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¡Maldito Allende!

¡Maldito Allende!, de Olivier Bras y Jorge González (ECC)

Uno de los acontecimientos históricos más importantes de los últimos 50 años fue el Golpe de Estado de Augusto Pinochet para derrocar el gobierno de Salvador Allende. Marcó un antes y un después en la historia de América Latina, en sus relaciones con los Estados Unidos y a causa de la influencia de la Escuela de Chicago fue uno de los primeros estados que implantó el neoliberalismo como doctrina económica oficial (os recomiendo mucho la lectura de La doctrina del Shockde Naomi Klein o como mínimo, el visionado del documental del mismo nombre). El legado tanto de Allende como de Pinochet aún dividen a la sociedad chilena y las múltiples heridas que provocó la dictadura todavía no han cicatrizado.

Olivier Bras, periodista francés que ejerció de corresponsal en Chile mientras Pinochet estaba detenido en Londres, y el dibujante argentino Jorge González ya hablaron de este episodio en el primer número de la revista La Revue Dessinée con Allende, le darnier combat, donde explicaban los sucesos del 11 de septiembre de 1973. En esta ocasión, en ¡Maldito Allende!, van varios pasos más allá y reconstruyen la vida de ambos personajes históricos y tratan de recuperar la memoria sobre el ascenso de Allende y el golpe de Estado de Pinochet, además de reflexionar sobre los sentimientos de la sociedad chilena sobre su pasado.

La estructura del cómic es compleja, puesto que por un lado Bras y González reconstruyen en paralelo las vidas de Salvador Allende y de Augusto Pinochet; y al mismo tiempo, mediante una subtrama de ficción, somos testigos de cómo vive los acontecimientos de su país de origen Leo, un joven chileno cuyos padres decidieron instalarse en Sudáfrica cuando Allende llegó al poder.  Esta doble vertiente funciona de forma muy efectiva y permite a los autores profundizar en los hechos que nos van narrando. Pese a la relativa brevedad de la obra – 144 páginas – la magnitud de lo que nos cuentan Bras y González es inmensa.

Su posición ética y moral ante Allende y Pinochet es clara y firme, pero el guión no transmite el maniqueísmo simplista al que tan acostumbrados estamos estos días. Allende fue un personaje fundamental para las clases populares al que derrocó un golpe militar tras las presiones de la burguesía chilena y de Washington, pero también es un personaje con claroscuros y los autores no los evitan. Pinochet es célebre por ser el líder militar que lideró el golpe del 11 de septiembre de 1973 y por ser el dictador que gobernó Chile durante casi 17 años, pero su ascendente carrera en las fuerzas armadas chilenas es poco conocida. El recorrido que nos ofrecen Olivier Bras y Jorge González nos permite descubrir a las dos personas que vivían tras los personajes públicos, así como sus dudas, sus miedos y sus acciones.

El ritmo del cómic está muy trabajado y la propia estructura gráfica de la obra, con pequeños episodios que concluyen con ilustraciones a página completa, marca la cadencia de lectura. La combinación de las tres historias – Allende, Pinochet y Leo – funciona con acierto y es sencillo seguir el hilo de la narración. Los momentos de tensión, especialmente las páginas dedicadas a los hechos del 11 de septiembre de 1973, contrastan con las pausas que introducen los autores y que nos inducen a la reflexión. Es destacable la forma en la que Leo va descubriendo por él mismo el pasado de Chile. Cuando escapa del control paterno empieza a ser consciente de que su visión es parcial y muy sesgada y poco a poco va completando su memoria personal, muy alejada de la que le había impuesto su familia.

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Gráficamente el trabajo de Jorge González es espectacular. Las composiciones de página, el uso del color, la creación de atmósferas o la iluminación son solo algunos de los aspectos a los que vale la pena dedicar atención. Los personajes históricos son perfectamente reconocibles, aunque González no busca el realismo más llamativo para retratarlos. Si en obras anteriores ya había demostrado su capacidad gráfica prácticamente infinita, en ¡Maldito Allende! compendia todas sus virtudes y al hacerlo evidencia las inagotables posibilidades del cómic como medio. Sin duda, es una de las obras que más impacto visual me han causado en los últimos tiempos. Además, la cuidada edición, con una entrevista a los autores y numerosos bocetos, contribuye a hacer de este cómic una obra redonda.

