Las aventuras de Joselito

Las aventuras de Joselito. El pequeño ruiseñor, de José Pablo García (Reino de Cordelia)

Mi generación – nací en el 85 – no vivió en primera persona los éxitos de Joselito, pero todos hemos oído hablar a nuestros padres de él o incluso hemos visto alguna de sus películas en una de tantas reposiciones  televisivas. Su condición de personaje folclórico no me llamaba especialmente la atención y cuando me enteré que se había publicado un cómic biográfico sobre él, no le hice demasiado caso. Me sorprendió mucho que Iván Galiano (no os perdáis su blog) lo incluyera en su lista de mejores cómics de 2015 para la revista Jot Down y al verlo ahí, fui directo a Entrecomics y leí la elogiosa reseña que le había dedicado Gerardo Vilches. Ante el alud de novedades y de lecturas pendientes, Las aventuras de Joselito volvió a caer en mi particular olvido; pero hace un par de semanas lo vi  en la sección de Novedades de la biblioteca de mi barrio y me dedicí a leerlo. No pude tomar una mejor decisión.

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José Pablo García creó una obra muy original y tan solo es necesario hojear mínimamente el cómic para ser consciente de la titánica labor que llevó a cabo el autor malagueño: crear un cómic de casi 150 páginas utilizando más de cuarenta estilos gráficos distintos. Desde las viñetas más primitivas hasta el underground, pasando por la línea clara, el manga, Bruguera o Kirby, el dibujante recorre la vida de José Jiménez Fernández, Joselito, y al mismo tiempo recorre y homenajea la historia del noveno arte. Gráficamente la obra es deslumbrante, pero además los pequeños episodios que narran la vida del cantante son muy efectivos a nivel narrativo. Estamos ante una gran novela gráfica.

José Jiménez Fernández nació en 1943 en Beas de Segura, provincia de Jaén. La posguerra fue una etapa tremendamente dura para la población española, especialmente en algunas zonas rurales, donde el hambre y la miseria tenían una gran presencia. La infancia de José, aún no bautizado con el que sería su nombre artístico, fue muy difícil y estuvo marcada por el más puro instinto de supervivencia. Sus dotes para el canto eran innatas, pero en un entorno tan pobre no podía sacarle demasiado partido a su don. Junto con su hermano decidió emigrar a Valencia, donde podrían trabajar en la construcción de una presa. El viaje a pie fue uno de los episodios más duros de su vida, aunque no pudo concluir mejor, ya que por puro azar pudo introducirse en el mundo de la canción.

A partir de ese momento, Joselito vivió un ascenso vertiginoso hasta convertirse en una estrella. Un niño de voz prodigiosa, con un gran carisma, que rápidamente destacó como un elemento luminoso en la gris España franquista. Multitud de recitales, películas, giras… pero siempre rodeado de personas que se aprovechaban de él. Ganaba dinero suficiente para mantener a su familia y rescatarlos de la pobreza, pero la mayor parte del dinero que generaba iba a los bolsillos de representantes e intermediarios varios.

Joselito era una estrella que brillaba también en otras partes del mundo. En Francia vendió aún más discos que en España y sus conciertos eran un gran éxito. En los Estados Unidos también gozaba de una gran celebridad, como demuestra su presencia – por dos veces – en el Late Show de Ed Sullivan, uno de los programas televisivos más importantes de la época. Para alguien como yo, que desconocía totalmente la figura del pequeño ruiseñor, fue una gran sorpresa descubrir esta enorme repercusión internacional.

Algunos de los episodios más interesantes parecen de ciencia ficción, aunque son reales. Joselito estaba en Cuba cuando triunfó la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro y Ernesto El Che Guevara, quienes además se alojaron en el mismo hotel que el cantante en La Habana. Otro ejemplo fue su encuentro con el papa Juan XXIII, retratado magistralmente por José Pablo García con el estilo de Jack Kirby.

Joselito era un niño al que impedían crecer, pero la naturaleza es implacable y su voz y su cuerpo cambiaron. Repentinamente buena parte de la gente que lo idolatraba lo abandonó y varias decisiones financieras equivocadas hicieron que su vida diera un giro total. Su vida amorosa también era complicada – maravillosas las viñetas con formato de tebeo para niñas de la época – y Joselito decidió iniciar una nueva aventura para escapar. Se fue Angola, en plena guerra de independencia, donde trabajó como cazador, fue secuestrado y se enconró con una violencia terrible.

Cuando volvió a España montó diversos negocios que lo absorbieron totalmente. La droga, el trato de la prensa y sus problemas económicos lo acabaron convirtiendo en el prototipo del juguete roto. Entró en la cárcel, salió, volvió a entrar y poco a poco pasó a ser un objeto más de la prensa del corazón. Sus apariciones en diversos programas televisivos volvieron a hacer de él un personaje popular, aunque su consideración social era totalmente diferente de la que había tenido en su juventud.

