Jamás tendré 20 años

Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)

Tras indagar en los recuerdos de sus padres para crear ese gran cómic que es Las guerras silenciosasJaime Martín fue consciente que la historia de sus abuelos maternos también era digna de ser dibujada. Se llegó a plantear incluirla junto con la de su progenitor en la guerra de Ifni, pero finalmente decidió que la entidad del relato merecía un cómic independiente. Por lo tanto, aunque ha sido publicada dos años después, (tres años después en Francia) cronológicamente Jamás tendré 20 años es anterior a Las guerras silenciosas, a pesar de que ambas comparten diversos personajes y algunos hechos se llegan a solapar. La memoria familiar del dibujante de l’Hospitalet vuelve a protagonizar un cómic y de nuevo ese relato tan personal es fiel reflejo de toda una época y de toda una generación: los que sufrieron y perdieron la guerra y después tuvieron que arreglárselas para sobrevivir a las represalias y el hambre de la posguerra.

La acción se inicia con una comida familiar en el campo, que permite al autor reflexionar sobre las reacciones de sus abuelos ante cosas aparentemente inocuas como los juegos de guerra de sus nietos. Lágrimas que no tenían sentido para unos niños de los años 70, pero que escondían una trágica historia.

Isabel vivía en Melilla con sus padres, en un entorno tremendamente humilde. Trabajaba en el servicio doméstico de un coronel leal a la república, aunque su pasión era la costura. No había aprendido a leer, pero eso no le impedía tener inquietudes intelectuales y frecuentar los debates del pequeño círculo que conformaban sus amigos: los anarquistas de Melilla. Cuando los militares rebeldes iniciaron el golpe de estado en la ciudad norteafricana, el 17 de julio de 1936 – un día antes que en la península -, Isabel se vio obligada a huir para escapar a una muerte segura. Sus compañeros fueron perseguidos y fusilados, hecho que la marcó para siempre. Ella recibió la ayuda del coronel y pudo escapar hacia Orán. Desde allí, vía Marsella, consiguió llegar al barrio de Santa Eulalia de Hospitalet de Llobregat, en la periferia de Barcelona, donde residían unos familiares.

Al mismo tiempo, Jaime – el abuelo del dibujante – se había alistado como voluntario en la columna Carlos Marx, que había salido de la capital catalana para luchar en el frente de Aragón contra los fascistas. Poco después de llegar al frente, Jaime recibió una carta que le informaba del precario estado de salud de su madre. Regresó rápidamente a casa y allí encontró a la sobrina de su vecina, a la cual no conocía, cuidando de su madre. Era Isabel.

Las terribles vivencias de Jaime durante el conflicto bélico, siempre jalonadas de anécdotas que muestran el poco valor que tenía la vida durante esos años, configuran la segunda parte de la trama. La documentación llevada a cabo por Jaime Martín ha sido exhaustiva y se hace notar en aspectos como los uniformes, el armamento o los vehículos. El miedo, el valor y la esperanza conforman los recuerdos de su abuelo, quien consiguió escapar en diversas ocasiones de la muerte. Es muy interesante la forma en que el autor ha recreado la experiencia bélica de Jaime: sus ficticias cartas a Isabel permiten ir narrando los acontecimientos mediante los cuadros de texto incluidos en las viñetas.  Cuando acabó la guerra, aunque desolado, pudo volver a casa. Le esperaban Isabel y la represión que iba a implantar el régimen de Franco.

En Hospitalet iniciaban una nueva etapa. Estaban juntos, pero tenían que afrontar la miseria y el miedo a venganzas y represalias. De nuevo, Jaime sorteó la tumba de forma casi milagrosa, esta vez en un lugar muy cercano a su hogar. Isabel tuvo que buscar la forma de sacar adelante a la familia, que ya contaba con tres miembros. Sus raíces melillenses le permitieron introducirse en el contrabando de tabaco. Es espeluznante observar cómo se veía obligada a utilizar a sus hijas para sortear a las fuerzas policiales, quienes además siempre recibían su correspondiente soborno.

