Tibirís

Tibirís, de Arnau Sanz (Trilita Ediciones)

La memoria familiar está siendo en los últimos años la principal fuente para la creación de cómics situados en nuestro pasado. La multitud de ejemplos de calidad y su enorme diversidad temática y formal pueden llevarnos a pensar que ya se ha dicho todo lo que se puede decir sobre la guerra civil y la dictadura, pero nada más lejos de la realidad. Aún queda mucho trabajo por hacer, muchas facetas por analizar y muchos ámbitos que recordar. Arnau Sanz habla en Tibirís de uno de estos temas que han sido muy poco estudiados: la represión de la homosexualidad durante la dictadura.

Tibirís, quien da título a la obra, era el tío de la abuela de Arnau Sanz. Vivía en la casa familiar, pero sufría una fuerte discriminación cotidiana. Uno de los aspectos que llamó la atención del autor es que se cocinaba en su habitación con un hornillo, para estar apartado del resto de la familia. A partir de este hecho, Sanz se interesó por la figura de su antepasado y mediante conversaciones con sus abuelos trató de reconstruir su vida.

Pese al papel central de Tibirís, los auténticos protagonistas del cómic son los abuelos del autor. Las conversaciones cotidianas marcan el relato y mientras cocinan, comen o están en la sala de estar, Sanz interroga a sus abuelos sobre su pasado. A partir de estos diálogos el autor catalán es capaz de ir reconstruyendo la infancia y la juventud de sus abuelos durante la posguerra. No trata de crear un relato biográfico al uso ni un cómic histórico brillantemente documentado. Como bien dice Gerardo Vilches en su reseña, el relato de Sanz consigue recrear el aspecto fragmentario de la memoria.

En lo referente propiamente a la homosexualidad, es muy interesante la forma en la que Sanz va retratando los diferentes aspectos que marcaron la vida de Tibirís. El autor es consciente que lo que intenta es muy difícil, puesto que la única información de la que dispone es la que le transmiten sus abuelos. Pese a ello, algunos momentos le permiten reflexionar sobre la situación de los homosexuales en la terrible España de Franco: los insultos y las agresiones, la necesidad de ocultar la propia identidad, la libertad incipiente cuando salían al extranjero, los lugares clandestinos de reunión o la dificultad de ser aceptados por sus familias son algunos de los ejemplos más evidentes.

Además de la homosexualidad y pese a la brevedad de la obra, Arnau Sanz ha sido capaz de incluir otros temas que marcaron la vida de sus abuelos y de millones de compatriotas durante aquella oscura época. La autoridad de los curas y el miedo que generaban en su abuela muestran el poder del que gozaba la Iglesia; la jerarquía familiar era muy fuerte, como prueba el enfado del bisabuelo del autor con su abuelo, porque consideraba que su abuela no era digna de ser su esposa; o la constante presencia del hambre y el frío que marcan todo el relato son algunos de los aspectos claves en el cómic de Sanz.

A nivel gráfico, como muestran las imágenes que acompañan este texto, el trabajo del dibujante es muy destacable. Diferentes tonalidades de azul permiten a Sanz recrear tanto el presente de las conversaciones con sus abuelos como el pasado de sus recuerdos. Las viñetas, siempre sin marcos, funcionan muy bien y consiguen dotar de ingravidez y de ligereza a la acción, de forma que la reconstrucción de la memoria es muy efectiva. El dibujo de los personajes, aparentemente sencillo, consigue transmitir la expresividad necesaria para que nos identifiquemos con ellos y nos adentremos en el relato. Sin dibujar de forma detallada los escenarios ni los elementos que tradicionalmente utilizan los y las dibujantes para transportarnos al pasado, Arnau Sanz lo consigue con acierto.

Tibirís se enmarca claramente en la gran tradición de cómic memorialístico iniciada por obras como Un largo silencio o El arte de volar, pero lo hace de una manera muy personal y con un enfoque muy original. El peso de la historia no recae en las vidas de los abuelos, como sucede en Jamás tendré 20 años o en Estamos todas bien, sino que Arnau Sanz centra su proceso de hacer memoria en los homosexuales, un colectivo que sufrió una doble opresión durante la dictadura y con el que aún no se ha llevado a cabo la reparación necesaria. Una obra, una vez más, muy necesaria.

