alguno. En un título inmejorable, Pablo Uriel fue un vencedor y un vencido.

PD: os dejo con el Trailer Book de promoción del cómic.

El ala rota

El ala rota, de Antonio Altarriba y Kim (Norma Editorial)

Han pasado prácticamente siete años desde que se publicó El arte de volar, la obra sobre la vida del padre de Antonio Altarriba con la que el guionista y el dibujante Kim ganaron el Premio Nacional de Cómic en 2010. Con El ala rota, centrada en esta ocasión en la madre de Altarriba, ambos autores completan un díptico que abarca la práctica totalidad de la Historia de España en el siglo XX.

En El arte de volar, Petra Ordóñez tenía un papel muy secundario y solo aparecía como una presencia negativa, con una religiosidad exacerbada, que entorpecía la vida del luchador y soñador Antonio Altarriba Lope. Como ha reconocido el guionista, se sentía en deuda con ella y, en mi opinión, con esta obra ha compensado sobradamente la visión que nos había dado sobre su madre. El inicio del cómic tiene una gran fuerza y sirve como metáfora de toda la vida de Petra, ya que ni siquiera su hijo sabía que padecía una grave lesión en un brazo – de aquí el ala rota que da título a la obra -. Un homenaje a toda una generación de mujeres que se desvivieron por sus seres queridos y que en muchas ocasiones sufrieron en silencio los rigores de unas vidas tremendamente duras.

A partir de los recuerdos familiares, Antonio Altarriba fue reconstruyendo la historia de su madre, ya que ella siempre había guardado silencio sobre los momentos más trágicos de su vida. Ya desde el nacimiento, Petra tuvo que afrontar grandes dificultades, puesto que su madre falleció en el parto y su padre trató de asesinarla por haber causado la muerte de su esposa. En este trágico trance es donde posiblemente tuvo lugar la lesión en el brazo que acompañó a la protagonista a lo largo de sus 80 años de existencia.

Cada uno de los cuatro capítulos en los que está estructurado el cómic está marcado por la presencia de un hombre que tuvo gran influencia en la vida de Petra. El primero, que recorre su infancia y su juventud, está dominado por la figura de su padre, Damián Ordóñez, escritor, barbero, actor y director teatral, republicano y bebedor. Pozuelo de la Orden, en la provincia de Valladolid, se le quedaba pequeño y él pagaba su frustración con sus hijos. Su relación con Petra fue realmente complicada, pero a pesar de ello, ella siempre lo recordaba con cariño.

Poco a poco la familia se fue desmembrando y finalmente Petra se trasladó a Zaragoza. Allí entró a trabajar como gobernanta en la casa de Juan Bautista Sánchez González, Capitán General de Aragón. Había sido uno de los militares más destacados del bando franquista durante la guerra civil, pero era favorable a la restauración de la Monarquía. Petra tuvo que convivir con otros miembros del servicio que espiaban para la Falange u otras facciones del régimen, y allí su lealtad la hizo imprescindible para la familia del militar. El traslado de este a Barcelona, como Capitán General de Cataluña, y su posterior fallecimiento en oscuras circunstancias, coincidieron en el tiempo con el inicio de la relación amorosa entre Petra y Antonio, al que conocemos bien tras haber leído El arte de volar. 

El tercer capítulo, obviamente, está dedicado a la vida en común de Petra y Antonio. Las penurias económicas que tuvieron que afrontar, y después del nacimiento de Toñín – el guionista Antonio Altarriba -, las crecientes dificultades entre ellos, marcan el tono del capítulo. La abnegada vida de Petra, siempre al servicio de los demás, se iba encaminando cada vez más hacia la religión y este hecho afectó gravemente a su vida sexual. Es muy interesante ver el crecimiento del futuro guionista y cómo fue evolucionando la relación con su madre. La vida cotidiana de la España franquista tiene una gran presencia y somos testigos de la forma de vida de gran parte de las mujeres españolas de la época.