Como comentaba anteriormente, el nivel gráfico del cómic es impresionante. Más de cuarenta estilos diferentes se convierten en un gran catálogo de la historia del cómic. Se podría pensar que es un ejercicio puramente artificial y esteticista, pero no es así. Si se analizan los difrentes episodios, el estilo y la trama se conjugan perfectamente. La infancia y el hambre con el estilo clásico de la editorial Bruguera, las historias más sentimentales con el estilo de las revistas románticas pensadas para chicas, su contacto con la Revolución Cubana siguiendo la línea clara de Hergé y Tintín; y así sucesivamente. Todo tiene sentido, nada está dejado al azar. Diferentes técnicas, diferentes enfoques, multitud de recursos… José Pablo García hace un compendio de casi todas las posibilidades gráficas y narrativas del cómic, pero siempre al servicio de la historia que nos cuenta.

Tanto si conocéis el personaje como si no, tanto si tenéis grandes conocimientos de la historia del cómic como si no, acercaos a Las aventuras de Joselito. A través de su vida podemos ver la evolución de España en la segunda mitad del siglo XX y además podemos observar las diferentes formas en que el cómic ha ido cambiando. Es una obra muy original, pero su principal virtud es que nos cuenta una gran historia de la mejor manera posible. Es indudablemente uno de los cómics que más gratamente me han sorprendido en los últimos tiempos. Por si aún tenéis dudas, os invito a que le echéis un vistazo a sus primeras páginas.

Vencedor y vencido

Vencedor y vencido, de Sento Llobell (Autoedición)

Tras los magníficos Un médico novato y Atrapado en Belchite, Sento Llobell ha completado su trilogía sobre Pablo Uriel con Vencedor y vencido. Cada uno de los volúmenes por separado es un gran cómic, pero el conjunto de la trilogía se convierte, para mí sin duda, en una de las mejores obras publicadas sobre la Guerra Civil. La complejidad de la trama, los innumerables matices que esta aporta y la visión general del español de a pie durante el conflicto conforman un gran retrato de la España de 1936 a 1939.

En Vencedor y vencido el autor valenciano retoma la acción en el punto justo en el que nos dejó en Atrapado en Belchite. Pablo Uriel, junto con unos pocos supervivientes, fue capturado por las tropas republicanas, que habían concluido con éxito su ofensiva en Aragón. Tras haber sido prisionero de los franquistas por sus ideas progresistas y tras haberse trasladado al frente con la esperanza de cambiar de bando, el joven médico llegó finalmente a la zona republicana, aunque de una manera mucho más precaria de la esperada. Su condición de médico, le permitió salvar la vida, ya que los oficiales del enemigo generalmente eran ajusticiados.

Tras su captura, Pablo Uriel fue trasladado a Valencia, que era en esos momentos la capital de la España republicana. Allí vivió un momento muy duro, magistralmente recreado por Sento, cuando fue obligado a desfilar por el centro de la capital levantina, para que los ciudadanos pudieran expresar su desprecio a las tropas fascistas derrotadas. En Valencia empezó su periplo como prisionero de guerra, que duraría hasta el final del conflicto bélico.

En primer término, Uriel fue llevado al monasterio de El Puig, donde estuvo prácticamente un año. Allí padeció unas condiciones terribles, a todos los niveles: escasez de alimentos, falta de productos sanitarios, higiene inexistente… y además la violencia que ejercía un reducido grupo de prisioneros sobre el resto. Su valía como médico, las circunstancias que habían motivado su participación en la guerra y los sufrimientos que esta había provocado en su familia permitieron que Pablo Uriel tuviera buenas relaciones con algunos de los mandos republicanos. Aún así, la arbitrariedad formaba parte de su vida cotidiana y tenía que andarse con mucho ojo, ya que podía tener enemigos en ambos bandos.

Posteriormente fue trasladado a Serra, donde se convirtió en el médico de un batallón de trabajo que debía construir carreteras. Allí trató de hacer soportables las condiciones de vida de sus compañeros, y pese a la dureza de la misión, Uriel vivió buenos momentos. Un par de reencuentros inesperados y su participación en la Orquesta Frasquet hicieron de esta etapa un periodo más favorable que la reclusión en El Puig.

Finalmente, tras soportar casi dos años de cautiverio, perder a muchos seres queridos y escapar a la muerte en múltiples ocasiones, la guerra había terminado. Es interesante ver cómo se vivió el final del conflicto por parte de los prisioneros, ya que es una parte de la guerra que no suele aparecer en los libros de historia.

