Valerosas 1

Valerosas 1. Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren, de Pénélope Bagieu (Dibbuks)

Tradicionalmente la Historia ha dejado de lado a la mitad de la población mundial. Más allá de algunas figuras reivindicadas universalmente, la Historia ha sido escrita por hombres y para hombres. Las mujeres que habían llevado a cabo grandes gestas han sido generalmente olvidadas, cuando no ocultadas, y la escasez de referentes que provoca esta situación ha tenido graves consecuencias para las siguientes generaciones. En 2018 y pese a los avances en este ámbito que se han producido en los últimos años, aún queda una gran labor por hacer. Por ello es una gran noticia que Pénélope Bagieu haya creado Valerosas. Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren y que esta obra haya gozado del favor del público y de la crítica.

todas-780x674Pénélope Bagieu inició un blog en el periódico Le Monde donde narraba en forma de breves cómics la vida de mujeres que habían tenido vidas destacadas, en el sentido más amplio de la palabra. Su tarea consistía en documentarse sobre ellas y tratar de glosar sus biografías en viñetas. Se alejaba de los grandes nombres conocidos por casi todos – Marie Curie, Virginia Woolf o Frida Kahlo, por poner algunos ejemplos – para rescatar del olvido a figuras femeninas que tenían un muy escaso reconocimiento público. No se trataba tanto de buscar grandes revolucionarias que hubieran marcado el devenir de la humanidad, como de centrarse en mujeres que se alejaron de la vida que supuestamente les tocaba vivir. En este sentido, el subtítulo del cómic es explícito: Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren.

Antes de hablar de las protagonistas de este primer volumen, es importante resaltar que la selección abarca desde el siglo IV antes de nuestra era hasta la actualidad; que la autora francesa ha incluido a mujeres de los cinco continentes y que, por tanto, existe una amplísima diversidad temática. La labor de documentación ha sido excelente y la capacidad de síntesis de Bagieu es excepcional, puesto que en seis páginas es capaz de narrar con gran acierto vidas complejas y apasionantes. Otro valor añadido es que la dibujante no ha tratado de dulcificar sus biografías y los momentos brillantes se muestran junto a los más oscuros. Asimismo, son muy interesantes las reflexiones históricas incluidas en los textos de apoyo, con comentarios afilados sobre el olvido o la tergiversación histórica que han padecido estas grandes mujeres.

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En este primer volumen, Pénélope Bagieu narra las vidas de quince mujeres y todas son realmente interesantes, pero hay algunas historietas que brillan con luz propia y que no resisto la tentación de comentar: Margaret Hamilton, la actriz que encarnó a la terrorífica Bruja del Oeste en El mago de Oz; las hermanas Mirabal – Las mariposas – que lucharon hasta las últimas consecuencias contra el dictador Rafael Trujillo en su República Dominicana natal y que se convirtieron en un símbolo de libertad; Annette Kellerman, nadadora, actriz y creadora del primer traje de baño pensado para bañarse y no para esconder el cuerpo de la mujer; Josephine Baker, bailarina, miembro de la Resistencia francesa y luchadora por los derechos civiles en los Estados Unidos; Leymah Gbowee, activista en la lucha contra la violencia machista, ganadora del Nobel de la Paz y trabajadora social indesmayable; y por último, Wu Zetian, la primera y única emperatriz de China, que llevó a cabo reformas formidables en su reino.

Todas ellas, así como el resto de protagonistas de Valerosas, se enfrentaron a los cánones sociales de sus respectivas épocas, pese a las dificultades y las presiones que recibieron. Todas son un ejemplo y estoy convencido que si hubieran sido hombres serían conocidas mundialmente. Por este motivo, la labor de Bagieu tiene un gran valor y convierte a esta obra en una lectura imprescindible, que debería llegar a todas las aulas. La escasez de mujeres que aparecen en los libros de texto y su papel secundario en los grandes relatos historiográficos tienen funestas consecuencias y perpetuan estereotipos muy nocivos para la sociedad.

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El apartado gráfico del cómic también es excelente. La aparente sencillez esconde un gran uso del color y un gran dominio de los recursos narrativos del medio. A consecuencia del formato original, las composiciones de página son muy sencillas, pero, pese a ello, el ritmo es tremendamente fluido. La expresividad de los personajes y el uso de multitud de elementos gráficos – caricaturas, esquemas, mapas, etc. – junto con los textos de apoyo consigue transmitir una gran cantidad de información, de manera que la brevedad del formato no va en detrimento del contenido. Por último, es imposible no destacar las maravillosas ilustraciones a doble página con las que concluye cada uno de los capítulos, realizadas exclusivamente para la versión impresa. Solo por observarlas con calma vale la pena hacerse con el cómic.

