La muerte de Stalin

La muerte de Stalin, de Robin y Nury (Norma Editorial)

Iósif Stalin fue uno de los personajes históricos más importantes del siglo XX. Su liderazgo en la Unión Soviética, desde 1922 a 1953, es una de las etapas más fascinantes y aterradoras del siglo pasado. Convirtió un país enorme y atrasado en una gran potencia industrial y militar, gran responsable de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial; pero al mismo tiempo creó un régimen de terror responsable de millones de muertos. Nadie estaba a salvo de sus designios, como muestran las grandes purgas de los años 30 o la proliferación de gulags por todo el territorio de la URSS. Su figura era tan poderosa que su muerte generó un gran vacío y las luchas internas por su sucesión marcaron el devenir de la superpotencia comunista hasta su caída ya a inicios de los 90.

El dibujante Thierry Robin se embarcó en un proyecto faraónico: crear una biografía de Stalin en cómic. Ante la inmensidad de la tarea – calculó unas mil páginas y varios años de trabajo – decidió abandonarla. En ese momento, el reputado guionista Fabien Nury (reseñados en el blog Atar Gull Érase una vez en Francia) se puso en contacto con él para colaborar en una historia sobre el fallecimiento del líder soviético. La combinación del trabajo de ambos dio sus frutos con La muerte de Stalin, un cómic de muy buen nivel.

La trama se centra en los días anteriores y posteriores al deceso de Stalin, desde que el 2 de marzo sufriera un ataque cerebral hasta la celebración de los funerales de Estado. Por el camino, Nury y Robin crean una trama realmente adictiva en la que asistimos a la lucha por el poder entre los miembros del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Es una etapa tan oscura que los historiadores no han encontrado respuestas a todas sus cuestiones y por ello, dibujante y guionista elaboran un relato que, aunque muy verosímil, es ficción histórica.

Lo más interesante del cómic son los personajes. Desde el maquiavélico Beria hasta el melancólico Molotov, Nury y Robin han recreado con acierto a los miembros del Comité Central. La división en dos bandos, el enfrentamiento entre Beria y Khrushchev y sus respectivas maniobras para hacerse con el poder vacante son el eje de la acción y permiten conocer las entrañas del aparato soviético de la época. Es un cómic coral, sin un protagonista claro, que utiliza la exageración y el alejamiento irónico para transmitir una gran sensación de irrealidad. Parece imposible que fuera así, pero con la información histórica disponible, los hechos debieron suceder de una forma muy parecida a la relatada por los autores galos.

Otro elemento muy destacable es el retrato del Moscú de la época. Una ciudad gris, de corte marcial, que en esos luctuosos días vivió a la expectativa. El pueblo soviético recibió un gran impacto con la noticia de la muerte de Stalin y quedó expectante a la espera de acontecimientos. Todo pequeño gesto se interpretaba en clave política y nadie conocía las consecuencias reales del suceso. El papel del ejército y la policía secreta (NKVD) fue esencial en esos días y el estallido de un conflicto social fue una de las posibilidades barajadas en las altas esferas. Esa angustia y esa tensión quedan perfectamente reflejadas en las páginas del cómic. 

El apartado gráfico está muy bien resuelto. El realismo de los escenarios, los uniformes o los vehículos contrasta con el aire caricaturesco de los personajes principales y la unión de ambos elementos es muy efectiva. Las composiciones de página están muy trabajadas y Robin ha dibujado páginas de una gran belleza. El color es otro gran acierto, ya que consigue crear la atmósfera oscura que necesita el guión. Los anexos incluidos al final del cómic son muy valiosos, ya que podemos ver algunas páginas entintadas de la biografía que Thierry Robin tenía en mente, así como los bocetos con la caracterización de los personajes principales.

Los grandes personajes históricos siempre provocan cierta fascinación, especialmente los episodios de los que los historiadores no han hallado respuestas. El caso de la muerte de Stalin es paradigmático. El hermetismo soviético, la desestalinización llevada a cabo por Khrushchev tres años después y el intento posterior de dejar en el olvido al dictador de origen georgiano han provocado que su fallecimiento nunca se esclareciera y quedara en el terreno del misterio y la conspiración. Este cómic es una gran manera de acercarnos a esos acontecimientos y aunque posiblemente nunca lleguemos a conocer toda la verdad, la propuesta de Nury y Robin es realmente estimulante.

