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La muerte de Stalin

La muerte de Stalin, de Robin y Nury (Norma Editorial)

Iósif Stalin fue uno de los personajes históricos más importantes del siglo XX. Su liderazgo en la Unión Soviética, desde 1922 a 1953, es una de las etapas más fascinantes y aterradoras del siglo pasado. Convirtió un país enorme y atrasado en una gran potencia industrial y militar, gran responsable de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial; pero al mismo tiempo creó un régimen de terror responsable de millones de muertos. Nadie estaba a salvo de sus designios, como muestran las grandes purgas de los años 30 o la proliferación de gulags por todo el territorio de la URSS. Su figura era tan poderosa que su muerte generó un gran vacío y las luchas internas por su sucesión marcaron el devenir de la superpotencia comunista hasta su caída ya a inicios de los 90.

El dibujante Thierry Robin se embarcó en un proyecto faraónico: crear una biografía de Stalin en cómic. Ante la inmensidad de la tarea – calculó unas mil páginas y varios años de trabajo – decidió abandonarla. En ese momento, el reputado guionista Fabien Nury (reseñados en el blog Atar Gull Érase una vez en Francia) se puso en contacto con él para colaborar en una historia sobre el fallecimiento del líder soviético. La combinación del trabajo de ambos dio sus frutos con La muerte de Stalin, un cómic de muy buen nivel.

La trama se centra en los días anteriores y posteriores al deceso de Stalin, desde que el 2 de marzo sufriera un ataque cerebral hasta la celebración de los funerales de Estado. Por el camino, Nury y Robin crean una trama realmente adictiva en la que asistimos a la lucha por el poder entre los miembros del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Es una etapa tan oscura que los historiadores no han encontrado respuestas a todas sus cuestiones y por ello, dibujante y guionista elaboran un relato que, aunque muy verosímil, es ficción histórica.

Lo más interesante del cómic son los personajes. Desde el maquiavélico Beria hasta el melancólico Molotov, Nury y Robin han recreado con acierto a los miembros del Comité Central. La división en dos bandos, el enfrentamiento entre Beria y Khrushchev y sus respectivas maniobras para hacerse con el poder vacante son el eje de la acción y permiten conocer las entrañas del aparato soviético de la época. Es un cómic coral, sin un protagonista claro, que utiliza la exageración y el alejamiento irónico para transmitir una gran sensación de irrealidad. Parece imposible que fuera así, pero con la información histórica disponible, los hechos debieron suceder de una forma muy parecida a la relatada por los autores galos.

Otro elemento muy destacable es el retrato del Moscú de la época. Una ciudad gris, de corte marcial, que en esos luctuosos días vivió a la expectativa. El pueblo soviético recibió un gran impacto con la noticia de la muerte de Stalin y quedó expectante a la espera de acontecimientos. Todo pequeño gesto se interpretaba en clave política y nadie conocía las consecuencias reales del suceso. El papel del ejército y la policía secreta (NKVD) fue esencial en esos días y el estallido de un conflicto social fue una de las posibilidades barajadas en las altas esferas. Esa angustia y esa tensión quedan perfectamente reflejadas en las páginas del cómic. 

El apartado gráfico está muy bien resuelto. El realismo de los escenarios, los uniformes o los vehículos contrasta con el aire caricaturesco de los personajes principales y la unión de ambos elementos es muy efectiva. Las composiciones de página están muy trabajadas y Robin ha dibujado páginas de una gran belleza. El color es otro gran acierto, ya que consigue crear la atmósfera oscura que necesita el guión. Los anexos incluidos al final del cómic son muy valiosos, ya que podemos ver algunas páginas entintadas de la biografía que Thierry Robin tenía en mente, así como los bocetos con la caracterización de los personajes principales.

Los grandes personajes históricos siempre provocan cierta fascinación, especialmente los episodios de los que los historiadores no han hallado respuestas. El caso de la muerte de Stalin es paradigmático. El hermetismo soviético, la desestalinización llevada a cabo por Khrushchev tres años después y el intento posterior de dejar en el olvido al dictador de origen georgiano han provocado que su fallecimiento nunca se esclareciera y quedara en el terreno del misterio y la conspiración. Este cómic es una gran manera de acercarnos a esos acontecimientos y aunque posiblemente nunca lleguemos a conocer toda la verdad, la propuesta de Nury y Robin es realmente estimulante.