Cada vez más autoras aportan su visión sobre el pasado y eso influye también en los temas que abordan. Si Ana Penyas nos hablaba sobre sus abuelas – y las nuestras – en Estamos todas bien, Pénélope Bagieu nos habla de mujeres que todos y todas deberíamos conocer. En las próximas semanas escribiré sobre el segundo volumen, que incluye las biografías de otras quince mujeres. La frescura con la que están narradas las biografías, la calidad del dibujo y el extra que suponen las ilustraciones convierten a Valerosas en una de las mejores obras publicadas en 2017.

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Esperaré siempre tu regreso

Esperaré siempre tu regreso, de Jordi Peidro (Desfiladero Ediciones)

Los supervivientes de Mauthausen prometieron explicar lo que habían sufrido en el campo de concentración para que nunca se olvidase. Más de setenta años después de la liberación, son pocos quienes aún pueden dar su testimonio. Uno de ellos es el alcoyano Paco Aura, quien a punto de cumplir cien años de edad, aún mantiene su compromiso con la memoria. El protagonista de Esperaré siempre tu regreso es uno de esos personajes que si hubiera nacido en otro país sería ampliamente conocido, tendría innumerables plazas, calles y monumentos en su honor y cuya biografía se habría adaptado a la gran pantalla. Por desgracia, en España aún queda mucho trabajo por hacer en el ámbito de la memoria histórica y de la recuperación del pasado y por ello es una gran noticia el trabajo de Jordi Peidro con este cómic.

Paco Aura ha vivido muchas vidas en una: combatió, pese a su corta edad, en el bando republicano en la guerra civil; se exilió a Francia, donde fue internado en los campos de Argelés, St. Cyprien y Barcarés; se enroló en una Compañía de Trabajadores Extranjeros; fue capturado por los nazis y deportado a un Stalag, donde encarcelaban a los prisioneros de guerra; fue encerrado en Mauthausen durante casi cinco años y consiguió sobrevivir; trabajó una decena de años como minero en su exilio francés y, finalmente, regresó a la España franquista. Parece increíble pero Paco Aura aún tuvo fuerzas para formar una familia y sobretodo, para explicar cientos de veces su historia en colegios, institutos, asociaciones de todo tipo y medios de comunicación. Su compromiso se ha mantenido intacto hasta el presente, cuando pese a su avanzada edad aún intenta que una sociedad como la nuestra no olvide esta parte esencial de su pasado.

El dibujante y escritor Jordi Peidro, también originario de Alcoy, y por tanto, buen conocedor de la biografía de Paco Aura, decidió utilizar las virtudes del cómic para dar a conocer su historia. El proyecto inicial, de unas ochenta páginas, fue rápidamente sobrepasado, ya que la labor de documentación y las ocasionales visitas al protagonista generaron la necesidad de una extensión mayor. Finalmente, en las casi doscientas páginas de la obra, Peidro ha conseguido relatar de forma ágil las vivencias de Paco Aura, con especial atención a los años en los que vivió en Mauthausen.

La estructura del cómic es sencilla, con el propio protagonista narrando sus vivencias en orden cronológico: guerra civil, exilio, deportación y con mayor detalle sus años en Mauthausen. A lo largo del relato el autor intercala momentos más recientes que muestran algunos aspectos destacados de la lucha de Paco Aura por preservar y difundir la memoria histórica de unos tiempos tan oscuros. Los encuentros con otros supervivientes, especialmente una tensa conversación con un antiguo kapo del campo de concentración, prueban la entereza y el compromiso personal del alcoyano y sus compañeros. La mayor parte del cómic se centra en los terribles hechos que padeció y presenció, pero estos breves momentos de reflexión dotan de mayor profundidad a la trama.