La parte gráfica de Vencedor y vencido mantiene los aspectos generales de los dos volúmenes anteriores, aunque Sento ha ido estilizando su dibujo. El detalle de los escenarios y los personajes con aire caricaturesco siguen dominando el relato, aunque en esta ocasión es destacable el dinamismo de buena parte de las viñetas. Sento introduce nuevos recursos en este tercer volumen: composiciones de página un poco más arriesgadas, grandes viñetas que ocupan toda una página  en momentos claves o el relato de una parte de la historia en primera persona, cuando Pablo se reencuentra con una persona muy especial. El color mantiene su papel narrativo, aportando profundidad al relato; y de nuevo, es interesantísimo el apéndice con documentación original de la época. Por último, me gustaría destacar el prólogo de Ian Gibson, que ya prologó en su día No se fusila en domingo, las memorias de Pablo Uriel en que se basa la trilogía en cómic.

La guerra civil es generalmente presentada como un conflicto maniqueo, y aunque es evidente que el bando franquista fue el que inició el conflicto con un golpe de estado fallido y que fue el que más atrocidades cometió, la participación de muchos españoles en una facción u otra vino marcada en muchos casos por el azar. Pablo Uriel es un buen ejemplo de esto.

Era una persona de izquierdas, pero al inicio de la guerra se encontraba en una zona donde el golpe de estado tuvo éxito. Fue hecho prisionero y por pura supervivencia se vio obligado a ir al frente. Una vez allí, por múltiples motivos fue incapaz de cambiar de bando  y salió derrotado en una batalla. Por fin llegaba a su España, pero lo hacía como prisionero. Cuando por fin consiguió la libertad, Pablo Uriel había ganado la guerra, pero al mismo tiempo era consciente que la había perdido. La España de Franco representaba todo lo negativo que había en el país y por ello Uriel, en un acto de grandeza, nunca hizo ostentación de su participación en la victoria y se negó a recibir homenaje alguno. En un título inmejorable, Pablo Uriel fue un vencedor y un vencido.

PD: os dejo con el Trailer Book de promoción del cómic.

¡GARCÍA! 2

¡GARCÍA! 2, de Santiago García y Luis Bustos (Astiberri)

Tras el intenso primer volumen de ¡GARCÍA!, mis expectativas respecto al segundo eran muy elevadas, pero Santiago García y Luis Bustos han estado claramente a la altura. La historia del superagente secreto franquista en una España muy parecida a la actual ha mantenido un nivel altísimo y el segundo tomo es un in crescendo imparable que culmina con un gran final. La acción, los giros dramáticos y el humor tienen una gran presencia; pero además, como ya vimos en la primera parte, los autores han conseguido abrir multitud de caminos a la reflexión.

Antonia, la joven periodista, y García, del que seguimos sin conocer su nombre, mantienen el protagonismo del relato, aunque la trama gana en complejidad. El contraste entre la España franquista y una España inspirada en el presente sigue en el meollo de la acción y permite ir conociendo mejor a alguien tan enigmático como García. Su visión del mundo, anclada en los años sesenta, es obligada a convivir con los referentes actuales y esto genera conflictos y situaciones en las que los autores dan lo mejor de sí mismos. Una buena muestra es la desternillante boda a la que García asiste con Antonia, ya que sus convicciones son golpeadas duramente y somos testigos de como el protagonista va evolucionando, aunque sea a marchas forzadas.

El papel de Antonia en este segundo volumen gana en profundidad. Ya no es solo una joven aprendiz de periodista, ahora es una auténtica mujer de acción. Ya no necesita que alguien – casi siempre un hombre – le diga qué debe o qué puede hacer, es ella la que coge las riendas de su vida y la que actúa en cada momento según su criterio. Su relación con el agente García también va creciendo y ambos descubren que tienen muchas cosas en común, pese a las diferencias de edad, de género o de ideología. Por encima de todas ellas está su integridad, que los aleja de la mayoría de personajes de la obra.

Este segundo tomo del cómic vuelve a estar lleno de guiños a la actualidad. La situación política es tremendamente complicada, el descontento de la gente se hace cada vez más evidente y los poderes fácticos están dispuestos a intervenir para favorecer sus intereses particulares. La expresión cloacas del Estado adquiere todo su significado en las páginas del cómic. Los servicios secretos, los medios de comunicación, los grupos mafiosos y algunos políticos corrupctos – ay, la omnipresente corrupción – dirigen el destino del país y solo García y Antonia conocen la verdad y tratan de combatirla.