Patria

Patria, de Nina Bunjevac (Turner)

El cómic se ha acercado en numerosas ocasiones a la antigua Yugoslavia, aunque generalmente para narrar los episodios bélicos de los años 90. Las obras de Joe Sacco sobre la guerra en Bosnia (Gorazde. Zona Protegida, El mediador. Una historia de Sarajevo) retrataron con maestría algunos de los aspectos más duros del conflicto. Macedonia  de Harvey Pekar y Heather Robertson se centraba en la transición a la democracia del país balcánico o Regards from Serbia de Aleksandar Zograf narraba en primera persona cómo había vivido la guerra de Kosovo un serbio.

Con Patria, Nina Bunjevac adopta una visión muy íntima y personal de los acontecimientos que marcaron la vida de los ciudadanos yugoslavos durante el siglo XX. A partir de los incompletos recuerdos de su infancia y de su historia familiar, la dibujante canadiense reconstruye la historia del país en el que nacieron sus progenitores. El eje central de la trama es la figura de Peter Bunjevac, padre de la autora (vale la pena recordar que Fatherland es el título original del cómic). Su convulsa vida, que le llevó de alistarse en el ejército de la Yugoslavia de Tito a enrolarse en un oscuro grupo terrorista anticomunista, marcó profundamente el desarrollo de la dibujante y del resto de su familia.

El cómic está estructurado en tres capítulos: el primero, construido a partir de los recuerdos infantiles de Nina Bunjevac, con la separación de sus padres como elemento central; el segundo se centra en la historia familiar y se remonta hasta los bisabuelos de la autora y su emigración a Canadá; y, por último, el tercero narra la vida de su padre con la información que ha podido obtener la autora a posteriori. A medida que la novela gráfica avanza, Bunjevac nos va desvelando nueva información y nos hace partícipes de la historia, ya que es el lector el que va completando las lagunas argumentales.

Recrear la historia de un país a partir de una familia no es algo novedoso en el cómic, pero la manera en que lo hace Nina Bunjevac es realmente interesante. Los saltos en el tiempo y en el espacio son una constante: desde su infancia en Canadá nos trasladamos a la Yugoslavia de finales de los 70; de la Yugoslavia de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra viajamos a la zona de los Grandes Lagos, entre EEUU y Canadá, a finales del siglo XIX; del Canadá de los años 60 y 70 nos movemos al presente. Todos estos cambios están muy bien enlazados y la trama, con sus giros y sus momentos de suspense, tiene el ritmo adecuado.

Es también destacable que la autora no se conforma con recuperar la memoria familiar, hecho ya de por sí admirable, sino que va más allá y consigue hacer un excelente resumen de la historia de Croacia y de Serbia. Desde la época medieval hasta la dominación extranjera, por parte de austríacos y de otomanos respectivamente y desde los crímenes de los ustachis (milicia croata aliada de los nazis) hasta la Yugoslavia multiétnica de Tito; Bunjevac hace una explicación muy didáctica de un periodo que abarca casi mil años.

Algunos de los personajes que aparecen en el cómic tienen una gran fuerza. No solo grandes personajes históricos como Josip Broz “Tito” o el líder chetnik Draza Mihailovic, que aparecen en un lugar secundario para explicar el contexto en que se desarrolla el relato, sino algunos de los antepasados de Nina Bunjevac. Entre todos ellos destaca su abuela, que había luchado como partisana en la Segunda Guerra Mundial y que era una gran defensora del comunismo imperante en Yugoslavia. Su creciente enfrentamiento con Peter Bunjevac, su yerno, es uno de los aspectos claves del relato, ya que dejará una profunda huella en la autora.

Gráficamente el trabajo de Bunjevac también está a un gran nivel. La edición de Turner, de buen tamaño y en tapa dura, permite mostrar toda su belleza a las grandes viñetas sin marco de la dibujante canadiense. El blanco y negro, utilizado con maestría, consigue crear atmósferas muy íntimas y dota al cómic de una gran sobriedad. Las tramas, que en ocasiones se acercan al puntillismo, tienen una gran belleza visual y consiguen que las sombras jueguen un papel narrativo fundamental. Los retratos, algo fríos, son muy efectivos para crear un cierto distanciamiento con la acción, de forma que son los propios hechos los que cargan con la fuerza de la narración.

