Estamos todas bien

Estamos todas bien, de Ana Penyas (Salamandra Graphic)

Mis abuelas nacieron en 1927, las de Ana Penyas un poco después, pero todas forman parte de la misma generación. Las mujeres que eran niñas durante la Guerra Civil, que desarrollaron su juventud en la época más oscura del franquismo, que alcanzaron la madurez hacia el final de la dictadura y que han vivido en democracia la segunda mitad de sus vidas. A la opresión que padeció el conjunto de la sociedad española durante 40 años, las mujeres tuvieron que añadir la desigualdad de género, que por desgracia, aún perdura. De todo esto nos habla la ilustradora valenciana Ana Penyas en Estamos todas bien, su primer cómic largo, con el que ganó la séptima edición del Premio Internacional de Novela Gráfica FNAC – Salamandra Graphic.

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Maruja y Herminia son las protagonistas de la obra y pese a que ambas son aproximadamente de la misma edad, sus vidas han sido bastante diferentes. Ana Penyas enlaza con mucha habilidad sus respectivos presentes, con las habituales problemáticas asociadas a la tercera edad, con la reconstrucción del pasado de ambas. La dibujante se sitúa en la trama conversando con Maruja y Herminia, y por tanto, nos hace testigos del proceso de documentación para la creación del cómic. El objetivo de Penyas no es crear un gran relato sobre la Historia de España en el siglo XX, su intención es homenajear a sus abuelas y hacer visible su memoria, y al mismo tiempo que sus abuelas – y las nuestras – , por una vez, tengan voz propia.

Maruja, cuya familia había padecido la represión franquista tras la guerra, vivía con sus tíos en Las Navas del Marqués, provincia de Ávila. Regentaban un bar y Maruja, apenas una adolescente, pasaba allí largas jornadas. Pocos años después consiguió casarse con el médico del pueblo y aparentemente, su vida pasó a estar solucionada. Pero como bien muestran las páginas dedicadas a la juventud de Maruja y la forma en que ella misma evoca esta etapa de su vida, la soledad y la incomprensión que sufrió, hicieron mella en su carácter. Ya en los años 80, cuando sus hijos son adultos y cuando lenta, pero progresivamente las mujeres empiezan a hacer valer sus derechos, dos elementos serán fundamentales para Maruja: las actividades culturales en su barrio de Alcorcón y el éxito al sacarse el carné de conducir. Por fin goza de libertad y su forma de ver el mundo empieza a cambiar.

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En el caso de Herminia, su infancia y juventud tuvieron lugar en Honrubia, en la provincia de Cuenca. Allí vivió bastante feliz, siempre rodeada de gente, puesto que su familia administraba el teatro del pueblo. Pese a la huida de su madre,  los recuerdos de Herminia son positivos. Fue una mujer moderna para su época, que estuvo siempre en contacto con la cultura. Su marido, el abuelo de Ana Penyas, era camionero y el traslado familiar a Valencia es lo que realmente cambió la vida de Herminia. Como la gran mayoría de las mujeres de la época, ella se ocupaba de la casa y los niños y a pesar del nulo reconocimiento, ser ama de casa con seis hijos fue una labor titánica.

Las reflexiones de la ilustradora valenciana sobre la vida de sus abuelas son muy interesantes, especialmente en la conversación que mantiene con su padre donde compara las vidas de Maruja y de Herminia. La vida que han tenido, como nos sucede a todos y todas, ha moldeado la personalidad de las dos y el contraste entre ellas permite incluir a buena parte de las tipologías de nuestras abuelas. El gran acierto de Estamos todas bien es la forma en que a partir de historias personales muy cotidianas, con un marcado costumbrismo, Ana Penyas ha sido capaz de crear un complejo retrato generacional. Imposible sentir indiferencia ante lo que nos cuenta, imposible no sentirse identificado con alguna de las situaciones, imposible no pensar constantemente en nuestras abuelas.

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A nivel gráfico el trabajo de Ana Penyas es también excelente. Con una estética muy alejada del cómic histórico convencional y con un marcado carácter propio, la dibujante consigue que las historias fluyan con efectividad. Son especialmente destacables dos elementos: por un lado, el uso del color y por el otro, las composiciones de página. Los tonos cálidos, con predominancia de naranjas y ocres para Herminia y rosados y rojos para Maruja, consiguen crear la sensación de intimidad que busca Penyas. Al mismo tiempo, el formato apaisado del cómic está muy bien aprovechado, ya que dota de innumerables posibilidades que la dibujante aprovecha al máximo: ilustraciones a página completa, numerosas viñetas pequeñas en una misma página, textos ilustrados o carteles, que configuran una obra con una estética muy cuidada.

Estamos todas bien es un gran cómic, de lo mejor de 2017 y asusta pensar en lo que será capaz de hacer Ana Penyas si ha alcanzado este nivel en su primera obra larga. Aún no he podido leer En Transición el álbum que ha ilustrado recientemente, pero a priori también es una obra de obligada lectura. Son necesarias las voces femeninas en el cómic histórico, especialmente en el ámbito de la memoria histórica, ya que pese a que existen obras fundamentales sobre mujeres y que protagonizan mujeres – El ala rotaJamás tendré 20 años – los autores siempre han sido hombres. Como decía antes, es inconcecible no recordar a nuestras propias abuelas tras leer Estamos todas bien y no valorar las tremendas injusticias que han padecido. Gracias, Maruja y Herminia. Gracias, Belarmina y Sofía. Gracias, abuelas.

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