Al mismo tiempo que transcurre la trepidante acción, García – y nosotros, lectores, junto a él – va descubriendo su pasado. Personajes oscuros, traiciones y cuarenta años de criogenización que poco a poco van encajando como las piezas de un puzzle. La construcción narrativa del relato es fantástica, solo hay que fijarse en el inicio del cómic, con el encadenamiento de diversos flashbacks, cada vez más alejados del presente, y que sirven a García y Bustos para volver a situarnos en la trama y para aumentar nuestro deseo de saber qué está pasando.

La lectura es vertiginosa y es recomendable una relectura para poder valorar los numerosos detalles. Uno de mis favoritos es la secuencia de la persecución, que mientras permite demostrar el dinamismo del dibujo de Luis Bustos, consigue llevarnos a la carcajada con el prototipo y los muy alejados referentes culturales de García y Antonia. La recreación del Valle de los Caídos, que gana en presencia en este volumen o las intervenciones fortuitas de un policía municipal, que se va haciendo imprescindible, son otros elementos a los que prestar atención.

El apartado gráfico vuelve a estar a un altísimo nivel. Luis Bustos se desata y su blanco y negro consigue atraparnos de nuevo. La mencionada escena de la persecución sirve como ejemplo del dinamismo del que consigue dotar a sus dibujos el dibujante madrileño. Los escenarios, los ambientes y los personajes, siempre con esa fuerza tan características de Bustos, están muy bien construidos y son muy expresivos. Con momentos para el lucimiento – algunas dobles páginas y algunas composiciones de página son espectaculares -, pero siempre consiguiendo que el cómic funcione, vale la pena leer con detenimiento y fijarse en los detallas más nimios, ya que nada es casual.

La distinción clásica entre guionista y dibujante pierde sentido en este caso, como en el resto de obras de Santiago García, y es imposible saber quién es responsable de cada giro argumental o de cada solución gráfica, así que ambos autores han conseguido realizar uno de sus mejores trabajos. Ahora solo nos queda esperar a que Bustos y García se decidan a crear más historias de García, el superhéroe español de nuestro tiempo. Estoy convencido que la España de 2016 es una fuente de inspiración inagotable y que no tardaremos en poder disfrutar de nuevas aventuras.

El ala rota

El ala rota, de Antonio Altarriba y Kim (Norma Editorial)

Han pasado prácticamente siete años desde que se publicó El arte de volar, la obra sobre la vida del padre de Antonio Altarriba con la que el guionista y el dibujante Kim ganaron el Premio Nacional de Cómic en 2010. Con El ala rota, centrada en esta ocasión en la madre de Altarriba, ambos autores completan un díptico que abarca la práctica totalidad de la Historia de España en el siglo XX.

En El arte de volar, Petra Ordóñez tenía un papel muy secundario y solo aparecía como una presencia negativa, con una religiosidad exacerbada, que entorpecía la vida del luchador y soñador Antonio Altarriba Lope. Como ha reconocido el guionista, se sentía en deuda con ella y, en mi opinión, con esta obra ha compensado sobradamente la visión que nos había dado sobre su madre. El inicio del cómic tiene una gran fuerza y sirve como metáfora de toda la vida de Petra, ya que ni siquiera su hijo sabía que padecía una grave lesión en un brazo – de aquí el ala rota que da título a la obra -. Un homenaje a toda una generación de mujeres que se desvivieron por sus seres queridos y que en muchas ocasiones sufrieron en silencio los rigores de unas vidas tremendamente duras.

A partir de los recuerdos familiares, Antonio Altarriba fue reconstruyendo la historia de su madre, ya que ella siempre había guardado silencio sobre los momentos más trágicos de su vida. Ya desde el nacimiento, Petra tuvo que afrontar grandes dificultades, puesto que su madre falleció en el parto y su padre trató de asesinarla por haber causado la muerte de su esposa. En este trágico trance es donde posiblemente tuvo lugar la lesión en el brazo que acompañó a la protagonista a lo largo de sus 80 años de existencia.

Cada uno de los cuatro capítulos en los que está estructurado el cómic está marcado por la presencia de un hombre que tuvo gran influencia en la vida de Petra. El primero, que recorre su infancia y su juventud, está dominado por la figura de su padre, Damián Ordóñez, escritor, barbero, actor y director teatral, republicano y bebedor. Pozuelo de la Orden, en la provincia de Valladolid, se le quedaba pequeño y él pagaba su frustración con sus hijos. Su relación con Petra fue realmente complicada, pero a pesar de ello, ella siempre lo recordaba con cariño.