Obviamente, la obra de Jordi Peidro contiene momentos de tremenda dureza. Paco Aura fue testigo de innumerables actos de crueldad por parte de los guardianes de Mauthausen y el dibujante no los ha evitado. Enfrentarnos a hechos tan terribles se hace difícil y es prácticamente imposible no apartar la mirada o no detener la lectura en determinados momentos; pero en estos tiempos en que con frecuencia se banaliza el término nazi, es necesario que todos seamos conscientes de los crímenes cometidos por el régimen de Adolf Hitler. Peidro también narra la implicación de la dictadura franquista, de la mano de Serrano Suñer. Franco fue un cómplice necesario para que miles de republicanos fueran asesinados, hecho muchas veces ocultado deliberadamente.

A nivel gráfico, el trabajo de Jordi Peidro es remarcable. La caracterización de los personajes y el dibujo de los escenarios funcionan con corrección y permiten seguir la historia con facilidad. El uso del color es, asimismo, interesante, con cambios en función del periodo histórico narrado y con una paleta en la que destacan los tonos cálidos. Por último, y como elementos que realzan el conjunto de la obra, son muy destacables las ilustraciones que dan inicio a cada capítulo, de un marcado realismo. Además, la presencia de varias tiras cómicas siguiendo el estilo Bruguera, que narran las andanzas de Serrano Suñer, funcionan muy bien como elemento de crítica y al mismo tiempo como un respiro en el dramatismo extremo de la obra.

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En resumen, Esperaré siempre tu regreso es un muy buen cómic y sobretodo es un excepcional trabajo para la recuperación de la memoria histórica. La historia de Paco Aura y el resto de los supervivientes de los campos de concentración debería ser de conocimiento obligado. Pese al silencio al que los sometió el régimen franquista, pese al escaso reconocimiento obtenido ya en democracia, nunca han dejado de explicar su historia y obras como ésta son una buena herramienta para seguir transmitiendo lo que vivieron. Como dice el propio Paco Aura en diversas escenas, su objetivo principal es que lo que vivieron no se vuelva a repetir.

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PD: podéis leer un avance en este enlace.

Estamos todas bien

Estamos todas bien, de Ana Penyas (Salamandra Graphic)

Mis abuelas nacieron en 1927, las de Ana Penyas un poco después, pero todas forman parte de la misma generación. Las mujeres que eran niñas durante la Guerra Civil, que desarrollaron su juventud en la época más oscura del franquismo, que alcanzaron la madurez hacia el final de la dictadura y que han vivido en democracia la segunda mitad de sus vidas. A la opresión que padeció el conjunto de la sociedad española durante 40 años, las mujeres tuvieron que añadir la desigualdad de género, que por desgracia, aún perdura. De todo esto nos habla la ilustradora valenciana Ana Penyas en Estamos todas bien, su primer cómic largo, con el que ganó la séptima edición del Premio Internacional de Novela Gráfica FNAC – Salamandra Graphic.

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Maruja y Herminia son las protagonistas de la obra y pese a que ambas son aproximadamente de la misma edad, sus vidas han sido bastante diferentes. Ana Penyas enlaza con mucha habilidad sus respectivos presentes, con las habituales problemáticas asociadas a la tercera edad, con la reconstrucción del pasado de ambas. La dibujante se sitúa en la trama conversando con Maruja y Herminia, y por tanto, nos hace testigos del proceso de documentación para la creación del cómic. El objetivo de Penyas no es crear un gran relato sobre la Historia de España en el siglo XX, su intención es homenajear a sus abuelas y hacer visible su memoria, y al mismo tiempo que sus abuelas – y las nuestras – , por una vez, tengan voz propia.

Maruja, cuya familia había padecido la represión franquista tras la guerra, vivía con sus tíos en Las Navas del Marqués, provincia de Ávila. Regentaban un bar y Maruja, apenas una adolescente, pasaba allí largas jornadas. Pocos años después consiguió casarse con el médico del pueblo y aparentemente, su vida pasó a estar solucionada. Pero como bien muestran las páginas dedicadas a la juventud de Maruja y la forma en que ella misma evoca esta etapa de su vida, la soledad y la incomprensión que sufrió, hicieron mella en su carácter. Ya en los años 80, cuando sus hijos son adultos y cuando lenta, pero progresivamente las mujeres empiezan a hacer valer sus derechos, dos elementos serán fundamentales para Maruja: las actividades culturales en su barrio de Alcorcón y el éxito al sacarse el carné de conducir. Por fin goza de libertad y su forma de ver el mundo empieza a cambiar.

