Jamás tendré 20 años

Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)

Tras indagar en los recuerdos de sus padres para crear ese gran cómic que es Las guerras silenciosasJaime Martín fue consciente que la historia de sus abuelos maternos también era digna de ser dibujada. Se llegó a plantear incluirla junto con la de su progenitor en la guerra de Ifni, pero finalmente decidió que la entidad del relato merecía un cómic independiente. Por lo tanto, aunque ha sido publicada dos años después, (tres años después en Francia) cronológicamente Jamás tendré 20 años es anterior a Las guerras silenciosas, a pesar de que ambas comparten diversos personajes y algunos hechos se llegan a solapar. La memoria familiar del dibujante de l’Hospitalet vuelve a protagonizar un cómic y de nuevo ese relato tan personal es fiel reflejo de toda una época y de toda una generación: los que sufrieron y perdieron la guerra y después tuvieron que arreglárselas para sobrevivir a las represalias y el hambre de la posguerra.

La acción se inicia con una comida familiar en el campo, que permite al autor reflexionar sobre las reacciones de sus abuelos ante cosas aparentemente inocuas como los juegos de guerra de sus nietos. Lágrimas que no tenían sentido para unos niños de los años 70, pero que escondían una trágica historia.

Isabel vivía en Melilla con sus padres, en un entorno tremendamente humilde. Trabajaba en el servicio doméstico de un coronel leal a la república, aunque su pasión era la costura. No había aprendido a leer, pero eso no le impedía tener inquietudes intelectuales y frecuentar los debates del pequeño círculo que conformaban sus amigos: los anarquistas de Melilla. Cuando los militares rebeldes iniciaron el golpe de estado en la ciudad norteafricana, el 17 de julio de 1936 – un día antes que en la península -, Isabel se vio obligada a huir para escapar a una muerte segura. Sus compañeros fueron perseguidos y fusilados, hecho que la marcó para siempre. Ella recibió la ayuda del coronel y pudo escapar hacia Orán. Desde allí, vía Marsella, consiguió llegar al barrio de Santa Eulalia de Hospitalet de Llobregat, en la periferia de Barcelona, donde residían unos familiares.

Al mismo tiempo, Jaime – el abuelo del dibujante – se había alistado como voluntario en la columna Carlos Marx, que había salido de la capital catalana para luchar en el frente de Aragón contra los fascistas. Poco después de llegar al frente, Jaime recibió una carta que le informaba del precario estado de salud de su madre. Regresó rápidamente a casa y allí encontró a la sobrina de su vecina, a la cual no conocía, cuidando de su madre. Era Isabel.

Las terribles vivencias de Jaime durante el conflicto bélico, siempre jalonadas de anécdotas que muestran el poco valor que tenía la vida durante esos años, configuran la segunda parte de la trama. La documentación llevada a cabo por Jaime Martín ha sido exhaustiva y se hace notar en aspectos como los uniformes, el armamento o los vehículos. El miedo, el valor y la esperanza conforman los recuerdos de su abuelo, quien consiguió escapar en diversas ocasiones de la muerte. Es muy interesante la forma en que el autor ha recreado la experiencia bélica de Jaime: sus ficticias cartas a Isabel permiten ir narrando los acontecimientos mediante los cuadros de texto incluidos en las viñetas.  Cuando acabó la guerra, aunque desolado, pudo volver a casa. Le esperaban Isabel y la represión que iba a implantar el régimen de Franco.

En Hospitalet iniciaban una nueva etapa. Estaban juntos, pero tenían que afrontar la miseria y el miedo a venganzas y represalias. De nuevo, Jaime sorteó la tumba de forma casi milagrosa, esta vez en un lugar muy cercano a su hogar. Isabel tuvo que buscar la forma de sacar adelante a la familia, que ya contaba con tres miembros. Sus raíces melillenses le permitieron introducirse en el contrabando de tabaco. Es espeluznante observar cómo se veía obligada a utilizar a sus hijas para sortear a las fuerzas policiales, quienes además siempre recibían su correspondiente soborno.

Tras comprender que el estraperlo no podía ser una opción válida a largo plazo, Isabel y Jaime estudiaron sus escasas posibilidades y entraron en el mundo del vidrio. El reciclaje, algo aparentemente tan moderno, era el sustento de miles de familias en la paupérrima España franquista. El esfuerzo y dedicación de Jaime y sus tres hijas limpiando y trasnportando botellas y frascos de todo tipo, junto con la visión comercial y el arte negociador de Isabel consiguieron que la familia fuera prosperando poco a poco. La primera radio o el primer coche del barrio contrastaban con las calles sin asfaltar y la pobreza generalizada de sus vecinos.