La relación matrimonial se fue deteriorando y una vez el hijo se emancipó, llegaron unos años realmente duros para ambos progenitores, que concluyeron con la decisión de Antonio de abandonar a su esposa. Para Petra fue un golpe muy duro, puesto que defendía que el matrimonio era sagrado y para toda la vida. Aún así, tras entrar a vivir en una residencia regentada por monjas, fue capaz de entablar una bonita relación con Emilio. Esta última etapa fue una época bastante feliz para Petra.

Más allá de la historia personal de Petra, El ala rota trata muchos temas de interés histórico. La visión que nos da de la España rural del primer tercio del siglo XX es muy acertada y aunque no trate directamente la guerra civil, Petra y su padre tuvieron que hacer frente a la represión franquista en la posguerra. El papel de la Iglesia y de la religión también tiene un lugar preponderante, desde el comprensivo cura de Pozuelo de la Orden hasta las monjas que tratan de aprovecharse económicamente de sus residentes, pasando por el fervor cotidiano de Petra. Las relaciones vecinales, con escenas costumbristas bien trabajadas, o  el tránsito hacia la vejez son otros ejemplos de la multitud de temáticas que aparecen en la obra.

Aunque por encima del resto, como apuntaba al inicio, El ala rota trata de la situación de las mujeres en la España del siglo XX. La condición femenina de Petra marcó profundamente toda su vida, desde las dificultades para acceder a una educación hasta sus últimos años en la residencia geriátrica. Petra, como tantas otras, fue una luchadora invisible. Su silencio fue el silencio de millones de españolas que padecieron doblemente la dictadura y que, siempre al servicio de los demás, sacrificaron su propio camino para que sus maridos, padres, hermanos e hijos tuvieran las oportunidades que a ellas se les negaron.

Un último aspecto digno de destacar es la subtrama centrada en la figura de Juan Bautista Sánchez. Pese a que el régimen franquista trataba de mostrar su uniformidad,  había ciertos sectores que no eran totalmente leales al dictador. Este fue el caso de los monárquicos, que defendían la legitimidad de Don Juan de Borbón y que aspiraban a que España volviera a ser, de nuevo, una monarquía. Las conversaciones que recrean Altarriba y Kim permiten que nos hagamos una idea de los objetivos y la forma de organización de estos disidentes, que para muchos – entre los que me incluyo – eran prácticamente desconocidos. 

A nivel gráfico, el trabajo de Kim es incluso superior al que realizó en El arte de volar. El nuevo formato, con páginas más grandes, ha permitido un mayor lucimiento del dibujante, sin hacerle perder efectividad. El uso del gris vuelve a ser sublime y la caracterización de los personajes está muy conseguida – fijaos en el joven Antonio Altarriba de las viñetas superiores -. Sin arriesgar en las composiciones de página ni tratar de crear elementos visuales que distraigan de la trama, Kim consigue que el guión de Altarriba fluya con gran facilidad. La creación de ambientes, uno de los elementos esenciales en un cómic de está envergadura, está muy trabajada y se nota la labor de documentación para recrear los contextos en que se sitúa la acción.

En definitiva, con El ala rota estamos ante una obra maestra. Antes de iniciar la lectura tenía ciertas dudas y creía que a causa de mis altas expectativas quizás me sentiría un poco decepcionado. Nada más lejos de la realidad. Altarriba y Kim han conseguido otra vez mostrar la fuerza del cómic, han logrado nuevamente que una biografía en viñetas se convierta en la biografía de toda una generación y han sido capaces, de nuevo, de homenajear a millones de personas que perdieron una guerra, que padecieron una dictadura de casi 40 años y que cuando llegó la democracia habían perdido buena parte de sus esperanzas y sus ilusiones. Los más de seis años de espera han valido la pena.

Por último, solo destacar el epílogo de la obra, en que Antonio Altarriba reflexiona sobre la memoria histórica y sobre la gestación de este proyecto, que hace que el cómic sea aún más redondo. Si hace más de año y medio inicié la andadura de este blog fue para dar a conocer y analizar obras como esta, aunque pocas están a la altura de El ala rota.

PD: podéis leer las primeras páginas en la página web del guionista Antonio Altarriba.