Futbolín

Futbolín, de Alessio Spataro (DeBolsillo)

Alexandre Campos Ramírez, más conocido como Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra, fue el inventor del futbolín. Nació en 1919 en Finisterre y falleció en 2007 en Zamora y, por tanto, vivió en primera persona buena parte de los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX. Su azarosa vida lo llevó a ser partícipe de la guerra civil, a exiliarse a París, a vivir en diferentes lugares de latinoamérica (Ecuador, Guatemala o México) y a volver a su España natal durante la transición democrática. Conoció a algunos de los grandes intelectuales y artistas de su tiempo: Frida Kahlo, Jean Paul Sartre o Albert Camus y fue muy cercano a poetas como León Felipe y Juan Larrea.

El dibujante italiano Alessio Spataro conoció la historia de Alexandre de Fisterra a través de Bep Moll, el director del documental Tras el futbolín (aquí se puede ver el teaser), que narra la historia de este archiconocido juego. Su origen no está claro del todo, ya que diversos países europeos se atribuyen su invención. Pese a ello, la vida del protagonista del cómic es tan atractiva, que el futbolín tan solo funciona como nexo entre las diferentes etapas que relata el cómic.

Alexandre tenía 17 años cuando los militares rebeldes dieron el golpe de estado que desembocó en la guerra civil. Tras ser víctima de un bombardeo por parte del bando fascista, acabó en la Colonia Puig, cerca de Montserrat, junto con otros adolescentes heridos. Fue en este lugar donde inició su carrera como inventor. Inspirándose en el tenis de mesa, Alexandre inventó el fútbol de mesa, de modo que los niños y niñas que por sus heridas no podían jugar a fútbol pudieran divertirse. Además también diseñó un pasador de páginas mecánico como regalo para su primer amor.

Tras observar las disputas internas del bando republicano y entrar en contacto con grandes personalidades como Orwell, Picasso o Hemingway; superó un penoso exilio al norte de África. Alexandre asistió al desenlace de la Segunda Guerra Mundial y una vez finalizado el conflicto se instaló en París, donde trató de sacar partido a su invento, aunque sin la patente – registrada en la España republicana – poco pudo hacer. En la capital francesa entró en contacto con la intelectualidad más destacada de la época y especialmente con su amiga de la infancia, la actriz María Casares (hija de Casares Quiroga).

Posteriormente se trasladó a Guatemala, donde vivió en primera persona el golpe de Estado organizado por la CIA y la United Fruit Company contra Jacobo Árbenz. Allí conoció a personajes tan esenciales de la historia del siglo XX como Ernesto “El Che” Guevara o los hermanos Castro. Las autoridades franquistas lo persiguieron e incluso llegaron a detenerlo, pero gracias a su pericia logró escapar. A continuación se fue a México y poco a poco se fue abriendo camino en el mundo editorial.

Su objetivo era volver a España, pero solo cuando fuera un país democrático. Su invento se había extendido por todo el mundo, con diferentes nombres y formatos, pero no pudo obtener demasiado rédito económico. Continuó con su labor editorial y se fue desencantando de la política española, ya que no se cumplieron gran parte de sus anhelos. Tuvo una vida realmente trepidante.

A nivel gráfico la labor de Spataro es excelente. Destaca el bitono azul y rojo con el que está construido el cómic, pero también es muy interesante la cantidad de recursos gráficos y narrativos que utiliza a lo largo de la obra. Desde el breve repaso ilustrado a las diversas teorías sobre el origen del futbolín, hasta las escenas bélicas o algunas viñetas de tono marcadamente expresionista, Spataro demuestra un gran dominio del medio. Sus personajes son capaces de transmitir emociones y las metáforas basadas en el juego que da título a la obra son guiños muy elaborados.

Futbolín es un cómic realmente original que narra una de esas pequeñas grandes historias que todos deberíamos conocer. La complejidad del guión requiere cierto esfuerzo por parte del lector, pero la recompensa es cuantiosa. Seguramente en un país que no haya silenciado su memoria todos los niños y niñas conocerían la biografía de alguien como Alexandre Campos Ramírez, pero ha sido un dibujante italiano quien ha recuperado su historia. Bienvenido sea.

Las aventuras de Joselito

Las aventuras de Joselito. El pequeño ruiseñor, de José Pablo García (Reino de Cordelia)

Mi generación – nací en el 85 – no vivió en primera persona los éxitos de Joselito, pero todos hemos oído hablar a nuestros padres de él o incluso hemos visto alguna de sus películas en una de tantas reposiciones  televisivas. Su condición de personaje folclórico no me llamaba especialmente la atención y cuando me enteré que se había publicado un cómic biográfico sobre él, no le hice demasiado caso. Me sorprendió mucho que Iván Galiano (no os perdáis su blog) lo incluyera en su lista de mejores cómics de 2015 para la revista Jot Down y al verlo ahí, fui directo a Entrecomics y leí la elogiosa reseña que le había dedicado Gerardo Vilches. Ante el alud de novedades y de lecturas pendientes, Las aventuras de Joselito volvió a caer en mi particular olvido; pero hace un par de semanas lo vi  en la sección de Novedades de la biblioteca de mi barrio y me dedicí a leerlo. No pude tomar una mejor decisión.