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En el caso de Herminia, su infancia y juventud tuvieron lugar en Honrubia, en la provincia de Cuenca. Allí vivió bastante feliz, siempre rodeada de gente, puesto que su familia administraba el teatro del pueblo. Pese a la huida de su madre,  los recuerdos de Herminia son positivos. Fue una mujer moderna para su época, que estuvo siempre en contacto con la cultura. Su marido, el abuelo de Ana Penyas, era camionero y el traslado familiar a Valencia es lo que realmente cambió la vida de Herminia. Como la gran mayoría de las mujeres de la época, ella se ocupaba de la casa y los niños y a pesar del nulo reconocimiento, ser ama de casa con seis hijos fue una labor titánica.

Las reflexiones de la ilustradora valenciana sobre la vida de sus abuelas son muy interesantes, especialmente en la conversación que mantiene con su padre donde compara las vidas de Maruja y de Herminia. La vida que han tenido, como nos sucede a todos y todas, ha moldeado la personalidad de las dos y el contraste entre ellas permite incluir a buena parte de las tipologías de nuestras abuelas. El gran acierto de Estamos todas bien es la forma en que a partir de historias personales muy cotidianas, con un marcado costumbrismo, Ana Penyas ha sido capaz de crear un complejo retrato generacional. Imposible sentir indiferencia ante lo que nos cuenta, imposible no sentirse identificado con alguna de las situaciones, imposible no pensar constantemente en nuestras abuelas.

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A nivel gráfico el trabajo de Ana Penyas es también excelente. Con una estética muy alejada del cómic histórico convencional y con un marcado carácter propio, la dibujante consigue que las historias fluyan con efectividad. Son especialmente destacables dos elementos: por un lado, el uso del color y por el otro, las composiciones de página. Los tonos cálidos, con predominancia de naranjas y ocres para Herminia y rosados y rojos para Maruja, consiguen crear la sensación de intimidad que busca Penyas. Al mismo tiempo, el formato apaisado del cómic está muy bien aprovechado, ya que dota de innumerables posibilidades que la dibujante aprovecha al máximo: ilustraciones a página completa, numerosas viñetas pequeñas en una misma página, textos ilustrados o carteles, que configuran una obra con una estética muy cuidada.

Estamos todas bien es un gran cómic, de lo mejor de 2017 y asusta pensar en lo que será capaz de hacer Ana Penyas si ha alcanzado este nivel en su primera obra larga. Aún no he podido leer En Transición el álbum que ha ilustrado recientemente, pero a priori también es una obra de obligada lectura. Son necesarias las voces femeninas en el cómic histórico, especialmente en el ámbito de la memoria histórica, ya que pese a que existen obras fundamentales sobre mujeres y que protagonizan mujeres – El ala rotaJamás tendré 20 años – los autores siempre han sido hombres. Como decía antes, es inconcecible no recordar a nuestras propias abuelas tras leer Estamos todas bien y no valorar las tremendas injusticias que han padecido. Gracias, Maruja y Herminia. Gracias, Belarmina y Sofía. Gracias, abuelas.

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Los esclavos olvidados de Tromelin

Los esclavos olvidados de Tromelin, de Sylvain Savoia (Ponent Mon)

La esclavitud ha sido, y sigue siendo – como hemos podido conocer recientemente en Libia -, uno de los grandes males de la humanidad. El auge de esta actividad, que está en la base del crecimiento industrial de Europa Occidental y los Estados Unidos, se produjo en los siglos XVII y XVIII, aunque se alargó a gran escala hasta bien entrado el siglo XIX. Se estima que fueron varias decenas de millones los africanos y africanas que fueron capturados y vendidos como esclavos. En su mayoría jóvenes, el vacío demográfico que provocó la trata y sus efectos económicos condenaron al continente a un subdesarrollo crónico que aún se deja notar.

Cada uno de los desafortunados protagonistas de este comercio posee, con total seguridad, una historia digna de ser explicada, pero las vivencias de los esclavos de la isla de Tromelin deberían ser conocidas por todo el mundo. Tras un naufragio, decenas de malgaches fueron abandonados a su suerte y hasta quince años después no fueron rescatados los escasos supervivientes. Sylvain Savoia se adentra en una historia trágica, llena de dolor y de miseria moral de una forma muy original; ya que a la recreación histórica le une una segunda trama, situada en el presente, que relata su experiencia como miembro de una campaña de excavaciones arqueológicas en la pequeña isla.

