Pies descalzos (II)

Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (Parte 2), de Keiji Nakazawa (DeBolsillo, Penguin Random House)

El segundo volumen  de Pies descalzos, la gran obra de Keiji Nakazawa (el primer tomo aquí), sigue las desventuras de Gen Nakaoka en su lucha por la supervivencia en la Hiroshima destruida por la bomba atómica. Recordemos que en la obra original (Hadashi no Gen) la acción estaba dividida en 10 partes, así que el segundo tomo publicado por DeBolsillo sigue en el punto exacto en que nos dejó el primero. El bombardeo atómico ocurrió unos meses antes y Japón firmó su rendición ante los Estados Unidos, pero la vida de millones de japoneses sigue siendo terrible.

La llegada del general americano Douglas MacArthur, que se convirtió en la máxima autoridad política del Japón ocupado en la inmediata posguerra, da inicio a la acción. Gen sigue siendo un testigo de excepción de lo que esta ocurriendo en su ciudad y ve con resignación el poder y la privilegiada situación que ostentan los militares americanos. Nakazawa utiliza el contraste entre estos y los soldados nipones que vuelven del frente, sumidos en la desesperación, para denunciar la responsabilidad de los Aliados y de las autoridades japonesas en el sufrimiento del pueblo.

Dos son los aspectos centrales de esta denuncia: en primer lugar, la ominosa censura a los efectos de la bomba, ya que las nuevas autoridades no permitían informar sobre ellos para evitar posibles revueltas antiamericanas; y posteriormente, la crónica desnutrición que padecía gran parte de la población. Con el recurso ya analizado en el primer volumen de la generalización a partir de un ejemplo concreto, el mangaka consigue recrear con crudeza la lucha por conseguir alimentos. Gen y sus hermanos y amigos hacen lo indecible por conseguir algo que llevarse a la boca: mendigar, robar, cazar perros… la situación que describe Nakazawa es terrible.

Pero no a todo el mundo le fueron mal las cosas en la Hiroshima y el Japón de posguerra. El mercado negro floreció y fueron numerosos los japoneses que se enriquecieron con la especulación a costa del sufrimiento de sus compatriotas. En este contexto, Nakazawa introduce uno de los elementos fundamentales en este volumen: la yakuza, es decir, la mafia japonesa. Un país inestable en el que las fuerzas policiales tienen muy poco peso es el caldo de cultivo ideal para estas organizaciones. El control del mercado negro y la extorsión, aderezados con una gran violencia, son los elementos que permiten a la yakuza dominar el territorio y ser la autoridad más real y más cercana para la mayoría de japoneses.

Como hizo en el primer volumen, Keiji Nakazawa no deja ningún tema polémico sin tratar. En esta ocasión, son dos los ámbitos que me han parecido más interesantes: la impunidad de los soldados americanos y sus relaciones con las mujeres japonesas; y también la situación de la educación de los niños y niñas japoneses. Una de las subtramas más trágicas del cómic muestra cómo dos hermanas consiguen sobrevivir gracias a que la mayor, tras haber sido violada por un soldado norteamericano, decidió mantener relaciones con los militares a cambio de alimentos y dinero. La forma en que Nakazawa presenta la humillación de estas dos chicas representa perfectamente cómo se sintió buena parte de la población japonesa ante la ocupación.

Como decía antes, la educación tiene un lugar importante en este segundo volumen. Los colegios reabren y Gen vuelve a las clases, pero la destrucción y la miseria son las que rigen el día a día de los estudiantes y los profesores. La inexistencia de medios materiales, la sobrepoblación de las aulas y el abandono escolar tienen una gran presencia. Una generación entera de japoneses padeció esta tesitura y su vida quedó marcada para siempre.

