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La voz que no cesa

La voz que no cesa. Vida de Miguel Hernández, de Ramón Boldú y Ramón Pereira (Astiberri)

Miguel Hernández es uno de los grandes nombres de la literatura española del siglo XX. Como la de tantos otros grandes artistas y literatos, su vida quedó profundamente marcada por la Guerra Civil. Sus orígenes humildes, su prematura muerte y su fantástica obra poética lo convirtieron en una figura prácticamente legendaria. Ramón Pereira y Ramón Boldú crearon en 2014, con la desaparecida editorial EDT (Editores de Tebeos) esta biografía en forma de cómic. Con motivo del 75 aniversario de la muerte del poeta, y en esta ocasión de la mano de Astiberri, han ampliado la obra para incluir algunas escenas trascendentes que no tenían cabida en la edición original. Con prólogo de Joan Manuel Serrat, La voz que no cesa es una manera inmejorable de acercarse a la vida y obra del poeta de Orihuela.

El cómic de Pereira y Boldú recorre los 31 años de vida de Miguel Hernández, dedicando especial atención a su formación, a los conflictos con su padre, a su vida amorosa y a sus relaciones con otros intelectuales en sus estancias en Madrid. La sucesión de anécdotas, muy bien enlazadas, permite a los autores retratar la evolución personal del protagonista, al tiempo que describen el contexto en el que surgió un artista de su talla. La Orihuela de principios de siglo era un buen ejemplo del atraso y la desigualdad que dominaban la España rural de la época. Miguel Hernández pudo asistir a la escuela tan solo unos pocos años, ya que la prioridad de su padre era que colaborara con la economía familiar haciendo de pastor de cabras.  Pese a ello, el amor de Miguel por la poesía y por el teatro hicieron de él un gran lector. Y con el tiempo, un gran escritor.

Poco a poco fue entrando en contacto con el pequeño mundo de la cultura local. Colaboraba con revistas literarias e incluso llegó a ganar algún premio. Sus amigos le ayudaban económicamente y el religioso Luis Almarcha trataba de impulsar su carrera. El poeta oroliano, no obstante, tenía un objetivo claro: viajar a Madrid y labrarse allí una sólida trayectoria literaria. Cuando consiguió visitar la capital, el 31 de diciembre de 1931, gracias a diversos contactos, tuvo la ocasión de conocer a buena parte de los grandes nombres de su tiempo: Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca… Las dificultades económicas le impidieron seguir en Madrid y se vio obligado a volver a Orihuela, pero a pesar de todo esta experiencia fue muy enriquecedora y le permitió dar un gran impulso a su obra.

Eran tiempos muy convulsos para España y Miguel tenía muy claro su posicionamiento político, siempre al lado de los desfavorecidos. Cuando el golpe de estado del 18 de julio de 1936 dio inicio a la Guerra Civil, se alistó en el bando republicano y mostró de nuevo su compromiso. Durante el conflicto bélico llevó a cabo diversas funciones, desde comisario político a soldado raso. Su consideración como uno de los referentes culturales de la República y su pertenencia al Partido Comunista lo llevaron a Moscú durante el Festival de Teatro Soviético. A su vuelta, le asignaron la labor de acompañar al frente a los soldados e infundirles valor mediante sus escritos y sus arengas. Allí conoció la verdadera naturaleza de la guerra, pero el contacto directo con quienes se sacrificaban por unos ideales hizo que su compromiso político se mantuviera inquebrantable.

Al finalizar la guerra, buena parte de los intelectuales españoles se exilió a Francia o a América, pero Miguel Hernández volvió a Orihuela a los brazos de su amada Josefina. Allí, tras intentar vivir de forma más o menos clandestina, fue detenido y encarcelado. Fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada, pero su precaria salud le impediría volver a vivir en libertad. Ramón Pereira y Ramón Boldú han estado particularmente acertados con el tratamiento que han dado al encarcelamiento del poeta. Pese a lo indigno de la situación, han conseguido retratar a un Miguel Hernández que conserva intacta su humanidad hasta el final de sus días.

Uno de los aspectos más interesantes del cómic es la inclusión de parte de la obra poética del protagonista en el relato. No solo los autores han recreado las situaciones en las que los poemas o las obras de teatro fueron compuestas, sino que han conseguido que tengan un papel narrativo destacado. Algunas de sus obras más conocidas, de hecho, tienen un papel fundamental en el cómic: la elegía a su gran amigo Ramón Sijé, Perito en lunas El rayo que no cesa, evidente inspiración para el título del cómic.

A nivel gráfico el trabajo de Boldú es excelente. Consigue adecuar su dibujo tanto al costumbrismo con toques humorísticos que recorre gran parte de la obra como a la acción y el dinamismo de la guerra. Las composiciones de página están muy trabajadas, no solo a nivel de viñetas, también con la rotulación y el uso de los textos de los poemas de Miguel Hernández como elementos narrativos. Es destacable asimismo el toque caricaturesco de los personajes, especialmente cuando hacen su aparición los grandes personajes literarios que intervienen en el relato.