La novela gráfica de Nina Bunjevac es una lectura muy enriquecedora. La visión general de la historia de una región como los Balcanes, junto con la historia familiar, que explica más detalladamente el siglo XX de la antigua Yugoslavia, conforman un argumento muy sugerente. La inclusión de temas con poca presencia en los relatos más usuales sobre la región, como la disidencia anticomunista que llevo a cabo diversos atentados en los Estados Unidos o Canadá, es otro aspecto que hace la lectura de Patria altamente recomendable. Pese a que he leído bastante sobre los Balcanes, tras acabarlo tuve la sensación de haber aprendido muchas cosas. No lo dudéis, Patria es un gran cómic.

Arenas movedizas

Arenas movedizas, de Max Mönch, Alexander Lahl y Kitty Kahane (Impedimenta)

La caída del muro de Berlín es, con seguridad, uno de los acontecimientos más trascendentes de los últimos 30 años y seguramente de todo el siglo XX. Más allá de las consecuencias directas – desintegración del bloque comunista, reunificación de Alemania – su poder simbólico es abrumador. Se hizo tremendamente popular la obra El fin de la Historia y el último hombre en que Francis Fukuyama aseguraba que la Historia tal como la conocíamos había acabado con el fin de la Guerra Fría, el colapso de la Unión Soviética y la victoria hasta el fin de los tiempos de la democracia liberal. Como demuestra todo lo sucedido en los últimos 25 años, Fukuyama estaba terriblemente equivocado.

Max Mönch y Alexander Lahl son los guionistas del cómic dibujado por Kitty Kahane. Sus vivencias en los últimos años de la República Democrática Alemana (RDA) y el relato histórico de los días anteriores y posteriores al 9 de noviembre de 1989 – día de la caída del muro – son la base de la obra. La ficción y la realidad se vuelven a dar la mano, como en muchos de los cómics reseñados con anterioridad, para narrar uno de los episodios más populares y menos conocidos en detalle de nuestro pasado reciente .

Tom Sandman es periodista del New York Times y tras haber estado en China durante los fatídicos hechos de la Plaza de Tiananmen, regresa a Nueva York. Allí, su jefe, fervoroso anticomunista, decide enviarlo a Berlín para informar de los festejos en conmemoración del 40 aniversario de la RDA. Poco después de llegar al Berlín occidental, conoce a Ingrid, una ex-nadadora originaria de la Alemania oriental, que será quien le explique sus experiencias en el bloque comunista.

La historia es aparentemente sencilla, con multitud de anécdotas ya escuchadas muchas veces, pero los autores consiguen mantener nuestra atención con diversos recursos: los dolores de muelas de Sandman, que él interpreta como avisos de sucesos importantes que están por llegar; sus recurrentes sueños, dibujados en hojas que simulan ser de libreta cuadriculada; y por último, la evolución de la relación personal entre Sandman e Ingrid.

La combinación de elementos oníricos con el relato histórico funciona muy bien, especialmente cuando Tom Sandman narra lo que sucedió la noche del 9 de noviembre. Una de las grandes preguntas sobre la caída del Muro es ¿cómo un gobierno que ejercía tan férreo control social pudo permitir que sucediera algo así? Los autores dan una explicación bastante plausible y reconstruyen con detalle la noche de los dirigentes germano-orientales. Un constante toque de humor y de absurdo hace que el relato sea muy ágil.

Otro elemento interesante es la inclusión en la historia de gran cantidad de personajes históricos reales, a la manera de un gran quién es quién en la RDA. Además, la influencia soviética está siempre presente y Mijail Gorbachov tiene un papel relevante. La visión pro-occidental marca claramente todo el cómic y los autores no tratan de ocultarlo, así que no podía evitar tener ciertas reservas con la manera de introducir algunos hechos concretos en la narración; pero aún así la lectura ha sido muy placentera.