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En transición

En transición, de Alberto Haller y Ana Penyas (Barlin Libros)

La Transición, el periodo comprendido entre la muerte de Franco y la victoria electoral del PSOE en 1982, es uno de los momentos históricos más apasionantes de la España del siglo XX. El paso de una dictadura de corte fascista y aliada del nazismo a un sistema democrático equiparable al resto de países europeos ha sido estudiado en innumerables ocasiones. Tradicionalmente ha sido presentado como un cambio modélico en que una sociedad madura dio los pasos necesarios para transitar de forma pacífica hacia la democracia. Con el obvio distanciamiento que producen las cuatro décadas transcurridas, poco a poco van surgiendo análisis más críticos del proceso que muestran las facetas más oscuras del periodo. En esta corriente se enmarca el libro ilustrado En transición, con guión de Alberto Haller e ilustraciones de Ana Penyas.

Por primera vez escribo sobre un libro ilustrado y no un cómic, pero el nivel gráfico y la profundidad del relato bien merecen esta excepción. En tan solo 32 páginas, Haller y Penyas recorren los ochenta años transcurridos desde la guerra civil. Con muy poco texto, que en ocasiones solo enfatiza el mensaje y la fuerza de las imágenes, los autores tejen un relato consistente que permite observar la cara B de la La Transición.

La narración se inicia con la esperanza que supuso la República y su traumático fin a causa del golpe de Estado orquestado por la derecha y parte del ejército. En solo cuatro dobles páginas Ana Penyas consigue conmovernos y que seamos conscientes del sufrimiento que provocaron la guerra, el exilio y la terrible posguerra. Rápidamente llegamos a 1975, donde se inicia la parte central del relato, con las luchas populares como protagonistas.

La lucha por la amnistía y por la justicia social, con las grandes movilizaciones de la época como marco, contrastan con la violencia que definió el periodo. Una doble página llena de simbolismo, sin necesidad de violencia explícita, permite a la ilustradora valenciana retratar la vertiente mucha veces silenciada de la época, en que se produjeron centenares de asesinatos. Otro aspecto que destacan Haller y Penyas es el olvido que impuso el relato oficial a los crímenes de la dictadura.

En la que seguramente sea la imagen más impactante de toda la obra, Ana Penyas consigue estremecernos mientras denuncia los cientos de miles de muertos en las cunetas que contrastan con la nueva España del boom inmobiliario. El uso que hace Peñas del color y del realismo fotográfico se combinan a la perfección para recordarnos a todos la necesidad de hacer memoria. La Transición fue una época convulsa, llena de dificultades y en que los militares y los grandes poderes de la dictadura pudieron usar su fuerza para imponer una visión muy concreta del pasado, pero cuarenta años después es nuestra labor cambiar esta situación.

A continuación, y como colofón, los autores hablan de las luchas del presente, desde el No a la guerra hasta el 15M y nos invitan a reflexionar sobre la importancia de las luchas colectivas. La potencia del lenguaje visual permite introducir una gran cantidad de matices, profundizar en aspectos generalmente relegados y, al mismo tiempo, disfrutar de la cuidada estética del trabajo de Ana Penyas. En transición es una obra muy necesaria, que aunque menos conocida y con menor repercusión que Estamos todas bien – Premio Fnac Salamandra Graphic y Premio a la autora revelación en el Saló del Còmic de Barcelona – también debería ser tenida en cuenta cuando hablamos de memoria histórica a través del cómic, en este caso, a través de la ilustración.

En el siguiente enlace podéis ver un avance.

El día 3

El día 3, de Cristina Durán, Miguel A. Giner y Laura Ballester (Astiberri) També disponible en català.