A pesar de la introducción de estas nuevas temáticas, la reflexión en torno a la memoria sigue muy presente. La llamada Fiesta de la paz, celebrada el 6 de agosto de 1947 en conmemoración del segundo aniversario del bombardeo atómico, es un buen ejemplo. Las autoridades niponas junto con la administración estadounidense trataron de ocultar las consecuencias reales del bombardeo y la pésima situación que sufrían la mayoría de las víctimas. La hipocresía de aquellos que siempre apostaron por la guerra y ahora se presentan como pacifistas y la ocultación de la responsabilidad imperial que llevó a cabo en nuevo gobierno son magistralmente retratados por Keiji Nakazawa.

Como sucedía en el anterior volumen, es imposible citar todos los aspectos históricos que introduce el autor para reconstruir el Japón de la posguerra, pero es necesario hacer referencia a un tema muy escabroso: el negocio de la muerte. Gen, en su afán por conseguir dinero para comprar alimentos para su hermana enferma, aprende a recitar los Sutras – las   oraciones budistas que sirven para despedir a los muertos – y se convierte en una especie de predicador ambulante. En muchas ocasiones se cuestiona si es lícito aporvecharse de la muerte de sus conciudadanos para hacer dinero a costa de sus familias, pero el instinto de supervivencia y su deseo de salvar a su hermana son más fuertes.

Los médicos, de nuevo, son protagonistas de algunos de los episodios más siniestros de la obra. La especulación con sus servicios y con los medicamentos les permiten una vida privilegiada que contrasta con la de sus vecinos. Además, algunos de ellos colaboraban con los centros de investigación americanos, que ante una eventual guerra atómica contra la URSS estaban estudiando los efectos de la radiación en las víctimas de Hiroshima. Si en el primer tomo Nakazawa hacía recaer la culpa de la guerra en el régimen japonés, en éste, el peso de la responsabilidad norteamericana es mucho mayor.

Las calaveras convertidas en souvenirs, los centros de internamiento para huérfanos, la corrupción policial y su connivencia con la yakuza, el hambre constante, las dificultades para encontrar trabajo, la censura… Nakazawa siguió creando un gran y cruel retrato del Japón de posguerra. Hasta aquí llega el segundo volumen, tan solo la mitad de la obra, y ya son inumerables los motivos por los que recomendar su lectura. En las próximas semanas los volúmenes tercero y cuarto, que seguro que están a la altura.

Pies descalzos (I)

Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (Parte 1), de Keiji Nakazawa (DeBolsillo, Penguin Random House)

Pies descalzos (Hadashi no Gen en el japonés original) era uno de los cómics que más ganas tenía de leer. Su enrevesado periplo editorial en España hacia que fuera realmente complicado acceder a él: ni en bibliotecas, ni de segunda mano, ni siquiera en internet. Cuando en verano del año pasado vi que Penguin Random House, con su sello DeBolsillo, iba a publicar la obra completa, me llevé una gran alegría. Lo que había leído sobre esta obra, siempre marcado por nuestra fijación occidental – el Maus japonés, aunque fuera bastante anterior al cómic de Spiegelman -, me había creado un gran interés. El relato autobiográfico de un superviviente de la bomba atómica de Hiroshima tenía que ser una gran historia, y tras leer el primer volumen de los cuatro de la actual edición (el original estaba publicado en 10 tomos tras su aparición seriada en diversas revistas), la obra de Keiji Nakazawa ha superado con creces mis expectativas.

El protagonista de la historia es Gen Nakaoka, un niño de 7 u 8 años que vive en Hiroshima con sus padres, sus tres hermanos y su hermana. El relato se inicia en plena Segunda Guerra Mundial cuando el Imperio Japonés ya está en guerra con Estados Unidos. Nakazawa recrea con gran habilidad el ambiente belicista y patriotero que imperaba en Japón durante esa oscura época. El padre de Gen, un artista tradicional profundamente antibelicista transmite con vehemencia sus ideas a sus hijos y no las esconde ante las autoridades. Las ideas del padre afectan a toda la familia, ya que los vecinos los rechazan e incluso los niños son marginados en la escuela. La crítica a la sociedad japonesa está siempre presente, hecho que provoca aún hoy en día el rechazo del cómic por parte de los sectores más reaccionarios.