A nivel gráfico Arenas movedizas me ha dejado una sensación agridulce. Por un lado, están presentes multitud de recursos interesantes: composiciones de página arriesgadas, un uso del color bastante llamativo o la inclusión de la parte onírica en forma de bocetos en hojas de libreta. Pero al mismo tiempo, el dibujo de una sencillez tan buscada en ocasiones no está  a la altura del resto de la obra. Los personajes son poco expresivos y a diferencia de otros cómics históricos, la recreación de los escenarios no está demasiado conseguida. Pese a ello, el cómic es muy efectivo y tiene gran fluidez, de modo que su lectura es realmente agradable.

El cómic de Mönch, Lahl y Kahane es una gran forma de rememorar un acontecimiento histórico tan importante como la caída del Muro de Berlín, y al mismo tiempo, nos permite reflexionar sobre muchos temas vinculados a este hecho: el papel de la prensa occidental; la naturaleza interna de los países comunistas; las consecuencias directas en la población – la microhistoria -; o el peso de las casualidades y los errores humanos en los grandes sucesos. Una obra divertida, original y muy fácil de leer. Un cómic que nuevamente presenta con rigor el pasado: las arenas movedizas en que estaba apoyado el bloque del este en los 80, las arenas movedizas en que se construye la Historia.

La balada del norte

La balada del norte (Tomo 1), de Alfonso Zapico. (Astiberri)

Después de haber publicado diversas obras históricas sobre personajes o lugares lejanos, como Café Budapest, sobre el conflicto entre Israel y Palestina, El otro mar, sobre la llegada de Vasco Núñez de Balboa al Océano Pacífico, o Dublinés, la biografía de James Joyce con la que ganó el Premio Nacional de Cómic en 2012, Alfonso Zapico decidió acercarse a la historia de su tierra. Desde la perspectiva que le da su actual residencia en Angulema, se ha acercado a la revolución obrera de 1934 que tuvo lugar en su Asturias natal.

Tras un largo proceso de documentación, que ha incluido multitud de entrevistas con mineros, Zapico ha publicado, de la mano de Astiberri, el primer tomo de los dos de los que constará La balada del norte. El dibujante conoce el mundo minero desde dentro, ya que algunos de sus familiares cercanos han trabajado toda su vida en la mina. Además, su infancia transcurrió en Blimea, uno de tantos pueblos de los valles mineros de la región.  En principio, la segunda parte estará disponible a finales de 2016.

Tras una breve introducción a la Historia de España de inicios del siglo XX, en que Zapico muestra su capacidad para resumir una época tan convulsa en unas pocas viñetas, la acción del cómic se inicia con la instauración de la Segunda República. La historia  se estructura en dos tramas que se entrecruzan, aunque cada una de ellas tiene un protagonista distinto: por un lado, Tristán, hijo del Marqués de Montecorvo; y por el otro, Apolonio (el personaje que aparece en la portada) capataz muy respetado de una de las minas propiedad del Marqués.

Tristán es un joven intelectual que vive en Madrid, donde se relaciona con escritores y periodistas y donde trata de conseguir el éxito con la publicación de traducciones de los grandes poetas rusos de la época. Está enfermo, a pesar de que su ritmo de vida no lo demuestre, y por prescripción médica decide volver a Asturias, junto con su padre. Allí entrará en contacto con sus antiguos compañeros, de la mano de quienes conocerá el turbulento clima social que se vive en el Principado. Asimismo, entablará una relación con una de las sirvientas de la casa de su padre.

Por su parte, Apolonio es un minero asturiano por los cuatro costados. Toda una vida dedicada a la mina lo han convertido en capataz. Sus opiniones siempre son tenidas en cuenta por sus compañeros, de modo que los dirigentes sindicales tratan de conseguir su favor. En su vida privada, Apolonio cumple con los rasgos característicos de la mayoría de los hombres de la época: autoritario y machista. Su hija trabaja en la casa del Marqués y Apolonio no deja que cualquiera se acerque a ella.

La historia de amor entre Tristán e Isolina permite a Zapico mostrar la gran desigualdad social que existía en Asturias y en el resto de España durante los años 30. Los contrastes entre la cómoda vida del joven aristócrata y la dura existencia de la sirvienta quedan perfectamente reflejados. También es interesante cómo el dibujante ha retratado la diferente concepción del mundo que poseen ambos personajes y el valor que le dan a aspectos como el dinero y la cultura.