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La densidad de la trama, el interés que suscitan los hechos narrados y el despligue gráfico de Jorge González son los ingredientes que forman una obra que funciona a todos los niveles. Una segunda lectura, además, permite apreciar los matices y la riqueza gráfica de la obra, al tiempo que nos ayuda a reflexionar sobre uno de los temas esenciales para mí desde que inicié el blog: el diálogo entre Historia y memoria. La verdad de los hechos históricos y la verdad de cada uno de nostros ante nuestros recuerdos no siempre coinciden y van cambiando a lo largo del tiempo; a pesar de la dificultad que implica, Bras y González han conseguido ahondar en esta compleja cuestión. ¡Maldito Allende! es uno de los mejores cómics que he leído en 2017, no lo dejéis escapar.

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Espacios en blanco

Espacios en blanco, de Miguel Francisco (Astiberri)

En los últimos años cientos de miles de personas han emigrado desde España hacia el centro y el norte de Europa en busca de una oportunidad laboral. En muchos casos han vivido situaciones complicadas debido a la lejanía de la familia, al desconocimiento del idioma, a la escasez de oportunidades laborales acordes con sus cualificaciones… Por suerte, también hay muchas historias con un balance positivo. El autor de Espacios en blanco, Miguel Francisco, queda englobado en el grupo de quienes tuvieron éxito en el extranjero. Tras dedicarse al mundo del cómic y el diseño durante muchos años, emigró a Finlandia, donde atesora una consolidada carrera en la industria de los videojuegos. Tras mucho tiempo sin hacerlo, se decidió a trabajar de nuevo en un cómic y el resultado ha sido brillante.

La historia personal del autor en Finlandia es interesante, ya que Miguel Francisco nos hace testigos de su accidentada llegada al país nórdico y de su peculiar entrada en su mercado de trabajo. A pesar de ello, lo mejor de Espacios en blanco es la profunda reflexión sobre la memoria y su construcción generacional. Su hijo ha nacido en Finlandia y le hace preguntas sobre su infancia en España y sobre la vida de su abuelo. Esto lleva al dibujante de Badalona a rememorar los interrogatorios a los que él mismo sometía a su padre sobre el pasado de su propio abuelo. El título del cómic no podría ser más adecuado, ya que el objetivo del dibujante es rellenar los espacios en blanco en su memoria familiar para así, transmitírsela a su vástago.

El guión es muy sólido y consigue crear una trama fluida que nos lleva a diferentes etapas de la historia de España siguiendo los pasos del abuelo y el padre del autor. El misterio que suponen los seis años que pasó su abuelo en Argentina en los años 20, la esperanza – y la frustración – que supuso la República para el campesinado andaluz, el estallido de la guerra y la salvaje represión de la posguerra tienen cabida en la memoria familiar de Miguel Francisco. Pese a los constantes saltos temporales, la linea argumental está bien construida y los huecos poco a poco se van rellenando.

Las tres generaciones de niños – abuelo, padre e hijo – permiten a Miguel Francisco establecer un paralelismo claro: el deseo de conocer el pasado de sus respectivos progenitores. Al mismo tiempo , el autor utiliza a los niños para mostrar la evolución de España en el siglo XX. La forma en que se aproximan a la memoria las tres generaciones también merece un apunte: los silencios del padre del autor sobre su dura infancia en los años 40, el deseo de conocer el pasado de su abuelo del propio Miguel en la España de los años 70, y la visión más lúdica y más alejada del hijo del autor se complementan para crear un mosaico muy elaborado. El pasado, el presente y el futuro quedan ligados a través de la memoria.

A nivel gráfico el trabajo del dibujante badalonés es excepcional. Con un estilo muy personal y un gran uso del color, consigue recrear atmósferas muy diversas: desde la oscuridad del invierno de Helsinki a los tórridos veranos del campo andaluz. El contraste entre los vivos colores del presente y los tonos sepias de las viñetas situadas en el pasado es muy efectivo y consigue facilitarnos la lectura. Los personajes, muy estilizados y con marcado estilo cartoon, transmiten emociones y nos permiten identificarnos con ellos, especialmente en el caso de los niños. Las composiciones de página están muy trabajadas y en ocasiones son muy originales. Siempre al servicio de la acción, Miguel Francisco utiliza con maestría los recursos propios del cómic para dotar del ritmo adecuado a la trama. Por último, son dignas de mención las escenas oníricas que incluye el relato, en las que el dibujante se desata y demuestra de lo que es capaz.