El género biográfico tiene un largo recorrido en el cómic, ya que es una puerta de entrada inmejorable a la vida de personajes históricos trascendentes. En el caso de La voz que no cesa, dos aspectos lo convierten en una obra redonda: por un lado la propia vida de Miguel Hernández, llena de momentos dignos de ser narrados; y por el otro, la perfecta mezcla de vida y obra que han conseguido crear Pereira y Boldú. Relatar la vida de un poeta que vivió una época tan convulsa es interesante, pero si además, sin perder fluidez, se consigue incluir su obra poética, el trabajo adquiere un nuevo valor. Una gran manera de conmemorar el 75 aniversario de la muerte de uno de los más grandes escritores del siglo XX.

 

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La balada del norte (Tomo 2)

La balada del norte (Tomo 2), de Alfonso Zapico (Astiberri)

Cuando escribí hace ya más de dos años sobre el primer tomo de La balada del norte la obra iba a constar de dos volúmenes. El primero servía para construir los personajes principales, dotar a la trama de un contexto histórico bien elaborado y mostrar los orígenes de la revolución de Asturias; y teóricamente en el segundo se iban a desarrollar los hechos revolucionarios y la posterior represión. Finalmente, ante la magnitud de la obra, Alfonso Zapico decidió que este monumental cómic fuera publicado en tres partes, de modo con el Tomo 2 estamos ante el nudo de la trilogía.

Al final del primer tomo Zapico nos mostraba el inicio de la revolución y de la mano de Apolonio y su hija Isolina éramos testigos de cómo se organizaba la cuenca minera para llevarla a cabo. En este segundo, los hechos revolucionarios ya están en marcha. Los mineros dominan los valles y marchan hacia la capital, donde se refugian las clases altas de la sociedad asturiana. Entre quienes se trasladan a Oviedo se encuentran el marqués de Montecorvo y su hijo Tristán, que tratan de salvarse de la ira proletaria buscando el cobijo del gobernador.

De nuevo, Alfonso Zapico ha construido un retrato complejo de la convulsa sociedad asturiana de ese crucial momento histórico. Con acierto y mucha gracia, el autor refleja la división de las izquierdas. Aunque en el caso asturiano se unieron para la revuelta, cada partido y cada movimiento tenía ideas y objetivos diferentes para la revolución.  La conversación que mantienen dos mineros, uno socialista y otro comunista, en que uno le habla sobre su pueblo y la rivalidad con las poblaciones de su entorno consigue sublimar las tradicionales disputas entre los partidarios de la izquierda. Al mismo tiempo, Zapico también muestra la ineptitud del gobernador de Asturias y la inacción del gobierno de Lerroux, que finalmente decide actuar con brutalidad y envía al general Francisco Franco al mando de las tropas del ejército de África.

Algunos de los temas fundamentales para comprender la realidad española de la época vuelven a tener una gran importancia. Las desigualdades sociales, el papel de la mujer, el lugar de la religión en la sociedad… Zapico trata estas temáticas de forma muy original y valiéndose de muy diversos recursos. La familia de un importante abogado ovetense acoge a Isolina, Apolonio y un par de sus compañeros proletarios. Los diálogos, los silencios y los pequeños gestos permiten que esas dos clases sociales enfrentadas, que se ignoran y desconocen, por fin se vean cara a cara. Zapico vuelve a huir del maniqueísmo y constata que personas despreciables formaron parte de ambos bandos, pero también lo hicieron personas bondadosas.

Las mujeres siguen ocupando un lugar central en la trama. Desde el protagonismo de Isolina hasta la esposa del abogado, que representa a las mujeres de clase alta, pasando por las mujeres que siguen con su día día en la cuenca minera. Frases antológicas como “Las vacas no entienden de revoluciones”, pronunciada por Amalia muestran la fuerza de la realidad y el alejamiento de los ideales por los que luchaban los mineros de la vida cotidiana de su entorno. Las mujeres de clase obrera sufrían una doble discriminación, por su clase social y por su condición de mujeres, ya que pese a la voluntad de cambiar de arriba a abajo la sociedad, sus compañeros revolucionarios estaban muy alejados de posiciones igualitarias. Las mujeres de clase media y alta también sufrían su condición femenina y se esperaba que fueran esposas y madres, siempre al servicio de sus maridos.

El gran acierto del autor asturiano es utilizar las historias personales de los personajes para crear un completo retrato social de la Asturias de 1934. Los personajes de Zapico son complejos, con aristas, con luces y sombras. El dibujante consigue que pese a que todos conocemos cómo acabó la revolución, queramos seguir conociendo cómo la vivieron Isolina y Tristán, Apolonio y el resto de sus compañeros. La aparición de Franco al mando de las tropas africanas marca un claro punto de inflexión en el porvenir de la revuelta, pero como afirma Apolonio, él no se quedará a luchar hasta el final ni huirá, tan solo volverá a casa porque está cansado.