La subtrama protagonizada por Apolonio muestra la dura vida en la mina y en los pueblos que dependían económicamente del carbón. La frontera entre la vida y la muerte era muy fina, ya que los accidentes eran muy habituales. Los actos de crueldad contra los trabajadores por parte de los cargos intermedios, representados en el cómic por un ingeniero,  estaban a la orden del día. El trabajo infantil era de lo más normal. Todas estas injusticias fueron creando el clima propicio para que germinara la revolución y Alfonso Zapico consigue recrear de manera brillante la atmósfera que se debió vivir en la cuenca minera en los meses previos a octubre del 34. Este primer tomo de la obra concluye con el inicio de la Revolución y espero fervientemente la publicación del segundo para comprobar la manera en que el autor ha retratado los hechos más trágicos de la Revolución de Asturias.

La parte gráfica de la obra está  a la altura del guión y Zapico muestra su dominio del blanco negro, con aún  mayor sutileza que en sus obras anteriores. Los personajes, de rasgos caricaturescos, transmiten muy vivamente sus sentimientos y consiguen emocionar. Otro aspecto importante es que el abundante proceso de documentación y el conocimiento del autor asturiano de la cuenca minera se muestran en la gran veracidad de los escenarios en los que transcurre la acción.

Dos recursos gráficos me han parecido especialmente interesantes: el uso de páginas negras en los momentos en que la acción se sitúa en el interior de la mina y el uso de dobles páginas a modo de periódico obrero de la época, que permite a Zapico contextualizar históricamente los hechos de forma breve y atractiva. Para observar la manera en la que Zapico llevó a cabo el dibujo os recomiendoque visitéis la entrada “Finales de agosto, principios de septiembre (la balada de Zapico)” en el  blog Es muy de cómic, de Pepo Pérez.

En definitiva, La balada del norte es una obra que encaja perfectamente en el espíritu de este blog, ya que consigue divulgar un periodo histórico tremendamente sugerente mediante una historia de ficción realmente interesante. Esperemos que no haya ningún problema y que a finales del año que viene podamos comprobar cómo acaban Apolonio y Tristán, y sobretodo, cómo desarrolla Alfonso Zapico la Revolución de Asturias de 1934, uno de los momentos fundamentales de la historia de España en el siglo XX, que precedió a la guerra civil y que ya mostró la gran división social existente en el país.

Aleksis Strógonov

Las auténticas aventuras de Aleksis Strógonov, de Régnaud y Bravo (Ponent Món)

Había visto varias veces el tomo integral de Las auténticas aventuras de Aleksis Strógonov y siempre me había llamado la atención lo que decía la contraportada: “Una auténtica obra maestra del humor negro que evoca amablemente episodios tan dramáticos como la revolución rusa de 1917, el auge del fascismo en la Alemania de los años veinte o los absurdos conflictos étnicos de los Balcanes“. Finalmente me decidí y me hice con él. Después de la lectura solamente puedo decir una cosa: gran compra.

La edición integral de Ponent Mon reúne los tres volúmenes que crearon Emile Bravo y Jean Régnaud. En el primero, titulado “Bielo”, el protagonista junto con su hermano son partícipes de la Revolución Rusa, ya que están en Bielorrusia luchando contra el Ejército Blanco. En el segundo, “Kino”, Aleksis llega a Berlín cuando la extrema derecha está empezando a coger fuerza y cuando el cine alemán se empieza a consolidar como una industria potente. Por último, “Tamo” narra las andanzas de Aleksis Strógonov en los Balcanes, en pleno ascenso de los movimientos nacionalistas.

Lo más interesante de este cómic es su acercamiento a la historia desde un punto de vista humorístico. La ironía y el absurdo tienen un lugar preponderante y, de la mano de Aleksis Strógonov, una especie de Tintín ruso, los autores nos llevan a visitar tres lugares y tres momentos esenciales para comprender el devenir del siglo XX en Europa. Comunismo, nazismo y nacionalismo han sido ideologías que han marcado profundamente la turbulenta historia del siglo pasado y el enfoque desenfadado de Régnaud y Bravo permite reflexionar ampliamente sobre las tres.