En definitiva, Espacios en blanco es una obra muy recomendable. Como otras obras reseñadas anteriormente en este blog, la historia que narra es una historia personal, que en realidad es una historia generacional. En este caso, el protagonista no es Miguel, ni siquiera lo son sus familiares; la protagonista es la transmisión de la memoria de una generación a las siguientes. Tras tantos años de silencio, muchas veces impuesto, es necesario hacer públicas estas pequeñas historias que nos interpelan a todos y a todas y la necesidad de preservarlas para que las nuevas generaciones no las olviden.

Arde Cuba

Arde Cuba, de Agustín Ferrer Casas (Grafito Editorial)

La Revolución Cubana es uno de los acontecimientos históricos fundamentales para comprender el devenir del siglo XX en América Latina. Tras conseguir la independencia de España en 1898, Cuba se había convertido en un estado prácticamente controlado por los Estados Unidos. A partir de los años 40, bajo la dictadura de Fulgencio Batista, la situación de la isla se hizo insostenible para buena parte de los cubanos. El turismo sexual, el juego y el dinero de la mafia y las multinacionales norteamericanas habían embrutecido el clima que se vivía en la isla y habían provocado la reacción: una revolución popular.

Es en este contexto, en el año 1958, donde nos sitúa Agustín Ferrer Casas en Arde Cuba. Los protagonistas de la obra son Errol Flynn y Frank Spellman, un fotógrafo con experiencia en la Guerra Civil, que acompaña al famoso actor. Flynn, muy popular en Cuba por sus éxitos cinematográficos de las décadas de los 30 y los 40, está en una situación económica complicada y acepta un encargo muy lucrativo: realizar una entrevista a Fidel Castro en Sierra Maestra.

Cuando Flynn y Spellman llegan a La Habana, la inestable situación política del país les complica las cosas. El régimen de Batista se empieza a desmoronar y diversos personajes, conocedores de la misión de los protagonistas,  tratan de influir en ellos. La embajada norteamericana y la United Fruit Company los visitan con el objetivo de hacer llegar su mensaje y así ganarse el favor de los guerrilleros que previsiblemente gobernarán la isla en el futuro. En cambio, las visitas de la mafia tienen otra intención: evitar su viaje a las montañas. Si triunfan Fidel Castro y sus compañeros, peligran los negocios de gente como Meyer Lansky y sus socios.

La influencia del cine y la literatura policíacas en el cómic es evidente, y de la mano de Spellman vamos descubriendo los intereses oscuros que se ciernen sobre él y Flynn. Junto con la trama principal, Ferrer Casas consigue hacernos testigos de la situación de la Cuba de Batista. El lujo convive con la miseria, la corrupción campa a sus anchas y el pueblo cubano padece las consecuencias. La fascinación que provocaba La Habana a los norteamericanos de esa época está muy presente en el cómic, pero si observamos con atención, podemos ver la cara oculta de la ciudad.

 

En la segunda parte del cómic, Spellman y Flynn consiguen llegar a Sierra Maestra y conocer a los líderes revolucionarios. Gracias a unos cuidados diálogos, el autor consigue transmitir las ideas de los hermanos Castro y de Camilo Cienfuegos, un personaje de gran importancia en la trama, y al mismo tiempo nos presenta la situación bélica desde el punto de vista de los insurgentes. Otro aspecto destacado de la Revolución, que el cómic refleja de forma muy efectiva, es el importante papel que llevaron a cabo las mujeres.

La historia que narra Agustín Ferrer Casas combina elementos reales y ficticios de una manera muy interesante. Como explica en el epílogo, aprovecha los vacíos históricos para completarlos con hechos verosímiles, pero de propia creación. El ejemplo más claro es el propio Frank Spellman, inspirado libremente en John McKay, el verdadero fotógrafo que acompañó a Errol Flynn. La combinación de realidad y ficción funciona adecuadamente y permite al autor recrear el contexto histórico con detalle, pero al mismo tiempo crear una trama trepidante.

La parte gráfica del cómic está muy trabajada. Los personajes reales están muy bien caracterizados y son perfectamente reconocibles, pero donde brilla realmente el dibujo de Ferrer Casas es en la forma en que retrata La Habana. Los edificios, los vehículos y algunos de los lugares más emblemáticos de la capital cubana muestran el dominio técnico del dibujante y la gran labor de documentación llevada a cabo. Otro elemento muy destacado de la obra es el uso de viñetas que se escapan de sus bordes y el juego entre el color y el blanco y negro en esas escenas. Este recurso refuerza la idea de estar ante hechos verídicos que suceden en un escenario real, que va más allá de las propias viñetas. Por último, las fotografías que dibuja Ferrer Casas, con el característico sepia de las imágenes antiguas, confiere aún más veracidad a la narración.