No debemos olvidar que mientras Zapico juega con sus creaciones, nos sitúa en medio de la acción bélica. Tiroteos, explosiones y persecuciones dominan la escena, pero el dibujante tiene la habilidad de ir tejiendo pequeñas historias cotidianas sin que por ello la acción se resienta. Es interesante fijarse en los recursos propios del cómic de los que se sirve para recrear el movimiento y el dinamismo de los enfrentamientos: multitud de onomatopeyas, lineas cinéticas, trazo amplio y desdibujado en ocasiones… Todo un catálogo que Zapico utiliza a su antojo con gran efectividad.

A grandes rasgos, el aparato gráfico de este tomo mantiene los principales elementos que ya usó Alfonso Zapico en el primer volumen: blanco y negro, gama de grises para crear atmósferas, personajes caricaturescos muy expresivos… La gran novedad, que muestra la evolución del dibujante, es la utilización de un trazo más suelto, más dinámico, perfecto para reflejar las grandes dosis de acción inherentes a la revolución. Además, es destacable como los fondos de las viñetas, muy elaborados en el primer volumen, han ganado en sobriedad, de forma que nuestra atención se centra más en el argumento. Otro recurso interesante, que ya aparecía en el anterior volumen, es la presencia de páginas de color negro en determinados momentos que resaltan el dramatismo de lo que ocurre.

Alfonso Zapico ha vuelto a demostrar con el segundo tomo de La balada del norte que es un gran dominador del cómic histórico. Siempre desde su personal visión, como ya hiciera en obras anteriores, es capaz de recrear el pasado de forma brillante. El uso de la ficción como forma de relatar la historia vuelve a funcionar y permite a Zapico mostrarnos realidades complejas mientras nos atrapa con las peripecias de sus personajes. El tercer volumen, con el que concluirá esta magna obra, mostrará qué sucedió en Asturias tras el fracaso de la revolución, pero por encima de todo nos mostrará el destino de los protagonistas, que finalmente fue el destino de aquellos que lucharon para cambiar las cosas y se encontraron ante un mundo demasiado hostil y despiadado para llevarlo a cabo. La espera se hará larga.

El solar

El solar, de Alfonso López (La Cúpula)

Los años 40 fueron terribles para la mayoría de la población española. El país había quedado arrasado tras la guerra civil, la represión instaurada por el régimen franquista fue atroz y el aislamiento internacional provocado por la alianza del franquismo con la Alemania nazi y la Italia fascista generaba una carestía abrumadora. La situación de quienes habían luchado por la República era aún peor, ya que a la miseria general tenían que añadir sus dificultades para conseguir trabajo o la discriminación social y legal que padecían.

El veterano dibujante Alfonso López decidió situar la acción de El solar en esta época, concretamente en el año 1947, cuando cerró el campo de concentración de Miranda de Ebro, el último que permaneció abierto en España. El contexto histórico está muy cuidado, pero Alfonso López no trata tan solo de recuperar la memoria sobre el pasado, su objetivo con esta obra es por encima de todo homenajear a los tebeos y a los dibujantes que marcaron a varias generaciones. El humor típico de aquellas publicaciones, su lenguaje, los recursos inherentes al medio, y evidentemente, algunos de los personajes más característicos de las viñetas de los años 40 y 50 tienen un papel central en El Solar. López también incluye algunos otros iconos de la cultura popular de aquel tiempo.

El protagonista, Pepe Gazuza – obviamente inspirado en Carpanta, el famoso personaje de Escobar -, deja el campo de Miranda de Ebro y recupera su preciada libertad. Tras un cómico encuentro con el Caudillo, se dirige a la gran ciudad en busca de un porvenir. Allí llega a uno de los lugares más típicos de aquella época: una pensión, donde coincide con un muy peculiar grupo de personajes. Siempre con optimismo, trata de encontrar una ocupación que le permita sobrevivir, pero su pasado se lo pondrá muy difícil.

Al mismo tiempo, Petro – trasunto de Petra, otro de los personajes más conocidos de Escobar – emigra desde su pueblo y llega a la misma ciudad para trabajar de criada. En la casa donde desempeña su labor conoce a Alfonsito, un joven falangista muy intenso, quien se enamora perdidamente de ella y le pide ayuda para dotar al régimen del arma definitiva que la situará entre las grandes potencias mundiales. Con rapidez Alfonso López consigue que ambas tramas se mezclen y la comedia costumbrista da paso a una divertida historia de espionaje.