El 3 de julio de 2006 se produjo en Valencia uno de los peores accidentes ferroviarios de la historia de Europa. Fallecieron 43 personas y otras 47 resultaron heridas. Solo cinco días después llegaba a la ciudad, con una gran expectación, el papa Benedicto XVI. Las autoridades valencianas, desde el Ayuntamiento a la Generalitat, trataron de pasar página del accidente lo más rápidamente posible, para que tan trágico suceso no empañara el boato de la visita papal. Pese al silencio de los medios de comunicación públicos, hubo periodistas, como Laura Ballester, que llevaron a cabo una labor encomiable y buscaron la verdad. Cristina Durán y Miguel Ángel Giner leyeron su libro Luchando contra el olvido. El largo trayecto de las víctimas del metro de Valencia e inmediatamente decidieron llevarlo al cómic. El resultado, creado entre los tres, es El día 3.

La trama se inicia el día del accidente, pero el cómic se aleja del morbo obsceno y presenta la tragedia de una forma muy cuidada. Mediante personajes ficticios los autores reconstruyen las escenas que debieron vivir las decenas de familias afectadas. El respeto hacia las víctimas es una constante en todo el cómic y tan solo conocemos la información estrictamente necesaria para poder comprender la magnitud del suceso. La intención de las autoridades fue intentar archivar lo más rápidamente el caso y por ello repetían como un mantra que el accidente había sido “impredecible e inevitable“, versión difundida por los medios de comunicación públicos, como el desaparecido Canal Nou, y por la mayor parte de los privados.

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El eje de la obra es la lucha de las familias, a través de la Asociación de Víctimas, por esclarecer los hechos y conseguir que los responsables asumieran las negligencias que habían cometido. La labor de políticos, jueces y medios de comunicación, aliados para silenciar la verdad e imponer su versión, centra buena parte de las páginas y Miguel Ángel Giner y Cristina Durán se valen de su dominio del medio para mostrarlo. Las formas geométricas y los grises dan forma al conjunto, pero son los elementos en color rojo los que crean los momentos de mayor emotividad. Al mismo tiempo, otros recursos gráficos ayudan a entender la parte más técnica del relato: mapas, esquemas, diagramas…

Por encima de todos ellos destaca una solución gráfica muy original y totalmente efectiva: los políticos responsables no tienen rostro y en su lugar los autores utilizan una especie de gusanos que poco a poco se van extendiendo. La metáfora es evidente: la corrupción – la suciedad – se fue extendiendo, a partir de las autoridades valencianas, al resto de las instituciones y a la mayor parte de la sociedad, que rápidamente dejó de lado la lucha de los afectados por el accidente. El programa Salvados, dirigido por Jordi Évole, dedicó su episodio del 28 de abril de 2013 al accidente y supuso un punto de inflexión. La sociedad valenciana recuperó la memoria y por fin exigió responsabilidades siete años después de la tragedia. La lucha de las familias había valido la pena y había tenido sentido.

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El cómic como medio de reivindicación social y como forma de recuperar la memoria de hechos tan cercanos vuelve a mostrar, en manos de Giner y Durán, todas sus virtudes. El día 3, asimismo, evidencia la necesidad que tenemos como sociedad de movilizarnos y de luchar por lo que consideramos justo, sin caer en el pasotismo y la indiferencia que en multitud de ocasiones tratan de generar los poderes económicos y políticos. Una investigación periodística, un homenaje a las víctimas y un grito en favor de quienes perseveran en la defensa de la verdad, Miguel Ángel Giner y Cristina Durán – de la mano de Laura Ballester – han vuelto a realizar un gran trabajo.

El club del divorcio

El club del divorcio, de Kazuo Kamimura (ECC Comics)

Kazuo Kamimura ganó el premio al patrimonio en el Festival de Angoulême de 2017 por El club del divorcio. La obra fue publicada originalmente en la revista Weekly Manga Action entre los años 1974 y 1975 de forma semanal y en total está compuesta por cuarenta episodios. Kamimura, pese a su corta vida – falleció a los 46 años de edad -,  fue un autor muy influyente en el manga adulto – gekiga – y fue considerado un maestro por autores como Jiro Taniguchi. Su obra Lady Snowblood inspiró a Quentin Tarantino para crear su archiconocida Kill Bill. Tras el éxito cosechado por El club del divorcio en Francia y también en Italia, donde el festival de Lucca le dedicó una exposición, la editorial ECC, que en 2015 ya editó Historia de una geisha, decidió publicar a finales del pasado año el manga completo recopilado en dos cuidados volúmenes.