Keiji Nakazawa podría haber creado un relato maniqueo que presentara a los malvados americanos como únicos culpables de la situación japonesa, pero la autocrítica y la presentación de los aspectos más negativos del régimen militarista que gobernaba son elementos innegociables para el dibujante japonés. El recurso que utiliza es explicar la situación concreta de una persona cercana a Gen para extrapolar su caso y así retratar la realidad del Japón en guerra. Uno de los ejemplos más claros es el señor Bok, un entrañable vecino coreano de los Nakaoka, que permite a Nakazawa denunciar el racismo vigente en su Hiroshima natal.

Otro ámbito que recrea magistralmente el dibujante nipón es la escuela. El adoctrinamiento se lleva a cabo hasta el límite. La fe ciega en el Emperador y en la victoria sobre sus despreciables enemigos no se pone en duda, y cualquiera que lo haga recibe su merecido castigo. Los hermanos Nakaoka sufren las consecuencias de las heterodoxas ideas de su padre. La figura del profesor queda en muy mal lugar y los docentes se acercan más a oficiales militares que tratan de disciplinar a sus tropas e inculcarles obediencia que a los educadores que teóricamente deberían ser.

La propaganda tiene también un papel central en la historia, ya que la utilización de la prensa por parte del gobierno era una constante. Cuando una parte de la sociedad ya era consciente de las dificultades para resistir el esfuerzo bélico y veían imposible una victoria sobre los Aliados, los medios de comunicación trataban de mantener alta la moral por cualquier medio. Son destacables algunos mecanismos concretos que Nakazawa recuerda, como por ejemplo la obligación de pisar e insultar unos retratos de Roosevelt y Churchill pintados en la calzada de un puente.

La denuncia al régimen y su dirección militar es durísima. Uno de los hermanos de Gen es obligado a asistir, junto con el resto de niños de su edad – de unos 10 o 12 años – a unos mal llamados campos de educación. La explicación oficial es que allí iban a estar protegidos de los bombardeos, pero la realidad era muy distinta: eran peones agrícolas que trabajaban gratuitamente en unas condiciones terribles. Toda la sociedad tenía que contribuir al esfuerzo bélico y solo unos pocos locos traidores como el señor Nakaoka defendían en público  el mal que estaba causando la guerra. 

Keiji Nakazawa, de la mano del hermano mayor de Gen, también habla sobre el ejército. Uno de los elementos que siempre se mencionan cuando se relata el papel de Japón en la Segunda Guerra Mundial son los kamikazes. Estos jóvenes voluntarios recibían una presión brutal por parte de la cúpula militar para que se sacrificaran por su país, aunque ya sabían que la guerra estaba perdida. El hermano de Gen se enrola en la marina para salvar el honor de su familia, pese a las objecciones de su padre y allí conoce a varios oficiales que le explican la cruda realidad del ejército imperial.

Ningún aspecto polémico queda a salvo de los dibujos de Nakazawa: el enfrentamiento entre la gente mayor que dirige el el destino del país y la gente joven que se sacrifica por él; el reclutamiento forzoso de adolescentes de 15 a 17 años de edad o la corrupción y la represión policiales que hacen la vida imposible a sus compatriotas ocupan un lugar destacado en la obra. A medida que todas estas tramas avanzan, el autor nipón introduce una muy didáctica explicación histórica del Proyecto Manhattan y de la decisión norteamericana de utilizar la bomba atómica contra Japón.

Y el 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la bomba atómica – irónicamente llamada Little Boy – cayó sobre Hiroshima. El propio Nakazawa, como su alter ego Gen Nakaoka, se salvó por pura casualidad. El muro de hormigón de la escuela lo protegió de la onda expansiva y tan solo sufrió quemaduras leves en el cuello y la cabeza. Keiji Nakazawa consigue transmitir perfectamente la destrucción total, el caos y el terror que debieron vivirse en la ciudad. Un Gen totalmente desorientado vaga asistiendo al desfile de los horrores en que se convirtió Hiroshima. Los efectos directos de la onda expansiva, las quemaduras y los incendios la conviertieron en el verdadero infierno.