El argumento es sencillo y transcurre a un ritmo vertiginoso, por ello es necesario fijarse en los detalles. Más allá de los personajes que intervienen en la historia, desde Zipi y Zape hasta Manolete, pasando por Machín, López consigue incluir multitud de aspectos esenciales para comprender el periodo histórico en el que se sitúa la acción. Tienen un papel destacado los criminales nazis que utilizaban España como base para trasladarse a Sudamérica o que directamente se instalaban en la costa levantina o andaluza bajo el manto protector del franquismo. Asismismo, es interesante observar la figura del fantasma, uno de tantos topos que se ocultaron a lo largo y ancho del país para evitar las represalias del régimen. Otros temas aparecen también esbozados en El solar: la caza de nazis llevada a cabo por Simon Wiesenthal, el inicio de la Guerra Fría tras el final de la Segunda Guerra Mundial o las diversas corrientes internas del franquismo que se iban a enfrentar años más tarde.

A nivel gráfico el trabajo de Alfonso López es encomiable. El dibujo de trazo rápido y aparentemente sencillo recuerda claramente al de la época, pero gracias a un gran uso del color consigue actualizarlo y crear un estilo propio. Los personajes, caricaturescos, son tremendamente expresivos. Es también destacable la labor de documentación llevada a cabo por el dibujante, de manera que la Barcelona de la época es reconocible, así como la vestimenta de todos los personajes y los vehículos. Un último elemento fundamental para la efectividad de la obra es el uso que hace Alfonso López del lenguaje. Expresiones ya en desuso, seguramente extraídas o como mínimo inspiradas en el TBO, Jaimito, el DDT o el Pulgarcito jalonan el cómic y consiguen un gran efecto, ya que nos trasladan en un instante a la España de la posguerra.

En definitiva, El solar aúna la recuperación de la memoria sobre un momento muy concreto de la historia de España y al mismo tiempo consigue honrar a toda una generación de dibujantes y a sus creaciones. Para ello no cae en la nostalgia, sino que crea una trama muy fluida plagada de momentos divertidos. Alfonso López realiza un gran trabajo y consigue que alguien como yo, que más allá de Zipi y Zape no he leído casi nada de este periodo, se interese por una etapa crucial del cómic español. Un gran trabajo. PD: podéis leer las primeras páginas de la obra en la página web de La Cúpula.

155

155. Simón Radowitzky, de Agustín Comotto. (Nórdica)

Simón Radowitzky fue una figura deslumbrante que participó activamente en algunos de los principales acontecimientos históricos del primer tercio del siglo XX. Tras un trabajo de seis años, el dibujante argentino afincado en Barcelona Agustín Comotto ha recuperado su historia en forma de cómic. El resultado ha sido una novela gráfica de casi 300 páginas en las que el autor reconstruye la vida del anarquista judío y trata de completar los vacíos que la exhaustiva labor de documentación no pudo esclarecer.

La gran cantidad de información incluida en el cómic llevó a Comotto a crear una estructura muy pensada que permitiera un ritmo de lectura ágil, pero al mismo tiempo constituyera una biografía rigurosa. Para ello dividió la obra en tres partes: la primera, más extensa, trata sobre su infancia en Galitzia y su estancia en el penal de Ushuaia; la segunda en la que explica los hechos que llevaron al protagonista a prisión; y por último, la tercera en que narra su participación en la guerra civil española y su llegada a México.

Simón Radowitzky, Shimele en su yiddish materno,  nació en 1891 en la región de Galitzia – en la actual Ucrania -, uno de los territorios europeos del Imperio Ruso. Allí padeció el antisemitismo impulsado por el Zar y la aristocracia y gracias a la hija de un cerrajero para el que trabajó entró en contacto con los círculos anarquistas de su ciudad. Con tan solo 14 años ya era uno de los representantes de los obreros de la fábrica en que trabajaba y estuvo implicado directamente en los hechos revolucionarios de 1905. Ante el temor a su deportación a Siberia se exilió a Argentina, donde llegó en 1908.

El Buenos Aires de la época era un faro de atracción para emigrantes de todos los rincones de Europa, que buscaban trabajo en un país emergente. Allí residían algunos de sus familiares, pero su religiosidad hizo que Simón se mantuviera alejado de ellos. Sus amistadades se circunscribían al pequeño núcleo de anarquistas rusos que igual que él se habían exiliado huyendo de la represión zarista. En su primer año en Argentina, Radowitzky sufrió un gran impacto al ver las condiciones en las que se encontraba su hermano, internado en un manicomio.
La conflictividad social era muy alta y Simón estaba en primera línea, siempre dispuesto a la acción. Tras la brutal represión del 1 de mayo de 1909, dirigida por el jefe de policía de Buenos Aires Ramón Falcón, Radowitzky decidió planificar un atentado para vengar a sus compañeros obreros asesinados. El 14 de noviembre, Simón Radowitzky, que tenía por entonces dieciocho años, lanzó una bomba de fabricación casera contra el carruaje que transportaba a Falcón y a su secretario. Ambos fallecieron y tras un intento de suicidio que fracasó, el protagonista fue detenido y condenado a muerte. Gracias a la intervención de su primo Moshe, que falsificó su partida de nacimiento, logró evitar la pena capital y su condena fue conmutada por cadena perpetua. Se iniciaban sus veintiún largos años de prisión. El elemento fundamental del cómic es la manera en que el autor ha tejido la trama uniendo la memoria autobiográfica y el día a día del confinamiento de Radowitzky en el penal de Ushuaia. Sus recuerdos permiten conocer los acontecimientos en orden aproximadamente cronológico, y las cartas que escribe a Lyudmyla – una de las licencias literarias de Agustín Comotto – son el testimonio del sufrimiento, las penalidades y la esperanza del anarquista encarcelado. La doble línea temporal, vista ya en multitud de cómics, adquiere aquí una profundidad mayor de la habitual, debido a la profusión y el acierto de los flashbacks y su unión con la parte más onírica de los pensamientos del protagonista.