Yuko es la protagonista del relato. Tiene 25 años, una hija pequeña y un gran estigma para el Japón de su época: está divorciada. Pese a que en los años setenta el divorcio era legal en Japón, las mujeres divorciadas tenían que afrontar realidades terribles. Generalmente su situación económica era muy delicada, ya que habitualmente tenían una dependencia total de su marido, hecho que se agravaba por la dificultad de encontrar trabajo. Además tenían que lidiar con el rechazo social, en muchos casos por parte de su propia familia. Esta doble discriminación provocaba que en innumerables ocasiones estas mujeres se vieran obligadas a prostituirse o, si eran afortunadas, a trabajar en un local como el que regenta Yuko, donde las mujeres solo entretenían y hacían compañía a los clientes.

El tono de denuncia de Kamimura es evidente. La inclusión de estadísticas oficiales de la época permite que seamos conscientes de la realidad de estos años para las mujeres japonesas. La historia de Yuko, asimismo, muestra también con crudeza los efectos de la crisis económica que azotó Japón en la década de los setenta, a consecuencia de la Crisis del Petróleo. Es una mujer valiente, capaz de gestionar y dirigir su propio negocio en un ambiente tremendamente machista, pero la crisis es para ella un enemigo muy poderoso. Solo gracias a su abnegado esfuerzo y a un poderoso patrón podrá salvar su negocio.

La conciliación laboral y familiar era algo totalmente utópico en esos años y Yuko se ve obligada a dejar a su hija con su propia madre. Las tres generaciones sirven a Kamimura para describir la posición de la mujer japonesa en la sociedad de la época y para enfatizar la problemática que padecían las mujeres como Yuko. Su madre no acepta la vida que lleva y se lo recrimina constantemente. Para empeorar aún más las cosas, el exmarido de Yuko, un músico melancólico y fracasado aparece ocasionalmente y desestabiliza a Yuko y a su hija. El triángulo se cierra con Ken, el joven camarero que trabaja en el club, pérdidamente enamorado de Yuko y de oscuro pasado, que Kamimura utiliza para mantener la tensión a lo largo de la trama, que recordemos, fue creada originalmente como capítulos semanles.

El club del divorcio es un cómic complejo y cargado de detalles, que bien merece una segunda lectura para tomar conciencia de su magnitud. El retrato de la sociedad japonesa de los años setenta y la historia personal de Yuko se entrecruzan y generan multitud de momentos muy emotivos. A nivel histórico es una obra realmente interesante para observar la situación de la mujer en una época muy determinada, pero también para comprender la evolución económica y social de Japón en las pasadas décadas. Algunos de los elementos que más adelante provocaron un gran estancamiento económico y que al mismo tiempo convierten al Japón de hoy en día en un lugar que provoca fascinación ya se vislumbran en la obra de Kamimura.

Uno de los detalles más llamativos del cómic es la visión que muestra el autor de su propio gremio: los dibujantes de manga – mangakas -. Él mismo se retrata como uno de los clientes que visitan el local de Yuko en busca de compañía femenina y, como muestra la siguiente viñeta, se autorretrata con dureza. Su infancia, compartida con su madre y sus hermanas, hace que Kamimura tenga una sensibilidad especial para crear personajes femeninos potentes y complejos, como hace con Yuko.

A nivel gráfico la labor de Kazuo Kamimura es espléndida. El dibujo es muy limpio y el uso del blanco y negro es muy efectivo, tanto gráfica como narrativamente. Las composiciones de página están muy cuidadas y es imposible no maravillarse ante algunos de los recursos que utiliza: planos generales, secuencias tremendamente rítmicas, grandes viñetas que ocupan toda la página… Las imágenes que jalonan este texto son solo algunas muestras del genio creativo y del dominio del medio del autor nipón. Su catálogo parece infinito y cada episodio contiene alguna página que te deja atónito.