Arde Cuba es un cómic realmente interesante. Se acerca a unos hechos bastante conocidos, pero de una manera poco convencional que le permite reflejar una situación histórica muy particular. Pese a que los grandes nombres de la Revolución aparecen como personajes secundarios, Ferrer Casas no busca una recreación histórica clásica. A la manera de los buenos álbumes históricos francobelgas, la construcción de un buen contexto histórico permite narrar una buena historia y éste es el gran objetivo del autor. En mi opinión, lo ha conseguido con creces.

PD: os dejo con una entrevista a Errol Flynn en que relata sus vivencias en Cuba.

Alpha

Alpha. Abiyán – Estación París Norte, de Bessora y Barroux (Norma)

Cientos de miles de personas han fallecido en los últimos años intentando dejar sus países de origen con el objetivo de llegar a Europa. Tras escuchar y ver tantas veces estas tragedias, las sociedades europeas se han inmunizado y, salvo honrosas excepciones, han centrado su atención en otros temas más candentes. Pese a ello, la enorme desigualdad existente entre el Norte y el Sur del Mediterráneo, agravada por los conflictos de Siria, Libia o el norte de Nigeria, sigue provocando que los flujos migratorios no dejen de crecer. Con Alpha. Abiyán – Estación París Norte la escritora belga Bessora y el dibujante francés Barroux han tratado de dar voz a los protagonistas de esta gran tragedia.

Galardonado con el Premio Médicos sin Fronteras 2015, el cómic se aleja de los relatos tradicionales y nos pone en la piel de Alpha, un marfileño que trata de llegar a París, donde se han establecido su mujer y su hijo.  De esta manera los autores nos muestran las distintas etapas del viaje, desde el lugar de origen hasta la llegada a Europa, pasando por los terribles y peligrosos lugares intermedios que conforman el camino. A nivel formal es un cómic muy original, puesto que a la manera de un diario personal y con dibujos hechos con rotulador, los autores consiguen transmitir una sensación de espontaneidad y veracidad muy conseguida.

Alpha se endeudó para pagar el viaje de su mujer y su hijo, a quienes esperaba en París su cuñada. Ante la falta de noticias, decide viajar a París siguiendo el rastro de sus seres queridos. En primer lugar intenta seguir las vías legales, pero la embajada francesa en Abiyán tan solo le pone trabas. La burocracia descarnada, que facilita los negocios y los movimientos de capital, pone límites a las personas e imposibilita el viaje de Alpha con visado de turista a Francia. Un vuelo de unas horas que cuesta unos cientos de euros, se convierte en una odisea de dos años mucho más cara y llena de peligros. Tras haber pagado una elevada cantidad por el viaje de su mujer y su hijo, el protagonista se ve obligado a vender su pequeño negocio de ebanistería para iniciar su propio viaje.

El tránsito hacia el Sáhara en una sobrecargada furgoneta y sobretodo los encuentros con sus diversos compañeros de viaje dan inicio a la travesía. La mayoría son jóvenes que quieren llegar a Europa en busca de una oportunidad, pero también hay madres jóvenes, con sus hijos de corta edad, que buscan un futuro mejor para ellos. Otros escapan de la turbulenta situación política de sus respectivos países. En un primer momento, todos tienen en común la esperanza, en muchos casos llena de ingenuidad, de llegar a una tierra opulenta que los acogerá de buen grado, pero poco a poco, a medida que su viaje avanza van conociendo la realidad. Es impactante cómo reflejan los autores la desesperación de jóvenes que, a mitad de camino y tras vivir hechos espeluznantes, tratan de regresar a sus lugares de origen. El espejismo que representa Europa merece tantos sacrificios.

Los lugares a los que llega el protagonista en busca de un nuevo transporte que lo acerque a su destino final, como Gao en Mali, parecen una mezcla del far west y un futuro apocalíptico, pero son tremendamente reales. Explotación sexual, droga, enfermedad, violencia y desesperación son los elementos que conforman una realidad durísima. Aún así, Alpha los va superando, en ocasiones trabajando en condiciones miserables durante meses para afrontar un nuevo pago; en otras arriesgándose a un viaje condenado al fracaso. Se va acercando a su objetivo, pero aún le queda el último gran obstáculo: el Mediterráneo.