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José Pablo García creó una obra muy original y tan solo es necesario hojear mínimamente el cómic para ser consciente de la titánica labor que llevó a cabo el autor malagueño: crear un cómic de casi 150 páginas utilizando más de cuarenta estilos gráficos distintos. Desde las viñetas más primitivas hasta el underground, pasando por la línea clara, el manga, Bruguera o Kirby, el dibujante recorre la vida de José Jiménez Fernández, Joselito, y al mismo tiempo recorre y homenajea la historia del noveno arte. Gráficamente la obra es deslumbrante, pero además los pequeños episodios que narran la vida del cantante son muy efectivos a nivel narrativo. Estamos ante una gran novela gráfica.

José Jiménez Fernández nació en 1943 en Beas de Segura, provincia de Jaén. La posguerra fue una etapa tremendamente dura para la población española, especialmente en algunas zonas rurales, donde el hambre y la miseria tenían una gran presencia. La infancia de José, aún no bautizado con el que sería su nombre artístico, fue muy difícil y estuvo marcada por el más puro instinto de supervivencia. Sus dotes para el canto eran innatas, pero en un entorno tan pobre no podía sacarle demasiado partido a su don. Junto con su hermano decidió emigrar a Valencia, donde podrían trabajar en la construcción de una presa. El viaje a pie fue uno de los episodios más duros de su vida, aunque no pudo concluir mejor, ya que por puro azar pudo introducirse en el mundo de la canción.

A partir de ese momento, Joselito vivió un ascenso vertiginoso hasta convertirse en una estrella. Un niño de voz prodigiosa, con un gran carisma, que rápidamente destacó como un elemento luminoso en la gris España franquista. Multitud de recitales, películas, giras… pero siempre rodeado de personas que se aprovechaban de él. Ganaba dinero suficiente para mantener a su familia y rescatarlos de la pobreza, pero la mayor parte del dinero que generaba iba a los bolsillos de representantes e intermediarios varios.

Joselito era una estrella que brillaba también en otras partes del mundo. En Francia vendió aún más discos que en España y sus conciertos eran un gran éxito. En los Estados Unidos también gozaba de una gran celebridad, como demuestra su presencia – por dos veces – en el Late Show de Ed Sullivan, uno de los programas televisivos más importantes de la época. Para alguien como yo, que desconocía totalmente la figura del pequeño ruiseñor, fue una gran sorpresa descubrir esta enorme repercusión internacional.

Algunos de los episodios más interesantes parecen de ciencia ficción, aunque son reales. Joselito estaba en Cuba cuando triunfó la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro y Ernesto El Che Guevara, quienes además se alojaron en el mismo hotel que el cantante en La Habana. Otro ejemplo fue su encuentro con el papa Juan XXIII, retratado magistralmente por José Pablo García con el estilo de Jack Kirby.

Joselito era un niño al que impedían crecer, pero la naturaleza es implacable y su voz y su cuerpo cambiaron. Repentinamente buena parte de la gente que lo idolatraba lo abandonó y varias decisiones financieras equivocadas hicieron que su vida diera un giro total. Su vida amorosa también era complicada – maravillosas las viñetas con formato de tebeo para niñas de la época – y Joselito decidió iniciar una nueva aventura para escapar. Se fue Angola, en plena guerra de independencia, donde trabajó como cazador, fue secuestrado y se enconró con una violencia terrible.

Cuando volvió a España montó diversos negocios que lo absorbieron totalmente. La droga, el trato de la prensa y sus problemas económicos lo acabaron convirtiendo en el prototipo del juguete roto. Entró en la cárcel, salió, volvió a entrar y poco a poco pasó a ser un objeto más de la prensa del corazón. Sus apariciones en diversos programas televisivos volvieron a hacer de él un personaje popular, aunque su consideración social era totalmente diferente de la que había tenido en su juventud.

Como comentaba anteriormente, el nivel gráfico del cómic es impresionante. Más de cuarenta estilos diferentes se convierten en un gran catálogo de la historia del cómic. Se podría pensar que es un ejercicio puramente artificial y esteticista, pero no es así. Si se analizan los difrentes episodios, el estilo y la trama se conjugan perfectamente. La infancia y el hambre con el estilo clásico de la editorial Bruguera, las historias más sentimentales con el estilo de las revistas románticas pensadas para chicas, su contacto con la Revolución Cubana siguiendo la línea clara de Hergé y Tintín; y así sucesivamente. Todo tiene sentido, nada está dejado al azar. Diferentes técnicas, diferentes enfoques, multitud de recursos… José Pablo García hace un compendio de casi todas las posibilidades gráficas y narrativas del cómic, pero siempre al servicio de la historia que nos cuenta.