Con El club del divorcio estamos sin duda ante una de esas obras que muestran cómo ha evolucionado el mercado del cómic en los últimos años. Pese a los prejuicios que aún existen sobre el manga y a los tópicos que todavía vemos y oímos frecuentemente, el manga tiene una diversidad de géneros y de temáticas prácticamente infinita. Pese a los más de cuarenta años que han transcurrido desde su publicación original, la historia que narra Kamimura es plenamente vigente. Indudablemente, es uno de los mejores cómics publicados en 2017 y así lo demuestra su gran acogida por parte de la crítica.

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Valerosas 1. Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren, de Pénélope Bagieu (Dibbuks)

Tradicionalmente la Historia ha dejado de lado a la mitad de la población mundial. Más allá de algunas figuras reivindicadas universalmente, la Historia ha sido escrita por hombres y para hombres. Las mujeres que habían llevado a cabo grandes gestas han sido generalmente olvidadas, cuando no ocultadas, y la escasez de referentes que provoca esta situación ha tenido graves consecuencias para las siguientes generaciones. En 2018 y pese a los avances en este ámbito que se han producido en los últimos años, aún queda una gran labor por hacer. Por ello es una gran noticia que Pénélope Bagieu haya creado Valerosas. Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren y que esta obra haya gozado del favor del público y de la crítica.

todas-780x674Pénélope Bagieu inició un blog en el periódico Le Monde donde narraba en forma de breves cómics la vida de mujeres que habían tenido vidas destacadas, en el sentido más amplio de la palabra. Su tarea consistía en documentarse sobre ellas y tratar de glosar sus biografías en viñetas. Se alejaba de los grandes nombres conocidos por casi todos – Marie Curie, Virginia Woolf o Frida Kahlo, por poner algunos ejemplos – para rescatar del olvido a figuras femeninas que tenían un muy escaso reconocimiento público. No se trataba tanto de buscar grandes revolucionarias que hubieran marcado el devenir de la humanidad, como de centrarse en mujeres que se alejaron de la vida que supuestamente les tocaba vivir. En este sentido, el subtítulo del cómic es explícito: Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren.

Antes de hablar de las protagonistas de este primer volumen, es importante resaltar que la selección abarca desde el siglo IV antes de nuestra era hasta la actualidad; que la autora francesa ha incluido a mujeres de los cinco continentes y que, por tanto, existe una amplísima diversidad temática. La labor de documentación ha sido excelente y la capacidad de síntesis de Bagieu es excepcional, puesto que en seis páginas es capaz de narrar con gran acierto vidas complejas y apasionantes. Otro valor añadido es que la dibujante no ha tratado de dulcificar sus biografías y los momentos brillantes se muestran junto a los más oscuros. Asimismo, son muy interesantes las reflexiones históricas incluidas en los textos de apoyo, con comentarios afilados sobre el olvido o la tergiversación histórica que han padecido estas grandes mujeres.

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En este primer volumen, Pénélope Bagieu narra las vidas de quince mujeres y todas son realmente interesantes, pero hay algunas historietas que brillan con luz propia y que no resisto la tentación de comentar: Margaret Hamilton, la actriz que encarnó a la terrorífica Bruja del Oeste en El mago de Oz; las hermanas Mirabal – Las mariposas – que lucharon hasta las últimas consecuencias contra el dictador Rafael Trujillo en su República Dominicana natal y que se convirtieron en un símbolo de libertad; Annette Kellerman, nadadora, actriz y creadora del primer traje de baño pensado para bañarse y no para esconder el cuerpo de la mujer; Josephine Baker, bailarina, miembro de la Resistencia francesa y luchadora por los derechos civiles en los Estados Unidos; Leymah Gbowee, activista en la lucha contra la violencia machista, ganadora del Nobel de la Paz y trabajadora social indesmayable; y por último, Wu Zetian, la primera y única emperatriz de China, que llevó a cabo reformas formidables en su reino.

Todas ellas, así como el resto de protagonistas de Valerosas, se enfrentaron a los cánones sociales de sus respectivas épocas, pese a las dificultades y las presiones que recibieron. Todas son un ejemplo y estoy convencido que si hubieran sido hombres serían conocidas mundialmente. Por este motivo, la labor de Bagieu tiene un gran valor y convierte a esta obra en una lectura imprescindible, que debería llegar a todas las aulas. La escasez de mujeres que aparecen en los libros de texto y su papel secundario en los grandes relatos historiográficos tienen funestas consecuencias y perpetuan estereotipos muy nocivos para la sociedad.