Nakazawa, superviviente de la bomba, no se ahorra ninguno de sus terribles recuerdos: gente con la piel colgando; el ansia por beber agua de los heridos; las consecuencias directas de la radiación… incluso la trágica muerte de su familia, ya que solo él y su madre sobrevivieron al bombardeo. Un caballo atravesando enloquecido la ciudad o el parto de su madre embarazada son escenas imborrables para cualquiera que lea Pies descalzos. 

De nuevo Nakazawa utiliza las trágicas historias de personajes con los que se encuentra Gen para retratar lo que vivieron las cientos de miles de víctimas de la bomba. Imposible no emocionarse con algunas de estas historias, algunas como la del soldado o la de la bailarina, realmente memorables. Los efectos de la radiación, la forma en que los supervivientes tratan de huir de la ciudad indicando a sus parientes – en caso de que estos sigan vivos – dónde pueden encontrarlos, las supersticiones que empiezan a extenderse para protegerse de la enfermedad que propagan la bomba y sus víctimas.

El dibujante podría haberse parado aquí. Podría haber retratado tan solo el sufrimiento de sus compatriotas y la previsible riada de solidaridad respecto a las víctimas; pero Nakazawa ahonda en el drama, es fiel a la realidad, es fiel a sus recuerdos. El trato vejatorio que recibieron las víctimas, por parte de las autoridades y de los japoneses de a pie, es espeluznante. El racismo anticoreano, aún presente a pesar de que gente como el señor Bok habían sufrido lo mismo que sus vecinos. La ineficacia gubernamental unida al empecinamiento en postergar la rendición, que provocó el lanzamiento de una segunda bomba tres días más tarde sobre Nagasaki.

Las víctimas sufrieron doblemente: en primer lugar, padecieron las consecuencias directas de la bomba, con decenas miles de muertos y heridos y la destrucción del 90% de los edificios de la ciudad; y en segundo lugar, la marginación a la que fueron sometidos, su condición de parias, la imposibilidad de encontrar trabajo o alimentos, de recibir la solidariadad del resto de japoneses, incluso de sus propias familias. El relato de Nakazawa es realmente duro. Cuando uno piensa que no puede haber nada peor que sufrir en primera persona el bombardeo y perder a la mayoría de su familia, Gen se encuentra con la hipocresía y la ruindad de buena parte de la sociedad.

Seiji es otro de estos personajes que el autor utiliza como ejemplo de lo que pasó tras el lanzamiento de la bomba. Su propio hermano y su cuñada lo esconden, lo tratan como a un monstruo que afecta al buen nombre de la familia. La guerra no solo destruyó Japón fisícamente, también lo destruyó moralmente, y esta es la gran historia que nos cuenta Pies descalzos.

La rendición final por parte del Emperador y la cúpula militar supuso un alivio para la población, pero no puso fin al sufrimiento de las víctimas. Gen sigue su periplo y se sigue encontrado con injusticias: los médicos no tratan a los pobres, se extiende el miedo al contagio, el hambre sigue presente, los insultos, el desprecio hacia las víctimas…

El primer volumen de Pies descalzos llega hasta aquí. Es una lectura apasionante. Son cientos los temas que trata, son múltiples los niveles de lectura, son infinitos los detalles. Tan solo habiendo leído una cuarta parte – casi 800 páginas – de la monumental obra de Keiji Nakazawa entiendo que se la considere una obra maestra, que Art Siegelman, como afirma en el prólogo, la tenga como un cómic de referencia. Si aún no lo habéis hecho, haceros con ella, estoy seguro que no os defraudará.

PD: os recomiendo encarecidamente la lectura de esta entrevista a Keiji Nakazawa aparecida en The Comics Journal 256 y traducida por Frog 2000.