Tanto si conocéis el personaje como si no, tanto si tenéis grandes conocimientos de la historia del cómic como si no, acercaos a Las aventuras de Joselito. A través de su vida podemos ver la evolución de España en la segunda mitad del siglo XX y además podemos observar las diferentes formas en que el cómic ha ido cambiando. Es una obra muy original, pero su principal virtud es que nos cuenta una gran historia de la mejor manera posible. Es indudablemente uno de los cómics que más gratamente me han sorprendido en los últimos tiempos. Por si aún tenéis dudas, os invito a que le echéis un vistazo a sus primeras páginas.

Vencedor y vencido

Vencedor y vencido, de Sento Llobell (Autoedición)

Tras los magníficos Un médico novato y Atrapado en Belchite, Sento Llobell ha completado su trilogía sobre Pablo Uriel con Vencedor y vencido. Cada uno de los volúmenes por separado es un gran cómic, pero el conjunto de la trilogía se convierte, para mí sin duda, en una de las mejores obras publicadas sobre la Guerra Civil. La complejidad de la trama, los innumerables matices que esta aporta y la visión general del español de a pie durante el conflicto conforman un gran retrato de la España de 1936 a 1939.

En Vencedor y vencido el autor valenciano retoma la acción en el punto justo en el que nos dejó en Atrapado en Belchite. Pablo Uriel, junto con unos pocos supervivientes, fue capturado por las tropas republicanas, que habían concluido con éxito su ofensiva en Aragón. Tras haber sido prisionero de los franquistas por sus ideas progresistas y tras haberse trasladado al frente con la esperanza de cambiar de bando, el joven médico llegó finalmente a la zona republicana, aunque de una manera mucho más precaria de la esperada. Su condición de médico, le permitió salvar la vida, ya que los oficiales del enemigo generalmente eran ajusticiados.

Tras su captura, Pablo Uriel fue trasladado a Valencia, que era en esos momentos la capital de la España republicana. Allí vivió un momento muy duro, magistralmente recreado por Sento, cuando fue obligado a desfilar por el centro de la capital levantina, para que los ciudadanos pudieran expresar su desprecio a las tropas fascistas derrotadas. En Valencia empezó su periplo como prisionero de guerra, que duraría hasta el final del conflicto bélico.

En primer término, Uriel fue llevado al monasterio de El Puig, donde estuvo prácticamente un año. Allí padeció unas condiciones terribles, a todos los niveles: escasez de alimentos, falta de productos sanitarios, higiene inexistente… y además la violencia que ejercía un reducido grupo de prisioneros sobre el resto. Su valía como médico, las circunstancias que habían motivado su participación en la guerra y los sufrimientos que esta había provocado en su familia permitieron que Pablo Uriel tuviera buenas relaciones con algunos de los mandos republicanos. Aún así, la arbitrariedad formaba parte de su vida cotidiana y tenía que andarse con mucho ojo, ya que podía tener enemigos en ambos bandos.

Posteriormente fue trasladado a Serra, donde se convirtió en el médico de un batallón de trabajo que debía construir carreteras. Allí trató de hacer soportables las condiciones de vida de sus compañeros, y pese a la dureza de la misión, Uriel vivió buenos momentos. Un par de reencuentros inesperados y su participación en la Orquesta Frasquet hicieron de esta etapa un periodo más favorable que la reclusión en El Puig.

Finalmente, tras soportar casi dos años de cautiverio, perder a muchos seres queridos y escapar a la muerte en múltiples ocasiones, la guerra había terminado. Es interesante ver cómo se vivió el final del conflicto por parte de los prisioneros, ya que es una parte de la guerra que no suele aparecer en los libros de historia.

La parte gráfica de Vencedor y vencido mantiene los aspectos generales de los dos volúmenes anteriores, aunque Sento ha ido estilizando su dibujo. El detalle de los escenarios y los personajes con aire caricaturesco siguen dominando el relato, aunque en esta ocasión es destacable el dinamismo de buena parte de las viñetas. Sento introduce nuevos recursos en este tercer volumen: composiciones de página un poco más arriesgadas, grandes viñetas que ocupan toda una página  en momentos claves o el relato de una parte de la historia en primera persona, cuando Pablo se reencuentra con una persona muy especial. El color mantiene su papel narrativo, aportando profundidad al relato; y de nuevo, es interesantísimo el apéndice con documentación original de la época. Por último, me gustaría destacar el prólogo de Ian Gibson, que ya prologó en su día No se fusila en domingo, las memorias de Pablo Uriel en que se basa la trilogía en cómic.