En 1761 el tráfico de esclavos era una actividad tremendamente lucrativa. Pese a que empezaba a surgir el debate sobre la abolición de la esclavitud, aún faltaban décadas para que los estados europeos empezaran a perseguir estas prácticas. El navío L’Utile había embarcado a 160 esclavos y en su camino hacia Madagascar, siguiendo una ruta poco utilizada, topó con las barreras de arrecife que rodean la isla de Tromelin. A partir de documentos de la época, redactados por el escribano de a bordo, se han podido reconstruir los sucesos de la noche del 31 de julio. Aproximadamente la mitad de los esclavos, encerrados en las bodegas, fallecieron junto con parte de la tripulación. Los náufragos consiguieron sobrevivir gracias al encuentro fortuito de agua dulce en un pozo. Siguiendo un ambicioso plan, fueron capaces de construir un nuevo barco con los restos del L‘Utile, pero solo los europeos embarcaron. Ochenta esclavos fueron abandonados a su suerte en un islote remoto azotado por fuertes vientos y por ciclones en el que no crecía ni un árbol.

En paralelo, el dibujante Sylvain Savoia crea un híbrido entre diario personal y cuaderno de viaje en que narra el desarrollo de la investigación que diversas instituciones llevan a cabo en la actualidad en Tromelin. Es destacable la forma en que entrelaza ambos relatos, que van avanzando al mismo tiempo. Las dificultades que sufren Savoia y sus compañeros de expedición, pese a contar con la tecnología actual, contribuyen a realzar las penurias que debieron sufrir los esclavos abandonados 240 años antes. Las diferentes fases del trabajo arqueológico, los avances y retrocesos de la investigación y el crecimiento personal del dibujante consiguen que esta segunda trama resulte igualmente interesante.

El contraste gráfico entre las dos partes, con viñetas cerradas y línea clara clásica para la historia situada en el siglo XVIII y con viñetas abiertas, colores menos definidos y densos textos de apoyo para el presente, funciona de forma muy efectiva. El ritmo trepidante, especialmente al inicio, del naufragio y la lucha por la supervivencia también es contrarrestado por las profundas reflexiones y la observación pausada del dibujante. La historia de los esclavos es tan cruda y refleja tan bien el espíritu de la época que funcionaría perfectamente como obra independiente, pero con la inclusión de la trama arqueológica gana en profundidad y convierte a Los esclavos olvidados de Tromelin en un cómic redondo.

La historia de la esclavitud y sus efectos económicos aún tienen muchos aspectos por esclarecer. Algunas de las grandes fortunas de nuestros días provienen de ese lucrativo y cruel comercio y en nuestras calles aún podemos observar homenajes a siniestros personajes que consiguieron su riqueza gracias al tráfico de personas. La obra de Savoia permite recuperar la memoria sobre un acontecimiento histórico concreto, pero además muestra que aún queda mucho por hacer. La ciencia moderna tiene un papel fundamental en el conocimiento del pasado y como ciudadanos nuestro papel debe ser exigir a nuestros gobernantes que impulsen y doten de suficientes fondos este tipo de iniciativas. Es imposible construir una sociedad mejor si desconocemos nuestro pasado, por más lejano que éste nos pueda parecer.

¡Maldito Allende!

¡Maldito Allende!, de Olivier Bras y Jorge González (ECC)

Uno de los acontecimientos históricos más importantes de los últimos 50 años fue el Golpe de Estado de Augusto Pinochet para derrocar el gobierno de Salvador Allende. Marcó un antes y un después en la historia de América Latina, en sus relaciones con los Estados Unidos y a causa de la influencia de la Escuela de Chicago fue uno de los primeros estados que implantó el neoliberalismo como doctrina económica oficial (os recomiendo mucho la lectura de La doctrina del Shockde Naomi Klein o como mínimo, el visionado del documental del mismo nombre). El legado tanto de Allende como de Pinochet aún dividen a la sociedad chilena y las múltiples heridas que provocó la dictadura todavía no han cicatrizado.

Olivier Bras, periodista francés que ejerció de corresponsal en Chile mientras Pinochet estaba detenido en Londres, y el dibujante argentino Jorge González ya hablaron de este episodio en el primer número de la revista La Revue Dessinée con Allende, le darnier combat, donde explicaban los sucesos del 11 de septiembre de 1973. En esta ocasión, en ¡Maldito Allende!, van varios pasos más allá y reconstruyen la vida de ambos personajes históricos y tratan de recuperar la memoria sobre el ascenso de Allende y el golpe de Estado de Pinochet, además de reflexionar sobre los sentimientos de la sociedad chilena sobre su pasado.