Las tres hijas del matrimonio, la madre del dibujante y sus dos hermanas, protagonizan el final de la obra. El papel de la mujer bajo el franquismo estaba reducido a aprender a hacer las tareas del hogar y encontrar marido, pero Encarna – madre de Jaime Martín -, como ya habíamos visto en Las guerras silenciosas no estaba dispuesta a dejar que los demás decidieran su futuro. A pesar de las presiones familiares, fue ella y solo ella la que decidió con quien iba a compartir su vida. No le pudo dar una mayor alegría a su padre.

Jaime Martín ha mantenido algunos de los elementos que hicieron brillar su anterior obra. El color sigue teniendo un papel fundamental, aunque obviamente la paleta cromática ha cambiado para reflejar nuevas situaciones: la dureza de la guerra, las dificultades de la primera posguerra y la esperanza de los años 60. Ante la imposibilidad de utilizar fotografías para ilustrar la acción – como había hecho en el cómic sobre su padre -, el dibujante ha optado por recrear los escenarios a partir de imágenes de archivo y de los recuerdos familiares. El resultado sigue siendo ejemplar. Sin grandes innovaciones en las composiciones de página, siempre al servicio de la narración, en esta ocasión es destacable la abundante inclusión de viñetas panorámicas, especialmente bellas cuando retratan paisajes. Los característicos personajes son muy expresivos y consiguen que nos identifiquemos plenamente con ellos.

Jamás tendré 20 años, cuyo título refleja la pérdida que experimentó toda una generación, es un sentido homenaje que Jaime Martín rinde a sus abuelos; pero al mismo tiempo es un tributo a millones de personas que sufrieron la guerra y sus consecuencias. Millones de vidas truncadas, millones de historias individuales que configuran la memoria histórica de una época oscura que algunos desean enterrar en el olvido. La guerra civil empezó hace más de ochenta años, cada vez quedan menos testimonios directos del conflicto y es imprescindible preservarlos. Esta obra es una gran contribución a esta labor, pero además es un gran cómic. La unión de ambos aspectos lo convierten en una obra fundamental.

PD: Os invito a visitar la web de Jaime Martín, donde podréis ver bocetos y otros materiales originales de la obra.

El piano oriental

El piano oriental, de Zeina Abirached (Salamandra Graphic)

Zeina Abirached nació en Beirut en 1981, en plena guerra civil libanesa. Relató sus vivencias durante el conflicto en El juego de las golondrinas, cuya publicación provocó multitud de comparaciones con la iraní Marjane Satrapi. En 2004 se trasladó a París – donde reside actualmente – aunque con frecuencia vuelve a su país natal. Su obra siempre ha estado marcada por las relaciones entre Oriente y Occidente y en El piano oriental lleva esta dialéctica a un nivel superior. Su identidad dual, junto con la música, es la gran protagonista del cómic.

La obra de Abirached está estructurada en forma de dos relatos paralelos: por un lado, la historia de Abdallah Kamanja, inspirado en su bisabuelo Abdallah Chahine, en el Beirut de los años 50; y por el otro, la experiencia de la propia dibujante con sus recuerdos infantiles y la conformación de su identidad a caballo entre París y la capital libanesa. Las conexiones y los cruces entre ambas lineas argumentales son constantes y tras acabar la lectura reconoces que ambas historias son lo mismo: un alegato en defensa de la multiculturalidad y de las identidades cruzadas y difusas. Oriente y Occidente son construcciones culturales, estereotipos en los que Zeina Abirached no encaja.

El bisabuelo de la dibujante se definía a sí mismo como inventor. A pesar de trabajar en una oficina, su verdadera pasión era la música, concretamente el piano. Se dedicaba a afinar los pianos que había en Beirut y de esta manera tuvo una idea: crear un piano capaz de unir la música oriental con la occidental. Los pianos occidentales tenían una separación mínima entre sus teclas de medio tono, mientras que la música oriental posee intervalos de un cuarto de tono, hecho que las hacía incompatibles. Tras un arduo trabajo durante varios años, Abdallah encontró la solución técnica y creó el primer – y único – piano oriental.

 

Abdallah escribió a los fabricantes de pianos Hoffman, quienes se mostraron muy interesados en su creación y lo invitaron a visitarlos a Viena. Allí llegó el inventor libanés junto con su amigo Víctor, una persona realmente peculiar, y su piano. Los austríacos se quedaron embelesados ante el despliegue del bisabuelo de Abirached y le ofrecieron un contrato. La única condición para fabricar su instrumento en serie fue que Abdallah tenía que conseguir cien pedidos, algo que acabó resultando imposible. Difícil encontrar una metáfora más acertada sobre las relaciones entre Oriente y Occidente.

Al mismo tiempo que vemos las peripecias de su bisabuelo, la dibujante nos habla de sí misma. Su difícil relación con la lengua árabe, que a pesar de ser su idioma materno le trae recuerdos negativos, centra la parte dedicada a su primera infancia. Posteriormente, somos testigos de su acercamiento al francés y de la consolidación de este idioma al mismo nivel que el materno. La conciencia bilingüe de Abirached, mitad francófona mitad arabófona, refleja un vínculo directo con el invento de su antepasado.