La guerra civil es generalmente presentada como un conflicto maniqueo, y aunque es evidente que el bando franquista fue el que inició el conflicto con un golpe de estado fallido y que fue el que más atrocidades cometió, la participación de muchos españoles en una facción u otra vino marcada en muchos casos por el azar. Pablo Uriel es un buen ejemplo de esto.

Era una persona de izquierdas, pero al inicio de la guerra se encontraba en una zona donde el golpe de estado tuvo éxito. Fue hecho prisionero y por pura supervivencia se vio obligado a ir al frente. Una vez allí, por múltiples motivos fue incapaz de cambiar de bando  y salió derrotado en una batalla. Por fin llegaba a su España, pero lo hacía como prisionero. Cuando por fin consiguió la libertad, Pablo Uriel había ganado la guerra, pero al mismo tiempo era consciente que la había perdido. La España de Franco representaba todo lo negativo que había en el país y por ello Uriel, en un acto de grandeza, nunca hizo ostentación de su participación en la victoria y se negó a recibir homenaje alguno. En un título inmejorable, Pablo Uriel fue un vencedor y un vencido.

PD: os dejo con el Trailer Book de promoción del cómic.

¡GARCÍA! 2

¡GARCÍA! 2, de Santiago García y Luis Bustos (Astiberri)

Tras el intenso primer volumen de ¡GARCÍA!, mis expectativas respecto al segundo eran muy elevadas, pero Santiago García y Luis Bustos han estado claramente a la altura. La historia del superagente secreto franquista en una España muy parecida a la actual ha mantenido un nivel altísimo y el segundo tomo es un in crescendo imparable que culmina con un gran final. La acción, los giros dramáticos y el humor tienen una gran presencia; pero además, como ya vimos en la primera parte, los autores han conseguido abrir multitud de caminos a la reflexión.

Antonia, la joven periodista, y García, del que seguimos sin conocer su nombre, mantienen el protagonismo del relato, aunque la trama gana en complejidad. El contraste entre la España franquista y una España inspirada en el presente sigue en el meollo de la acción y permite ir conociendo mejor a alguien tan enigmático como García. Su visión del mundo, anclada en los años sesenta, es obligada a convivir con los referentes actuales y esto genera conflictos y situaciones en las que los autores dan lo mejor de sí mismos. Una buena muestra es la desternillante boda a la que García asiste con Antonia, ya que sus convicciones son golpeadas duramente y somos testigos de como el protagonista va evolucionando, aunque sea a marchas forzadas.

El papel de Antonia en este segundo volumen gana en profundidad. Ya no es solo una joven aprendiz de periodista, ahora es una auténtica mujer de acción. Ya no necesita que alguien – casi siempre un hombre – le diga qué debe o qué puede hacer, es ella la que coge las riendas de su vida y la que actúa en cada momento según su criterio. Su relación con el agente García también va creciendo y ambos descubren que tienen muchas cosas en común, pese a las diferencias de edad, de género o de ideología. Por encima de todas ellas está su integridad, que los aleja de la mayoría de personajes de la obra.

Este segundo tomo del cómic vuelve a estar lleno de guiños a la actualidad. La situación política es tremendamente complicada, el descontento de la gente se hace cada vez más evidente y los poderes fácticos están dispuestos a intervenir para favorecer sus intereses particulares. La expresión cloacas del Estado adquiere todo su significado en las páginas del cómic. Los servicios secretos, los medios de comunicación, los grupos mafiosos y algunos políticos corrupctos – ay, la omnipresente corrupción – dirigen el destino del país y solo García y Antonia conocen la verdad y tratan de combatirla.

Al mismo tiempo que transcurre la trepidante acción, García – y nosotros, lectores, junto a él – va descubriendo su pasado. Personajes oscuros, traiciones y cuarenta años de criogenización que poco a poco van encajando como las piezas de un puzzle. La construcción narrativa del relato es fantástica, solo hay que fijarse en el inicio del cómic, con el encadenamiento de diversos flashbacks, cada vez más alejados del presente, y que sirven a García y Bustos para volver a situarnos en la trama y para aumentar nuestro deseo de saber qué está pasando.

La lectura es vertiginosa y es recomendable una relectura para poder valorar los numerosos detalles. Uno de mis favoritos es la secuencia de la persecución, que mientras permite demostrar el dinamismo del dibujo de Luis Bustos, consigue llevarnos a la carcajada con el prototipo y los muy alejados referentes culturales de García y Antonia. La recreación del Valle de los Caídos, que gana en presencia en este volumen o las intervenciones fortuitas de un policía municipal, que se va haciendo imprescindible, son otros elementos a los que prestar atención.