Tras su extensa estancia en prisión, con intento de fuga incluido, y ya convertido en un símbolo, en 1930 Simón Radowitzky consiguió el indulto, aunque este iba acompañado del destierro. Cualquier otro se hubiera dedicado a la búsqueda de una vida tranquila y convencional, pero para él la lucha seguía. Estuvo unos años en Uruguay y después del golpe de estado de los militares rebeldes en España, se alistó en las Brigadas Internacionales. Combatió en el frente de Aragón y asistió en primera persona a las disputas internas del bando republicano, donde presenció los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas. Después de la derrota ante el bando franquista, el periplo de Radowitzky continuó en Francia, donde fue internado en el campo de Saint Cyprien. Gracias a sus contactos políticos consiguió llegar a México, donde se estableció hasta su fallecimiento en 1956.

El apartado gráfico de la obra es excelente. El blanco y negro está unido en esta ocasión al uso del color rojo en ciertos momentos del relato y su combinación dota al dibujo de una gran fuerza expresiva. Los escenarios y la ambientación están muy cuidados y el gran tamaño de las páginas (22×28 cm) posibilita unos diseños de página que favorecen al dibujo de Comotto. Las composiciones de página son tradicionales, aunque ocasionalmente nos encontramos con grandes viñetas realmente bellas. Los personajes son reconocibles y aunque no destacan por su expresividad, consiguen un buen seguimiento de la historia. Es interesante la inclusión de correspondencia en algunas páginas y la combinación de texto e imagen a la manera de los libros ilustrados.

Simón Radowitzky es una de esas figuras que todo el mundo debería conocer y que, al menos en España, es totalmente ignorado. Dedicó su vida a luchar por unos ideales y para ello hizo grandes sacrificios. Luchó contra la desigualdad y la injusticia del zarismo, luchó por la justicia social y contra la represión en Argentina, luchó por unas mejores condiciones para sus compañeros en el penal de Ushuaia, luchó por la democracia y la revolución en España. Gracias al cómic de Agustín Comotto todos y todas podemos conocer a Simón Radowitzky y a una época convulsa e intensa que aún nos influye directamente. Una gran historia, un gran cómic y un preso, el 155.

PD: si queréis profundizar en la figura de Simón Radowitzky y en el inicio del siglo pasado en Argentina, os invito a leer este texto de Osvaldo Bayer.

Lamia

Lamia, de Rayco Pulido (Astiberri)

El trabajo de Rayco Pulido en Nela me pareció excelente, pero con Lamia se ha superado. Empezando por la hipnótica portada y acabando en una contraportada con un detalle magnífico en el código de barras, todo en el cómic del autor canario está estudiado hasta el milímetro. Tras haber trabajado con guionista y haber adaptado una novela de Benito Pérez Galdós, el dibujante ha sido autor completo en esta ocasión.  El resultado es una obra que se sitúa claramente entre lo mejor que se ha publicado en 2016.

Lamia, nombre que proviene de la mitología clásica – un ser con cabeza de mujer y cuerpo de dragón, temido por su capacidad de seducción sobre los hombres -, nos lleva a la Barcelona de 1943. La guerra civil había finalizado escasamente cuatro años antes y sus efectos eran evidentes. El nacionalcatolicismo impuesto por el régimen dictatorial de Francisco Franco, con la Iglesia como gran aliada, estaba dando forma a una nueva sociedad. El conservadurismo, el deseo de venganza y el machismo campaban a sus anchas y llegaban a todas las capas sociales.