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El apartado gráfico del cómic también es excelente. La aparente sencillez esconde un gran uso del color y un gran dominio de los recursos narrativos del medio. A consecuencia del formato original, las composiciones de página son muy sencillas, pero, pese a ello, el ritmo es tremendamente fluido. La expresividad de los personajes y el uso de multitud de elementos gráficos – caricaturas, esquemas, mapas, etc. – junto con los textos de apoyo consigue transmitir una gran cantidad de información, de manera que la brevedad del formato no va en detrimento del contenido. Por último, es imposible no destacar las maravillosas ilustraciones a doble página con las que concluye cada uno de los capítulos, realizadas exclusivamente para la versión impresa. Solo por observarlas con calma vale la pena hacerse con el cómic.

Cada vez más autoras aportan su visión sobre el pasado y eso influye también en los temas que abordan. Si Ana Penyas nos hablaba sobre sus abuelas – y las nuestras – en Estamos todas bien, Pénélope Bagieu nos habla de mujeres que todos y todas deberíamos conocer. En las próximas semanas escribiré sobre el segundo volumen, que incluye las biografías de otras quince mujeres. La frescura con la que están narradas las biografías, la calidad del dibujo y el extra que suponen las ilustraciones convierten a Valerosas en una de las mejores obras publicadas en 2017.

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Esperaré siempre tu regreso

Esperaré siempre tu regreso, de Jordi Peidro (Desfiladero Ediciones)

Los supervivientes de Mauthausen prometieron explicar lo que habían sufrido en el campo de concentración para que nunca se olvidase. Más de setenta años después de la liberación, son pocos quienes aún pueden dar su testimonio. Uno de ellos es el alcoyano Paco Aura, quien a punto de cumplir cien años de edad, aún mantiene su compromiso con la memoria. El protagonista de Esperaré siempre tu regreso es uno de esos personajes que si hubiera nacido en otro país sería ampliamente conocido, tendría innumerables plazas, calles y monumentos en su honor y cuya biografía se habría adaptado a la gran pantalla. Por desgracia, en España aún queda mucho trabajo por hacer en el ámbito de la memoria histórica y de la recuperación del pasado y por ello es una gran noticia el trabajo de Jordi Peidro con este cómic.

Paco Aura ha vivido muchas vidas en una: combatió, pese a su corta edad, en el bando republicano en la guerra civil; se exilió a Francia, donde fue internado en los campos de Argelés, St. Cyprien y Barcarés; se enroló en una Compañía de Trabajadores Extranjeros; fue capturado por los nazis y deportado a un Stalag, donde encarcelaban a los prisioneros de guerra; fue encerrado en Mauthausen durante casi cinco años y consiguió sobrevivir; trabajó una decena de años como minero en su exilio francés y, finalmente, regresó a la España franquista. Parece increíble pero Paco Aura aún tuvo fuerzas para formar una familia y sobretodo, para explicar cientos de veces su historia en colegios, institutos, asociaciones de todo tipo y medios de comunicación. Su compromiso se ha mantenido intacto hasta el presente, cuando pese a su avanzada edad aún intenta que una sociedad como la nuestra no olvide esta parte esencial de su pasado.

El dibujante y escritor Jordi Peidro, también originario de Alcoy, y por tanto, buen conocedor de la biografía de Paco Aura, decidió utilizar las virtudes del cómic para dar a conocer su historia. El proyecto inicial, de unas ochenta páginas, fue rápidamente sobrepasado, ya que la labor de documentación y las ocasionales visitas al protagonista generaron la necesidad de una extensión mayor. Finalmente, en las casi doscientas páginas de la obra, Peidro ha conseguido relatar de forma ágil las vivencias de Paco Aura, con especial atención a los años en los que vivió en Mauthausen.