El apartado gráfico vuelve a estar a un altísimo nivel. Luis Bustos se desata y su blanco y negro consigue atraparnos de nuevo. La mencionada escena de la persecución sirve como ejemplo del dinamismo del que consigue dotar a sus dibujos el dibujante madrileño. Los escenarios, los ambientes y los personajes, siempre con esa fuerza tan características de Bustos, están muy bien construidos y son muy expresivos. Con momentos para el lucimiento – algunas dobles páginas y algunas composiciones de página son espectaculares -, pero siempre consiguiendo que el cómic funcione, vale la pena leer con detenimiento y fijarse en los detallas más nimios, ya que nada es casual.

La distinción clásica entre guionista y dibujante pierde sentido en este caso, como en el resto de obras de Santiago García, y es imposible saber quién es responsable de cada giro argumental o de cada solución gráfica, así que ambos autores han conseguido realizar uno de sus mejores trabajos. Ahora solo nos queda esperar a que Bustos y García se decidan a crear más historias de García, el superhéroe español de nuestro tiempo. Estoy convencido que la España de 2016 es una fuente de inspiración inagotable y que no tardaremos en poder disfrutar de nuevas aventuras.

El ala rota

El ala rota, de Antonio Altarriba y Kim (Norma Editorial)

Han pasado prácticamente siete años desde que se publicó El arte de volar, la obra sobre la vida del padre de Antonio Altarriba con la que el guionista y el dibujante Kim ganaron el Premio Nacional de Cómic en 2010. Con El ala rota, centrada en esta ocasión en la madre de Altarriba, ambos autores completan un díptico que abarca la práctica totalidad de la Historia de España en el siglo XX.

En El arte de volar, Petra Ordóñez tenía un papel muy secundario y solo aparecía como una presencia negativa, con una religiosidad exacerbada, que entorpecía la vida del luchador y soñador Antonio Altarriba Lope. Como ha reconocido el guionista, se sentía en deuda con ella y, en mi opinión, con esta obra ha compensado sobradamente la visión que nos había dado sobre su madre. El inicio del cómic tiene una gran fuerza y sirve como metáfora de toda la vida de Petra, ya que ni siquiera su hijo sabía que padecía una grave lesión en un brazo – de aquí el ala rota que da título a la obra -. Un homenaje a toda una generación de mujeres que se desvivieron por sus seres queridos y que en muchas ocasiones sufrieron en silencio los rigores de unas vidas tremendamente duras.

A partir de los recuerdos familiares, Antonio Altarriba fue reconstruyendo la historia de su madre, ya que ella siempre había guardado silencio sobre los momentos más trágicos de su vida. Ya desde el nacimiento, Petra tuvo que afrontar grandes dificultades, puesto que su madre falleció en el parto y su padre trató de asesinarla por haber causado la muerte de su esposa. En este trágico trance es donde posiblemente tuvo lugar la lesión en el brazo que acompañó a la protagonista a lo largo de sus 80 años de existencia.

Cada uno de los cuatro capítulos en los que está estructurado el cómic está marcado por la presencia de un hombre que tuvo gran influencia en la vida de Petra. El primero, que recorre su infancia y su juventud, está dominado por la figura de su padre, Damián Ordóñez, escritor, barbero, actor y director teatral, republicano y bebedor. Pozuelo de la Orden, en la provincia de Valladolid, se le quedaba pequeño y él pagaba su frustración con sus hijos. Su relación con Petra fue realmente complicada, pero a pesar de ello, ella siempre lo recordaba con cariño.

Poco a poco la familia se fue desmembrando y finalmente Petra se trasladó a Zaragoza. Allí entró a trabajar como gobernanta en la casa de Juan Bautista Sánchez González, Capitán General de Aragón. Había sido uno de los militares más destacados del bando franquista durante la guerra civil, pero era favorable a la restauración de la Monarquía. Petra tuvo que convivir con otros miembros del servicio que espiaban para la Falange u otras facciones del régimen, y allí su lealtad la hizo imprescindible para la familia del militar. El traslado de este a Barcelona, como Capitán General de Cataluña, y su posterior fallecimiento en oscuras circunstancias, coincidieron en el tiempo con el inicio de la relación amorosa entre Petra y Antonio, al que conocemos bien tras haber leído El arte de volar. 

El tercer capítulo, obviamente, está dedicado a la vida en común de Petra y Antonio. Las penurias económicas que tuvieron que afrontar, y después del nacimiento de Toñín – el guionista Antonio Altarriba -, las crecientes dificultades entre ellos, marcan el tono del capítulo. La abnegada vida de Petra, siempre al servicio de los demás, se iba encaminando cada vez más hacia la religión y este hecho afectó gravemente a su vida sexual. Es muy interesante ver el crecimiento del futuro guionista y cómo fue evolucionando la relación con su madre. La vida cotidiana de la España franquista tiene una gran presencia y somos testigos de la forma de vida de gran parte de las mujeres españolas de la época.