Lo más interesante de la obra de Bessora y Barroux es la verosimilitud que han conseguido recrear. No tratan de hacer un cómic convencional con un mensaje agradable para nuestras conciencias, lo que consiguen es retratar lo que han vivido y están viviendo ahora mismo cientos de miles de personas. Alpha es un personaje de ficción, pero sería fácil encontrar en nuestras ciudades a muchas personas que han pasado por experiencias similares. Tras la lectura, la reflexión es obligada, puesto que su mensaje produce desasosiego y nos hace cuestionarnos muchas cosas.

Gráficamente, el trabajo de Barroux es muy interesante. Alejándose del dibujo realista, consigue dotar de realismo al cómic. El uso de rotuladores y de un potente blanco y negro, contrasta con un  cuidado uso del color para destacar algunos elementos. La intención original de recrear un auténtico diario de viaje se ve en aspectos como las manchas de tinta que traspasan algunas páginas o una tipografía manual bien trabajada. El uso de grandes viñetas y extensos textos de apoyo le confiere una apariencia de cómic documental idónea para el mensaje que nos transmite la trama.

En estos tiempos de activismos desde el sofá y de declaraciones vacías de contenido real, Alpha. Abiyán – Estación París Norte remueve nuestras conciencias. Para tratar de solucionar una de las cuestiones más complejas que debemos afrontar como sociedad, la desigualdad Norte – Sur y sus consecuencias, es imprescindible que seamos conscientes de las causas reales de los procesos y que empaticemos con las personas que sufren las consecuencias de nuestras decisiones políticas. Con el auge de los nacionalismos y la extrema derecha que asola buena parte de Occidente, este cómic es una lectura imprescindible.

 

La voz que no cesa

La voz que no cesa. Vida de Miguel Hernández, de Ramón Boldú y Ramón Pereira (Astiberri)

Miguel Hernández es uno de los grandes nombres de la literatura española del siglo XX. Como la de tantos otros grandes artistas y literatos, su vida quedó profundamente marcada por la Guerra Civil. Sus orígenes humildes, su prematura muerte y su fantástica obra poética lo convirtieron en una figura prácticamente legendaria. Ramón Pereira y Ramón Boldú crearon en 2014, con la desaparecida editorial EDT (Editores de Tebeos) esta biografía en forma de cómic. Con motivo del 75 aniversario de la muerte del poeta, y en esta ocasión de la mano de Astiberri, han ampliado la obra para incluir algunas escenas trascendentes que no tenían cabida en la edición original. Con prólogo de Joan Manuel Serrat, La voz que no cesa es una manera inmejorable de acercarse a la vida y obra del poeta de Orihuela.

El cómic de Pereira y Boldú recorre los 31 años de vida de Miguel Hernández, dedicando especial atención a su formación, a los conflictos con su padre, a su vida amorosa y a sus relaciones con otros intelectuales en sus estancias en Madrid. La sucesión de anécdotas, muy bien enlazadas, permite a los autores retratar la evolución personal del protagonista, al tiempo que describen el contexto en el que surgió un artista de su talla. La Orihuela de principios de siglo era un buen ejemplo del atraso y la desigualdad que dominaban la España rural de la época. Miguel Hernández pudo asistir a la escuela tan solo unos pocos años, ya que la prioridad de su padre era que colaborara con la economía familiar haciendo de pastor de cabras.  Pese a ello, el amor de Miguel por la poesía y por el teatro hicieron de él un gran lector. Y con el tiempo, un gran escritor.

Poco a poco fue entrando en contacto con el pequeño mundo de la cultura local. Colaboraba con revistas literarias e incluso llegó a ganar algún premio. Sus amigos le ayudaban económicamente y el religioso Luis Almarcha trataba de impulsar su carrera. El poeta oroliano, no obstante, tenía un objetivo claro: viajar a Madrid y labrarse allí una sólida trayectoria literaria. Cuando consiguió visitar la capital, el 31 de diciembre de 1931, gracias a diversos contactos, tuvo la ocasión de conocer a buena parte de los grandes nombres de su tiempo: Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca… Las dificultades económicas le impidieron seguir en Madrid y se vio obligado a volver a Orihuela, pero a pesar de todo esta experiencia fue muy enriquecedora y le permitió dar un gran impulso a su obra.