Tras comprender que el estraperlo no podía ser una opción válida a largo plazo, Isabel y Jaime estudiaron sus escasas posibilidades y entraron en el mundo del vidrio. El reciclaje, algo aparentemente tan moderno, era el sustento de miles de familias en la paupérrima España franquista. El esfuerzo y dedicación de Jaime y sus tres hijas limpiando y transportando botellas y frascos de todo tipo, junto con la visión comercial y el arte negociador de Isabel consiguieron que la familia fuera prosperando poco a poco. La primera radio o el primer coche del barrio contrastaban con las calles sin asfaltar y la pobreza generalizada de sus vecinos.

Las tres hijas del matrimonio, la madre del dibujante y sus dos hermanas, protagonizan el final de la obra. El papel de la mujer bajo el franquismo estaba reducido a aprender a hacer las tareas del hogar y encontrar marido, pero Encarna – madre de Jaime Martín -, como ya habíamos visto en Las guerras silenciosas no estaba dispuesta a dejar que los demás decidieran su futuro. A pesar de las presiones familiares, fue ella y solo ella la que decidió con quien iba a compartir su vida. No le pudo dar una mayor alegría a su padre.

Jaime Martín ha mantenido algunos de los elementos que hicieron brillar su anterior obra. El color sigue teniendo un papel fundamental, aunque obviamente la paleta cromática ha cambiado para reflejar nuevas situaciones: la dureza de la guerra, las dificultades de la primera posguerra y la esperanza de los años 60. Ante la imposibilidad de utilizar fotografías para ilustrar la acción – como había hecho en el cómic sobre su padre -, el dibujante ha optado por recrear los escenarios a partir de imágenes de archivo y de los recuerdos familiares. El resultado sigue siendo ejemplar. Sin grandes innovaciones en las composiciones de página, siempre al servicio de la narración, en esta ocasión es destacable la abundante inclusión de viñetas panorámicas, especialmente bellas cuando retratan paisajes. Los característicos personajes son muy expresivos y consiguen que nos identifiquemos plenamente con ellos.

Jamás tendré 20 años, cuyo título refleja la pérdida que experimentó toda una generación, es un sentido homenaje que Jaime Martín rinde a sus abuelos; pero al mismo tiempo es un tributo a millones de personas que sufrieron la guerra y sus consecuencias. Millones de vidas truncadas, millones de historias individuales que configuran la memoria histórica de una época oscura que algunos desean enterrar en el olvido. La guerra civil empezó hace más de ochenta años, cada vez quedan menos testimonios directos del conflicto y es imprescindible preservarlos. Esta obra es una gran contribución a esta labor, pero además es un gran cómic. La unión de ambos aspectos lo convierten en una obra fundamental.

PD: Os invito a visitar la web de Jaime Martín, donde podréis ver bocetos y otros materiales originales de la obra.

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El piano oriental

El piano oriental, de Zeina Abirached (Salamandra Graphic)

Zeina Abirached nació en Beirut en 1981, en plena guerra civil libanesa. Relató sus vivencias durante el conflicto en El juego de las golondrinas, cuya publicación provocó multitud de comparaciones con la iraní Marjane Satrapi. En 2004 se trasladó a París – donde reside actualmente – aunque con frecuencia vuelve a su país natal. Su obra siempre ha estado marcada por las relaciones entre Oriente y Occidente y en El piano oriental lleva esta dialéctica a un nivel superior. Su identidad dual, junto con la música, es la gran protagonista del cómic.