El apartado gráfico del cómic es absolutamente brillante. Como en obras anteriores, la autora franco-libanesa utiliza con maestría el blanco y negro, pero en El piano oriental es el negro el que posee una mayor carga expresiva y narrativa. La dibujante consigue crear unos personajes muy elocuentes a pesar de estar construidos con unos rasgos aparentemene sencillos. Beirut, escenario de buena parte de la trama, está perfectamente reflejada y aunque el realismo no es una de las prioridades de la autora,  el cómic nos traslada con acierto a la capital libanesa de antes de la guerra civil.

El nivel global es altísimo, pero lo que hace especial a este cómic es la conexión entre dibujo y música. Abirached puso todo su empeño en trasladar el lenguaje musical al lenguaje del cómic y para ello utilizó todo tipo de recursos: onomatopeyas que conforman secuencias rítmicas, uso del blanco y negro para diferenciar las notas orientales de las occidentales, composiciones de página que siguen líneas melódicas, una doble página desplegable absolutamente maravillosa para mostrar el teclado del piano y la unión de ambas músicas… Imposible enumerar todas las formas en que la franco-libanesa demuestra su talento.Con El piano oriental estamos ante una obra que muestra la gran evolución de Zeina Abirached. A lo largo de las viñetas queda patente la gran reflexión que esconde cada una de las decisiones gráficas de la autora. Como sucede con las grandes historias, este es un cómic muy personal que al mismo tiempo relata una historia universal. El cómic, una vez más, demuestra que es capaz de tratar con acierto cualquier temática, por compleja que esta sea.

PD: Por si tenéis curiosidad os dejo con una grabación de Abdallah Chahine, el auténtico bisabuelo de Zeina Abirached, tocando su piano.

Soñadores

Soñadores. Cuatro genios que cambiaron la Historia, de Baudoin y Villani (Astiberri)

El relato tradicional de la Segunda Guerra Mundial se basa en los grandes acontecimientos – Stalingrado, Pearl Harbour o Normandía, entre otros – y en los grandes nombres – Hitler, Stalin o Churchill – ,  y evidentemente, es un relato incompleto. Millones de experiencias personales distintas conformaron la realidad de un conflicto bélico de dimensiones universales. Soñadores, el cómic del dibujante Edmond Baudoin con guión del matemático Cédric Villani, narra cuatro de estas pequeñas grandes historias y nos permite conocer a cuatro de las personas que más influyeron en el devenir de la guerra.

La obra está estructurada en dos partes que se van intercalando: por un lado, las conversaciones entre Baudoin y Villani en que reflexionan sobre los protagonistas, su legado y su reconocimiento y sobre la naturaleza del conocimiento científico; y por el otro, las historias de los tres científicos y el militar a los que hace referencia el título del cómic. Los monólogos de Werner Heisenberg, uno de los padres de la física cuántica cuyos estudios posibilitaron la fabricación de la bomba atómica, de Alan Turing, precursor de la informática y responsable de descifrar el código Enigma, de Leo Szilard, descubridor de la reacción nuclear en cadena e impulsor del Proyecto Manhattan y de Hugh Dowding, militar británico al mando de la RAF durante la batalla de Inglaterra, cargan con el peso narrativo del cómic.

Los autores no han creado un cómic biográfico al uso, han ido mucho más allá. Gracias a una gran labor de documentación y al profundo saber científico del guionista, Baudoin y Villani han conseguido dotar de vida a los personajes. Los cuatro hablan en primera persona y mientras narran los hechos de los que fueron partícipes van incluyendo sus reflexiones sobre lo que les tocó vivir. A pesar de la inclusión de abundantes explicaciones teóricas sobre complejos conceptos científicos, los autores han conseguido crear retratos muy personales y acercar al lector la voz de los cuatro genios.

En primer lugar, vemos a Heisenberg el 6 de agosto de 1945, el día del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima. El físico alemán estaba encerrado en Farm Hall con otros reputados científicos germanos y allí se enteraron a través de la BBC del lanzamiento y sus consecuencias. No sabían que sus conversaciones estaban siendo grabadas y debatieron sobre su implicación en la creación de tan funesta arma y sobre su derrota frente al Proyecto Manhattan norteamericano. Heisenberg, quien había mantenido una posición ambivalente frente a Hitler, se retiró a su habitación para tratar de descifrar cómo habían conseguido crear la bomba y cuáles habían sido sus errores. Dos días después fue capaz de ofrecer un seminario a sus colegas, ya con los cálculos correctos y con la reconstrucción completa del proceso de fabricación de la bomba. La forma en que Villani y Baudoin recrean sus pensamientos y sus dudas es magistral, pero no responden a la gran pregunta: ¿Heisenberg sabía cómo fabricar la bomba atómica y no lo hizo para no entregársela a Hitler o pese a sus intentos fue incapaz de fabricarla? Setenta años después el debate sigue abierto.