Eran tiempos muy convulsos para España y Miguel tenía muy claro su posicionamiento político, siempre al lado de los desfavorecidos. Cuando el golpe de estado del 18 de julio de 1936 dio inicio a la Guerra Civil, se alistó en el bando republicano y mostró de nuevo su compromiso. Durante el conflicto bélico llevó a cabo diversas funciones, desde comisario político a soldado raso. Su consideración como uno de los referentes culturales de la República y su pertenencia al Partido Comunista lo llevaron a Moscú durante el Festival de Teatro Soviético. A su vuelta, le asignaron la labor de acompañar al frente a los soldados e infundirles valor mediante sus escritos y sus arengas. Allí conoció la verdadera naturaleza de la guerra, pero el contacto directo con quienes se sacrificaban por unos ideales hizo que su compromiso político se mantuviera inquebrantable.

Al finalizar la guerra, buena parte de los intelectuales españoles se exilió a Francia o a América, pero Miguel Hernández volvió a Orihuela a los brazos de su amada Josefina. Allí, tras intentar vivir de forma más o menos clandestina, fue detenido y encarcelado. Fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada, pero su precaria salud le impediría volver a vivir en libertad. Ramón Pereira y Ramón Boldú han estado particularmente acertados con el tratamiento que han dado al encarcelamiento del poeta. Pese a lo indigno de la situación, han conseguido retratar a un Miguel Hernández que conserva intacta su humanidad hasta el final de sus días.

Uno de los aspectos más interesantes del cómic es la inclusión de parte de la obra poética del protagonista en el relato. No solo los autores han recreado las situaciones en las que los poemas o las obras de teatro fueron compuestas, sino que han conseguido que tengan un papel narrativo destacado. Algunas de sus obras más conocidas, de hecho, tienen un papel fundamental en el cómic: la elegía a su gran amigo Ramón Sijé, Perito en lunas El rayo que no cesa, evidente inspiración para el título del cómic.

A nivel gráfico el trabajo de Boldú es excelente. Consigue adecuar su dibujo tanto al costumbrismo con toques humorísticos que recorre gran parte de la obra como a la acción y el dinamismo de la guerra. Las composiciones de página están muy trabajadas, no solo a nivel de viñetas, también con la rotulación y el uso de los textos de los poemas de Miguel Hernández como elementos narrativos. Es destacable asimismo el toque caricaturesco de los personajes, especialmente cuando hacen su aparición los grandes personajes literarios que intervienen en el relato.

El género biográfico tiene un largo recorrido en el cómic, ya que es una puerta de entrada inmejorable a la vida de personajes históricos trascendentes. En el caso de La voz que no cesa, dos aspectos lo convierten en una obra redonda: por un lado la propia vida de Miguel Hernández, llena de momentos dignos de ser narrados; y por el otro, la perfecta mezcla de vida y obra que han conseguido crear Pereira y Boldú. Relatar la vida de un poeta que vivió una época tan convulsa es interesante, pero si además, sin perder fluidez, se consigue incluir su obra poética, el trabajo adquiere un nuevo valor. Una gran manera de conmemorar el 75 aniversario de la muerte de uno de los más grandes escritores del siglo XX.

 

El arte de Charlie Chan Hock Chye

El arte de Charlie Chan Hock Chye. Una historia de Singapur, de Sonny Liew (Dibbuks – Amok Ediciones)

Antes de leer este cómic, de Singapur solo conocía su situación geográfica, en el extremo de la península malaya, y su pasado como colonia británica, especialmente trascendente por su rendición ante los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Su economía había crecido enormemente en la segunda mitad del siglo pasado, ya que era uno de los tigres asiáticos; pero a nivel político y social era totalmente desconocido para mí. A priori, El arte de Charlie Chan Hock Chye, además de tener un nombre complicado, no parecía el cómic más atractivo del mundo. La historia de un país pequeño y muy lejano, por un autor que había trabajado en el mainstream americano. Qué gran sorpresa me he llevado con su lectura.

La premisa del cómic es genial y Sonny Liew demuestra su dominio del medio: a través de la biografía del ficticio dibujante Charlie Chan, recupera los principales episodios de la historia de Singapur en el siglo XX. Para ello no solo ha creado la vida de un dibujante, sino que ha sido capaz de dibujar las supuestas obras que el protagonista fue realizando a lo largo de su larga carrera. La sucesión de estilos permiten observar la evolución del propio Charlie Chan, pero también la evolución del cómic como medio artístico. Ilustraciones, tiras cómicas, caricaturas, funny animals, ciencia ficción… Disney, Tezuka, la EC Comics, Crumb, Miller… El despliegue de Sonny Liew es magnífico y, lo que es aún más importante, consigue que la lectura sea fluida, agradable y muy didáctica.