Tras el marcado sentido del humor, Bravo y Régnaud introducen una gran crítica a las grandes ideologías y a los intentos de éstas por establecerse como hegemónicas y como verdades eternas e indiscutibles. Los autores, a través del propio Aleksis, intentan explicar el contexto de la Europa de entreguerras en el que comunismo, nazismo y nacionalismo gozaron de amplia difusión.

Aleksis Strógonov es el nexo entre los diversos escenarios y los esperténticos personajes que lo acompañan a medida que su viaje avanza. El hipócrita revolucionario Bulkin, dispuesto siempre a dirigir el pueblo hacia lo que más convenga a su interés personal; el primo Ulf, que participa en las incipientes camisas púrpuras en Berlín; o Gorana Ranic, la líder de uno de los grupos guerrilleros nacionalistas de una indefinida república balcánica, son algunos de los secundarios de lujo que aparecen a lo largo de los tres álbumes.

El dibujo de Bravo, claro exponente de la línea clara, consigue que los personajes sean muy expresivos y contribuye a incrementar la comicidad de algunos fragmentos. Los escenarios están muy bien construidos y las escenas situadas en Berlín muestran la clara de intención de ser fiel a la arquitectura de la capital alemana. El vestuario también contribuye a crear la sensación de que estamos ante un cómic humorístico de época muy bien documentado.

Un aspecto muy interesante de la obra es la inclusión, en el segundo volumen, de los estudios de la UFA (Universum Film Ag), el principal estudio cinematográfico alemán del periodo de entreguerras como escenario. Buena parte de la acción de “Kino” (cine, en alemán) transcurre en este lugar. Aleksis y Dieter, su compañero de aventuras en Berlín, encuentran trabajo en los estudios y podemos ver las interioridades de un rodaje de la época con una actriz protagonista y un director bastante peculiares.

Las auténticas aventuras de Aleksis Strógonov es un cómic bastante diferente a la mayoría de los cómics reseñados anteriormente. En esencia no es un cómic histórico, ya que el contexto tan solo es el escenario en el que se mueven los personajes; pero al mismo tiempo, el tono humorístico de la obra sirve a los autores para elaborar una poderosa crítica a la sociedad europea de los años 20, en el seno de la cual surgieron los terribles totalitarismos del siglo XX. Una lectura muy entretenida, en ocasiones muy divertida, y que gracias a su original enfoque permite que reflexionemos sobre la Europa que vivió dos guerras terribles en 30 años.

Berlín

Berlín, de Jason Lutes (Astiberri)

Con Berlín, el dibujante norteamericano Jason Lutes se embarcó en un proyecto muy ambicioso: una trilogía (24 comic-books, en realidad) sobre la capital alemana entre los años 1928 y 1933. De momento se han publicado los dos primeros volúmenes: Ciudad de piedras (1-8) y Ciudad de humo (9-16), y según el propio Lutes, el tercer volumen es problable que se publique en inglés a finales de este año.

Después de documentarse durante dos años, Lutes creó un retrato coral del Berlín del periodo de entreguerras. En el primer volumen la acción se inicia en 1928 y de la mano de un muy trabajado grupo de personajes, el autor norteamericano nos lleva hasta los sangrientos hechos del 1º de mayo de 1929. En el segundo tomo, el cómic se sitúa en los momentos posteriores a la gran manifestación y avanza hasta las elecciones de 1930 en las que el Partido Nazi se convirtió en la segunda fuerza más votada.

En un primer momento, el relato se centra en la joven Marthe Müller, recién llegada a Berlín, y su relación con el veterano periodista Kurt Severing. De la mano de fräulein Müller, Jason Lutes nos presenta la vibrante vida cultural y artística de la capital alemana.  Además Lutes crea varias tramas que avanzan en paralelo y que describen otras realidades del Berlín de la época.

La vida de los obreros está muy presente, y a través de una familia humilde que se desgarra, asistimos a la escalada de violencia que padeció la ciudad. En una gran metáfora de lo que estaba aconteciendo a nivel general en Alemania, Gudrun – la madre – se acerca a los obreros cercanos al Partido Comunista, mientras que su marido pone sus esperanzas en los violentos escuadrones nacionalsocialistas. A medida que se acerca el 1º de mayo la tensión crece en la ciudad y con la violenta represión ejercida por la policía contra los obreros que se manifiestan, Lutes pone fin al primer volumen de manera trágica.