El segundo episodio está dedicado a Alan Turing. Los autores nos sitúan el 7 de junio de 1954, el día en que el matemático británico falleció. Turing está atormentado por el trato vejatorio que ha recibido en su país tras su fundamental papel en la victoria aliada. Turing repasa su lucha contra el Código Enigma y la forma en que consiguió desencriptar las comunicaciones alemanas. A continuación rememora los castigos que le fueron impuestos por su condición de homosexual. En un alegato contra la discriminación y contra la homofobia, Turing se muestra sereno ante quienes  se beneficiaron de su trabajo y su genio, pero mostraron una gran ingratitud.

A continuación, Villani y Baudoin nos trasladan al 9 de enero de 1960 para dar voz a Leo Szilard, científico húngaro que tuvo un papel central en la carrera atómica. Está en el hospital, enfermo de cáncer, y reflexiona sobre su forma de entender la ciencia, muy alejada de la de la mayor parte de sus colegas. Además relata su labor en la gestación del Proyecto Manhattan, ya que fue él quien convenció a Albert Einstein para que le escribiera al presidente Roosevelt con el objetivo de conseguir fondos para la investigación nuclear. Su trabajo con grandes nombres de la ciencia como Enrico Fermi, Niels Bohr o Frédéric Joliot-Curie comparten protagonismo con sus enfrentamientos con los militares. Ferviente defensor de los derechos humanos y partidario del desarme atómico, estuvo siempre a favor del pensamiento alternativo y de la innovación, incluso para el tratamiento de su enfermedad.

Por último, viajamos a 1968, cuando un ya anciano Hugh Dowding asistió al rodaje de La batalla de Inglaterra, en la que Laurence Olivier interpretaba al propio Dowding. Allí, el veterano militar rememora su participación en la guerra. Los cambios que efectuó en la estrategia defensiva británica permitieron al país resistir los bombardeos alemanes y ganar tiempo hasta la entrada de la Unión Soviética y de los Estados Unidos en el conflicto. Pese a todas las trabas con las que se encontró, a la escasez de medios disponibles y la inexperiencia de los pilotos de la Royal Air Force (RAF), sus decisiones demostraron ser acertadas. A pesar de ello, Sir Hugh Dowding, mariscal del aire, y Keith Park, vicemariscal y su hombre de confianza, fueron destituidos por haberse mostrado demasiado independientes. Años después, ya finalizada la guerra, sus méritos fueron reconocidos y se le rindieron multitud de homenajes.

A nivel gráfico poco se puede decir del trabajo de Edmond Baudoin, uno de los grandes dibujantes europeos de la actualidad. El blanco y negro funciona a las mil maravillas para recrear las cuatro historias. La combinación entre viñetas más clásicas y páginas más cercanas al libro ilustrado permite conjugar las diferentes temáticas del cómic. Es muy interesanteobservar la evolución en el dibujo de los cuatro episodios: oscuro y tétrico el de Heisenberg, onírico y lleno de metáforas el de Turing, desdibujado y con muchas referencias a la historia del arte el de Szilard y más realista el de Dowding. Siempre al servicio del relato, Baudoin realiza una muestra de sus recursos prodigiosa.
En definitiva, con Soñadores estamos ante un gran cómic histórico que no solo reconstruye con meticulosidad las biografías de cuatro figuras fundamentales en la historia del siglo XX. También es un libro científico que permite conocer a algunas de las mentes e ideas más brillantes de la pasada centuria. Y por último, y por encima de todo, es un cómic que hace las preguntas adecuadas sobre la condición humana, sobre el papel que juegan los individuos en la Historia, sobre los aciertos y errores que han configurado el mundo en el que vivimos.

La mujer rebelde

La mujer rebelde. La historia de Margaret Sanger, de Peter Bagge (La Cúpula)

Hasta La mujer rebelde no había leído nada de Peter Bagge. Cuando tratando de documentarme para escribir este texto he visto que estaba considerado como uno de los grandes del cómic underground – de ahí que me sonara mínimamente el nombre – me he llevado una agradable sorpresa. Parece difícil encontrar el nexo de unión entre Bagge y Margaret Sanger, la protagonista del cómic, pero es el propio dibujante quien en un texto titulado ¿Por qué Sanger?, incluido al final del cómic, nos da las claves: Margaret Sanger tuvo un papel fundamental en las luchas feministas de inicios del siglo XX y su legado ha llegado hasta nuestros días, pero al mismo tiempo su figura ha sido muy malinterpretada.  Peter Bagge quería dar a conocer su figura y transmitir su propia visión sobre el personaje, para lo que creó una obra realmente interesante.