El relato se inicia con un Charlie Chan de edad avanzada que rememora su carrera como dibujante y nos da su visión sobre el cómic actual. A partir de ahí, nos encontramos con lo que parece una biografía al uso, con la infancia y la adolescencia del protagonista como hilo conductor. Sonny Liew muestra la precariedad en que vivía buena parte de los habitantes de Singapur y nos introduce a las peculiaridades de una sociedad muy dividida entre la población de origen malayo y la población de origen chino. Es destacable cómo esta división se apreciaba en la educación, con escuelas inglesas y escuelas chinas con métodos y orientaciones muy diferentes entre sí. Las protestas estudiantiles y la represión gubernamental causaron una gran impresión en el joven protagonista.

A continuación, Charlie Chan empieza a dibujar cómics siguiendo la estela de Tezuka. Es muy interesante observar cómo Sonny Liew utiliza las distintas obras de Charlie Chan para retratar la situación política del país. El sentido metafórico de sus cómics permite comprender de forma muy sencilla la complejidad de la realidad singapurense. Desde un robot gigante hasta animales con diferentes acentos pasando por la ciencia ficción, el crecimiento de Charlie Chan como dibujante se produce en paralelo a la evolución política del país. El idealismo y la ilusión iniciales dan paso progresivamente al desencanto y el ligero cinismo con que Charlie Chan afronta sus últimos años de vida.

Sonny Liew consigue que la historia política de Singapur resulte muy atractiva. Las alianzas iniciales para acabar con el dominio británico del país; las disputas entre Lee Kuan Yew, de cariz conservador y autoritario, y Lim Chin Siong, sindicalista y de izquierdas, quien fue detenido en diversas ocasiones acusado de comunista y finalmente se tuvo que exiliar; o la unificación con Malasia y la posterior secesión pocos años después son algunos de los episodios fundamentales de la obra. Todo ello siempre aderezado con las reflexiones de Charlie Chan y su accidentada y precaria carrera editorial. El equilibrio entre ambas partes, combinado con el espectacular despliegue gráfico de Sonny Liew hacen de este cómic una obra brillante, merecido ganador de tres premios Eisner.

A nivel gráfico, sin duda El arte de Charlie Chan Hock Chye es uno de los mejores cómics que he leído en los últimos años. La versatilidad de Sonny Liew como dibujante es abrumadora, ya que es capaz de repasar y homenajear a prácticamente la totalidad de la historia del medio. Domina diferentes estilos de dibujo, el blanco y negro y diversos tipos de color; incluye ilustraciones, caricaturas, retratos realistas y además demuestra ser un gran conocedor de los múltiples recursos narrativos del cómic. Es difícil de describir en unas líneas la demostración del dibujante malayo, así que os emplazo a que observéis las primeras páginas y juzguéis.

Sonny Liew ha realizado una obra de muchísimo nivel, que lleva el cómic histórico a una nueva dimensión, gracias a su genial juego entre realidad y ficción. Las piezas encajan de manera brillante y no solo ha relatado una gran historia, sino que ha utilizado la propia historia del cómic como medio narrativo. La aparente complejidad de la obra – 300 páginas – es engañosa, puesto que la lectura se hace realmente sencilla. Como muestra del interés del autor en la veracidad histórica de su obra, ha incluido unas exhaustivas notas al final del cómic donde pormenoriza los datos históricos concretos, una manera perfecta de concluir una obra redonda. ¿Quién dijo que la historia de Singapur no podía ser entretenida?

Pinturas de guerra

Pinturas de guerra, de Ángel de la Calle (Reinos de Cordelia)

Han pasado catorce años desde que Ángel de la Calle publicó Modotti. Una mujer del siglo XX, una de las obras fundamentales de la novela gráfica española. Tras leer recientemente Pinturas de guerra, solo puedo constatar que la espera ha valido la pena. El autor asturiano ha creado una obra compleja, con multitud de personajes – tanto ficticios como reales -, con un gran número de cambios en el espacio y el tiempo, con infinidad de referencias artísticas y literarias; pero sobre todo ha conseguido narrar una gran historia. Sin duda uno de los mejores cómics que he leído últimamente.