La relación matrimonial se fue deteriorando y una vez el hijo se emancipó, llegaron unos años realmente duros para ambos progenitores, que concluyeron con la decisión de Antonio de abandonar a su esposa. Para Petra fue un golpe muy duro, puesto que defendía que el matrimonio era sagrado y para toda la vida. Aún así, tras entrar a vivir en una residencia regentada por monjas, fue capaz de entablar una bonita relación con Emilio. Esta última etapa fue una época bastante feliz para Petra.

Más allá de la historia personal de Petra, El ala rota trata muchos temas de interés histórico. La visión que nos da de la España rural del primer tercio del siglo XX es muy acertada y aunque no trate directamente la guerra civil, Petra y su padre tuvieron que hacer frente a la represión franquista en la posguerra. El papel de la Iglesia y de la religión también tiene un lugar preponderante, desde el comprensivo cura de Pozuelo de la Orden hasta las monjas que tratan de aprovecharse económicamente de sus residentes, pasando por el fervor cotidiano de Petra. Las relaciones vecinales, con escenas costumbristas bien trabajadas, o  el tránsito hacia la vejez son otros ejemplos de la multitud de temáticas que aparecen en la obra.

Aunque por encima del resto, como apuntaba al inicio, El ala rota trata de la situación de las mujeres en la España del siglo XX. La condición femenina de Petra marcó profundamente toda su vida, desde las dificultades para acceder a una educación hasta sus últimos años en la residencia geriátrica. Petra, como tantas otras, fue una luchadora invisible. Su silencio fue el silencio de millones de españolas que padecieron doblemente la dictadura y que, siempre al servicio de los demás, sacrificaron su propio camino para que sus maridos, padres, hermanos e hijos tuvieran las oportunidades que a ellas se les negaron.

Un último aspecto digno de destacar es la subtrama centrada en la figura de Juan Bautista Sánchez. Pese a que el régimen franquista trataba de mostrar su uniformidad,  había ciertos sectores que no eran totalmente leales al dictador. Este fue el caso de los monárquicos, que defendían la legitimidad de Don Juan de Borbón y que aspiraban a que España volviera a ser, de nuevo, una monarquía. Las conversaciones que recrean Altarriba y Kim permiten que nos hagamos una idea de los objetivos y la forma de organización de estos disidentes, que para muchos – entre los que me incluyo – eran prácticamente desconocidos. 

A nivel gráfico, el trabajo de Kim es incluso superior al que realizó en El arte de volar. El nuevo formato, con páginas más grandes, ha permitido un mayor lucimiento del dibujante, sin hacerle perder efectividad. El uso del gris vuelve a ser sublime y la caracterización de los personajes está muy conseguida – fijaos en el joven Antonio Altarriba de las viñetas superiores -. Sin arriesgar en las composiciones de página ni tratar de crear elementos visuales que distraigan de la trama, Kim consigue que el guión de Altarriba fluya con gran facilidad. La creación de ambientes, uno de los elementos esenciales en un cómic de está envergadura, está muy trabajada y se nota la labor de documentación para recrear los contextos en que se sitúa la acción.

En definitiva, con El ala rota estamos ante una obra maestra. Antes de iniciar la lectura tenía ciertas dudas y creía que a causa de mis altas expectativas quizás me sentiría un poco decepcionado. Nada más lejos de la realidad. Altarriba y Kim han conseguido otra vez mostrar la fuerza del cómic, han logrado nuevamente que una biografía en viñetas se convierta en la biografía de toda una generación y han sido capaces, de nuevo, de homenajear a millones de personas que perdieron una guerra, que padecieron una dictadura de casi 40 años y que cuando llegó la democracia habían perdido buena parte de sus esperanzas y sus ilusiones. Los más de seis años de espera han valido la pena.

Por último, solo destacar el epílogo de la obra, en que Antonio Altarriba reflexiona sobre la memoria histórica y sobre la gestación de este proyecto, que hace que el cómic sea aún más redondo. Si hace más de año y medio inicié la andadura de este blog fue para dar a conocer y analizar obras como esta, aunque pocas están a la altura de El ala rota.

PD: podéis leer las primeras páginas en la página web del guionista Antonio Altarriba.