El papel de la mujer estaba restringido al de ama de casa, sufriente esposa y abnegada madre. Especialmente el hecho de ser madre era lo que realizaba y completaba a una mujer de la España de la posguerra. La influencia de la jerarquía eclesiástica era palpable en todos los ámbitos de la vida cotidiana, aunque una de las formas más sutiles y más efectivas para llegar a una gran número de amas de casa era el famoso programa de radio Consultorio sentimental y de belleza de Elena FrancisA la famosa y, como se sabría muchos años después, ficticia doctora le llegaban miles de cartas de mujeres que le pedían consejo. Los valores que este programa transmitía eran de un machismo descarnado y básicamente se resumían en la anulación de cualquier libertad femenina, puesto que la esposa siempre debía complacer a su marido y resistir ante cualquier situación desagradable.

En este contexto sitúa el autor su historia. Lamia es una novela negra en la que Rayco Pulido utiliza con maestría los múltiples recursos del cómic para construir el relato. La trama, que el propio autor define como farsa en 18 capítulos es un rompecabezas que va encajando progresivamente. Uno de los grandes aciertos del autor es el ritmo con el que nos va descubriendo los acontecimientos y las relaciones entre los pintorescos personajes. La estructura, marcadamente simétrica está definida por un punto de inflexión hacia la mitad del cómic que, al menos en mi caso, cambia completamente la percepción de lo que hemos leído hasta entonces.

En diversas entrevistas el dibujante canario pedía a quienes reseñamos cómics que tratáramos de no desvelar detalles de la trama, ya que quería que el lector se situara frente a la obra de la manera más limpia posible y por tanto, dejo en vuestras manos el descubrimiento de los innumerables giros y detalles de un guión trabajadísimo. Fijaos en los personajes, en las situaciones cotidianas, en la muy pensada sucesión de planteamiento, nudo y desenlace y dejaos llevar de la mano de Pulido y Laia – la protagonista – a un argumento que seguro os sorprenderá.

A nivel gráfico Lamia está a un nivel altísimo. La fuerza del blanco y negro ya mostrada en Nela adquiere aquí un tono aún mayor, ya que los marcados contrastes y los juegos con las sombras tienen un papel fundamental en la historia. Impresiona la complejidad de algunas viñetas, con tramas muy complejas y bellas composiciones, e impresiona más que Rayco Pulido haya llevado a cabo todo el trabajo a mano. Los personajes, cuyos rasgos caricaturescos rememoran a los personajes del tebeo clásico, proyectan la expresividad necesaria en cada momento y en cada situación, desde la más grotesco hasta la más discreta, siempre en beneficio del relato.

Pese no haber priorizado la documentación y no haber tratado de reconstruir una Barcelona con gran exactitud histórica, el dibujo construye con acierto la atmósfera de la Barcelona gris de los años cuarenta. Una segunda lectura permite reconocer multitud de detalles situados a lo largo del cómic, con guiños a la capital catalana como los nombres de las calles en catalán, que aunque anacrónicos, dotan de personalidad a los escenarios. Los edificios típicos de l’Eixample o las estrechas calles del centro histórico enmarcan la acción y sirven para mostrar la desigualdad económica y social de la época. Es destacable también la fiel reproducción de objetos y mobiliario típicos de ese periodo.

Aunque Lamia, a diferencia de la mayoría de obras reseñadas en el blog, no tenga vocación de cómic histórico; la inclusión de un contexto tan reconocible y tan bien recreado lo hace un cómic notable en este sentido. El franquismo, tantas veces silenciado e incluso dulcificado, fue un régimen opresor para la población española en general, pero las mujeres sufrieron una doble opresión que está fielmente representada por parte de Rayco Pulido. Si además su lectura es adictiva y su dibujo excepcional, Lamia se convierte por derecho propio en una de las grandes obras del año.

PD: os invito a que visitéis el blog de Rayco Pulido donde incluye materiales y reflexiones realmente interesantes sobre su trabajo.

Jamás tendré 20 años

Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)

Tras indagar en los recuerdos de sus padres para crear ese gran cómic que es Las guerras silenciosasJaime Martín fue consciente que la historia de sus abuelos maternos también era digna de ser dibujada. Se llegó a plantear incluirla junto con la de su progenitor en la guerra de Ifni, pero finalmente decidió que la entidad del relato merecía un cómic independiente. Por lo tanto, aunque ha sido publicada dos años después, (tres años después en Francia) cronológicamente Jamás tendré 20 años es anterior a Las guerras silenciosas, a pesar de que ambas comparten diversos personajes y algunos hechos se llegan a solapar. La memoria familiar del dibujante de l’Hospitalet vuelve a protagonizar un cómic y de nuevo ese relato tan personal es fiel reflejo de toda una época y de toda una generación: los que sufrieron y perdieron la guerra y después tuvieron que arreglárselas para sobrevivir a las represalias y el hambre de la posguerra.

La acción se inicia con una comida familiar en el campo, que permite al autor reflexionar sobre las reacciones de sus abuelos ante cosas aparentemente inocuas como los juegos de guerra de sus nietos. Lágrimas que no tenían sentido para unos niños de los años 70, pero que escondían una trágica historia.