La estructura del cómic es compleja, puesto que por un lado Bras y González reconstruyen en paralelo las vidas de Salvador Allende y de Augusto Pinochet; y al mismo tiempo, mediante una subtrama de ficción, somos testigos de cómo vive los acontecimientos de su país de origen Leo, un joven chileno cuyos padres decidieron instalarse en Sudáfrica cuando Allende llegó al poder.  Esta doble vertiente funciona de forma muy efectiva y permite a los autores profundizar en los hechos que nos van narrando. Pese a la relativa brevedad de la obra – 144 páginas – la magnitud de lo que nos cuentan Bras y González es inmensa.

Su posición ética y moral ante Allende y Pinochet es clara y firme, pero el guión no transmite el maniqueísmo simplista al que tan acostumbrados estamos estos días. Allende fue un personaje fundamental para las clases populares al que derrocó un golpe militar tras las presiones de la burguesía chilena y de Washington, pero también es un personaje con claroscuros y los autores no los evitan. Pinochet es célebre por ser el líder militar que lideró el golpe del 11 de septiembre de 1973 y por ser el dictador que gobernó Chile durante casi 17 años, pero su ascendente carrera en las fuerzas armadas chilenas es poco conocida. El recorrido que nos ofrecen Olivier Bras y Jorge González nos permite descubrir a las dos personas que vivían tras los personajes públicos, así como sus dudas, sus miedos y sus acciones.

El ritmo del cómic está muy trabajado y la propia estructura gráfica de la obra, con pequeños episodios que concluyen con ilustraciones a página completa, marca la cadencia de lectura. La combinación de las tres historias – Allende, Pinochet y Leo – funciona con acierto y es sencillo seguir el hilo de la narración. Los momentos de tensión, especialmente las páginas dedicadas a los hechos del 11 de septiembre de 1973, contrastan con las pausas que introducen los autores y que nos inducen a la reflexión. Es destacable la forma en la que Leo va descubriendo por él mismo el pasado de Chile. Cuando escapa del control paterno empieza a ser consciente de que su visión es parcial y muy sesgada y poco a poco va completando su memoria personal, muy alejada de la que le había impuesto su familia.

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Gráficamente el trabajo de Jorge González es espectacular. Las composiciones de página, el uso del color, la creación de atmósferas o la iluminación son solo algunos de los aspectos a los que vale la pena dedicar atención. Los personajes históricos son perfectamente reconocibles, aunque González no busca el realismo más llamativo para retratarlos. Si en obras anteriores ya había demostrado su capacidad gráfica prácticamente infinita, en ¡Maldito Allende! compendia todas sus virtudes y al hacerlo evidencia las inagotables posibilidades del cómic como medio. Sin duda, es una de las obras que más impacto visual me han causado en los últimos tiempos. Además, la cuidada edición, con una entrevista a los autores y numerosos bocetos, contribuye a hacer de este cómic una obra redonda.

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La densidad de la trama, el interés que suscitan los hechos narrados y el despligue gráfico de Jorge González son los ingredientes que forman una obra que funciona a todos los niveles. Una segunda lectura, además, permite apreciar los matices y la riqueza gráfica de la obra, al tiempo que nos ayuda a reflexionar sobre uno de los temas esenciales para mí desde que inicié el blog: el diálogo entre Historia y memoria. La verdad de los hechos históricos y la verdad de cada uno de nostros ante nuestros recuerdos no siempre coinciden y van cambiando a lo largo del tiempo; a pesar de la dificultad que implica, Bras y González han conseguido ahondar en esta compleja cuestión. ¡Maldito Allende! es uno de los mejores cómics que he leído en 2017, no lo dejéis escapar.