El argumento de Pinturas de guerra es aparentemente sencillo: un escritor español, trasunto del propio Ángel de la Calle, se instala a inicios de los años 80 en París para escribir una biografía sobre la actriz Jean Seberg. Su estudio se encuentra en un edificio en el que residen varios artistas latinoamericanos exiliados, que huyen de la represión y la persecución de los regímenes dictatoriales que gobiernan sus países. Poco a poco, el protagonista va descubriendo las historias de cada uno de ellos y se ve inmerso en una trama criminal con el arte como eje central.

A través de los relatos de los diversos exiliados latinoamericanos, el dibujante muestra algunos de los episodios más terribles de los años 60 y 70: la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en México, en que el gobierno reprimió al movimiento estudiantil; la Escuela de Mecánica de la Armada, en Buenos Aires, donde fueron torturados y desaparecidos miles de opositores al régimen de Videla; o la represión que ejerció la dictadura chilena contra con el MIR – Movimiento de Izquierda Revolucionaria -, tras el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende.

Otro aspecto histórico esencial en la obra es el papel de Occidente, especialmente el de los Estados Unidos y Francia. La CIA fue una aliada indispensable para las dictaduras latinoamericanas: entrenó a oficiales en técnicas de interrogación, diseñó planes de actuación, financió acciones encubiertas y un sinfín de actividades más, todas encaminadas a perseguir y eliminar a la oposición izquierdista de los diferentes países de América Latina. Además, el cómic muestra el papel que jugaron los servicios secretos franceses, con miembros que habían participado activamente en la guerra de Argelia y que mantenían posiciones fascistas, al servicio también de la represión. Los exiliados no estaban a salvo en París, ya que hasta allí llegaban las tentáculos de los regímenes del cono sur.

Además de los episodios históricos mencionados, Ángel de la Calle recorre los movimientos artísticos de vanguardia de la época. La reflexión en torno al arte y su función política es uno de los elementos claves, y el autor ha conseguido mostrar visiones muy diversas que conforman un panorama realmente rico. La dialéctica entre compromiso y mercado está siempre presente y dota de mayor profundidad, si cabe, a la obra. Es destacable, especialmente, el movimiento autorrealista (del que no he encontrado referencias y por tanto, deduzco que es creación de Ángel de la Calle), que formado tan solo por tres miembros, trataba de cambiar el mundo por medio del arte.

La literatura es otro de los ámbitos fundamentales de la obra, ya que las referencias a autores como Cortázar, Philip K. Dick – El hombre en el castillo es una presencia constante – o García Márquez son constantes. El homenaje al autor argentino, que situó su novela más conocida – Rayuela – en París, es constante: imágenes como la anterior, localizaciones en la capital francesa, recursos narrativos…  de todo ello se ha valido Ángel de la Calle para retratar un escenario y una época tan interesantes y con tanta influencia en las décadas posteriores.

Otro gran acierto de Pinturas de guerra es la riqueza del lenguaje. Con personajes mexicanos, argentinos, chilenos o españoles, de la Calle se ha valido de sus amistades, originarias de esos países, para conseguir que la forma de hablar de cada uno de ellos sea la adecuada. La riqueza del cómic permite entender perfectamente los diálogos, pero al mismo tiempo muestra cuán diverso es el castellano. Especialmente brillantes – y terribles – son las conversaciones de los torturadores chilenos al inicio y al final de la obra.

A nivel gráfico el trabajo del dibujante asturiano es excelente. Mantiene las líneas maestras de Modotti, como el blanco y negro o las tramas manuales, pero es bien visible la evolución que ha seguido. El uso de luces y sombras, la oscuridad como elemento narrativo y la riqueza de composiciones narrativas conforman un conjunto de altísimo nivel. Los personajes son reconocibles y su expresividad está muy bien construida, siempre dando la medida que la acción requiere. Es curiosa la manera en que de la Calle dibuja algunos de los bocadillos, enlazados en diversas viñetas, pero tras la sorpresa inicial es evidente que facilita la lectura. Sin buscar grandes artificios, el talento del dibujante está siempre al servicio de la trama, nada es gratuito, todos los elementos están muy pensados y las piezas encajan.

La cantidad de matices, de historias dentro de la historia y el juego entre realidad y ficción permite muchos niveles de lectura y exige, como mínimo, una relectura para sacarle todo el jugo al cómic. Historia, política y arte se entrelazan en Pinturas de guerra, pero por encima de todo, Ángel de la Calle ha demostrado, de nuevo, ser uno de los grandes narradores del cómic actual. Sin ánimo de desvelar nada, es imprescindible leer hasta el epílogo para ser consciente de la magnitud de esta obra. Una lectura imprescindible.