Margaret Sanger nació en 1879 en el seno de una familia muy numerosa – once hermanos – en Nueva Jersey. Sus padres tenían ascendencia irlandesa y formación católica, aunque su progenitor se alejaría bastante joven de la religión y se convertiría en ateo practicante. Además, Michael Hennessey Higgins – el padre – era un convencido socialista que defendía el sufragio universal y la educación pública. Las ideas paternas y el sufrimiento de su madre, a causa de los dieciocho partos que afrontó, marcaron profundamente a la joven Margaret.

Peter Bagge recorre la infancia y juventud de la protagonista mediante episodios aislados que le permiten presentar los elementos que formarían su personalidad y su activismo futuros. Son especialmente memorables la visita que lleva a cabo con su padre, cantero de profesión, a la tumba de su hermano pequeño o las dificultades que tuvo que afrontar en el instituto. Su dedicación a la familia era plena, pero al mismo tiempo era consciente que debía estudiar para labrarse un futuro. Con la ayuda de sus hermanas, a las que estuvo toda su vida muy unida, pudo conseguirlo.

Margaret Sanger estudió enfermería y con su trabajo en algunas de las zonas más deprimidas de la región de Nueva York llegó a una conclusión: la vida de las mujeres no mejoraría hasta que pudieran decidir libremente sobre su maternidad. Empezó aconsejando a sus pacientes, de forma clandestina, sobre cómo evitar embarazos no deseados y poco a poco se fue convirtiendo en una ferviente defensora del control de la natalidad. A finales del siglo XIX y principios del XX defender este tipo de ideas era algo totalmente revolucionario y Sanger fue perseguida por ello.

Margaret Sanger pasó a ser una figura pública que mostró un gran dominio de la opinión pública y pese a no ser una gran oradora, conseguía que sus actos y sus discursos tuvieran una gran repercusión. Las fuerzas más conservadoras de la sociedad americana trataron siempre de difamarla y de frenar la difusión de sus ideas, provocando que incluso tuviera que exiliarse durante unos años a Europa para escapar a una condena totalmente injusta.

Algunas de sus ideas son muy controvertidas hoy en día, especialmente su defensa de la eugenesia, y también se la acusa entre otras cosas de racista. Peter Bagge no rehúye estas polémicas, al contrario, y presenta a una Sanger compleja, con claroscuros y muy enraizada en la mentalidad de su época, donde lo políticamente correcto aún no dominaba todos los discursos.

Asimismo, su vida personal tiene una gran presencia en el cómic. La relación con sus padres, con sus hermanos y sus hermanas y, finalmente, con su marido y sus hijos salpican de anécdotas toda la trama. Bagge las emplea para humanizar al personaje y para mostrar cómo su vida pública afectó en gran medida a sus relaciones familiares.

Para quienes hayan leído obras anteriores de Peter Bagge, imagino que el dibujo y el color de La mujer rebelde no serán una sorpresa, ya que se mantiene bastante fiel a su estilo. En mi caso sí que lo fue, ya que encontrar un cómic biográfico tan serio – en el mejor sentido de la palabra – con un aire tan caricaturesco me pareció muy original. Los cuerpos alargados, las extremidades curvilíneas y ese aspecto tan de cartoon consiguen crear una sensación de ligereza que contrasta con el contenido y las profundas reflexiones que conforman la obra. Los personajes son tremendamente expresivos y el uso de colores tan planos, aunque parezca mentira, consigue crear las atmósferas adecuadas para que la acción fluya.

Con La mujer rebelde estamos ante una de esas obras que podrían – deberían – incluirse en los planes de estudio de secundaria. Los inicios del feminismo, la reflexión en torno al control de la natalidad, la situación de las mujeres y las desigualdades entre ellas según su clase social, el papel de la Iglesia en la sociedad y muchos otros temas tienen importancia en el cómic. Los textos de apoyo que incluye el autor son muy interesantes, tanto el mencionado al inicio de la reseña, en el que Bagge reflexiona sobre Margaret Sanger como personaje histórico y sobre su consideración actual, como la profusa cronología al final del libro. Aquí podéis leer unas páginas de muestra.

Una gran novela gráfica sobre una de tantas grandes mujeres que la Historia y la sociedad patriarcal en que vivimos han ido arrinconando hacia el olvido.

La muerte de Stalin

La muerte de Stalin, de Robin y Nury (Norma Editorial)

Iósif Stalin fue uno de los personajes históricos más importantes del siglo XX. Su liderazgo en la Unión Soviética, desde 1922 a 1953, es una de las etapas más fascinantes y aterradoras del siglo pasado. Convirtió un país enorme y atrasado en una gran potencia industrial y militar, gran responsable de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial; pero al mismo tiempo creó un régimen de terror responsable de millones de muertos. Nadie estaba a salvo de sus designios, como muestran las grandes purgas de los años 30 o la proliferación de gulags por todo el territorio de la URSS. Su figura era tan poderosa que su muerte generó un gran vacío y las luchas internas por su sucesión marcaron el devenir de la superpotencia comunista hasta su caída ya a inicios de los 90.