Isabel vivía en Melilla con sus padres, en un entorno tremendamente humilde. Trabajaba en el servicio doméstico de un coronel leal a la república, aunque su pasión era la costura. No había aprendido a leer, pero eso no le impedía tener inquietudes intelectuales y frecuentar los debates del pequeño círculo que conformaban sus amigos: los anarquistas de Melilla. Cuando los militares rebeldes iniciaron el golpe de estado en la ciudad norteafricana, el 17 de julio de 1936 – un día antes que en la península -, Isabel se vio obligada a huir para escapar a una muerte segura. Sus compañeros fueron perseguidos y fusilados, hecho que la marcó para siempre. Ella recibió la ayuda del coronel y pudo escapar hacia Orán. Desde allí, vía Marsella, consiguió llegar al barrio de Santa Eulalia de Hospitalet de Llobregat, en la periferia de Barcelona, donde residían unos familiares.

Al mismo tiempo, Jaime – el abuelo del dibujante – se había alistado como voluntario en la columna Carlos Marx, que había salido de la capital catalana para luchar en el frente de Aragón contra los fascistas. Poco después de llegar al frente, Jaime recibió una carta que le informaba del precario estado de salud de su madre. Regresó rápidamente a casa y allí encontró a la sobrina de su vecina, a la cual no conocía, cuidando de su madre. Era Isabel.

Las terribles vivencias de Jaime durante el conflicto bélico, siempre jalonadas de anécdotas que muestran el poco valor que tenía la vida durante esos años, configuran la segunda parte de la trama. La documentación llevada a cabo por Jaime Martín ha sido exhaustiva y se hace notar en aspectos como los uniformes, el armamento o los vehículos. El miedo, el valor y la esperanza conforman los recuerdos de su abuelo, quien consiguió escapar en diversas ocasiones de la muerte. Es muy interesante la forma en que el autor ha recreado la experiencia bélica de Jaime: sus ficticias cartas a Isabel permiten ir narrando los acontecimientos mediante los cuadros de texto incluidos en las viñetas.  Cuando acabó la guerra, aunque desolado, pudo volver a casa. Le esperaban Isabel y la represión que iba a implantar el régimen de Franco.

En Hospitalet iniciaban una nueva etapa. Estaban juntos, pero tenían que afrontar la miseria y el miedo a venganzas y represalias. De nuevo, Jaime sorteó la tumba de forma casi milagrosa, esta vez en un lugar muy cercano a su hogar. Isabel tuvo que buscar la forma de sacar adelante a la familia, que ya contaba con tres miembros. Sus raíces melillenses le permitieron introducirse en el contrabando de tabaco. Es espeluznante observar cómo se veía obligada a utilizar a sus hijas para sortear a las fuerzas policiales, quienes además siempre recibían su correspondiente soborno.

Tras comprender que el estraperlo no podía ser una opción válida a largo plazo, Isabel y Jaime estudiaron sus escasas posibilidades y entraron en el mundo del vidrio. El reciclaje, algo aparentemente tan moderno, era el sustento de miles de familias en la paupérrima España franquista. El esfuerzo y dedicación de Jaime y sus tres hijas limpiando y transportando botellas y frascos de todo tipo, junto con la visión comercial y el arte negociador de Isabel consiguieron que la familia fuera prosperando poco a poco. La primera radio o el primer coche del barrio contrastaban con las calles sin asfaltar y la pobreza generalizada de sus vecinos.

Las tres hijas del matrimonio, la madre del dibujante y sus dos hermanas, protagonizan el final de la obra. El papel de la mujer bajo el franquismo estaba reducido a aprender a hacer las tareas del hogar y encontrar marido, pero Encarna – madre de Jaime Martín -, como ya habíamos visto en Las guerras silenciosas no estaba dispuesta a dejar que los demás decidieran su futuro. A pesar de las presiones familiares, fue ella y solo ella la que decidió con quien iba a compartir su vida. No le pudo dar una mayor alegría a su padre.

Jaime Martín ha mantenido algunos de los elementos que hicieron brillar su anterior obra. El color sigue teniendo un papel fundamental, aunque obviamente la paleta cromática ha cambiado para reflejar nuevas situaciones: la dureza de la guerra, las dificultades de la primera posguerra y la esperanza de los años 60. Ante la imposibilidad de utilizar fotografías para ilustrar la acción – como había hecho en el cómic sobre su padre -, el dibujante ha optado por recrear los escenarios a partir de imágenes de archivo y de los recuerdos familiares. El resultado sigue siendo ejemplar. Sin grandes innovaciones en las composiciones de página, siempre al servicio de la narración, en esta ocasión es destacable la abundante inclusión de viñetas panorámicas, especialmente bellas cuando retratan paisajes. Los característicos personajes son muy expresivos y consiguen que nos identifiquemos plenamente con ellos.