La estructura del cómic es sencilla, con el propio protagonista narrando sus vivencias en orden cronológico: guerra civil, exilio, deportación y con mayor detalle sus años en Mauthausen. A lo largo del relato el autor intercala momentos más recientes que muestran algunos aspectos destacados de la lucha de Paco Aura por preservar y difundir la memoria histórica de unos tiempos tan oscuros. Los encuentros con otros supervivientes, especialmente una tensa conversación con un antiguo kapo del campo de concentración, prueban la entereza y el compromiso personal del alcoyano y sus compañeros. La mayor parte del cómic se centra en los terribles hechos que padeció y presenció, pero estos breves momentos de reflexión dotan de mayor profundidad a la trama.

Obviamente, la obra de Jordi Peidro contiene momentos de tremenda dureza. Paco Aura fue testigo de innumerables actos de crueldad por parte de los guardianes de Mauthausen y el dibujante no los ha evitado. Enfrentarnos a hechos tan terribles se hace difícil y es prácticamente imposible no apartar la mirada o no detener la lectura en determinados momentos; pero en estos tiempos en que con frecuencia se banaliza el término nazi, es necesario que todos seamos conscientes de los crímenes cometidos por el régimen de Adolf Hitler. Peidro también narra la implicación de la dictadura franquista, de la mano de Serrano Suñer. Franco fue un cómplice necesario para que miles de republicanos fueran asesinados, hecho muchas veces ocultado deliberadamente.

A nivel gráfico, el trabajo de Jordi Peidro es remarcable. La caracterización de los personajes y el dibujo de los escenarios funcionan con corrección y permiten seguir la historia con facilidad. El uso del color es, asimismo, interesante, con cambios en función del periodo histórico narrado y con una paleta en la que destacan los tonos cálidos. Por último, y como elementos que realzan el conjunto de la obra, son muy destacables las ilustraciones que dan inicio a cada capítulo, de un marcado realismo. Además, la presencia de varias tiras cómicas siguiendo el estilo Bruguera, que narran las andanzas de Serrano Suñer, funcionan muy bien como elemento de crítica y al mismo tiempo como un respiro en el dramatismo extremo de la obra.

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En resumen, Esperaré siempre tu regreso es un muy buen cómic y sobretodo es un excepcional trabajo para la recuperación de la memoria histórica. La historia de Paco Aura y el resto de los supervivientes de los campos de concentración debería ser de conocimiento obligado. Pese al silencio al que los sometió el régimen franquista, pese al escaso reconocimiento obtenido ya en democracia, nunca han dejado de explicar su historia y obras como ésta son una buena herramienta para seguir transmitiendo lo que vivieron. Como dice el propio Paco Aura en diversas escenas, su objetivo principal es que lo que vivieron no se vuelva a repetir.

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PD: podéis leer un avance en este enlace.

Estamos todas bien

Estamos todas bien, de Ana Penyas (Salamandra Graphic)

Mis abuelas nacieron en 1927, las de Ana Penyas un poco después, pero todas forman parte de la misma generación. Las mujeres que eran niñas durante la Guerra Civil, que desarrollaron su juventud en la época más oscura del franquismo, que alcanzaron la madurez hacia el final de la dictadura y que han vivido en democracia la segunda mitad de sus vidas. A la opresión que padeció el conjunto de la sociedad española durante 40 años, las mujeres tuvieron que añadir la desigualdad de género, que por desgracia, aún perdura. De todo esto nos habla la ilustradora valenciana Ana Penyas en Estamos todas bien, su primer cómic largo, con el que ganó la séptima edición del Premio Internacional de Novela Gráfica FNAC – Salamandra Graphic.

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Maruja y Herminia son las protagonistas de la obra y pese a que ambas son aproximadamente de la misma edad, sus vidas han sido bastante diferentes. Ana Penyas enlaza con mucha habilidad sus respectivos presentes, con las habituales problemáticas asociadas a la tercera edad, con la reconstrucción del pasado de ambas. La dibujante se sitúa en la trama conversando con Maruja y Herminia, y por tanto, nos hace testigos del proceso de documentación para la creación del cómic. El objetivo de Penyas no es crear un gran relato sobre la Historia de España en el siglo XX, su intención es homenajear a sus abuelas y hacer visible su memoria, y al mismo tiempo que sus abuelas – y las nuestras – , por una vez, tengan voz propia.