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Espacios en blanco

Espacios en blanco, de Miguel Francisco (Astiberri)

En los últimos años cientos de miles de personas han emigrado desde España hacia el centro y el norte de Europa en busca de una oportunidad laboral. En muchos casos han vivido situaciones complicadas debido a la lejanía de la familia, al desconocimiento del idioma, a la escasez de oportunidades laborales acordes con sus cualificaciones… Por suerte, también hay muchas historias con un balance positivo. El autor de Espacios en blanco, Miguel Francisco, queda englobado en el grupo de quienes tuvieron éxito en el extranjero. Tras dedicarse al mundo del cómic y el diseño durante muchos años, emigró a Finlandia, donde atesora una consolidada carrera en la industria de los videojuegos. Tras mucho tiempo sin hacerlo, se decidió a trabajar de nuevo en un cómic y el resultado ha sido brillante.

La historia personal del autor en Finlandia es interesante, ya que Miguel Francisco nos hace testigos de su accidentada llegada al país nórdico y de su peculiar entrada en su mercado de trabajo. A pesar de ello, lo mejor de Espacios en blanco es la profunda reflexión sobre la memoria y su construcción generacional. Su hijo ha nacido en Finlandia y le hace preguntas sobre su infancia en España y sobre la vida de su abuelo. Esto lleva al dibujante de Badalona a rememorar los interrogatorios a los que él mismo sometía a su padre sobre el pasado de su propio abuelo. El título del cómic no podría ser más adecuado, ya que el objetivo del dibujante es rellenar los espacios en blanco en su memoria familiar para así, transmitírsela a su vástago.

El guión es muy sólido y consigue crear una trama fluida que nos lleva a diferentes etapas de la historia de España siguiendo los pasos del abuelo y el padre del autor. El misterio que suponen los seis años que pasó su abuelo en Argentina en los años 20, la esperanza – y la frustración – que supuso la República para el campesinado andaluz, el estallido de la guerra y la salvaje represión de la posguerra tienen cabida en la memoria familiar de Miguel Francisco. Pese a los constantes saltos temporales, la linea argumental está bien construida y los huecos poco a poco se van rellenando.

Las tres generaciones de niños – abuelo, padre e hijo – permiten a Miguel Francisco establecer un paralelismo claro: el deseo de conocer el pasado de sus respectivos progenitores. Al mismo tiempo , el autor utiliza a los niños para mostrar la evolución de España en el siglo XX. La forma en que se aproximan a la memoria las tres generaciones también merece un apunte: los silencios del padre del autor sobre su dura infancia en los años 40, el deseo de conocer el pasado de su abuelo del propio Miguel en la España de los años 70, y la visión más lúdica y más alejada del hijo del autor se complementan para crear un mosaico muy elaborado. El pasado, el presente y el futuro quedan ligados a través de la memoria.

A nivel gráfico el trabajo del dibujante badalonés es excepcional. Con un estilo muy personal y un gran uso del color, consigue recrear atmósferas muy diversas: desde la oscuridad del invierno de Helsinki a los tórridos veranos del campo andaluz. El contraste entre los vivos colores del presente y los tonos sepias de las viñetas situadas en el pasado es muy efectivo y consigue facilitarnos la lectura. Los personajes, muy estilizados y con marcado estilo cartoon, transmiten emociones y nos permiten identificarnos con ellos, especialmente en el caso de los niños. Las composiciones de página están muy trabajadas y en ocasiones son muy originales. Siempre al servicio de la acción, Miguel Francisco utiliza con maestría los recursos propios del cómic para dotar del ritmo adecuado a la trama. Por último, son dignas de mención las escenas oníricas que incluye el relato, en las que el dibujante se desata y demuestra de lo que es capaz.

En definitiva, Espacios en blanco es una obra muy recomendable. Como otras obras reseñadas anteriormente en este blog, la historia que narra es una historia personal, que en realidad es una historia generacional. En este caso, el protagonista no es Miguel, ni siquiera lo son sus familiares; la protagonista es la transmisión de la memoria de una generación a las siguientes. Tras tantos años de silencio, muchas veces impuesto, es necesario hacer públicas estas pequeñas historias que nos interpelan a todos y a todas y la necesidad de preservarlas para que las nuevas generaciones no las olviden.

Arde Cuba

Arde Cuba, de Agustín Ferrer Casas (Grafito Editorial)

La Revolución Cubana es uno de los acontecimientos históricos fundamentales para comprender el devenir del siglo XX en América Latina. Tras conseguir la independencia de España en 1898, Cuba se había convertido en un estado prácticamente controlado por los Estados Unidos. A partir de los años 40, bajo la dictadura de Fulgencio Batista, la situación de la isla se hizo insostenible para buena parte de los cubanos. El turismo sexual, el juego y el dinero de la mafia y las multinacionales norteamericanas habían embrutecido el clima que se vivía en la isla y habían provocado la reacción: una revolución popular.