El convoy

El convoy, de Torrents, Lapière y Froidebise (Norma Editorial)

La guerra civil española es una de las grandes tragedias del siglo XX, de modo que ha servido como inspiración para multitud de obras en prácticamente cualquier medio de expresión. El cómic no ha sido ajeno a este hecho, y especialmente en los últimos años son bastantes las obras que se han acercado a diversos aspectos del conflicto. (En el apartado La II república y la guerra civil del blog tenéis varios ejemplos). En este caso, El Convoy nos habla del exilio a Francia y de la dura realidad con que se encontraron los refugiados españoles que huían de la barbarie franquista. (Por si os interesa profundizar, sobre el exilio en el cómic escribí hace unos meses en el número 4 de CuCo Cuadernos de Cómic).

El dibujante Eduard Torrents y el guionista Denis Lapière colaboraron para dar forma a esta historia de ficción que incluye algunos episodios de la historia familiar del dibujante. La premisa es bastante convencional, con una doble línea temporal y una protagonista que une el pasado situado en la guerra y el presente. Pero hay algo que hace a este cómic bastante original: el presente se sitúa en la Barcelona de noviembre de 1975 y no en la actualidad. La acción nos traslada, por tanto, a los días inmediatamente anteriores al fallecimiento del dictador Francisco Franco. El contraste entre el final de la guerra civil y el final del franquismo resume 40 oscuros años de la historia de España.

Fueron cientos de miles las familias que quedaron destruidas durante la guerra. La situación para los republicanos era terrible y la única alternativa a la represión franquista era emprender el camino del exilio. El cruce de los Pirineos en el invierno de 1939 dejó algunas de las imágenes más impactantes de todo el conflicto bélico y Eduard Torrents ha hecho un gran trabajo trasladando estas escenas a viñetas. Un vez en Francia, los refugiados se encontraron con unas autoridades muy hostiles y fueron recluidos en unos campos con unas condiciones pésimas. El cómic refleja con crudeza la desesperación y la miseria que imperaban en estos tétricos lugares y el alivio que suponía conseguir un trabajo y recuperar la dignidad.

Los recuerdos infantiles de Angelita, la protagonista, marcan la linea argumental de la historia; pero es el estado de salud de su madre el elemento que provoca que descubra la parte de su historia familiar que desconocía. Un viaje a Barcelona, un encuentro inesperado y todo aquello que daba por descontado se transforma y adquiere nuevos significados.

Otro aspecto interesante es que el cómic de Torrents y Lapière recupera la historia del Convoy de los 927, los primeros españoles que fueron deportados a Mauthausen. Este es uno de los episodios más terribles que padecieron los refugiados españoles, que tras huir de la venganza salvaje de Franco se encontraron con los criminales actos del nazismo.

A nivel gráfico, el trabajo de Torrents es muy bueno. La influencia de la línea clara es evidente y permite que la atención recaiga en la historia que los autores desean explicar. El trabajo de documentación fue exhaustivo y se deja notar en una ambientación excelente. La recreación de algunos de los edificios más emblemáticos de Barcelona es sencillamente espectacular, sobretodo la del Hospital de Sant Pau, que además tiene un papel central en el relato. Los personajes son expresivos y permiten que nos identifiquemos con sus emociones. Por último, el uso del color es realmente efectivo y permite a Torrents crear viñetas de una gran belleza.

En resumen, El convoy es un cómic muy recomendable. La publicación en un único volumen, a diferencia de la edición francesa original en dos tomos, ha sido un gran acierto por parte de Norma. Es una historia redonda y a pesar de que cae en algunos lugares comunes sobre la guerra civil y el exilio, la visión que da de estos dos episodios es bastante acertada. La memoria histórica, en esta ocasión a través de la memoria familiar, es un elemento central en la obra y el resultado es totalmente satisfactorio. La inclusión de la historia del Convoy de los 927 hace que mi valoración sea aún más positiva y que considere El Convoy uno de los cómics más indicados para trabajar en la educación secundaria.

PD: Vale la pena echar un vistazo a la página web de Eduard Torrents, en la que podréis ver algunos bocetos y viñetas y los comentarios del dibujante sobre su trabajo.