El dibujante Thierry Robin se embarcó en un proyecto faraónico: crear una biografía de Stalin en cómic. Ante la inmensidad de la tarea – calculó unas mil páginas y varios años de trabajo – decidió abandonarla. En ese momento, el reputado guionista Fabien Nury (reseñados en el blog Atar Gull Érase una vez en Francia) se puso en contacto con él para colaborar en una historia sobre el fallecimiento del líder soviético. La combinación del trabajo de ambos dio sus frutos con La muerte de Stalin, un cómic de muy buen nivel.

La trama se centra en los días anteriores y posteriores al deceso de Stalin, desde que el 2 de marzo sufriera un ataque cerebral hasta la celebración de los funerales de Estado. Por el camino, Nury y Robin crean una trama realmente adictiva en la que asistimos a la lucha por el poder entre los miembros del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Es una etapa tan oscura que los historiadores no han encontrado respuestas a todas sus cuestiones y por ello, dibujante y guionista elaboran un relato que, aunque muy verosímil, es ficción histórica.

Lo más interesante del cómic son los personajes. Desde el maquiavélico Beria hasta el melancólico Molotov, Nury y Robin han recreado con acierto a los miembros del Comité Central. La división en dos bandos, el enfrentamiento entre Beria y Khrushchev y sus respectivas maniobras para hacerse con el poder vacante son el eje de la acción y permiten conocer las entrañas del aparato soviético de la época. Es un cómic coral, sin un protagonista claro, que utiliza la exageración y el alejamiento irónico para transmitir una gran sensación de irrealidad. Parece imposible que fuera así, pero con la información histórica disponible, los hechos debieron suceder de una forma muy parecida a la relatada por los autores galos.

Otro elemento muy destacable es el retrato del Moscú de la época. Una ciudad gris, de corte marcial, que en esos luctuosos días vivió a la expectativa. El pueblo soviético recibió un gran impacto con la noticia de la muerte de Stalin y quedó expectante a la espera de acontecimientos. Todo pequeño gesto se interpretaba en clave política y nadie conocía las consecuencias reales del suceso. El papel del ejército y la policía secreta (NKVD) fue esencial en esos días y el estallido de un conflicto social fue una de las posibilidades barajadas en las altas esferas. Esa angustia y esa tensión quedan perfectamente reflejadas en las páginas del cómic. 

El apartado gráfico está muy bien resuelto. El realismo de los escenarios, los uniformes o los vehículos contrasta con el aire caricaturesco de los personajes principales y la unión de ambos elementos es muy efectiva. Las composiciones de página están muy trabajadas y Robin ha dibujado páginas de una gran belleza. El color es otro gran acierto, ya que consigue crear la atmósfera oscura que necesita el guión. Los anexos incluidos al final del cómic son muy valiosos, ya que podemos ver algunas páginas entintadas de la biografía que Thierry Robin tenía en mente, así como los bocetos con la caracterización de los personajes principales.

Los grandes personajes históricos siempre provocan cierta fascinación, especialmente los episodios de los que los historiadores no han hallado respuestas. El caso de la muerte de Stalin es paradigmático. El hermetismo soviético, la desestalinización llevada a cabo por Khrushchev tres años después y el intento posterior de dejar en el olvido al dictador de origen georgiano han provocado que su fallecimiento nunca se esclareciera y quedara en el terreno del misterio y la conspiración. Este cómic es una gran manera de acercarnos a esos acontecimientos y aunque posiblemente nunca lleguemos a conocer toda la verdad, la propuesta de Nury y Robin es realmente estimulante.

Futbolín

Futbolín, de Alessio Spataro (DeBolsillo)

Alexandre Campos Ramírez, más conocido como Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra, fue el inventor del futbolín. Nació en 1919 en Finisterre y falleció en 2007 en Zamora y, por tanto, vivió en primera persona buena parte de los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX. Su azarosa vida lo llevó a ser partícipe de la guerra civil, a exiliarse a París, a vivir en diferentes lugares de latinoamérica (Ecuador, Guatemala o México) y a volver a su España natal durante la transición democrática. Conoció a algunos de los grandes intelectuales y artistas de su tiempo: Frida Kahlo, Jean Paul Sartre o Albert Camus y fue muy cercano a poetas como León Felipe y Juan Larrea.