Es en este contexto, en el año 1958, donde nos sitúa Agustín Ferrer Casas en Arde Cuba. Los protagonistas de la obra son Errol Flynn y Frank Spellman, un fotógrafo con experiencia en la Guerra Civil, que acompaña al famoso actor. Flynn, muy popular en Cuba por sus éxitos cinematográficos de las décadas de los 30 y los 40, está en una situación económica complicada y acepta un encargo muy lucrativo: realizar una entrevista a Fidel Castro en Sierra Maestra.

Cuando Flynn y Spellman llegan a La Habana, la inestable situación política del país les complica las cosas. El régimen de Batista se empieza a desmoronar y diversos personajes, conocedores de la misión de los protagonistas,  tratan de influir en ellos. La embajada norteamericana y la United Fruit Company los visitan con el objetivo de hacer llegar su mensaje y así ganarse el favor de los guerrilleros que previsiblemente gobernarán la isla en el futuro. En cambio, las visitas de la mafia tienen otra intención: evitar su viaje a las montañas. Si triunfan Fidel Castro y sus compañeros, peligran los negocios de gente como Meyer Lansky y sus socios.

La influencia del cine y la literatura policíacas en el cómic es evidente, y de la mano de Spellman vamos descubriendo los intereses oscuros que se ciernen sobre él y Flynn. Junto con la trama principal, Ferrer Casas consigue hacernos testigos de la situación de la Cuba de Batista. El lujo convive con la miseria, la corrupción campa a sus anchas y el pueblo cubano padece las consecuencias. La fascinación que provocaba La Habana a los norteamericanos de esa época está muy presente en el cómic, pero si observamos con atención, podemos ver la cara oculta de la ciudad.

 

En la segunda parte del cómic, Spellman y Flynn consiguen llegar a Sierra Maestra y conocer a los líderes revolucionarios. Gracias a unos cuidados diálogos, el autor consigue transmitir las ideas de los hermanos Castro y de Camilo Cienfuegos, un personaje de gran importancia en la trama, y al mismo tiempo nos presenta la situación bélica desde el punto de vista de los insurgentes. Otro aspecto destacado de la Revolución, que el cómic refleja de forma muy efectiva, es el importante papel que llevaron a cabo las mujeres.

La historia que narra Agustín Ferrer Casas combina elementos reales y ficticios de una manera muy interesante. Como explica en el epílogo, aprovecha los vacíos históricos para completarlos con hechos verosímiles, pero de propia creación. El ejemplo más claro es el propio Frank Spellman, inspirado libremente en John McKay, el verdadero fotógrafo que acompañó a Errol Flynn. La combinación de realidad y ficción funciona adecuadamente y permite al autor recrear el contexto histórico con detalle, pero al mismo tiempo crear una trama trepidante.

La parte gráfica del cómic está muy trabajada. Los personajes reales están muy bien caracterizados y son perfectamente reconocibles, pero donde brilla realmente el dibujo de Ferrer Casas es en la forma en que retrata La Habana. Los edificios, los vehículos y algunos de los lugares más emblemáticos de la capital cubana muestran el dominio técnico del dibujante y la gran labor de documentación llevada a cabo. Otro elemento muy destacado de la obra es el uso de viñetas que se escapan de sus bordes y el juego entre el color y el blanco y negro en esas escenas. Este recurso refuerza la idea de estar ante hechos verídicos que suceden en un escenario real, que va más allá de las propias viñetas. Por último, las fotografías que dibuja Ferrer Casas, con el característico sepia de las imágenes antiguas, confiere aún más veracidad a la narración.

Arde Cuba es un cómic realmente interesante. Se acerca a unos hechos bastante conocidos, pero de una manera poco convencional que le permite reflejar una situación histórica muy particular. Pese a que los grandes nombres de la Revolución aparecen como personajes secundarios, Ferrer Casas no busca una recreación histórica clásica. A la manera de los buenos álbumes históricos francobelgas, la construcción de un buen contexto histórico permite narrar una buena historia y éste es el gran objetivo del autor. En mi opinión, lo ha conseguido con creces.

PD: os dejo con una entrevista a Errol Flynn en que relata sus vivencias en Cuba.

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