Maruja, cuya familia había padecido la represión franquista tras la guerra, vivía con sus tíos en Las Navas del Marqués, provincia de Ávila. Regentaban un bar y Maruja, apenas una adolescente, pasaba allí largas jornadas. Pocos años después consiguió casarse con el médico del pueblo y aparentemente, su vida pasó a estar solucionada. Pero como bien muestran las páginas dedicadas a la juventud de Maruja y la forma en que ella misma evoca esta etapa de su vida, la soledad y la incomprensión que sufrió, hicieron mella en su carácter. Ya en los años 80, cuando sus hijos son adultos y cuando lenta, pero progresivamente las mujeres empiezan a hacer valer sus derechos, dos elementos serán fundamentales para Maruja: las actividades culturales en su barrio de Alcorcón y el éxito al sacarse el carné de conducir. Por fin goza de libertad y su forma de ver el mundo empieza a cambiar.

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En el caso de Herminia, su infancia y juventud tuvieron lugar en Honrubia, en la provincia de Cuenca. Allí vivió bastante feliz, siempre rodeada de gente, puesto que su familia administraba el teatro del pueblo. Pese a la huida de su madre,  los recuerdos de Herminia son positivos. Fue una mujer moderna para su época, que estuvo siempre en contacto con la cultura. Su marido, el abuelo de Ana Penyas, era camionero y el traslado familiar a Valencia es lo que realmente cambió la vida de Herminia. Como la gran mayoría de las mujeres de la época, ella se ocupaba de la casa y los niños y a pesar del nulo reconocimiento, ser ama de casa con seis hijos fue una labor titánica.

Las reflexiones de la ilustradora valenciana sobre la vida de sus abuelas son muy interesantes, especialmente en la conversación que mantiene con su padre donde compara las vidas de Maruja y de Herminia. La vida que han tenido, como nos sucede a todos y todas, ha moldeado la personalidad de las dos y el contraste entre ellas permite incluir a buena parte de las tipologías de nuestras abuelas. El gran acierto de Estamos todas bien es la forma en que a partir de historias personales muy cotidianas, con un marcado costumbrismo, Ana Penyas ha sido capaz de crear un complejo retrato generacional. Imposible sentir indiferencia ante lo que nos cuenta, imposible no sentirse identificado con alguna de las situaciones, imposible no pensar constantemente en nuestras abuelas.

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A nivel gráfico el trabajo de Ana Penyas es también excelente. Con una estética muy alejada del cómic histórico convencional y con un marcado carácter propio, la dibujante consigue que las historias fluyan con efectividad. Son especialmente destacables dos elementos: por un lado, el uso del color y por el otro, las composiciones de página. Los tonos cálidos, con predominancia de naranjas y ocres para Herminia y rosados y rojos para Maruja, consiguen crear la sensación de intimidad que busca Penyas. Al mismo tiempo, el formato apaisado del cómic está muy bien aprovechado, ya que dota de innumerables posibilidades que la dibujante aprovecha al máximo: ilustraciones a página completa, numerosas viñetas pequeñas en una misma página, textos ilustrados o carteles, que configuran una obra con una estética muy cuidada.

Estamos todas bien es un gran cómic, de lo mejor de 2017 y asusta pensar en lo que será capaz de hacer Ana Penyas si ha alcanzado este nivel en su primera obra larga. Aún no he podido leer En Transición el álbum que ha ilustrado recientemente, pero a priori también es una obra de obligada lectura. Son necesarias las voces femeninas en el cómic histórico, especialmente en el ámbito de la memoria histórica, ya que pese a que existen obras fundamentales sobre mujeres y que protagonizan mujeres – El ala rotaJamás tendré 20 años – los autores siempre han sido hombres. Como decía antes, es inconcecible no recordar a nuestras propias abuelas tras leer Estamos todas bien y no valorar las tremendas injusticias que han padecido. Gracias, Maruja y Herminia. Gracias, Belarmina y Sofía. Gracias, abuelas.

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