La obra de Abirached está estructurada en forma de dos relatos paralelos: por un lado, la historia de Abdallah Kamanja, inspirado en su bisabuelo Abdallah Chahine, en el Beirut de los años 50; y por el otro, la experiencia de la propia dibujante con sus recuerdos infantiles y la conformación de su identidad a caballo entre París y la capital libanesa. Las conexiones y los cruces entre ambas lineas argumentales son constantes y tras acabar la lectura reconoces que ambas historias son lo mismo: un alegato en defensa de la multiculturalidad y de las identidades cruzadas y difusas. Oriente y Occidente son construcciones culturales, estereotipos en los que Zeina Abirached no encaja.

El bisabuelo de la dibujante se definía a sí mismo como inventor. A pesar de trabajar en una oficina, su verdadera pasión era la música, concretamente el piano. Se dedicaba a afinar los pianos que había en Beirut y de esta manera tuvo una idea: crear un piano capaz de unir la música oriental con la occidental. Los pianos occidentales tenían una separación mínima entre sus teclas de medio tono, mientras que la música oriental posee intervalos de un cuarto de tono, hecho que las hacía incompatibles. Tras un arduo trabajo durante varios años, Abdallah encontró la solución técnica y creó el primer – y único – piano oriental.

 

Abdallah escribió a los fabricantes de pianos Hoffman, quienes se mostraron muy interesados en su creación y lo invitaron a visitarlos a Viena. Allí llegó el inventor libanés junto con su amigo Víctor, una persona realmente peculiar, y su piano. Los austríacos se quedaron embelesados ante el despliegue del bisabuelo de Abirached y le ofrecieron un contrato. La única condición para fabricar su instrumento en serie fue que Abdallah tenía que conseguir cien pedidos, algo que acabó resultando imposible. Difícil encontrar una metáfora más acertada sobre las relaciones entre Oriente y Occidente.

Al mismo tiempo que vemos las peripecias de su bisabuelo, la dibujante nos habla de sí misma. Su difícil relación con la lengua árabe, que a pesar de ser su idioma materno le trae recuerdos negativos, centra la parte dedicada a su primera infancia. Posteriormente, somos testigos de su acercamiento al francés y de la consolidación de este idioma al mismo nivel que el materno. La conciencia bilingüe de Abirached, mitad francófona mitad arabófona, refleja un vínculo directo con el invento de su antepasado.

El apartado gráfico del cómic es absolutamente brillante. Como en obras anteriores, la autora franco-libanesa utiliza con maestría el blanco y negro, pero en El piano oriental es el negro el que posee una mayor carga expresiva y narrativa. La dibujante consigue crear unos personajes muy elocuentes a pesar de estar construidos con unos rasgos aparentemene sencillos. Beirut, escenario de buena parte de la trama, está perfectamente reflejada y aunque el realismo no es una de las prioridades de la autora,  el cómic nos traslada con acierto a la capital libanesa de antes de la guerra civil.

El nivel global es altísimo, pero lo que hace especial a este cómic es la conexión entre dibujo y música. Abirached puso todo su empeño en trasladar el lenguaje musical al lenguaje del cómic y para ello utilizó todo tipo de recursos: onomatopeyas que conforman secuencias rítmicas, uso del blanco y negro para diferenciar las notas orientales de las occidentales, composiciones de página que siguen líneas melódicas, una doble página desplegable absolutamente maravillosa para mostrar el teclado del piano y la unión de ambas músicas… Imposible enumerar todas las formas en que la franco-libanesa demuestra su talento.Con El piano oriental estamos ante una obra que muestra la gran evolución de Zeina Abirached. A lo largo de las viñetas queda patente la gran reflexión que esconde cada una de las decisiones gráficas de la autora. Como sucede con las grandes historias, este es un cómic muy personal que al mismo tiempo relata una historia universal. El cómic, una vez más, demuestra que es capaz de tratar con acierto cualquier temática, por compleja que esta sea.

PD: Por si tenéis curiosidad os dejo con una grabación de Abdallah Chahine, el auténtico bisabuelo de Zeina Abirached, tocando su piano.