Poco a poco la familia se fue desmembrando y finalmente Petra se trasladó a Zaragoza. Allí entró a trabajar como gobernanta en la casa de Juan Bautista Sánchez González, Capitán General de Aragón. Había sido uno de los militares más destacados del bando franquista durante la guerra civil, pero era favorable a la restauración de la Monarquía. Petra tuvo que convivir con otros miembros del servicio que espiaban para la Falange u otras facciones del régimen, y allí su lealtad la hizo imprescindible para la familia del militar. El traslado de este a Barcelona, como Capitán General de Cataluña, y su posterior fallecimiento en oscuras circunstancias, coincidieron en el tiempo con el inicio de la relación amorosa entre Petra y Antonio, al que conocemos bien tras haber leído El arte de volar. 

El tercer capítulo, obviamente, está dedicado a la vida en común de Petra y Antonio. Las penurias económicas que tuvieron que afrontar, y después del nacimiento de Toñín – el guionista Antonio Altarriba -, las crecientes dificultades entre ellos, marcan el tono del capítulo. La abnegada vida de Petra, siempre al servicio de los demás, se iba encaminando cada vez más hacia la religión y este hecho afectó gravemente a su vida sexual. Es muy interesante ver el crecimiento del futuro guionista y cómo fue evolucionando la relación con su madre. La vida cotidiana de la España franquista tiene una gran presencia y somos testigos de la forma de vida de gran parte de las mujeres españolas de la época.

La relación matrimonial se fue deteriorando y una vez el hijo se emancipó, llegaron unos años realmente duros para ambos progenitores, que concluyeron con la decisión de Antonio de abandonar a su esposa. Para Petra fue un golpe muy duro, puesto que defendía que el matrimonio era sagrado y para toda la vida. Aún así, tras entrar a vivir en una residencia regentada por monjas, fue capaz de entablar una bonita relación con Emilio. Esta última etapa fue una época bastante feliz para Petra.

Más allá de la historia personal de Petra, El ala rota trata muchos temas de interés histórico. La visión que nos da de la España rural del primer tercio del siglo XX es muy acertada y aunque no trate directamente la guerra civil, Petra y su padre tuvieron que hacer frente a la represión franquista en la posguerra. El papel de la Iglesia y de la religión también tiene un lugar preponderante, desde el comprensivo cura de Pozuelo de la Orden hasta las monjas que tratan de aprovecharse económicamente de sus residentes, pasando por el fervor cotidiano de Petra. Las relaciones vecinales, con escenas costumbristas bien trabajadas, o  el tránsito hacia la vejez son otros ejemplos de la multitud de temáticas que aparecen en la obra.

Aunque por encima del resto, como apuntaba al inicio, El ala rota trata de la situación de las mujeres en la España del siglo XX. La condición femenina de Petra marcó profundamente toda su vida, desde las dificultades para acceder a una educación hasta sus últimos años en la residencia geriátrica. Petra, como tantas otras, fue una luchadora invisible. Su silencio fue el silencio de millones de españolas que padecieron doblemente la dictadura y que, siempre al servicio de los demás, sacrificaron su propio camino para que sus maridos, padres, hermanos e hijos tuvieran las oportunidades que a ellas se les negaron.

Un último aspecto digno de destacar es la subtrama centrada en la figura de Juan Bautista Sánchez. Pese a que el régimen franquista trataba de mostrar su uniformidad,  había ciertos sectores que no eran totalmente leales al dictador. Este fue el caso de los monárquicos, que defendían la legitimidad de Don Juan de Borbón y que aspiraban a que España volviera a ser, de nuevo, una monarquía. Las conversaciones que recrean Altarriba y Kim permiten que nos hagamos una idea de los objetivos y la forma de organización de estos disidentes, que para muchos – entre los que me incluyo – eran prácticamente desconocidos. 

A nivel gráfico, el trabajo de Kim es incluso superior al que realizó en El arte de volar. El nuevo formato, con páginas más grandes, ha permitido un mayor lucimiento del dibujante, sin hacerle perder efectividad. El uso del gris vuelve a ser sublime y la caracterización de los personajes está muy conseguida – fijaos en el joven Antonio Altarriba de las viñetas superiores -. Sin arriesgar en las composiciones de página ni tratar de crear elementos visuales que distraigan de la trama, Kim consigue que el guión de Altarriba fluya con gran facilidad. La creación de ambientes, uno de los elementos esenciales en un cómic de está envergadura, está muy trabajada y se nota la labor de documentación para recrear los contextos en que se sitúa la acción.

En definitiva, con El ala rota estamos ante una obra maestra. Antes de iniciar la lectura tenía ciertas dudas y creía que a causa de mis altas expectativas quizás me sentiría un poco decepcionado. Nada más lejos de la realidad. Altarriba y Kim han conseguido otra vez mostrar la fuerza del cómic, han logrado nuevamente que una biografía en viñetas se convierta en la biografía de toda una generación y han sido capaces, de nuevo, de homenajear a millones de personas que perdieron una guerra, que padecieron una dictadura de casi 40 años y que cuando llegó la democracia habían perdido buena parte de sus esperanzas y sus ilusiones. Los más de seis años de espera han valido la pena.