Jamás tendré 20 años, cuyo título refleja la pérdida que experimentó toda una generación, es un sentido homenaje que Jaime Martín rinde a sus abuelos; pero al mismo tiempo es un tributo a millones de personas que sufrieron la guerra y sus consecuencias. Millones de vidas truncadas, millones de historias individuales que configuran la memoria histórica de una época oscura que algunos desean enterrar en el olvido. La guerra civil empezó hace más de ochenta años, cada vez quedan menos testimonios directos del conflicto y es imprescindible preservarlos. Esta obra es una gran contribución a esta labor, pero además es un gran cómic. La unión de ambos aspectos lo convierten en una obra fundamental.

PD: Os invito a visitar la web de Jaime Martín, donde podréis ver bocetos y otros materiales originales de la obra.

Futbolín

Futbolín, de Alessio Spataro (DeBolsillo)

Alexandre Campos Ramírez, más conocido como Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra, fue el inventor del futbolín. Nació en 1919 en Finisterre y falleció en 2007 en Zamora y, por tanto, vivió en primera persona buena parte de los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX. Su azarosa vida lo llevó a ser partícipe de la guerra civil, a exiliarse a París, a vivir en diferentes lugares de latinoamérica (Ecuador, Guatemala o México) y a volver a su España natal durante la transición democrática. Conoció a algunos de los grandes intelectuales y artistas de su tiempo: Frida Kahlo, Jean Paul Sartre o Albert Camus y fue muy cercano a poetas como León Felipe y Juan Larrea.

El dibujante italiano Alessio Spataro conoció la historia de Alexandre de Fisterra a través de Bep Moll, el director del documental Tras el futbolín (aquí se puede ver el teaser), que narra la historia de este archiconocido juego. Su origen no está claro del todo, ya que diversos países europeos se atribuyen su invención. Pese a ello, la vida del protagonista del cómic es tan atractiva, que el futbolín tan solo funciona como nexo entre las diferentes etapas que relata el cómic.

Alexandre tenía 17 años cuando los militares rebeldes dieron el golpe de estado que desembocó en la guerra civil. Tras ser víctima de un bombardeo por parte del bando fascista, acabó en la Colonia Puig, cerca de Montserrat, junto con otros adolescentes heridos. Fue en este lugar donde inició su carrera como inventor. Inspirándose en el tenis de mesa, Alexandre inventó el fútbol de mesa, de modo que los niños y niñas que por sus heridas no podían jugar a fútbol pudieran divertirse. Además también diseñó un pasador de páginas mecánico como regalo para su primer amor.

Tras observar las disputas internas del bando republicano y entrar en contacto con grandes personalidades como Orwell, Picasso o Hemingway; superó un penoso exilio al norte de África. Alexandre asistió al desenlace de la Segunda Guerra Mundial y una vez finalizado el conflicto se instaló en París, donde trató de sacar partido a su invento, aunque sin la patente – registrada en la España republicana – poco pudo hacer. En la capital francesa entró en contacto con la intelectualidad más destacada de la época y especialmente con su amiga de la infancia, la actriz María Casares (hija de Casares Quiroga).

Posteriormente se trasladó a Guatemala, donde vivió en primera persona el golpe de Estado organizado por la CIA y la United Fruit Company contra Jacobo Árbenz. Allí conoció a personajes tan esenciales de la historia del siglo XX como Ernesto “El Che” Guevara o los hermanos Castro. Las autoridades franquistas lo persiguieron e incluso llegaron a detenerlo, pero gracias a su pericia logró escapar. A continuación se fue a México y poco a poco se fue abriendo camino en el mundo editorial.

Su objetivo era volver a España, pero solo cuando fuera un país democrático. Su invento se había extendido por todo el mundo, con diferentes nombres y formatos, pero no pudo obtener demasiado rédito económico. Continuó con su labor editorial y se fue desencantando de la política española, ya que no se cumplieron gran parte de sus anhelos. Tuvo una vida realmente trepidante.

A nivel gráfico la labor de Spataro es excelente. Destaca el bitono azul y rojo con el que está construido el cómic, pero también es muy interesante la cantidad de recursos gráficos y narrativos que utiliza a lo largo de la obra. Desde el breve repaso ilustrado a las diversas teorías sobre el origen del futbolín, hasta las escenas bélicas o algunas viñetas de tono marcadamente expresionista, Spataro demuestra un gran dominio del medio. Sus personajes son capaces de transmitir emociones y las metáforas basadas en el juego que da título a la obra son guiños muy elaborados.

Futbolín es un cómic realmente original que narra una de esas pequeñas grandes historias que todos deberíamos conocer. La complejidad del guión requiere cierto esfuerzo por parte del lector, pero la recompensa es cuantiosa. Seguramente en un país que no haya silenciado su memoria todos los niños y niñas conocerían la biografía de alguien como Alexandre Campos Ramírez, pero ha sido un dibujante italiano quien ha recuperado su historia. Bienvenido sea.