El dibujante italiano Alessio Spataro conoció la historia de Alexandre de Fisterra a través de Bep Moll, el director del documental Tras el futbolín (aquí se puede ver el teaser), que narra la historia de este archiconocido juego. Su origen no está claro del todo, ya que diversos países europeos se atribuyen su invención. Pese a ello, la vida del protagonista del cómic es tan atractiva, que el futbolín tan solo funciona como nexo entre las diferentes etapas que relata el cómic.

Alexandre tenía 17 años cuando los militares rebeldes dieron el golpe de estado que desembocó en la guerra civil. Tras ser víctima de un bombardeo por parte del bando fascista, acabó en la Colonia Puig, cerca de Montserrat, junto con otros adolescentes heridos. Fue en este lugar donde inició su carrera como inventor. Inspirándose en el tenis de mesa, Alexandre inventó el fútbol de mesa, de modo que los niños y niñas que por sus heridas no podían jugar a fútbol pudieran divertirse. Además también diseñó un pasador de páginas mecánico como regalo para su primer amor.

Tras observar las disputas internas del bando republicano y entrar en contacto con grandes personalidades como Orwell, Picasso o Hemingway; superó un penoso exilio al norte de África. Alexandre asistió al desenlace de la Segunda Guerra Mundial y una vez finalizado el conflicto se instaló en París, donde trató de sacar partido a su invento, aunque sin la patente – registrada en la España republicana – poco pudo hacer. En la capital francesa entró en contacto con la intelectualidad más destacada de la época y especialmente con su amiga de la infancia, la actriz María Casares (hija de Casares Quiroga).

Posteriormente se trasladó a Guatemala, donde vivió en primera persona el golpe de Estado organizado por la CIA y la United Fruit Company contra Jacobo Árbenz. Allí conoció a personajes tan esenciales de la historia del siglo XX como Ernesto “El Che” Guevara o los hermanos Castro. Las autoridades franquistas lo persiguieron e incluso llegaron a detenerlo, pero gracias a su pericia logró escapar. A continuación se fue a México y poco a poco se fue abriendo camino en el mundo editorial.

Su objetivo era volver a España, pero solo cuando fuera un país democrático. Su invento se había extendido por todo el mundo, con diferentes nombres y formatos, pero no pudo obtener demasiado rédito económico. Continuó con su labor editorial y se fue desencantando de la política española, ya que no se cumplieron gran parte de sus anhelos. Tuvo una vida realmente trepidante.

A nivel gráfico la labor de Spataro es excelente. Destaca el bitono azul y rojo con el que está construido el cómic, pero también es muy interesante la cantidad de recursos gráficos y narrativos que utiliza a lo largo de la obra. Desde el breve repaso ilustrado a las diversas teorías sobre el origen del futbolín, hasta las escenas bélicas o algunas viñetas de tono marcadamente expresionista, Spataro demuestra un gran dominio del medio. Sus personajes son capaces de transmitir emociones y las metáforas basadas en el juego que da título a la obra son guiños muy elaborados.

Futbolín es un cómic realmente original que narra una de esas pequeñas grandes historias que todos deberíamos conocer. La complejidad del guión requiere cierto esfuerzo por parte del lector, pero la recompensa es cuantiosa. Seguramente en un país que no haya silenciado su memoria todos los niños y niñas conocerían la biografía de alguien como Alexandre Campos Ramírez, pero ha sido un dibujante italiano quien ha recuperado su historia. Bienvenido sea.

Las aventuras de Joselito

Las aventuras de Joselito. El pequeño ruiseñor, de José Pablo García (Reino de Cordelia)

Mi generación – nací en el 85 – no vivió en primera persona los éxitos de Joselito, pero todos hemos oído hablar a nuestros padres de él o incluso hemos visto alguna de sus películas en una de tantas reposiciones  televisivas. Su condición de personaje folclórico no me llamaba especialmente la atención y cuando me enteré que se había publicado un cómic biográfico sobre él, no le hice demasiado caso. Me sorprendió mucho que Iván Galiano (no os perdáis su blog) lo incluyera en su lista de mejores cómics de 2015 para la revista Jot Down y al verlo ahí, fui directo a Entrecomics y leí la elogiosa reseña que le había dedicado Gerardo Vilches. Ante el alud de novedades y de lecturas pendientes, Las aventuras de Joselito volvió a caer en mi particular olvido; pero hace un par de semanas lo vi  en la sección de Novedades de la biblioteca de mi barrio y me dedicí a leerlo. No pude tomar una mejor decisión.

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José Pablo García creó una obra muy original y tan solo es necesario hojear mínimamente el cómic para ser consciente de la titánica labor que llevó a cabo el autor malagueño: crear un cómic de casi 150 páginas utilizando más de cuarenta estilos gráficos distintos. Desde las viñetas más primitivas hasta el underground, pasando por la línea clara, el manga, Bruguera o Kirby, el dibujante recorre la vida de José Jiménez Fernández, Joselito, y al mismo tiempo recorre y homenajea la historia del noveno arte. Gráficamente la obra es deslumbrante, pero además los pequeños episodios que narran la vida del cantante son muy efectivos a nivel narrativo. Estamos ante una gran novela gráfica.