Berlín. Ciudad de humo mantiene las tramas del primer tomo, pero además añade la visita a la capital alemana de un grupo de Jazz formado por afroamericanos. Su disipada vida de artistas y la noche berlinesa se funden para dotar de aún más profundidad al relato. Al mismo tiempo, Marthe Müller sigue tratando de encontrar su camino en un Berlín cada vez más convulso; y Kurt Severing se interesa por los hechos del 1º de mayo, de manera que los recuerdos de los participantes en la manifestación adquieren una gran importancia.

La familia de Gudrun sigue dividida y todos intentan superar sus difíciles situaciones, aunque la violencia callejera cada vez está más presente en sus vidas. Jason Lutes enriquece más si cabe la novela gráfica y otros personajes se insertan en la narración, entre los que destacan Margarethe, la ex-mujer de Severing, que introduce a Marthe en la noche berlinesa; y una familia judía, cada vez más afectada por el antisemitismo y el creciente poder de los nazis.

Es muy interesante el uso de los flashbacks que hace el dibujante norteamericano, y aunque en ocasiones cortan el ritmo de la acción principal, permiten conocer el contexto histórico en el que se forjó la República de Weimar y el Berlín de los Años 20. El final de la Primera Guerra Mundial, que provocó una gran desmovilización de las tropas alemanas – en general descontentas con los políticos -, dio origen a un nuevo sistema político democrático, muy alejado de la visión imperial del Káiser Guillermo II.

El dibujo es muy sobrio, en un blanco y negro de trazos aparentemente sencillos, pero que consigue transmitir con gran realismo los sentimientos de los personajes. La arquitectura berlinesa es la otra gran protagonista de la obra, ya que Lutes demuestra que se documentó con profusión y enmarca la acción en unas calles y unos edificios totalmente veraces.

En resumen, Berlín es un gran cómic histórico. Lutes se aleja del género biográfico o autobiográfico tan extendido en el género y crea un retrato muy realista de la capital alemana durante un periodo tan importante para la historia europea como los años comprendidos entre 1928 y 1933. Espero que Jason Lutes sea capaz de culminar esta magna obra en 2015 con un tercer volumen a la altura de los dos primeros y que Astiberri nos lo traiga lo antes posible, ya que sin duda alguna, estamos ante uno de los mejores y más complejos cómics de género histórico.

Las serpientes ciegas

Las serpientes ciegas, de Hdez. Cava y B. Seguí (Bd Banda) També disponible en català (Inrevés Edicions)

Las serpientes ciegas ganó el Premio Nacional de Cómic del 2009, hecho que muestra la gran calidad de esta obra. La historia creada por Felipe Hernández Cava y dibujada por Bartolomé Seguí nos lleva al Nueva York de 1939, y mediante flashbacks, también a diversos escenarios de la Guerra Civil española.

El tono de novela negra es evidente desde el principio, en el que vemos como un enigmático personaje vestido de rojo (color fundamental en la historia) llega a Nueva York en busca de Ben Koch. Poco a poco vamos descubriendo que Koch participó en las Brigadas Internacionales que combatieron el fascismo en la guerra civil. Gracias a los flashbacks, fundamentales en la obra, también vemos los inicios del Partido Comunista americano y la persecución a a la que sus miembros fueron sometidos.

De la mano de Ben Koch también viajamos a la convulsa Barcelona del mayo de 1937, con los enfrentamientos entre anarquistas y comunistas; y posteriormente, en 1938 a uno de los escenerios más decisivos de la guerra civil: la batalla del Ebro. Gracias a estos flashbacks, asistimos al crecimiento personal de Koch y a su pérdida de la inocencia.

El dibujo de Seguí,  aunque muy diferente del de la mayoría de su obra, se adapta perfectamente al ambiente oscuro de Nueva York y a su fascinante arquitectura. El uso del color es fundamental en Las serpientes ciegas, destacando en los momentos trascendentales de la obra y especialmente en los capítulos finales.

Por último, en mi opinión, lo mejor del cómic es su retrato crítico de una época de grandes esperanzas, pero al mismo tiempo de una época de grandes frustraciones. La reflexión en torno al idealismo, al egoísmo y la generosidad propios de la naturaleza humana y en torno a la creación de la memoria son muy acertadas. Además, el final es antológico.