Por último, solo destacar el epílogo de la obra, en que Antonio Altarriba reflexiona sobre la memoria histórica y sobre la gestación de este proyecto, que hace que el cómic sea aún más redondo. Si hace más de año y medio inicié la andadura de este blog fue para dar a conocer y analizar obras como esta, aunque pocas están a la altura de El ala rota.

PD: podéis leer las primeras páginas en la página web del guionista Antonio Altarriba.

Patria

Patria, de Nina Bunjevac (Turner)

El cómic se ha acercado en numerosas ocasiones a la antigua Yugoslavia, aunque generalmente para narrar los episodios bélicos de los años 90. Las obras de Joe Sacco sobre la guerra en Bosnia (Gorazde. Zona Protegida, El mediador. Una historia de Sarajevo) retrataron con maestría algunos de los aspectos más duros del conflicto. Macedonia  de Harvey Pekar y Heather Robertson se centraba en la transición a la democracia del país balcánico o Regards from Serbia de Aleksandar Zograf narraba en primera persona cómo había vivido la guerra de Kosovo un serbio.

Con Patria, Nina Bunjevac adopta una visión muy íntima y personal de los acontecimientos que marcaron la vida de los ciudadanos yugoslavos durante el siglo XX. A partir de los incompletos recuerdos de su infancia y de su historia familiar, la dibujante canadiense reconstruye la historia del país en el que nacieron sus progenitores. El eje central de la trama es la figura de Peter Bunjevac, padre de la autora (vale la pena recordar que Fatherland es el título original del cómic). Su convulsa vida, que le llevó de alistarse en el ejército de la Yugoslavia de Tito a enrolarse en un oscuro grupo terrorista anticomunista, marcó profundamente el desarrollo de la dibujante y del resto de su familia.

El cómic está estructurado en tres capítulos: el primero, construido a partir de los recuerdos infantiles de Nina Bunjevac, con la separación de sus padres como elemento central; el segundo se centra en la historia familiar y se remonta hasta los bisabuelos de la autora y su emigración a Canadá; y, por último, el tercero narra la vida de su padre con la información que ha podido obtener la autora a posteriori. A medida que la novela gráfica avanza, Bunjevac nos va desvelando nueva información y nos hace partícipes de la historia, ya que es el lector el que va completando las lagunas argumentales.

Recrear la historia de un país a partir de una familia no es algo novedoso en el cómic, pero la manera en que lo hace Nina Bunjevac es realmente interesante. Los saltos en el tiempo y en el espacio son una constante: desde su infancia en Canadá nos trasladamos a la Yugoslavia de finales de los 70; de la Yugoslavia de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra viajamos a la zona de los Grandes Lagos, entre EEUU y Canadá, a finales del siglo XIX; del Canadá de los años 60 y 70 nos movemos al presente. Todos estos cambios están muy bien enlazados y la trama, con sus giros y sus momentos de suspense, tiene el ritmo adecuado.

Es también destacable que la autora no se conforma con recuperar la memoria familiar, hecho ya de por sí admirable, sino que va más allá y consigue hacer un excelente resumen de la historia de Croacia y de Serbia. Desde la época medieval hasta la dominación extranjera, por parte de austríacos y de otomanos respectivamente y desde los crímenes de los ustachis (milicia croata aliada de los nazis) hasta la Yugoslavia multiétnica de Tito; Bunjevac hace una explicación muy didáctica de un periodo que abarca casi mil años.

Algunos de los personajes que aparecen en el cómic tienen una gran fuerza. No solo grandes personajes históricos como Josip Broz “Tito” o el líder chetnik Draza Mihailovic, que aparecen en un lugar secundario para explicar el contexto en que se desarrolla el relato, sino algunos de los antepasados de Nina Bunjevac. Entre todos ellos destaca su abuela, que había luchado como partisana en la Segunda Guerra Mundial y que era una gran defensora del comunismo imperante en Yugoslavia. Su creciente enfrentamiento con Peter Bunjevac, su yerno, es uno de los aspectos claves del relato, ya que dejará una profunda huella en la autora.

Gráficamente el trabajo de Bunjevac también está a un gran nivel. La edición de Turner, de buen tamaño y en tapa dura, permite mostrar toda su belleza a las grandes viñetas sin marco de la dibujante canadiense. El blanco y negro, utilizado con maestría, consigue crear atmósferas muy íntimas y dota al cómic de una gran sobriedad. Las tramas, que en ocasiones se acercan al puntillismo, tienen una gran belleza visual y consiguen que las sombras jueguen un papel narrativo fundamental. Los retratos, algo fríos, son muy efectivos para crear un cierto distanciamiento con la acción, de forma que son los propios hechos los que cargan con la fuerza de la narración.