Patria

Patria, de Nina Bunjevac (Turner)

El cómic se ha acercado en numerosas ocasiones a la antigua Yugoslavia, aunque generalmente para narrar los episodios bélicos de los años 90. Las obras de Joe Sacco sobre la guerra en Bosnia (Gorazde. Zona Protegida, El mediador. Una historia de Sarajevo) retrataron con maestría algunos de los aspectos más duros del conflicto. Macedonia  de Harvey Pekar y Heather Robertson se centraba en la transición a la democracia del país balcánico o Regards from Serbia de Aleksandar Zograf narraba en primera persona cómo había vivido la guerra de Kosovo un serbio.

Con Patria, Nina Bunjevac adopta una visión muy íntima y personal de los acontecimientos que marcaron la vida de los ciudadanos yugoslavos durante el siglo XX. A partir de los incompletos recuerdos de su infancia y de su historia familiar, la dibujante canadiense reconstruye la historia del país en el que nacieron sus progenitores. El eje central de la trama es la figura de Peter Bunjevac, padre de la autora (vale la pena recordar que Fatherland es el título original del cómic). Su convulsa vida, que le llevó de alistarse en el ejército de la Yugoslavia de Tito a enrolarse en un oscuro grupo terrorista anticomunista, marcó profundamente el desarrollo de la dibujante y del resto de su familia.

El cómic está estructurado en tres capítulos: el primero, construido a partir de los recuerdos infantiles de Nina Bunjevac, con la separación de sus padres como elemento central; el segundo se centra en la historia familiar y se remonta hasta los bisabuelos de la autora y su emigración a Canadá; y, por último, el tercero narra la vida de su padre con la información que ha podido obtener la autora a posteriori. A medida que la novela gráfica avanza, Bunjevac nos va desvelando nueva información y nos hace partícipes de la historia, ya que es el lector el que va completando las lagunas argumentales.

Recrear la historia de un país a partir de una familia no es algo novedoso en el cómic, pero la manera en que lo hace Nina Bunjevac es realmente interesante. Los saltos en el tiempo y en el espacio son una constante: desde su infancia en Canadá nos trasladamos a la Yugoslavia de finales de los 70; de la Yugoslavia de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra viajamos a la zona de los Grandes Lagos, entre EEUU y Canadá, a finales del siglo XIX; del Canadá de los años 60 y 70 nos movemos al presente. Todos estos cambios están muy bien enlazados y la trama, con sus giros y sus momentos de suspense, tiene el ritmo adecuado.

Es también destacable que la autora no se conforma con recuperar la memoria familiar, hecho ya de por sí admirable, sino que va más allá y consigue hacer un excelente resumen de la historia de Croacia y de Serbia. Desde la época medieval hasta la dominación extranjera, por parte de austríacos y de otomanos respectivamente y desde los crímenes de los ustachis (milicia croata aliada de los nazis) hasta la Yugoslavia multiétnica de Tito; Bunjevac hace una explicación muy didáctica de un periodo que abarca casi mil años.

Algunos de los personajes que aparecen en el cómic tienen una gran fuerza. No solo grandes personajes históricos como Josip Broz “Tito” o el líder chetnik Draza Mihailovic, que aparecen en un lugar secundario para explicar el contexto en que se desarrolla el relato, sino algunos de los antepasados de Nina Bunjevac. Entre todos ellos destaca su abuela, que había luchado como partisana en la Segunda Guerra Mundial y que era una gran defensora del comunismo imperante en Yugoslavia. Su creciente enfrentamiento con Peter Bunjevac, su yerno, es uno de los aspectos claves del relato, ya que dejará una profunda huella en la autora.

Gráficamente el trabajo de Bunjevac también está a un gran nivel. La edición de Turner, de buen tamaño y en tapa dura, permite mostrar toda su belleza a las grandes viñetas sin marco de la dibujante canadiense. El blanco y negro, utilizado con maestría, consigue crear atmósferas muy íntimas y dota al cómic de una gran sobriedad. Las tramas, que en ocasiones se acercan al puntillismo, tienen una gran belleza visual y consiguen que las sombras jueguen un papel narrativo fundamental. Los retratos, algo fríos, son muy efectivos para crear un cierto distanciamiento con la acción, de forma que son los propios hechos los que cargan con la fuerza de la narración.

La novela gráfica de Nina Bunjevac es una lectura muy enriquecedora. La visión general de la historia de una región como los Balcanes, junto con la historia familiar, que explica más detalladamente el siglo XX de la antigua Yugoslavia, conforman un argumento muy sugerente. La inclusión de temas con poca presencia en los relatos más usuales sobre la región, como la disidencia anticomunista que llevo a cabo diversos atentados en los Estados Unidos o Canadá, es otro aspecto que hace la lectura de Patria altamente recomendable. Pese a que he leído bastante sobre los Balcanes, tras acabarlo tuve la sensación de haber aprendido muchas cosas. No lo dudéis, Patria es un gran cómic.

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