José Jiménez Fernández nació en 1943 en Beas de Segura, provincia de Jaén. La posguerra fue una etapa tremendamente dura para la población española, especialmente en algunas zonas rurales, donde el hambre y la miseria tenían una gran presencia. La infancia de José, aún no bautizado con el que sería su nombre artístico, fue muy difícil y estuvo marcada por el más puro instinto de supervivencia. Sus dotes para el canto eran innatas, pero en un entorno tan pobre no podía sacarle demasiado partido a su don. Junto con su hermano decidió emigrar a Valencia, donde podrían trabajar en la construcción de una presa. El viaje a pie fue uno de los episodios más duros de su vida, aunque no pudo concluir mejor, ya que por puro azar pudo introducirse en el mundo de la canción.

A partir de ese momento, Joselito vivió un ascenso vertiginoso hasta convertirse en una estrella. Un niño de voz prodigiosa, con un gran carisma, que rápidamente destacó como un elemento luminoso en la gris España franquista. Multitud de recitales, películas, giras… pero siempre rodeado de personas que se aprovechaban de él. Ganaba dinero suficiente para mantener a su familia y rescatarlos de la pobreza, pero la mayor parte del dinero que generaba iba a los bolsillos de representantes e intermediarios varios.

Joselito era una estrella que brillaba también en otras partes del mundo. En Francia vendió aún más discos que en España y sus conciertos eran un gran éxito. En los Estados Unidos también gozaba de una gran celebridad, como demuestra su presencia – por dos veces – en el Late Show de Ed Sullivan, uno de los programas televisivos más importantes de la época. Para alguien como yo, que desconocía totalmente la figura del pequeño ruiseñor, fue una gran sorpresa descubrir esta enorme repercusión internacional.

Algunos de los episodios más interesantes parecen de ciencia ficción, aunque son reales. Joselito estaba en Cuba cuando triunfó la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro y Ernesto El Che Guevara, quienes además se alojaron en el mismo hotel que el cantante en La Habana. Otro ejemplo fue su encuentro con el papa Juan XXIII, retratado magistralmente por José Pablo García con el estilo de Jack Kirby.

Joselito era un niño al que impedían crecer, pero la naturaleza es implacable y su voz y su cuerpo cambiaron. Repentinamente buena parte de la gente que lo idolatraba lo abandonó y varias decisiones financieras equivocadas hicieron que su vida diera un giro total. Su vida amorosa también era complicada – maravillosas las viñetas con formato de tebeo para niñas de la época – y Joselito decidió iniciar una nueva aventura para escapar. Se fue Angola, en plena guerra de independencia, donde trabajó como cazador, fue secuestrado y se enconró con una violencia terrible.

Cuando volvió a España montó diversos negocios que lo absorbieron totalmente. La droga, el trato de la prensa y sus problemas económicos lo acabaron convirtiendo en el prototipo del juguete roto. Entró en la cárcel, salió, volvió a entrar y poco a poco pasó a ser un objeto más de la prensa del corazón. Sus apariciones en diversos programas televisivos volvieron a hacer de él un personaje popular, aunque su consideración social era totalmente diferente de la que había tenido en su juventud.

Como comentaba anteriormente, el nivel gráfico del cómic es impresionante. Más de cuarenta estilos diferentes se convierten en un gran catálogo de la historia del cómic. Se podría pensar que es un ejercicio puramente artificial y esteticista, pero no es así. Si se analizan los difrentes episodios, el estilo y la trama se conjugan perfectamente. La infancia y el hambre con el estilo clásico de la editorial Bruguera, las historias más sentimentales con el estilo de las revistas románticas pensadas para chicas, su contacto con la Revolución Cubana siguiendo la línea clara de Hergé y Tintín; y así sucesivamente. Todo tiene sentido, nada está dejado al azar. Diferentes técnicas, diferentes enfoques, multitud de recursos… José Pablo García hace un compendio de casi todas las posibilidades gráficas y narrativas del cómic, pero siempre al servicio de la historia que nos cuenta.

Tanto si conocéis el personaje como si no, tanto si tenéis grandes conocimientos de la historia del cómic como si no, acercaos a Las aventuras de Joselito. A través de su vida podemos ver la evolución de España en la segunda mitad del siglo XX y además podemos observar las diferentes formas en que el cómic ha ido cambiando. Es una obra muy original, pero su principal virtud es que nos cuenta una gran historia de la mejor manera posible. Es indudablemente uno de los cómics que más gratamente me han sorprendido en los últimos tiempos. Por si aún tenéis dudas, os invito a que le echéis un vistazo a sus primeras páginas.

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