La novela gráfica de Nina Bunjevac es una lectura muy enriquecedora. La visión general de la historia de una región como los Balcanes, junto con la historia familiar, que explica más detalladamente el siglo XX de la antigua Yugoslavia, conforman un argumento muy sugerente. La inclusión de temas con poca presencia en los relatos más usuales sobre la región, como la disidencia anticomunista que llevo a cabo diversos atentados en los Estados Unidos o Canadá, es otro aspecto que hace la lectura de Patria altamente recomendable. Pese a que he leído bastante sobre los Balcanes, tras acabarlo tuve la sensación de haber aprendido muchas cosas. No lo dudéis, Patria es un gran cómic.

11-M. La novela gráfica

11-M. La novela gráfica, de Gálvez, Guiral, Mundet y González. (Panini Cómics)

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Este mes de marzo se han cumplido 12 años desde el mayor atentado terrorista de la historia de España. Fallecieron 191 personas y hubo casi 2.000 heridos. El uso político del atentado que hizo la derecha política y mediática del país es uno de los hechos más lamentables en los ya más de 40 años de democracia en España. Este cómic es posiblemente la mejor manera de rememorar los acontecimientos y conocer lo que realmente sucedió.

En octubre de 2007 el juez Gómez Bermúdez dictó sentencia y se hizo público un sumario de 700 folios que probaba que los autores habían sido islamistas radicales vinculados a la organización terrorista Al Qaeda. La editorial Panini, siguiendo lo que había pasado en los Estados Unidos con diversos cómics sobre el 11-S, pensó que el cómic sería una buena manera de acercarse a tan trágicos hechos. Contactó con Antoni Guiral y este a su vez lo hizo con Pepe Gálvez y ambos empezaron a trabajar en el guión.

Tras la salida del proyecto de Jesús Redondo, los guionistas se pusieron en contacto con Joan Mundet, quien accedió a ser el dibujante de la obra. Pese al recelo inicial de algunas de las personas con las que contactaron – el propio Pepe Gálvez me explicó que hubo quien le dijo ¿cómo vais a hacer un Mortadelo sobre el 11-M? -, la idea de crear un cómic riguroso que explicara qué había sucedido tuvo buena acogida.

El guión está basado en el sumario, que reconstruye cronológicamente los hechos. Para darle más dinamismo a la trama y facilitar la lectura, los autores crearon tres personajes ficticios: la familiar de una de las víctimas, un policía y un periodista. La inclusión de sus diferentes perspectivas permite recrear los acontecimientos en detalle y, más importante aún, consigue que seamos capaces de identificarnos con la gente que vivió en primera persona tan macabro suceso.

El uso de flashbacks, de gran importancia en el cómic, es una gran herramienta para reconstruir los hechos de la manera más fiel posible a la sentencia, al tiempo que dota a la trama de mayor viveza. Parece imposible que una obra basada en un sumario judicial sea entretenida y tenga ritmo, pero Guiral y Gálvez fueron capaces de hacerlo. Pese a que el objetivo principal de la novela gráfica era dar a conocer lo sucedido y rendir un sentido homenaje a las víctimas, los autores han conseguido crear una narración muy efectiva.

Otro aspecto que hace muy interesante la lectura de 11-M. La novela gráfica es la reconstrucción de los convulsos días posteriores al atentado. El impacto que provocó en los sentimientos y las conciencias, el desastroso manejo de la situación por parte del Gobierno o los actos de repulsa y sus implicaciones políticas tienen un lugar central en el relato.

A nivel gráfico, el trabajo de Joan Mundet raya a gran altura. La combinación del virtuoso dibujo realista con composiciones de página muy trabajadas da un gran resultado. Sin mostrar las escenas más morbosas, Mundet es capaz de recrear escenarios y situaciones realmente duras con gran precisión. Es muy destacable la gran cantidad de recursos propios del cómic que utiliza para transmitir su mensaje: tipografía, multitud de planos diferentes, dobles páginas, silencios…

Por último, me gustaría destacar el prólogo de Pilar Manjón, la presidenta de la Asociación 11-M. Afectados del terrorismo. Es alguien que sufrió una pérdida terrible – un hijo de 20 años -, que ha padecido ataques execrables por su implicación en la defensa de las víctimas y de la verdad, y que es capaz de afrontar el dolor para luchar contra el olvido. Es una persona realmente admirable. Sus palabras son realmente emocionantes y le añaden gran valor al cómic.

No se me ocurre una mejor manera de recordar qué sucedió exactamente que leyendo esta novela gráfica. La reconstrucción minuciosa de los hechos permite concer hasta el mínimo detalle, desde la fase más embrionaria hasta la terrible mañana del 11 de marzo de 2004. Una vez más el cómic vuelve a demostrar que es capaz de tratar cualquier tema, sea el que sea.

Tocadiscos

Tocadiscos, de Zidrou y Beuchot (Norma Editorial)

Tocadiscos es la segunda entrega de la trilogía africana que están llevando a cabo el guionista Zidrou y el dibujante Raphaël Beuchot. En la primera, El cuentacuentos,  ambos nos trasladaban a un entorno africano imaginario en el que asistíamos a un homenaje a los griots – contadores de historias -. En esta ocasión, el contexto está muy claro, ya que la acción se sitúa en 1930 y transcurre entre Bruselas y el Congo Belga.

El protagonista del cómic es Eugène Ysaÿe, un vetereno violinista al que un compromiso familiar lleva a Léopoldville – actual Kinshasa -, la capital de la colonia belga del Congo. Una vez allí, conoce a Tocadiscos, un criado africano que se encarga de manejar el tocadiscos de 78 revoluciones que posee la familia de Ysaÿe. Las diferencias entre ellos, entre Europa y África, y su descubrimiento y conocimiento mutuos son el eje de la narración. Como en otras obras de Zidrou, los momentos oníricos y la creación de ambientes intimistas tienen un gran peso en el relato.

Aunque el objetivo de la obra no es presentar en profundidad el contexto histórico, hay muchos elementos que nos permiten acercarnos a una época realmente interesante. En 1930 Bélgica celebraba el centenario de su independencia. Era un momento de esplendor. Atrás habían quedado las atrocidades cometidas por Leopoldo II en su filantrópica misión en el Estado Libre del Congo (se calcula que murieron entre 6 y 10 millones de personas) y los horrores de la Primera Guerra Mundial. El imperialismo europeo regía triunfante los destinos de la mayoría de la población del planeta e incluso un país tan pequeño como Bélgica podía controlar un territorio tan extenso y tan rico en recursos como el Congo.

La obra de Zidrou y Beuchot, pese a no profundizar en el tema, muestra la férrea división social que habían impuesto los colonizadores. Los europeos podían llevar una vida llena de lujos en el exótico – uno de tantos tópicos – continente africano, mientras la población africana sostenía todo el sistema mediante su trabajo en condiciones muy precarias y sufriendo constantes injusticias. Las excusas del progreso y la evangelización, en 1930, ya habían quedado en desuso y todo el mundo tenía claro que el objetivo de la colonización era la explotación económica de la población y de los recursos naturales de África.

La separación entre población africana y población europea, a pesar de no llegar a los niveles de crueldad del apartheid sudafricano, era un imperativo legal. No obstante, como nos permite vislumbrar el cómic, esta estricta separación en la práctica no siempre era seguida al pie de la letra. Otros temas de interés son esbozados también por Zidrou y Beuchot, aunque la brevedad de la obra no permite desarrollarlos: los estereotipos que tenían los europeos sobre África y los africanos; los cambios en la vida cotidiana de la población local en solo una o dos generaciones o la difícil convivencia entre tradición y modernidad.

La sensible mirada de Eugène Ysaÿe nos permite descubrir la fascinación que muchos occidentales de la época sintieron por África. La fauna y la vegetación, el clima, el peso de la oralidad y la tradición son aspectos que Ysaÿe va descubriendo a medida que avanza la trama. Su relación con Tocadiscos va evolucionando y poco a poco empieza a ser consciente de lo mucho que tienen en común. La música, parte esencial del cómic, es el nexo de unión entre ellos y se convierte en un lenguaje que trasciende sus diferencias.

A nivel gráfico, Tocadiscos se mantiene fiel a la linea iniciada con El cuentacuentos. La linea clara nos remite a la tradición francobelga, aunque es el color el aspecto central del cómic. La paleta de Beuchot, aunque es totalmente diferente para la parte del relato que transcurre en Bruselas, está llena de colores cálidos. La luz es omnipresente y el contraste entre ambos escenarios es marcadísimo. Uno de los recursos más interesantes es el uso de figuras de aires dalinianos para representar los sueños de Ysaÿe. Por último, son muy destacbles las dobles páginas dibujadas por Beuchot, que además de ser  de gran belleza,  sirven como inicio y final de las diversas partes de la obra.

En resumen, Tocadiscos es un cómic notable. La sensibilidad de Zidrou y el dibujo de Bechot se vuelven a combinar a la perfección y crean otra pequeña joya. A nivel histórico es más lo que sugiere que lo que explica, pero su lectura es muy atractiva y permite tener un contacto inicial, y suave, con algunos de los hechos más terribles de la época contemporánea.

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